Alfredo Otero Villoria
Historias y devenires,
evolución y progreso,
nuevas costumbres o mores
por fuero o por devaneo,
se presentan y trastocan
lo que fue imperecedero,
o lo pareció en su día
como oportuno y señero,
al creernos que por siempre
sería así nuestro ruedo.
Fueron años imborrables,
y tan indelebles fueron
que aún permanecen intactos
en rincones de recuerdos.
Era el tiempo de los palos
de verticales encuentros,
y de tablas no muy juntas…
que ocasionaron desvelos
a anhelantes juventudes
y a soñadores abuelos.
Con un solo burladero
ofreciendo a sanitarios
incómodo acogimiento
al margen de exquisiteces
por especial reglamento.
Cuando agosto se mediaba
comenzaban carpinteros
a darle forma a una plaza
para ser por unos días
alma del divertimento,
cobijo de la ilusión
que aflora detrás del muelo
y en la era con paciencia
está aguardando su encierro.
Carretillas, pasodobles
con astas de sangre y miedo
siembran cosechas tardías
de valores y de duelos.
Ya se fueron sobresaltos
de aquellos quebrados huesos
causados por los columpios
que con vigas construyeron
los pequeños pobladores
atraídos por señuelos,
buscando con gallardía
sus aventuras y riesgos.
¡Bendita lluvia que ajusta
tablados y riega el ruedo
rindiendo presto rigores,
el seis del mes vendimiero
Mas por el once llegaron
con su tono lastimero
despedidas y añoranza
en la línea y el correo.
Aprietan necesidades,
el tiempo corre, no para,
imperan los reglamentos,
ahogan a nuestras plazas
que se van por dejar sitio
a las barreras y gradas.
Desaparecieron palos,
ganaron las recias tablas
y mandaron los colores
de los olivos de grana.
Lo metálico le resta
poesía y no engalana
un recinto destinado
a la tragedia y la fama.
Pero cumple cometidos
de eliminar amenazas
por permisos denegados
ante incompletas e insanas
caprichosas exigencias
que marcan las ordenanzas.
Transcurrieron varios lustros
y su cetro no dejaron
los elementos severos
que originan desencantos
cuando, buscando intereses,
se olvidan de lo sagrado
de mantener las costumbres,
de dejar un poco al lado
tanta idea de progreso
mas lo viejo abandonando.
Pero resulta difícil,
pues viene a ser rebuscado,
el querer que viva siempre
lo que nos ha enamorado.
El mundo cambia y no menos
lo que está relacionado
con diversión y costumbres,
con corridas del astado
que siempre pide emociones,
que siempre busca lo raro,
que se prodiga en lo nuevo
más que en lo antiguo y lo rancio.
Naces tú, al fin, Nueva Plaza,
con orgullo de tu rango,
pensando que has de durar
y que alcanzarás de largo
(a poco bien que resultes)
una vida con más años
que los años que vivieron
la que nació de unos palos,
clavos, tablas o maderos
y otra que surgió de manos
de expertos profesionales
que con pericia lograron
darte la forma precisa
y cumplir lo demandado.
Te precedieron los ruedos
por las formas obligados,
con fuentes y dimensiones
para lidias no apropiados
ya que había espacios muertos
y por querencias marcados.
Elegante y grácil eres.
Por fuera presentas garbo.
Seguro que tus arenas
prestaran redondeado
ese trágico lugar
por los poetas cantado.
Y a las cinco de la tarde,
como en los versos lorquianos,
después del taratatí
y el trágico cerrojazo
aparecerá la duda
del éxito o el fracaso
asomando entre sus puntas
el duende que, ya embriagado,
salta a la arena en su afán
de luchar, morir matando.
Todavía estás sin nombre.
Te pondrán el apropiado.
Y hasta que llegue tu fama
yo así te iré llamando:
"Nuevo Coso del Castillo",
de cuño bien alejano.