José Ojeda Nieto
En este año de gracia, y de efemérides, de 1992 andan los pueblos y sus historiadores a la búsqueda de personajes célebres que por uno u otro motivo tengan que ver con América, incluso villa o aldea habrá que se sienta ufana (parodiamos así a Galdós) si logra probar que un vecino sujetó las riendas del caballo de Hernán Cortés o Pizarro. En todo caso, es lícito que los hechos de grandes prohombres, si son tales, se recuerden y merezcan nuestro encomio. Mas suele olvidarse la triste aventura que corrieron la inmensa mayoría, que era al fin al cabo lo corriente; porque, no lo olvidemos, siempre emigra, recordémoslo, quien tiene necesidad de ello, y desde el siglo XVI al siglo XX América se convirtió en puerta de esperanza para los alaejeños más necesitados (también algún que otro aventurero). De ahí que no sólo haya que recordar al prohombre, están también las gentes sencillas que partieron rumbo a lo desconocido a «hacer las Américas».
Escritores con mejor pluma glosaron ya la figura de algún que otro alaejeño emérito. Recordamos así a don Godofredo Garabito quien tuvo a bien rememorar la figura del jesuita Bernardo Recio (siglo XVIII), oriundo de Alaejos, que entre otras cosas nos dejó escritos de gran valor etnográfico e histórico del Perú, donde él anduvo. Escritores como Gómez de la Torre y el manuscrito de la Biblioteca Nacional llegan a considerarle casi un santo: cuentan que muerto en 1791 siguieron venerándose sus reliquias.
Si de personajes se trata no olvidemos a Alejandro Ramírez y Blanco, nacido en Alaejos el 25 de febrero de 1777, fallecido en La Habana el 20 de mayo de 1821. Llega a Cuba con el cargo de Intendente de Hacienda en 1816, tras haber ocupado antes el de Puerto Rico. En tan sólo 5 años, al decir del marqués de Villa Urrutia, de quien extracto estas notas, libra a la agricultura de trabas, elimina el monopolio del tabaco, difunde la instrucción pública,... engrandece, gracias a sus medidas demográficas, Cienfuegos, Nuevitas, Guantánamo, El Mariel, Matanzas a la vez que en La Habana crea la Academia de Pintura y Escultura que toma el nombre de San Alejandro, en su recuerdo. El panegírico que el marqués hace de Ramírez es tal que llega a extrañarse de que ocupando el cargo de Intendente de Hacienda (es decir, quien maneja los dineros) muera «tan pobre y honrado como lo era cuando aún niño salió de su casa de Alaejos para ganar su sustento y ayudar a sus padres con el sudor de su frente», cosa al parecer –ayer como hoy– harto difícil. Tal fue su fama que don Antonio Porcel, ministro de Indias, dijo al nuevo Capitán General, nombrado en 1820, que cuando llegase a La Habana se encontraría con «un Intendente que valía un imperio».
Sin embargo, en este año de gracia, no debemos olvidar que las Indias fueron no sólo tierra de aventuras, fueron también tierra de promisión y de esperanza para muchos emigrantes. Siempre emigra, recordémoslo, quien tiene necesidad de ello, y desde el siglo XVI al siglo XX América se convirtió en puerta de esperanza para los alaejeños más necesitados (también algún que otro aventurero). De ahí que no sólo haya que recordar al prohombre, están también las gentes sencillas que partieron rumbo a lo desconocido a «hacer las Américas». De ahí que la mayoría, desde Jorge Hernández (1535), Pedro de Salcedo, Francisco Hernández y Juan Galantra (1536), Francisco y Juan de Cantoral (1537), Juan Fernández (1538), Andrés Martín (1539), Juan de Umana (1557), Luis Gutiérrez (1571), Antonio Sánchez (1577), Martín Pérez (1594)... y así hasta el siglo XX, se embarquen como criados, o como personas modestas que buscan otras y nuevas tierras queles sean más propicias.
¿Qué suerte les deparó la fortuna? Es evidente que «hacer las Américas» no es cosa sólo de voluntad y muchos habría que volvería o morirían en el empeño, mas en cualquier caso ahí estaba América ofreciéndolo, de grado o por fuerza (según épocas históricas) la solución a personas aventureras y necesitadas.
Y eso que ira las Indias legalmente, y no de polizón (que de todo hubo), no era cosa sencilla, requiere el permiso del Concejo (Ayuntamiento), que para concederlo exige demostrar que se es cristiano viejo e hijo legítimo.
Como le ocurrió, por poner un ejemplo, a: «Antonio Salamanques vzº desta vª de alaexos... tengo yntenzion de Passar a las Yndias... a servir a su magd. Y conviene... hazer infor[macion] de como soy hijo lexº [legítimo]... y de lexº matrimonio de Pedro Salamanques (sobrino del obispo Juan Fernández Vadillo) y de Josepha Vadillo (...) El postrero dia del mes de sept. de [1631] mandamos (dice el Ayuntamiento) dar un traslado dos o mas al dhº Antonio Salamanques» concediéndole el permiso.
Tenemos así dos tipos de personas en cuanto a sus resultados: unos, a los que acompañó la mala ventura, y otros, que si «hicieron las Américas». Es este el caso de «al° (Alonso) Gómez clérigo (canónigo)/ tesorero de la cibdad de los Reyes provinçia del peru vezº de la villa de alahejos», quien regresado a su patria en los años ochenta del siglo XVI invirtió en tierras y censos (haciendo préstamos) los dineros que trajo de allá. (En 1583 le vamos posturando en la venta de tierras realengas de Cañizal). Mas es hombre religioso y por ello al final de su vida creó una obra pía «pª efecto de casar huérfanas y las demas cosas a que se estiende y entiende la dotacion». Dotación que por cierto es bastante generosa.
Todavía en 1699 los réditos que cobran los patronos de este obra pía ascienden a 210.937 maravedíes, que paga, como deudor, el duque de Alburquerque. Puede, como se ve, seguirse dotando cada año a unas 10 huérfanas con la misma cantidad que a María Gómez.
Es decir, y con ello terminamos, existen distintas visiones de América: la de quienes la ven como teatro de los grandes conquistadores, grandes misioneros... (con sus hazañas y sus desmanes) y quienes la perciben, (visión que compartimos) como un continente de ilusiones para emigrantes necesitados. Siempre, ya hemos dichos que al principio por fuerza pero luego de buen grado, estuvo con las manos abiertas; la cuestión, ahora que se han vuelto las tornas, es saber si nosotros tendemos las nuestras.
José Ojeda Nieto