Félix-Carmelo García Martínez
Ahora es preciso estudiar las fiestas casi de un modo científico. Son tan importantes y variadas sus exigencias —hasta las diversiones requieren matices estéticos, espirituales, la inspiración, pues quizá nunca sea posible prescindir de ella. Pero ha de ser coronada con la organización. En nuestro tiempo, exasperadamente complejo y tecnificado, en estos días de competencias y de pugnas, cuando el público ha llegado a ser un devorador de ídolos, siempre ansioso de mitos nuevos, la antigua sencillez de las diversiones rutinarias ha pasado. Se ha hecho tan imperiosa la tendencia a divertirse con rapidez que ha muerto la rapidez en los preparativos de las diversiones. Quiere esto decir que los grandes festejos han de ordenarse conforme a las exigencias de unas características dotadas de la fuerza de una ley: hay que derrochar grandes cantidades de ingenio —a veces, de genio— para estructurar unos atractivos festejos, siempre más fugaces. Nada pasa con mayor vértigo que las fiestas. Contradictoriamente, en paradoja alucinante, nada cuesta mayores esfuerzos y, con frecuencia, gastos, preocupaciones, desilusiones y fracasos, que organizarlas.
Y es que las fiestas es obligado crearlas, pulirlas y equilibrarlas como una empresa de signo colectivo, sobre todo las que están pensadas para el conjunto totalizador. El mundo actual es cada vez más difícil acertar con la receta de la alegría comunitaria. Hoy no sirve el lema de los antiguos emperadores romanos: "Pan y circo". Panem et circenses. El juego se ha diversificado hasta tal extremo que ha dado entrada en su misma esencia hasta las puras satisfacciones artísticas. Está bien el gladiador, pero también —hablo metafóricamente— el rapsoda. Y es que el hombre de este tiempo es más complejo como consecuencia de la enorme complicación de la existencia y de sus inmensas posibilidades expresivas. En un sentido genérico, diríamos que, además de alegría, es preciso proporcionar emociones de muy distinta índole. Por eso, internamente en la elaboración de un programa de fiestas es casi tanto como inventar una teoría. Exige la solución de innumerables problemas, tanto económicos como anímicos. En un sentido riguroso, diríamos que un buen repertorio de fiestas necesita un planteamiento filosófico y un trabajo previo de laboratorio. A veces, es terriblemente comprometido elegir, y lo es, en toda circunstancia, elegir para los demás.
Indiscutiblemente, esto nos lleva a una conclusión clara: la Comisión de Festejos es un organismo indispensable. Primero, porque hasta para hacer bien unos festejos populares es obligado especializarse; segundo, porque es inesquivable la unidad de propósito y de realización como única manera de evitar las reiteraciones; tercero, para disponer de mayores recursos, energías y coherencia en el plan creador. Los grupos o "peñas" no podrían dar cima a unos festejos regulares y de calidad. Los Ayuntamientos se encuentran en una situación análoga, porque, además, no es misión suya y han de ocuparse de problemas de más honda y urgente trascendencia. La organización de las fiestas debe hallarse centralizada para obtener los mejores resultados. Y, gracias a esto, un grupo de hombres se ve constreñido por la responsabilidad de pensar en la manera de que se diviertan millares de personas a quienes no interesan los caminos, obstáculos y problemas que ha sido necesario resolver para que el público pueda, sencillamente, sentarse a mirar.
Esto ha venido haciéndolo la Comisión de Festejos, y, a nuestro juicio, lo ha realizado con las máximas garantías de perfección dentro de las posibilidades a su alcance. La Comisión de Festejos trata de armonizarlo todo y de renovarse cada año que pasa. Aquí reside la gran dificultad. Pero, entre todos, con buena voluntad, se irán resolviendo las dificultades para que la Villa de Alaejos disfrute, cada septiembre, de esos festejos tradicionales que todos esperan con innegable ansiedad en homenaje de respeto y devoción a la Santísima Virgen de la Casita, y en los cuales todos aquellos que lleguen aún de los más apartados lugares, ni se crean ni se sientan forasteros.