Adolfo M. Araujo y González · septiembre 1986
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Parece oportuno que llegando las tradicionales fiestas de nuestra Patrona, nos paremos unos momentos (los necesarios para leer estas líneas), para tratar sobre cosas y símbolos que representan tradiciones seculares, que vemos a menudo y que no llegamos a comprender su significado, a fuerza de tanto verlas, pues, ciertamente el lenguaje de los símbolos o los ritos no es de fácil comprensión, al menos si no se ha iniciado uno en su estudio, procurando descifrar lo que ese lenguaje mudo nos quiere decir.
En estos días de fiesta vamos a tener ocasión de contemplar una bandera, un estandarte y una corona, símbolos y atributos relacionados directa o indirectamente con nuestra querida Virgen de la Casita, en torno a la cual es casi obligado hablar llegando el mes de septiembre.
A modo de orientación, se ha de decir que las insignias militares, transformadas en enseñas y banderas, se originaron en los vexiloides, cuyo nacimiento se inicia en los pueblos orientales.
Los primitivos vexiloides solían ser una cinta, una cola, una borla o una cruz. Luego se van transformando en figuras de animales por las legiones romanas, para distinguirse unas de otras hasta que concluyeron por unificarse al escoger el águila como única enseña de sus ejércitos.
Posteriormente estos vexiloides se van poniendo como cima o remate de pequeños cuadros de tela de distintos colores que señalan las unidades de los ejércitos romanos con sus distintos cuerpos y secciones estableciéndose así el origen de la bandera de paño.
La necesidad de agruparse las tropas, de tener un punto de referencia y una llamada visual para reunir a quienes luchan bajo las mismas armas es el principal motivo que origina la enseña que, tras sucesivos avatares, concluye en bandera, tal como nosotros la entendemos, bien sea símbolo de la Patria, como reflejo de un ideal, como expresión de una actividad, representación de un ejercicio o de una afición, pero siempre como signo de distinción de un grupo humano que pretende diferenciarse de otro, como es en este caso la Cofradía de Pastores de Nuestra Señora de la Casita.
La bandera, con sus variantes, se introduce en Occidente en el siglo XII.
En el siglo XIII las Partidas de Alfonso X definen a la bandera dentro del grupo de los pendones, como la «señal quadrada que es más luenga que ancha bien el tercio el asta ayuso, et non es ferrada» (es decir, sin farpas: puntas que resultan al hacer escotaduras en el borde de la bandera). (Partida II, Título XXIII, Ley XIV).
De una simple tela de seda se va cargando de costuras y elaborados bordados y encajes.
Como principales fondos o telas para la confección de banderas se ha empleado el lino, el cuero, el metal, y un tejido cendal cuya trama es de seda y el pasado de lana que a la resistencia une la flexibilidad y la duración.
Sobre las formas, tamaños y proporciones de las banderas de forma general se puede decir que las principales formas corresponden a las rectangulares, salvo algunas cuadradas. No obstante no se ha llegado a establecer una proporción única y su tamaño discurre entre 6:7 al 11:28, lo que es igual a decir de casi cuadrada a casi tres veces el largo de su ancho.
I.—La Bandera de la Cofradía de Pastores
Paño: El paño de la bandera no es el primitivo, y es una lástima, pues no sabemos de qué material estaba hecha, como ocurre con tantas banderas o estandartes que han llegado a nosotros vgr: pendón de los Reyes Católicos en la toma de Granada, las tomadas a los turcos en la batalla de Lepanto, bandera Generalísima de las Guerras Carlistas, etc., etc. No obstante se cree que fue copiada, aunque si no es la textura de su paño, sí al menos en los colores, forma y tamaño de las anteriores, datando la primitiva quizá del año 1712 o siguientes, ya que en dicho año se aprobaron las Regias y Constituciones de la Cofradía.
Sin embargo en los archivos de la misma no hay ningún dato que lo avale.
El paño actual es una especie de tejido adamascado. Las medidas son: largo, 1,75 metros; ancho, 1,05 metros.
No lleva driza y se embute o abotona al asta.
Color: El color es azul por ambas partes. Debido a que es un paño que ha sufrido el paso del tiempo, decoloración por los rayos solares y otros fenómenos atmosféricos, no es posible saber qué clase de azul era el original, también debido a la variación de los tintes.
Sin embargo, conviene saber que el azul es el quinto color del espectro solar, que es el más oscuro de todos ellos.
El zafíreo que tiene un matiz próximo al marino y finalmente el prusia que corresponde al azul subido.
Pues bien, hecha esta disgresión, sobre toda la superficie del paño de la bandera de la Cofradía y por ambos lados va cosida una eme mayúscula (M) acortada en galón dorado.
Asta: Presenta las siguientes medidas: largo, 2,27 metros; grueso, 13 centímetros de perímetro; material, madera color marrón cilíndrica.
Remate del asta: Así como las banderas militares conservan el remate en lanza o pica, alabarda o partesana, con diferentes adornos o calados, las de carácter religioso rematan con la cruz o el mundo (bola).
La que se describe lo hace con una cruz latina de cuyos ángulos salen tres rayos.
Está hecho en bronce dorado y mide 41 centímetros de alto.
Remate de la parte de la bandera al viento: Es de fleco dorado; el remate del asta debajo de la cruz, donde se amarran, penden dos cordones de seda, trenzados, de color blanco y azul mezclado, de 2,23 metros de longitud que terminan en sendas borlas de idénticos colores de 16 centímetros de largo.
El protocolo que se usa con esta bandera de Cofradía se ve primordialmente el día de la víspera, en el que el cortejo de cofrades en llegando (actualmente van en vehículo automóvil, antes hacían el recorrido a pie) al llamado Árbol de la Virgen, señalado con una piedra de buen tamaño a la derecha del camino según se sube, y precedidos por la bandera dulzaina y tamboril, acceden a pie hasta la puerta de la ermita donde son recibidos por el párroco.
Los mayordomos y diputados entrantes y salientes asisten en el presbiterio a las solemnes vísperas (hoy reducidas a lectura sagradas, lo que es una pena) portando en sus manos los varales de la Cofradía y velas, siendo florido el del que ese año hace el servicio a la Virgen.
El abanderado es el mayordomo entrante o saliente según vaya o venga el cortejo de celebrar las vísperas.
II.—Estandarte de la Asociación de Danzantes
De siempre tuvo la Virgen quien, expresando su devoción, bailara ante ella siguiendo la costumbre tan española vista en multitud de rincones de nuestra patria.
Ya en el año 1714 está documentado que se pagaron «12 Reales de vellón a la danza por asistir a la función»; también en aquellos años se tiraban «qüettes». No sé si estaremos hoy para hacer lo mismo aunque gracias al empeño y entusiasmo de nuestro convecino Félix Rodríguez Martínez junto a otros, que ha rescatado del declive esta noble tradición, hoy existe una buena plantillas de danzantes que siguiendo la antigua usanza van uniformados a semejanza de las viejas libreas de los danzantes dieciochescos, con pantalón blanco y camisa azul, y desarrollan su danza desde que la imagen sale de la ermita hasta que entra y delante de ella, después de haber rodeado el santuario, al son de la dulzaina y tamboril.
La Asociación de Danzantes usa el estandarte como distintivo en las festividades de la Virgen a las que asiste en corporación.
Desconozco si hay abanderado o si hay usos o está estatutariamente fijado el que ha de llevarlo, así como la antigüedad del estandarte, aunque será probablemente la misma que la de la Asociación.
Paño: El paño es de un tejido imitación a seda, cuyas medidas son: largo, 1,16 metros; ancho, 0,87 centímetros.
Color: El color es azul y blanco por ambas partes, semejando sus colores a la Enseña Nacional en cuanto a su distribución y en lo referente a su extensión.
El blanco es un color puro, único y como el negro no tienen matices. Sobre el azul sirve lo dicho anteriormente.
Fundamentalmente son dos franjas de color azul paralelas, siendo la central blanca, más del doble extensa que las azules.
El origen de estos colores es, probablemente, la simbología mariana.
Asta: El asta es de metal plateado que se descompone en secciones si se desenrosca. Largo, 2,34 metros; grueso, 8 centímetros de perímetro; su forma es cilíndrica.
Remate del asta: Lo hace con una piña terminada en una cruz. No lleva flecos en la parte del estandarte al viento.
Sobre la franja central lleva bordada la imagen de la Virgen de la Casita con arco de flores.
Este estandarte, mutatis mutandis, pudiera considerarse como de quinta vertical doble.
Las Corporaciones Civiles y Cofradías se sirven, en general, de los estandartes para plasmar en ellos sus figuras representativas, ya que, por lo común, los estandartes para estos usos suelen ser de un único color, en el cual se aplican por el procedimiento que sea las insignias religiosas o profanas representativas de las mismas.
No obstante, también usan de la bandera en sus diferentes formas, pero casi siempre, sin ser norma fija, se suelen limitar a un solo color.
III.—Corona Antigua
Sobre la corona de la Virgen de la Casita no hay nada documentado en libros y archivo de la Cofradía de Pastores. Quizá haya algún antecedente en los libros parroquiales de Santa María, en cuya jurisdicción está la ermita, o San Pedro.
Hecha esta salvedad y a expensas de lo que pudiera demostrar una investigación sobre los documentos aludidos, hay que decir que es una meritoria obra salmantina, de traza barroca, que o bien pudo ser donada, o comprada, a semejanza de la última que posee en sustitución de la robada, por suscripción de los fieles del pueblo en general.
Está hecha de plata en su color con pedrería, aunque por el mal trato recibida y por el transcurso del tiempo está bastante deteriorada.
Se compone de un círculo realizado de seis florones trifoliados y se cierra con cuatro diademas que convergen en una esfera. Alrededor se dispone el halo o resplandor, enriquecido con piedras de distintos colores que, al parecer, son zafiros de talla antigua y en cabujón, terminando cada potencia en una estrella de seis puntas con piedra en el centro haciendo un total de doce.
Algunas de estas estrellas están partidas o les falta su piedra.
En el centro aparece la cruz entre dos roleos en cuyos brazos hay engastadas piedras de diversos colores. La corona del Niño es una reproducción a escala de la de la Virgen, a excepción del resplandor, del que carece, aunque tiene también piedras preciosas (zafiros) de adorno, faltándole alguna. Es también de plata.
El rostrillo de la Virgen era de plata cincelada con profusa decoración. Es una lástima que desapareciera en el robo reciente junto con la media luna de plata del siglo XVIII, hueca con alma de madera a la que se atornillaba.
Gracias a Dios se salvó la corona, no así otras pertenencias de estimable valor.
Concluyendo, podemos decir que en el círculo que se ciñe a la cabeza de la imagen aparece el contraste o marcas que son hechas con un punzón de acero mediante presión o golpe seco, generalmente de martillo sobre la superficie de un objeto de oro o plata. Esta contraseña está grabada en realce y negativo sobre el extremo de un punzón de acero para que pudiera aparecer la estampa sobre la superficie de la pieza en positivo y tener una lectura fácil.
El artesano encargado de grabar y excavar los punzones se llamaba incisor o abridor.
Las marcas garantizaban la ley de la materia prima. Con Juan II de Castilla y los Reyes Católicos se publican las pragmáticas que regulaban la materia.
Habían de ser triples estas marcas: Una de contraste garantizaba la ley legal del metal, otra de la localidad donde se fabricó o ensayó y finalmente otra con la señal, emblema o nombre del platero que la fabricó; estas normas se cumplieron de manera muy desigual.
El contraste, como se decía, de la corona de la Virgen es de Salamanca (un toro pasante sobre un puente de tres ojos), al igual que muchas de las obras de orfebrería custodiadas en el museo interparroquial de Santa María.
El autor de la obra fue el platero Diego Gómez, que vivió en Salamanca en el siglo XVIII, pudiéndose datar hacia la segunda mitad del siglo XVIII (1760-1770) como la fecha más probable de ejecución de la corona.
Como colofón, al hilo de lo dicho y relacionado con ello por extensión, me impresionó hace meses leer en «El Norte de Castilla» la noticia de la afortunada restauración de una imagen de la Virgen, creo que Patrona de Laguna de Duero, del siglo XIV. La nuestra es de «circa» la segunda mitad del siglo XIII y con importantes desperfectos (grieta central, dorados y policromados desprendidos, sobre todo en las rodillas, repintes, etc.).
A la vista de ello, la pregunta que surge es: ¿Se debería hacer aquí algo semejante, una vez reconocida la talla por personas técnicas, para salvar o preservar la más antigua obra de arte de nuestro patrimonio religioso y cultural?
Afortunadamente hay personas amigas de Alaejos, especialistas en arte y de gran preparación científica que, como ya se ha hecho con buenos resultados, en obras pictóricas notabilísimas de Santa María, estarían, creo yo, dispuestas a dictaminar si la talla de nuestra Patrona merecería ser sometida a un proceso de restauración o consolidación, visto su estado.
Más de 500 años no pasan en balde sobre la madera de que está hecha.
Los daños muchas veces son irreparables, si se deja pasar el tiempo, y nosotros ya caminamos hacia el V Centenario (1990) del culto a la Virgen, que según el P. Juan de Villafañe, comienza en el año 1490 y así consta en su «Compendio histórico en que se da noticia de las milagrosas y devotas imágenes de la Reyna de los Cielos y Tierra, María Santísima, que se venera en los más célebres santuarios de España, Salamanca, año MDCCXXVI (1726)». Esta sería la ocasión más propicia para mostrar al pueblo la escultura de su Patrona de manera similar a como saliera de la gubia del desconocido artista que la talló.
Quede planteada así la cuestión que debe recibir la respuesta que proceda. A reforzar lo que antecede, vienen las palabras del gran polígrafo español D. Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912): «Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura intelectual sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia... el día en que acabe de perderse (el espíritu religioso), España volverá al cantonalismo de los Arévacos y de los Vectones...». Los alaejanos tienen la palabra.