Almudena Ojeda Torrero
Pasear por las calles de ciudades y pueblos nos pone en conocimiento de quiénes fueron los protagonistas de nuestro pasado cercano y lejano. Sin embargo, escasas menciones hace el callejero local a la vida de personajes femeninos en la historia de Alaejos, a excepción de Gonzala Santana, conocida por su labor de ayuda hacia las personas más necesitadas.
Gonzala Santana Delgado nació en 1844 en Alaejos. Hija de José Santana, vecino del pueblo y Petra Delgado, natural de Salamanca, fue la única hija del matrimonio. Según las fuentes, la casa familiar se encontraba en la calle que hoy lleva su nombre, justo en la subida de la calle Pastores hacia la calle Lucas Martín. Tras el fallecimiento prematuro de su padre, Gonzala, que contaba tan solo con 13 años, y su madre deciden trasladarse a Salamanca. Por este motivo ponen a la venta gran parte de sus propiedades y tierras en Alaejos. Con el dinero conseguido, compraron numerosas fincas en la provincia de Salamanca, permitiendo disfrutar a madre e hija de una vida acomodada y desahogada en la ciudad. Escasas son las referencias sobre su juventud y formación en la ciudad del Tormes. Su biografía presenta a Gonzala como una persona comprometida con la vida social de la ciudad; “le gustaba seguir la moda”, acudir a la iglesia y viajar. Nunca llegó a casarse, pero sí contó con varios candidatos, entre ellos, Vicente Rodríguez Fabrés, empresario salmantino que dedicó parte de su fortuna a la ayuda de las personas necesitadas, especialmente de la provincia.
La labor de auxilio hacia los más necesitados convierte a Gonzala Santana, apodada cariñosamente como la Pollita de oro, en un personaje público en la primera década del siglo pasado. Así lo refleja la prensa local de Salamanca, que no repara en elogios y alabanzas “hacia tan distinguida dama” rozando en ocasiones la cursilera; “…la señora de Santana, elegida por Dios para ser aquí el ejemplo vivo, el instrumento providencial…para servir de medio entre los grandes y los pequeños…” o “una gloria salamantina”. A comienzos del siglo pasado, cuando la economía española atravesaba un periodo de transición, consecuencia de la pérdida de las últimas colonias de América, la principal fuente de ingresos para Salamanca y su provincia seguía siendo el trabajo agrícola. La continua fluctuación del precio de los cereales, unido a su bajo rendimiento, hicieron merma en la clase trabajadora salmantina, lo que se tradujo en un fuerte desempleo y hambre entre la población. Consecuencia de ello, semanalmente se congregaban a las puertas de la casa de Gonzala Santana cientos de personas con la intención de recibir un bono de cien pesetas que sofocarse sus necesidades básicas. Sin embargo, su preocupación fue más allá de repartir limosna. Consciente de que este reparto no solucionaba el problema, muchas de las personas reunidas a los pies de su casa eran empleadas como jornaleros en las fincas de su propiedad. Otras tantas recibían como desahogo la eliminación del alquiler de las tierras de su propiedad, si la cosecha no había sido productiva.
Conocida por los salmantinos su labor de ayuda, especialmente hacia los niños pobres, no es extraño que pronto muestren interés en su generosidad congregaciones religiosas y auxilios benéficos. De entre todos, Gonzala establece una especial relación con la compañía de San Juan Bosco, recién llegada a la ciudad a principios de siglo. Tal es su cercanía que en 1913 Gonzala se desprende de cien acciones del Banco de España para ayudar a los salesianos en la construcción de la casa de los niños pobres, situada camino de la estación, hoy día Plaza de San Julián; “una casa grande, higiénica y ventilada”, edificio que actualmente alberga la Filmoteca Regional de Castilla y León. Con la misma compañía llega al acuerdo para financiar anualmente, en régimen de internos, los estudios de niños pobres de Salamanca y Alaejos. Un total de 45 niños, —a excepción de seis que reserva para niños de Alaejos—, entre los que se encontraban en el año 1913; “Víctor M. García, Feliciano González, Félix Santana, Demetrio Jiménez, Patricio Cesteros y Luciano Parrado”. “El sostenimiento y la educación de esos cuarenta y cinco niños—conocidos popularmente como gonzaleros—le cuesta a la dama, unos seis mil duros anuales”. Fue esta labor llevada a cabo durante años la que motivó al Ayuntamiento de Alaejos, reunido en pleno en febrero de 1912, a poner el nombre de Gonzala Santana a la calle donde vivió su infancia nuestra vecina.
Seguir el rastro de su vida resulta bastante complicado. Desconocemos si volvió a visitar Alaejos una vez que abandonó la localidad de niña. Debemos de imaginar su inclinación por la villa si atendemos a su generosidad con los niños y personas más necesitadas “Las dos mil pesetas que todos los años reparte entre los niños de Alaejos”. Otras fuentes señalan el reparto de “10 pesetas a cada pobre en los lugares donde tiene propiedades: Larrodrigo, Monterrubio de la Armuña y Alaejos”. Si el dato es cierto, no es raro que se prodigara por nuestro pueblo, al menos con la intención de vigilar un justo reparto de su dinero. Su dedicación la llevó a ser apodada conocida cariñosamente como la Pollita de oro.
Entre sus aficiones se encontraba viajar. La última vez que lo hizo fue en agosto de 1926, con 82 años. De visita a Barcelona su salud falla y es trasladada a Salamanca de urgencia, donde fallece a los pocos días. En su testamento Gonzala hace de nuevo un guiño de generosidad hacia su pueblo natal, legando 500 acciones del Banco de España (alrededor de 1.565.000 pesetas) para la educación y cultura de niños de Salamanca y Alaejos, con el fin de lograr—según el testamento— “un oficio o profesión con que sean útiles así mismo y a la sociedad”. Con dicha cantidad de dinero, junto con el valor de todas sus propiedades, se fundó tras su muerte un Patronato con su nombre. El objetivo de esta institución sigue el camino iniciado por Gonzala; ayudar a los pobres y formar a los niños cuyas familias no tienen suficientes recursos. Entre las personas encargadas de la administración nombra con carácter hereditario al párroco de Santa María, cargo que compartiría con el obispo de Salamanca. El mismo documento recoge también el legado de 50.000 pesetas para la construcción de la capilla del edificio que acaban de levantar las Hermanitas de los Pobres en Salamanca, muy próximo a la Plaza de Toros.
Pese a su notoriedad en la sociedad salmantina de entonces, la prensa es unánime a la hora de describir a Gonzala como una persona discreta y humilde “huye de la exhibición y de los aplausos”. No le gustaron los homenajes y reconocimientos en vida. Así lo mostró cuando el obispo Alcolea, con quien mantenía una gran amistad, decidió colocar una placa conmemorativa justo en frente de la casa que habitó Gonzala Santana en la Plaza de Monterrey.
Almudena Ojeda Torrero