Almudena Ojeda Torrero
A la vista está la situación de menoscabo y desastre que afecta a la torre de Santa María. Deterioro que se prolonga en su interior. Numerosas grietas y fisuras recorren la cabecera de la iglesia, afectando de manera especial a la nave del evangelio en su tramo final.
Si numerosos son los desperfectos, cuantiosos son los factores que han contribuido al estado actual de la iglesia. Uno de ellos inevitable, el paso del tiempo y el uso de la misma. Otros muchos, ajenos por tanto a la voluntad del hombre, dependen en su mayoría de factores externos; la climatología de la zona, con fuertes oscilaciones térmicas en invierno y verano, somete a los materiales principales, —yeso, cal y ladrillo— a continuas alteraciones en su composición mineralógica. La contaminación atmosférica, la incidencia de fenómenos meteorológicos adversos, la presencia de organismos vivos causantes del biodeterioro como las palomas y sus excrementos, o también la aparición de grietas y la consiguiente filtración de humedades son solo algunos de ellos. La suma de todos, en mayor o menor grado, ha conducido a lo largo del tiempo a mermar el aspecto general del edificio, que camina hacia los cinco siglos de vida.
La construcción de la fábrica actual de Santa María aparece documentada a finales del XVI, coincidiendo con el momento de esplendor de la Villa. Sin embargo, y pese a las dificultades de la centuria siguiente, el diecisiete fue el siglo de la consolidación y ornamentación de la iglesia. Es decir, a la vez que se remataba el edificio se fue aderezando. La mayoría de los contratos que se documentan durante la primera mitad de la centuria tienen como finalidad el acabado de la iglesia: compra de "cal y ieso" o también con el "retexado y enbaldoxado" del templo. Una tendencia que como es lógico cambió a medida que avanzaba la centuria. Con un siglo de vida ya, aparece la necesidad de acometer arreglos y reparaciones de mayor enjundia. Así consta en 1676 cuando por "rruina que amenaza al Remate y veleta del chapitel questa sobre la capilla mayor, y que si no se rremedia podrá suceder algún daño Yrreparable como el de undirse Y quebrarse el artesonado de la capilla mayor que es muy rrico". Arreglo hubo, pero no suficiente o al menos eficaz.
Durante el XVIII las obras menores y arreglos de la iglesia se incrementaron de forma exponencial, según recogen los libros de cuentas. Embaldosar, retejar, blanquear y otras obras, entre las que se encuentra la construcción de una nueva sacristía, formaron parte de la cotidianeidad del edificio y de quienes velaban por su conservación, alarifes, albañiles y sepultureros. Pese a los continuos retoques, el problema principal de la iglesia persistía. En 1807 la cabecera de la nave central amenaza nuevamente ruina: "que en el artesonado de la nave del medio hay necesidad de quitar una madera titulada quadral... del armanzón del tejado que le cubre por estar podridas dichas maderas". El estado de ruina es tal que se extiende a toda la techumbre alcanzando así a la armadura del crucero: "Después que se ha descubierto totalmente el tejado se hanmanifestado más claramente las (ruinas) del referido artesonado que constituyen una media naranja en el centro del crucero". La situación reviste tal gravedad que la Junta de Fábrica decide poner en conocimiento al Cabildo, la Universidad de Salamanca y la Duquesa de Veragua, por entonces con fuerte poder económico y decisorio en la villa, la necesidad de acometer obra urgente. Justo cuando las obras parecen requerir de mayor consenso, suponemos por la magnitud de la reparación y el dinero que requiere la intervención, comienzan a aparecer las primeras tensiones entre los encargados de financiar con la generosidad de sus diezmos el desagravio.
Aunque no conste el acuerdo alcanzado, debemos de suponer que la obra se llevó a buen puerto si tenemos en cuenta el apremio con la que aparece recogida en los libros. Pese a todo, el remedio no resultó efectivo. La solución llegó en 1910 cuando se decidió sustituir el armazón de madera exterior por una armadura consistente de hierro, y de esta forma no sólo aislar de la lluvia y el viento a la talla policromada que cubre el presbiterio, sino también evitar la filtración de humedades por todo el edificio. Obra contratada a "Ángel López por valor de 1848 pesetas". Se conseguía, por tanto, poner fin a uno de los grandes males que venía padeciendo el edificio desde sus primeros años de vida.
La mayoría de los arreglos quedaron recogidos en los Libros de Cuentas de fábrica. Un memorial indispensable para conocer la economía de las parroquias y el fin de sus fondos. Otros muchos, quizás por su premura o por el propio desconocimiento del protocolo, fueron registrados en el reverso de los libros de canto y misales, una fuente particular por la abundancia de descripciones y detalles sobre las reparaciones. Así aparece reflejada la prisa de los vecinos por colocar la veleta de la torre "...cuando en la mañana del 9 de febrero de 1830 se vio la cruz de la torre de Santa María toda ladeada..." siendo "...los hermanos José y Bernabé Ojeda contratados para su arreglo por cantidad de 1760 pesetas". Decisión que contó con el beneplácito del Arzobispado y que dio comienzo a finales de ese mismo mes.
Resumiendo, llama la atención la prontitud en las intervenciones, evitando de esta forma que el paso del tiempo repercuta en el empeoramiento del edificio. La Junta de Fábrica terciaba ordenando los arreglos precisos, no existía ningún escollo administrativo, —al menos destacable—, que lo entorpeciese. Por entonces, el buen estado y aspecto de la iglesia era prioridad para vecinos y feligreses. En la actualidad todo se ha complicado. La falta de dinero y acuerdo entre los organismos competentes, entorpece la premura en las intervenciones, mientras que el tiempo pasa en contra de la fábrica. Si bien es cierto, la situación económica de las iglesias ha variado a lo largo de su historia y todo indica, que no para mejor. La llegada del Estado Liberal y la venta de las tierras propiedad de la iglesia, supuso una merma en sus ingresos anuales. Las ayudas procedentes del Estado, y en menor medida las donaciones y herencias, son a día de hoy los ingresos más importantes de las parroquias.
Es tarea del pueblo, vigilar, conservar y legar un patrimonio incalculable en valor histórico-artístico, como sentimental. Sin olvidar que alzar la voz y reivindicar aquello que nos identifica, es a la vez una forma de hacer justicia por quienes en el pasado velaron por su conservación.