El presente trabajo no busca una explicación exhaustiva acerca de todas las tradiciones que la villa de Alaejos conserva; más bien se trata de una descripción preliminar de algunas de estas tradiciones, que, en algún caso, pueden llegar a interpretarse, si bien con todas las reservas del mundo, puesto que con el tiempo han perdido gran parte de su riqueza original y, además, su significado ha sido contaminado.
Hemos elegido un fenómeno para este pequeño estudio, quizá de los más espectaculares, dado que es de carácter colectivo: se trata de una de las tradiciones religiosas de la villa, la festividad de su patrona, La Virgen de la Casita.
La Virgen de la Casita — El Mito
Resumimos aquí los aspectos más importantes del mito, según algunas de las fuentes que recogen esta tradición, fuentes que pueden diferir en algún punto de otras informaciones.
Corría el año 1490, y sobre el valle del Duero se abatía una gran sequía que no dejaba prosperar las mieses; Alaejos, como tantas poblaciones castellanas, necesitaba de toda su producción y gran parte de sus hombres para abastecer la guerra que, contra los musulmanes granadinos, sostenían los Reyes Católicos. Era, pues, un año crítico y los más humildes se veían azotados por el hambre y sumidos en la miseria.
En Alaejos vivía una mujer llamada Catalina de la Cruz, —«santa y piadora...»—, casada con un marido que la maltrataba, con gran número de hijos y pocos medios para mantenerlos. Catalina se dedicaba a recoger las pocas hierbas de ensalada que la sequía había respetado para, luego, venderlas en el mercado; enfrascada en su tediosa labor se encontraba el 10 de mayo de aquel mismo año, cuando, en medio de un gran resplandor, se le apareció la Virgen María —otras versiones refieren que la aparición se produjo al arrancar una planta que le había llamado, inconscientemente, su atención—.
La Virgen dio a Catalina instrucciones claras y precisas que debía transmitir a todos los alejanos: éstos encontrarían en aquel santo lugar una imagen suya —que habría de ser «... tan grande en portentos como pequeña en estatura...»— a la que debían, además, construir un templo, que tendría su centro donde se produjo la aparición.
En este momento hay algunas diferencias en las versiones recogidas, la versión aceptada por la Iglesia nos habla de cómo todos los vecinos de Alaejos creyeron a Catalina de la Cruz, encontraron la imagen de la Virgen y le construyeron una cabaña o, mejor dicho, una casita, para protegerla mientras construían el templo; sin embargo, llenos de buena fe, eligieron otro lugar para construir el templo. Uno de los milagros atribuido a la Virgen es el de rechazar el emplazamiento de aquel templo, ya que por más veces que la imagen fue instalada allí, ésta volvía a su casita, hasta que, por fin, los alejanos se rindieron a la evidencia de que el templo debía estar donde la virgen había determinado. Allí se construyó la Ermita que todos conocemos.
Otros testimonios, que a diferencia del anterior no son escritos, relatan, como al no ser creída Catalina, volvió con la Virgen que, marcando la cara de la mujer con una señal de sus dedos, le dijo que antes de que llegara al pueblo las campanas sonarían solas. Catalina, además, adquirió la facultad de amasar siete panes con la misma masa con la que otras mujeres no hacía más que uno.
En todo caso, lo cierto es que los vecinos encontraron la imagen en una retama que, de amarga, se volvió dulce cobrando virtudes curativas; en aquel momento se nubló el sol y, al poco tiempo, comenzó a llover de tal suerte que, aquel año, la cosecha fue buena.
El Rito
Actualmente en Alaejos la fiesta de Nuestra Señora de la Casita es doble, se celebra un día de fiesta el 10 de mayo conmemorando la aparición o hierofanía, además de la semana de fiestas en torno al 8 de septiembre.
La fiesta del 10 de mayo corresponde, sensu lato, a una «romería», se celebra una misa en la Ermita y, después, una procesión en la que la imagen traza un círculo alrededor de la Ermita, precedida de bailarines, y seguida de feligreses. Como es tradicional en estos casos, decenas de niños son sentados en las andas de la Virgen para conseguir su protección y su bendición.
Las fiestas que luego se celebran en septiembre son similares a otras de la comarca, únicamente reseñar una segunda «romería» similar a la de mayo y, sobre todo la noche en la que se queman las tracas: es costumbre de los mozos pasar por debajo de las chispas que sueltan petardos, cohetes y molinetes; la celebración se culmina con la aparición de un dibujo de la Imagen de la Virgen en el momento y lugar en que las chispas son más abundantes y ruidosas, entonces los mozos rivalizan por apoderarse del dibujo a pesar del peligro potencial que supone el fuego. Es la primera NOCHE DE FUEGO de Alaejos. Por lo demás, las fiestas no se salen de la tónica general: corridas, encierros a pie o a caballo (presididos por la Mariseca), peñas, verbenas...
El Lugar
El lugar en el que transcurren los hechos el 10 de mayo de 1490 se incluye dentro de las preferencias de los grandes acontecimientos míticos y religiosos, se trata de un teso plano o cerro testigo del relieve diferencial de la geología de la zona. Lo que en realidad nos interesa es que es un lugar alto, aislado por una gran llanura de modo que destaca sobre todo el paisaje alejano, su falda está provista de un viejo y muy conocido pozo, uno de los más antiguos de la zona.
Análisis
La teogonía que rodea a la aparición de Nuestra Señora de La Casita presenta una serie de constantes que aparecen en otras teogonías, no necesariamente cristianas, y que trataremos de analizar.
En primer lugar nos ocuparemos de los hechos: «Toda cratofanía, y toda hierofanía, sin distinción, transfiguran el lugar en el que han acontecido: aquel espacio profano pasa a ser un espacio sagrado.» (MIRCEA ELIADE, 1974, vol. 2: 149). Esto ocurre así porque la divinidad, en este caso la Virgen, transmite al espacio toda su fuerza, y éste a su vez, transmite toda su sacralidad a quien en él penetra. Que aquel teso se convirtió en sagrado lo demuestra el hecho de que la Virgen se negase a salir de él, cosa que en principio no parecían entender los alejanos; los hechos de apego a aquel lugar son similares a los ocurridos en la también alejana ermita de Santa Ana, hoy destruida.
Por otro lado debemos recordar que muchas religiones coinciden en sacralizar los mismos lugares —se trata de un fenómeno, por ejemplo, de cristianización de lugares de culto paganos, en otros casos un mismo lugar es sagrado para diferentes mitologías— hay cientos de ejemplos en los que bajo iglesias españolas se han descubierto restos de templos romanos o celtas (v.g.) Es habitual que entre esos lugares se encuentren grandes rocas, bosques sagrados, grutas, fuentes y lugares altos. El hombre no elige los lugares santos, le son dados o los descubre por diferentes medios, ya sea por manifestaciones divinas (hierofanías o cratofanías), revelaciones (epifanías), por medio de ritos meticulosos (orientiatico), o el descubrimiento de signos o hechos extraordinarios señalados por plantas, animales...
Como hemos visto el Teso de La Casita cumple estas características, ya que ha sido señalado por una epifanía y reúne ciertas cualidades como son la coincidencia de un lugar alto con una fuente de agua.
Es habitual separar el espacio sagrado del profano por alguna valla o construcción como ocurre en el caso que nos ocupa, esto se hace para poder evitar que lo profano penetre en lo sagrado; esa sacralidad, además, se marca apotropaicamente (es decir se protege ritualmente)) con un círculo mágico que, en este caso, lo constituye la procesión de la Virgen en torno a la Ermita cada 10 de mayo.
Cambieremos de tercio para recabar en una característica esencial de la cosmogonía de la Virgen de La Casita como es el protagonismo del sexo femenino, sea divino —la virgen—, o humano —Catalina de la Cruz—; siempre en intensa relación con la agricultura, por aquella época en grave peligro como hemos visto, es decir, el mito está dentro de las características de lo que en antropología se conocen como mitos agrícolas de fecundidad:
«La solidaridad mística entre la fecundidad de la tierra y la fuerza creadora de la Mujer, es una de las intuiciones fundamentales de la que podríamos llamar “conciencia agrícola”»
(MIRCEA ELIADE, 1974, vol. 2: 111).
En efecto, es fácil admitir, por razones que no analizaremos aquí, que la Mujer tuvo mucho que ver en el descubrimiento de la agricultura; por otro lado, se identifica a la tierra con una matriz creadora: las culturas prehistóricas mediterráneas creían que la tierra (Gea) era LA MADRE, «la dueña del lugar», protectora de los vivos y sepultura de los muertos, generadora de todo alimento... Durante el siglo XII se ensalzaba a la Virgen María como terra non arabilis quae fructum parturiit («tierra no arable que dio su fruto»).
Nuestra Señora de La Casita hizo que aquel año el agua fuera abundante y, por lo tanto, también las cosechas. No sólo eso, desde que tocó y marcó a Catalina de la Cruz (la otra mujer de la historia) le dio poder de conseguir más alimento, nos encontramos, de nuevo, con la fecundidad femenina asociada esta vez —recordémoslo: podía hacer de un pan, siete— a un número mágico desde época prehistórica, el siete.
Y el agua, tanto la que vino con la Virgen, como la que, desde tiempo inmemorial, se encuentra en el pozo, es otro símbolo de fertilidad. En muchas religiones el agua es el caos primordial del que todo surgió (fons et origo), en otras tantas el Agua, la Luna y la Mujer forman el círculo antropocósmico de la fecundidad. Las aguas cumplen a la vez una doble función, primero purificadora (curativa en sentido físico y anímico, recordemos el sacramento bautismal), que prepara para la segunda función, la regeneradora (fecundativa).
Muchas mitologías ven en el agua el origen de la vida —no sin cierta intuición científica—, ello explicaría el poder cuartivo de ésta, ya que conserva el poder de absorber la fuerza que ella misma creó; existen paralelismos cristianos de este poder purificador y regenerador rastreables en la concepción de agua bendita, o en ciertas fuentes declaradamente milagrosas —la más famosa de ellas sería Lourdes—. La existencia de fuentes y cursos de agua sagrados es universal, y en todas las religiones el agua es habitada por espíritus femeninos (v.g.: ninfas, sirenas...).
Las fiestas dedicadas a Nuestra Señora de La Casita están estratégicamente situadas dentro del calendario agrario marcando los momentos culminantes del drama agrícola. Estos momentos se basan en otra idea universal de las sociedades históricas, la idea del poder que se va consumiendo sin agotarse nunca y que el ritual rehace en cada ciclo o año (MIRCEA ELIADE, 1974, vol. 2: 114). El 10 de mayo y el 8 de septiembre pueden inscribirse como ritos de renovación primaveral el primero y del final de la cosecha el segundo.
Ambos son parte del tiempo sagrado —tiempo hierofánico—, no deben entenderse sólo como una simple recreación de los hechos, es una auténtica vuelta al tiempo en el que éstos ocurrieron. Durante las fiestas al tiempo está sacralizado y no se mide igual que el tiempo profano. Dentro de él la denominada Noche de las tracas es la rememoración de la aparición divina, el resplandor que envolvía a la Virgen y el fervoroso entusiasmo de los alejanos por conseguir su favor.
El día 8 de septiembre no sólo marca el final del ciclo agrícola —hablamos de una época en la que, sin mecanización, las labores veraniegas terminaban más tarde—, también marca el inicio de la vendimia en una zona vinícola hasta hace pocos años, y un nuevo año agrícola. La fiesta sería un paréntesis caracterizado por la inversión del orden normal de las cosas —antropológicamente definido como la vuelta al caos primigenio fundamental para conseguir la regeneración cíclica envuelta en el mito del Eterno Retorno, y que también está presente en las labores de los quintos—. En todo caso la fiesta es una liberación del Hombre que cobra energías para reemprender su ciclo de trabajo.
José-María Benito Álvarez
Bibliografía
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MAÑANAS Y VALBUENA (1977): «Torres y fortalezas medievales al sur del Duero en la provincia de Valladolid». B.S.A.A., 43, 1977, páginas 111 y siguientes.
MAUSS, Marcel (1974): Introducción a la Etnografía. Ediciones ISTMO, Madrid.
EL IADE, Mircea (1974): Tratado de historia de las religiones. (Dos volúmenes). Ediciones Cristiandad, S.L., Madrid.
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ORTEGA RUBIO, Juan (1979): Los pueblos de la provincia de Valladolid. Edición facsímil (1985). Edición facsímil del Grupo Pinciano / Caja de Ahorros Provincial de Valladolid.
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