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Donato Jiménez Bibiano: la huella de un santo en Alaejos

Pablo Santana·Personajes ilustres

Pablo Santana

Un hijo de nuestro pueblo

En la memoria de un pueblo, hay nombres que resuenan con un eco especial. Son los nombres de aquellos que, habiendo nacido en nuestras mismas calles y jugado en nuestras mismas plazas, llevaron la esencia de nuestra tierra más allá de sus fronteras. Hoy, queremos dedicar estas páginas a uno de esos nombres: Donato Jiménez Bibiano, un hijo de Alaejos, un misionero redentorista, un mártir y, desde 2022, un beato de la Iglesia Católica. Su historia no es solo un relato del pasado; es una herencia viva que nos pertenece y nos enorgullece.

Donato vino al mundo en nuestro pueblo el 21 de marzo de 1873, en el hogar de Miguel Jiménez y Brígida Bibiano, en el número 22 de la calle Casasnuevas (conocida como la Calle Sin Dios). Fue el menor de seis hermanos y recibió el bautismo en la iglesia de San Pedro el 25 de marzo. Aquella familia, que vivía de forma acomodada gracias a su comercio, sufrió un duro golpe con la muerte del padre cuando Donato contaba con solo cuatro años. Él mismo recordaría este hecho como "una pérdida inmensa", quedando la familia al cuidado de la madre y el hermano mayor.

Quienes escribieron sobre él, y él mismo en sus apuntes, lo describen como un niño vivo y travieso. En ocasiones se negaba a ir a la escuela y su formación religiosa inicial dejaba tanto que desear que se le llegó a rechazar para hacer la primera confesión y comunión en un primer momento. Sin embargo, el verdadero cambio en su vida llegaría a los 14 años. En 1887, los misioneros Redentoristas, los padres Negro y Lorthioit, predicaron una Santa Misión en Alaejos. La fuerza de sus palabras y su estilo de vida despertaron algo profundo en el joven Donato. Se sentía tan atraído por ellos que se levantaba pronto para ayudarles en misa y los seguía por donde fuesen.

Esta admiración culminó en un gesto que revela su carácter decidido. El 2 de agosto de 1887, con motivo del centenario del nacimiento de San Alfonso María de Ligorio, fundador de los Redentoristas, Donato y tres amigos partieron de noche a lomos de un caballo hacia la vecina villa de Nava del Rey para felicitar a los misioneros. Llegaron muy tarde y tuvieron que esperar acurrucados en la puerta del convento hasta el amanecer. Aquella aventura juvenil fue la antesala de su vocación. La semilla sembrada en Alaejos estaba destinada a germinar. Poco después, el 19 de septiembre de 1887, Donato ingresaba en el juniorado de los Redentoristas en El Espino (Burgos), dejando atrás su pueblo para iniciar un nuevo camino.

El forjar de un misionero

El camino que Donato emprendió no fue fácil. La vida de formación para ser misionero exigía disciplina, estudio y una profunda vida de oración. Tras cinco años en el juniorado de El Espino, en agosto de 1892 viajó a Nava del Rey para iniciar el noviciado. Durante esta etapa, tuvo que enfrentarse a una fuerte crisis personal y vocacional a causa del perfeccionismo y los escrúpulos. Él mismo describe este periodo como un tiempo de tentaciones y desconfianza, en el que sentía que Dios se había alejado. Sin embargo, esta prueba, lejos de hundirlo, fortaleció su vocación, le ayudó a comprender la misericordia divina y forjó en él una fe más compasiva, una cualidad que sería crucial en su futuro ministerio como confesor.

Superada la crisis, hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1893. Continuó sus estudios de teología en Astorga (León), donde destacó por su gran talento. Finalmente, el 27 de mayo de 1899, fue ordenado sacerdote en la capilla del Seminario Diocesano de Astorga. Aquel joven de Alaejos se había convertido en el Padre Donato.

Sus primeros destinos pusieron a prueba su paciencia, siendo destinado a la formación de futuros religiosos en Nava del Rey y El Espino. Aunque cumplía estas tareas con obediencia, su corazón ardía en deseos de dedicarse a las misiones populares que tanto le habían marcado en Alaejos. Su amigo de la infancia y compañero redentorista, el Padre Saturnino Martín, lo recuerda en esta etapa como una persona ordenada, limpia y primorosa en su aspecto, reflejo del orden de su alma. Era edificante, piadoso, aplicado y obediente.

En 1902, tras realizar el llamado "Segundo Noviciado", fue destinado a Cuenca, donde por fin pudo desplegar todo su celo apostólico como misionero, el resto de su vida. Su estilo era popular, enemigo de adornos vanos, y sus sermones, llenos de sustancia y bien trabajados. El misionero estaba forjado y listo para la misión que Dios le tenía preparada por toda España.

Una vida de entrega por toda España

La vida del Padre Donato fue un continuo peregrinar al servicio del Evangelio. Su disponibilidad lo llevó a servir en numerosas comunidades redentoristas, dejando siempre una estela de bondad y trabajo bien hecho. Su personalidad optimista a toda prueba era una de sus características más definidas.

Su valía no pasó desapercibida, y pronto se le confiaron cargos de gran responsabilidad. Fue destinado a Pamplona, donde, además de su labor misionera, fue rector de la comunidad de San Ignacio durante tres periodos, sumando un total de quince años. También fue superior en Santander, cargo que combinó con las misiones parroquiales. Un Provincial llegó a decir de él que era un "superior ideal", destacando su bondad, caridad y su capacidad para fomentar la vida de familia y el amor fraterno entre sus compañeros.

Como misionero, su celo y su carácter afable y bondadoso le ganaban el afecto de la gente. Tenía una voz potente, y a veces la empleaba con tanto entusiasmo al predicar que llegaba a enronquecer. Gracias a su labor, varios jóvenes ingresaron en la Congregación, quienes siempre le estuvieron muy agradecidos.

Su itinerario lo llevó también a las comunidades de Astorga y Vigo. Finalmente, en junio de 1936, fue destinado a la comunidad de la Basílica de San Miguel en Madrid, a la que llegó el día 23 de ese mes. Llegaba a una ciudad que, sin él saberlo, se encontraba en el umbral de una de las épocas más trágicas de su historia. El Padre Donato, a sus 63 años, afrontaba este nuevo destino con la misma paz y confianza en Dios que habían guiado toda su vida.

La corona del martirio y el legado perenne

Apenas llevaba unas semanas en Madrid cuando estalló la Guerra Civil y la persecución religiosa. El 19 de julio de 1936, tras celebrar la solemnidad del Santísimo Redentor, los religiosos de San Miguel tuvieron que abandonar su residencia. El Padre Donato se refugió en casa de su amigo y paisano Jerónimo Fernández Puertas, en la Cava Baja. Allí permaneció hasta el 12 de septiembre, dedicado a la oración y saliendo solo para celebrar la Eucaristía en lugares seguros como la Nunciatura.

Al extenderse el rumor de que había un fraile oculto en la casa, decidió cambiar de refugio para no comprometer a sus amigos, y el 12 de septiembre se trasladó a la casa de la señorita Lola Moreno. Al día siguiente, 13 de septiembre, unos milicianos registraron el domicilio y, al ver su equipaje, lo detuvieron exclamando: "Hoy ha caído un pájaro de cuenta". Fue conducido a la tristemente célebre "checa" de la calle Fomento. Al llegar, según el testimonio de otro detenido, el sacerdote navarro Jenaro Xavier Vallejos, el Padre Donato declaró con orgullo: "Señores, soy religioso Redentorista; por eso me han detenido".

En la cárcel, siguió siendo un apóstol, levantando el ánimo de los demás presos con consuelos religiosos y confesando a varios de ellos. Su optimismo inicial se ensombreció tras un interrogatorio en el que se dio cuenta de que uno de sus jueces era un ex-redentorista que lo conocía perfectamente, lo que le hizo comprender que su suerte estaba echada. A un joven compañero de celda llamado Antonio Gómez Fernández, al que confesó, le dijo unas palabras premonitorias: "En este último término, hijo mío, si nos matan ya sabemos lo que tenemos que hacer: Gritaremos con toda la fuerza ¡Viva Cristo Rey! Y entraremos en el cielo".

En la noche del 17 de septiembre, un miliciano lo llamó para "declarar". Se despidió de todos diciendo: "hasta la eternidad". Fue asesinado en la madrugada del 18 de septiembre de 1936 en el kilómetro 12 de la carretera de Francia, en Fuencarral. Su cuerpo, hallado sin identificar, fue inhumado en una fosa común del cementerio de Fuencarral. Entre sus pertenencias se encontraron su Breviario, un rosario, un crucifijo y varias estampas, una de ellas dedicada por su comunidad.

El Padre Donato Jiménez Bibiano es ya Beato de la Iglesia. Para Alaejos, su vida y su martirio son un motivo de orgullo y un ejemplo de fe valiente. Que su memoria nos inspire a ser, como él, personas de fe, entereza y amor sin límites.

Cómo citar

Pablo Santana: «Donato Jiménez Bibiano: la huella de un santo en Alaejos». Programa de Fiestas Patronales de Alaejos, 2025.

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