Jose-Manuel · Alaejos, septiembre 1971
Querido Antonio:
Otro año más llega el feliz momento de poderte dirigir mi extraordinaria de septiembre, que tanta satisfacción y alegría me produce escribirla, aunque no sea más que pensar en la misma que a ti te produce leerla.
Me encuentro de nuevo en nuestro pueblo "en fiestas". Sin embargo, este año, mi estancia en él, no obedece sólo a motivos "festeros".
El pasado año, al volver al pueblo después de una larga ausencia le encontré extraordinariamente cambiado, a mejor, en todos los aspectos, que, en síntesis, te hice notar. A partir de entonces, por permitírmelo mis ocupaciones profesionales e imponérmelo motivos de afecto y familiares, realicé frecuentes y prolongadas visitas al mismo. En éstas he podido comprobar que, si bien el éxodo de las gentes en tiempos pasados a otras zonas y países en busca de nuevos medios de vida, llegó a tomar caracteres alarmantes, ahora no sólo se ha estacionado, sino que más bien se ha invertido, produciéndose la inmigración de familias que, de manera definitiva o transitoria, retornan al pueblo, en el que encuentran una cómoda y apacible vida.
No me preguntes qué ha ocurrido porque no sabría responderte con certeza. No obstante, exponiéndome mi caso, puedes deducir el de los demás, que, en definitiva, puede ser igual o parecido.
Como sabes, yo, como tantos otros, salí del pueblo en busca de nuevos horizontes. Han transcurrido los años, en los que de una manera directa y personal, todos somos partícipes del más loable bienestar en todos los órdenes —incluyendo el económico— que nos ha otorgado nuestra querida Patria en estos tiempos de paz y sosiego.
En este estado, y puesto que la continuada y constante estancia en las grandes ciudades y zonas industriales, resulta, en muchos aspectos, cada vez más molesta e incómoda, hay que salir, como el enfermo que acude a las aguas termales que alivien su dolencia, en busca de una temporada de tranquilidad y reposo, y, en contacto directo con la Naturaleza, respirar, a pleno pulmón, el aire, abundante y sano, de la Meseta Castellana, la que, afortunadamente hasta ahora, se halla libre de la tan temida, traída y llevada "contaminación atmosférica".
Para ello, ¿dónde mejor que en nuestro pueblo, en el que, con las actuales mejoras, la vida resulta más placentera y grata? Cierto que también existe invierno, y en éste, no tiene demasiado aliciente, pero... verás:
Este año, climatológicamente hablando, todo fue adverso en un principio. Tras un otoño, largo, templado y seco y un interminable y glacial invierno, llegamos a los últimos días de marzo, en los que el campo ofrecía un desolador aspecto, y más aún, porque se presagiaba el desastre que para la economía del pueblo traería consigo una cosecha nula.
Sí; en aquellos días no había lugar a dudas en este aspecto. Próximos ya a abril, los sembrados apenas ya habían nacido, y ante esta perspectiva ¿qué podía esperarse? Nada; o, por mejor decir, mucho; lo peor.
Tan aterradores eran aquellos momentos que no daban lugar a comentarlos ni siquiera para lamentar la situación angustiosa. No faltaban, sin embargo, quienes, asiéndose fuertemente a la esperanza, que, sin dudas, es la última que se pierde, decía que "Dios sobre todo". Sí; efectivamente, Dios sobre todo; pero aún así, ¿qué podría esperarse de los sembrados que no habían nacido? ¡Providencial sorpresa...; milagro...; no cabe duda que, providencialmente, surgió el milagro!
Abril, con sus aguas mil, fue, sin duda, su artífice, con el que llegó a mayo la primavera más bonita y más hermosa que hayamos podido contemplar en Castilla. Si hermoso era ver ahora, ya perfectamente nacidos y crecidos todos los sembrados, que presagiaban una abundante cosecha, no era menos contemplar la exuberante vegetación de los campos, cuya fragancia y agradable aroma de la mayor variedad de flores naturales y la perspectiva de la inmensidad de los Campos de Castilla, en su más variada tonalidad de verdes, salpicados y armonizados por la numerosa y vistosa gama de colores de toda la vegetación de flores silvestres y naturales, nos hacía vivir en el país de las maravillas.
¡Qué pena que acabara la primavera! Fue tan bonita, tan hermosa, que merecía la pena haber sufrido las adversidades del invierno para poder contemplarla.
Transcurrieron junio y julio con sus persistentes lluvias y amenazadoras tormentas, originando un principio de verano extremadamente fresco y agradable, aunque difícil y costoso para la realización de las faenas de la recolección, que no comienzan hasta bien entrado julio.
Es, en los últimos días de éste, cuando parece que comienza el período estival, y, tras agosto, veraneigo por excelencia, nos encontramos nuevamente en el festero mes de septiembre, en el que Alaejos, como siempre, acoge a todos los suyos, residentes y ausentes, proporcionándoles días de descanso en el cotidiano trabajo y de incansable ajetreo en la bulliciosa y agradable fiesta.
Me siento muy dichoso, querido Antonio, sabiendo que este año harás tu presencia en ella, porque se que tú también te sentirás alegre y dichoso en tu pueblo, no sólo por estar éste en fiestas, sino porque en él están tus recuerdos de niño, tus familiares y amigos, con los brazos abiertos, esperando tu abrazo...
Allá, un poco más lejos, también con los brazos abiertos, mirando siempre al Camino —¡qué Camino, Santo Dios!— está tu Patrona, que espera, igualmente, tu consabida visita y tu fervorosa oración.
Hasta muy pronto, y mientras tanto, te abraza muy fuerte tu buen amigoJOSE-MANUEL