Biblioteca de los programas de fiestasAlaejos · 1954 – 2026

Programa de Fiestas · 1988

Mitos y fiestas en la villa de Alaejos (II)

José Manuel Benito Álvarez·Fiestas, toros y tradiciones

José Manuel Benito Álvarez

Continuando con los breves estudios que iniciamos el año pasado sobre la riqueza folklórica y cultural de la villa de Alaejos, pasamos a estudiar otro de los fenómenos tradicionales. Se trata de los actos realizados por los quintos, actos que estamos tan acostumbrados a ver, que apenas les damos importancia, sin saber que responden a una de memoria ancestral que, en nuestra opinión, es mucho más antigua que la propia villa.

En general, desde que los quintos son «tallados» hasta que ponen «el mayo» han de realizar una serie de trabajos o pruebas que nos atrevemos a considerar dentro de un rito general de iniciación que adquiere su más pura expresión en la noche de fin de año. Este conjunto de ritos tiene, sin lugar a dudas, su origen en mitos pre-cristianos y está destinado a demostrar que el niño ya es un hombre de pleno derecho; el ciclo, sin embargo, no está realmente completo hasta que el quinto ha cumplido su Servicio Militar.

El Rito

En realidad, los actos que los quintos llevan a cabo se caracterizan por una serie de imposiciones muy interesantes a la hora de realizar nuestro análisis: los mozos, cada vez que se reúnen como quintos, deben desligarse de sus seres queridos, especialmente de su familia; deben, también, ser capaces de organizarse como grupo cerrado y coherente al que sólo han de tener acceso los varones — la reciente inclusión de las quintas no es más que uno más de los síntomas de pérdida de personalidad del ritual, explicable por la disolución de tradiciones concebidas en el seno de una sociedad muy diferente de la actual —. La organización interna de los quintos es esencial para que puedan llevar a cabo su función, es decir, deben demostrar que son autosuficientes, las deserciones se consideran un fracaso, una demostración de quien abandona no está preparado para la vida que le espera. Como contrapartida, los quintos reciben ciertas ventajas que podemos resumir en la indulgencia del resto de la comunidad, que se refleja, por ejemplo, cuando no son denunciados por tomar leña prestada (de aquellos que no tomaron las precauciones de ponerla a salvo antes de Fin de Año), o cuando no son amonestados por sus familiares ante las terribles algazaras que se organizan — es una de las pocas ocasiones en que un mozo puede estar tan borracho que pueda aguantar, sin que sus padres se lo reprochen —. Es cierto que reciben algunas ayudas cuando la noche de Fin de Año organizan colectas, pero ellos, a cambio, comparten, siempre, una parte de su fiesta — a veces a la fuerza, es cuestión de honor —.

Estos fenómenos son más intensos cuanto más importante es la fiesta. El grupo se empieza a organizar en las clásicas «reuniones» a mediados del otoño, la organización culmina el día 31 de diciembre, cuando los mozos pasan casi dos días sin pisar su casa, comiendo, cenando, trabajando y, sobre todo, divirtiéndose en común. Esa es la noche más especial de los quintos, en ella se medirá su valía, que será proporcional al escándalo y, especialmente, al tamaño de la hoguera que hayan conseguido. Además, el honor de los quintos se vería gravemente insultado si alguien extraño al grupo prendiera la hoguera antes de tiempo, son significativas las amenazas lanzadas a los potenciales pirómanos — y estamos seguros de que, en su caso, se cumplirían —.

Además de la noche de Fin de Año — que es la segunda NOCHE DE FUEGO de Alaejos, quizá la más ancestral —, los quintos celebran, el Día de Reyes, una misa, con una pequeña hoguera en honor a la patrona, Nuestra Señora de La Casita, y un baile en el que actúan de recios anfitriones, invitando a todo el pueblo a asistir; el primero de mayo plantan un árbol en la plaza — su altura es cuestión de honor — es «el mayo».

Después, los quintos serán destinados a diversos puntos de la geografía española, donde cumplirán el servicio militar del que volverán, como se suele decir, hechos unos hombres.

Análisis

Dentro de las labores realizadas por los quintos, hemos de distinguir varios matices, el primero, general, y que engloba a los demás, se refiere a lo que entendemos como RITO DE INICIACION; los otros son más particulares, interpretables como ritos solares y ritos agrícolas. Al parecer es común que sean los jóvenes quienes se encarguen de estos actos rituales heredados, como se desprende de la bibliografía consultada, en toda Europa se dan pervivencias de este tipo, especialmente asociadas a noches de fuego en los solsticios de verano (San Juan) o de invierno (MIRCEA ELIADE, 1974, vol. 1: 182).

«La iniciación, pues, comienza por un período de aislamiento — de la comunidad y de la familia — al que es sometido todo el grupo de jóvenes muchachos... Las cosas tabú van siendo cada vez menos tabú — es decir, todo aquello reservado a los adultos —, al mismo tiempo que ellos se van convirtiendo cada vez más en tabú para los no iniciados: no pueden ser vistos por las mujeres... A lo largo de los retiros los jóvenes incluso reciben educación moral y técnica, educación militar y civil...» (MARCEL MAUSS, 1974: 344-345).

Casi todas estas características son evidentes en el rito que estudiamos. El aislamiento: la angustia de las madres (como dice la canción) ilustra la pérdida del hijo-niño y el aislamiento; el carácter de comunidad cerrada, patente a los ojos de todos, explica la existencia de dinero común, y actos comunes — comidas, fiestas... —, por otro lado esta celebración había conservado el carácter masculino hasta hace pocos años, propio de sociedades patriarcales.

La introducción en la vida del adulto se realiza gracias a una serie de pruebas físicas y psíquicas de integración y trabajo. Las cosas tabú son por primera vez asequibles a los mozos, sobre todo la disponibilidad de alcohol y de libertad durante algún tiempo.

De este modo la celebración adquiere de nuevo un carácter festivo, orgiástico, caótico. La fiesta, como vimos en nuestro trabajo del año pasado, tiene la función de hacer circular la energía vital y sagrada, de despertar la capacidad de producción de la naturaleza; también es un modo de facilitar a los jóvenes iniciados la introducción a la vida comunitaria.

La reintegración: como indicamos más arriba, la iniciación se completa con el servicio militar; tras la iniciación, bautismo de fuego que convierte a los niños en adultos, surge un hombre nuevo, y como tal es tratado en la comunidad ante la que ha demostrado que es un adulto. Las fiestas celebradas por los quintos son la repetición del gesto primordial de la procreación, envolviéndose en un caos momentáneo del que surgirá un nuevo orden.

El segundo fenómeno, el de la hoguera, se definiría como una Heliolatría o Culto al Sol, su origen nos es desconocido, pero es posible pensar en la pervivencia de una mitología pre-romana íntimamente asociada al rito iniciático de los quintos ya que, en efecto, a veces, «los ritos de iniciación... corresponden normalmente a la iniciación en el CULTO DEL GRAN DIOS» (MARCEL MAUSS, 1974: 346), que, en este caso, sería el Sol. En muchos pueblos de Europa se realizaban ritos de este tipo para devolver al Sol la fuerza que va perdiendo, hecho en el que recayeron nuestros antepasados al comprobar que los días se iban haciendo más cortos en invierno. En todas parte este rito se celebra en verano, en el solsticio de verano (el día de San Juan), o en invierno, también en el solsticio invernal (el 21 de diciembre), en nuestro caso se produce una pequeña desviación de 10 días, quizá debido a la cristianización del rito:

Aunque estas fiestas sorianas tengan fuego del Irán,

se han hecho fiestas cristianas,

pues las bautizó San Juan:

ya a la misa los parsis van

cuando tocan las campanas.

(Romance sanjuanero recogido por Teodoro Ribio Jiménez.)

La destrucción de la madera por el fuego tiene un carácter regenerador que devuelve al sol la energía suficiente para volver a alargar sus días. Además, como casi todos los trabajos iniciáticos que abren las puertas de lo prohibido, este rito pone en juego una serie de fuerzas dialécticamente contrarias: por un lado está la oscuridad de la noche y el frío invernal frente a la luz y el calor de la hoguera, por otro la organización interna de la comunidad de quintos cuyo fin es conseguir que el caos triunfe por unas horas.

Nos encontramos, de nuevo, con un intento de regeneración de la fuerza cósmica por medio de un rito cíclico (al igual que ocurría en las fiestas patronales de septiembre); aunque en este caso el carácter de hierofante-psicopompo, es decir, protector-guía de la ceremonia es una divinidad mucho más antigua, el sol, lo que demuestra la riqueza de nuestras tradiciones: «El sol fue, en un principio, el psicopompo de todos los iniciados de las sociedades secretas» (MIRCEA ELIADE, 1981: 158).

La celebración del 5 de enero es, a nuestro entender, consecuencia de la cristianización del rito y del mito: el sol se pondría al servicio de una divinidad más poderosa, por eso se enciende una pequeña hoguera en honor a la Virgen de La Casita. Esto es lo que técnicamente se conoce como la subyugación, y aún la desaparición, de los elementales dioses urânicos o celestes ante los dioses fecundadores, y ante los mucho más perfectos dioses metafísicos (MIRCEA ELIADE, 1974, vol. 1: 125).

Nos resta, aún, tratar El mayo, la última labor que realizan los quintos en Alaejos. En este caso nos topamos con un rito mucho más universal que el anterior y que se rastrea en todas las civilizaciones agrarias del mundo, se trata de la visión del cosmos como un árbol gigante, es a la vez un altar, el centro del mundo — el centro del paraíso, el mayor de los tabúes —, y sobre todo el árbol es el símbolo de la resurrección de la vegetación en primavera. La ceremonia de la plantación del mayo es conocida en Suecia (Maj Stänger), en Escocia e Inglaterra (May-pole), en Los Vosgos (Walber), en Francia... llega hasta la India (calmali). La idea se basa en la participación colectiva en la regeneración de la vegetación plantando un árbol. Es decir, si en el caso de la hoguera nos encontrábamos un ritual destinado a devolver al Sol su fuerza, en este caso el rito se destina a devolver a la naturaleza vegetal su potencial fecundador.

Evidentemente, los quintos no son conscientes del carácter ancestral de sus actos, sólo se preocupan de competir airosamente con otras quintas, lo cual es perfectamente lógico cuando se piensa en la integración en la comunidad de los iniciados.

Conclusión

Del análisis de los datos que venimos estudiando se puede deducir alegremente que el origen de Alaejos es pre-romano, sin embargo no existe verificación posible sobre este supuesto, es más, hay que manejarlo con mucha cautela: ya pudimos tratar, en un artículo publicado en EL CAÑO, sobre los oscuros orígenes de esta población, en la que los datos arqueológicos científicamente verificados no parecen ser anteriores al siglo XII, y difícilmente remontables al XI. Estos datos son los torrejones de Valdefuentes y del río Trabancos — incluidos los de Sieteiglesias y los Evanes —, datables en el siglo XII, o ligeramente anteriores, y, precisamente, la imagen de la Virgen de La Casita, del siglo XIII.

No aceptamos, pues, las teorías que especularían sobre un origen excesivamente antiguo de Alaejos, en tanto, claro está, que no aporten datos documentales o arqueológicos — cuya existencia nos es desconocida, aunque no la negamos —. Nosotros mismos nos hemos visto envueltos en ese deseo de demostrar, inútilmente, un origen protohistórico o clásico para el pueblo, pero la evidencia es que Alaejos nació siendo una pequeña aldea sin importancia para nadie — excepto para sus propios habitantes — hasta finales del siglo XIV, y cuya documentación escrita no va más allá del año 1167.

Pero, incluso aceptando la relativa juventud del pueblo, podemos pensar que algunos de los ritos son muy antiguos, éstos pudieron ser adoptados por los primeros alejanos de otros pueblos vecinos, o traídos por ellos mismos al repoblar estas tierras, tras la expulsión de los musulmanes, allá por el siglo X u XI.

Bibliografía

ELIADE, Mircea (1974): Tratado de historia de las religiones. (Dos volúmenes). Ediciones Cristiandad, S.L., Madrid.

ELIADE, Mircea (1981): Tratado de historia de las religiones. Morfología y Dinámica de lo sagrado. Ediciones Cristiandad, S.L., Madrid.

MADOZ, Pascual y otros (1984): Diccionario geográfico-estadístico-histórico de Castilla y León, vol. 8: Valladolid. Edición facsímil del original, publicado entre 1845 y 1850. Ediciones Ambito.

MAÑANES, Tomás (1979): Arqueología vallisoletana (La Tierra de Campos y el Sur del Duero) volumen 1. Institución Cultural de Simancas, Servicio de publicaciones de la Diputación Provincial de Valladolid.

MAÑANES y VALBUENA (1977): Torres y fortalezas medievales al Sur del Duero en la provincia de Valladolid. B.S.A.A., 43, 1977, páginas 111 y siguientes.

MARTIN, José Luis (1975): La Península en la Edad Media. Ed. Teide.

MAUSS, Marcel (1974): Introducción a la Etnología. Ediciones ISTMO, Madrid.

ORTEGA RUBIO, Juan (1979): Los pueblos de la provincia de Valladolid (1895). Edición facsímil del original, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid.

VILLAR GARCIA, Luis Miguel (1986): La Extremadura Castellano-Leonesa. Guerreros, clérigos y campesinos (711-1252). Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura.

Cómo citar

José Manuel Benito Álvarez: «Mitos y fiestas en la villa de Alaejos (II)». Programa de Fiestas Patronales de Alaejos, 1988.

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