Desde la mitad del siglo XV hasta finales del primer tercio del XIX Alaejos fue villa señorial. Es decir, que dependía, jurisdiccionalmente, de unos señores: los Fonseca, primero, enseguida de los condes de Ayala, marqueses de Tarazona, duques de Veragua... y por último, tras los enlaces matrimoniales, duques de Alba. Fueron pues más de 350 años viviendo bajo la mirada atenta de los señores de la villa, que fiscalizaban y controlaban las decisiones más importantes. Al pueblo se le dejaban pequeñas parcelas de poder, en todo caso siempre vigiladas muy de cerca por los Fonseca o por las autoridades impuestas por ellos: alcalde mayor o gobernador, alcaide del castillo, alcaldes ordinarios, alguacil, etc. Por eso cabe preguntarse, ¿cómo fueron las relaciones villa-Señor?, ¿no se dio algún conato de rebeldía? ¿Fueron unas relaciones "amistosas" o más bien de sometimiento al poder por el temor? Y aún un interrogante más dramático, por lo que conlleva en sí misma la pregunta: ¿no hubo ningún "fuenteovejuna"?
Pues bien, resumiendo en pocas líneas los 350 años, aproximadamente, de historia señorial hemos de definir las relaciones entre Alaejos y los Fonseca, como tensas. Los Señores procuraron constantemente ampliar su poder, intentando restringir aún más si cabe el escaso poder decisorio del consistorio alaejano, al tiempo que buscaban acaparar los oficios concejiles para así controlar mejor las decisiones municipales. Frente a estos intentos, el pueblo contraatacaba defendiéndose como podía, que no era otro que el de acudir a los tribunales. El campo de batalla fue siempre el juzgado, la Chancillería de Valladolid; las armas, las leyes, en concreto la Carta Ejecutoria que recopilaba los poderes y capacidades de uno y otro, deslindando hasta dónde podía llegar el Señor y dónde comenzaban los del gobierno municipal. En definitiva, los Señores atacaban y Alaejos se defendía; sin sobrepasar los márgenes que diesen motivo para que la tensión degenerase en revuelta o rebelión, aunque sí hubo algún que otro alboroto.
Pero, ¿fue siempre así? Que conozcamos, hubo al menos un intento de desligarse del poder señorial a finales del siglo XVI, que bien hubiera podido acabar en revuelta si el poder real, entonces representado por Felipe II, no hubiera actuado tan rápido. Y también, siguiendo en la línea de los condicionantes, si el pueblo, mayoritariamente, hubiera secundado a los cabecillas de la rebelión, cosa que no hizo. Mas al cabo, todo quedó en un intento frustrado del que se llevaron la peor parte los "aventureros", los líderes anti-señoriales. Veamos cómo ocurrió todo:
En 1593 muere sin sucesión al señorío Francisco de Fonseca (bajo su patrocinio se levantaría el convento de los franciscanos). Tres pretendientes aspiran a heredar Alaejos (y todo su señorío): Rodrigo Carrillo, Íñigo López de Mendoza y Antonio Francisco de Fonseca. Mientras se dilucida quién ha de ser el heredero, en pleito que ha de durar seis años, hasta 1599, el poder real se hizo cargo de la villa, gobernándola en espera de la sentencia que dictaminase quién habría de ser el sucesor (sería Antonio Francisco de Fonseca). Durante estos seis años Alaejos se rigió al modo de los pueblos de realengo, de los pueblos libres. A efectos prácticos esto significaba una ampliación —no mucha, es cierto— del grado de libertades en las decisiones del gobierno municipal. Pero, mientras los administradores reales entendieron que sería sólo un interludio hasta que los tribunales dictasen quién sería el nuevo Señor de Alaejos; unos cuantos vecinos (¿cuántos?) quisieron aprovechar "de río revuelto" para sacudirse definitivamente el yugo señorial. Y así, a finales de 1593, esos vecinos dirigidos por el Licenciado Villasuso, un tal Hidalgo de Castro y Juan de Perlines decidieron pasar a la acción y se rebelaron contra todo lo que significase u oliese a "fonseca", adoptando rápidamente las siguientes medidas:
· Elección de nuevos regidores por el procedimiento antiquísimo de democracia directa de los 4 linajes (Gil Domínguez, Martín García, Garroberos y Elenos). Elección que se hizo en la plaza: cada linaje en su esquina.
· Destitución de las personas que ocupaban cargos y puestos elegidos por los Fonseca, nombrando a otros elegidos por el nuevo Ayuntamiento.
· Y, por último, rompiendo y destruyendo todos los escudos y armas de los Fonseca.
La cosa no fue a más porque inmediatamente los tres pretendientes —en esto sí unidos— informaron de lo que ocurría a la Chancillería de Valladolid e hicieron valer sus derechos: que todo se gobernase como se venía haciendo desde 1452 aunque el administrador fuese una persona a las órdenes del rey. Y así fue como un Juez y un alguacil, mandados por la Chancillería, se valieron ellos sólo —lo que prueba el escaso arraigo de la revuelta— para dar un escarmiento a los revoltosos. Igual de rápido que habían actuado éstos, actuó el Juez, ordenando:
· "Que las armas que se quitaron e vorraron de las yglesias de san pedro e santa m[arí]a las vuelvan a poner en las paredes e lugares donde se quitaron".
· Destituyendo inmediatamente a los justicias.
· Y castigando con graves penas a los cabecillas:
1.º En principio al Licenciado Villasuso, como cabecilla principal, imponiéndole una multa de 1.000 ducados y 5 años de destierro.
2.º A Hidalgo de Castro: 400 ducados.
3.º A Juan de Perlines: 100 ducados.
4.º A otros vecinos: 30.000 maravedíes a cada uno (o sea, 80 ducados).
5.º Y, a todos, la prohibición de ejercer cargos públicos.
Una reacción rápida y un castigo ejemplar —y excesivo— de la Corona (aliada y cabeza del estamento nobiliario) cortaron de raíz el intento secesionista. A los vecinos, después de esta experiencia, no les quedarían ganas de volver a intentarlo. Desde entonces, desde 1594, los enfrentamientos con los sucesivos Señores serán siempre en los tribunales. La experiencia, además de no prosperar, trajo unas consecuencias negativas inmediatas: amilanó al pueblo. Sólo con el paso del tiempo se iría perdiendo ese temor y al final, al llegar el siglo XIX, anulados los señoríos, Alaejos borraría todo vestigio que le recordase su antigua dependencia de los Fonseca, Ayala, Tarazona, Veragua... y Alba.
Se mantiene, sin embargo, un elemento simbólico que bien pudiera ser recuerdo de la antigua dependencia señorial. Nos referimos al escudo que luce la villa: esa estrella octipuntada en campo azur. Su sencilla iconografía despide un olor a Fonseca difícil de ocultar.
Porque bien sabido es que estos señores tenían por blasón cinco estrellas de gules, puestas en sotuer, sobre campo de oro. Bien pudiera ser una casualidad, pues las estrellas son recurso muy frecuente en heráldica, no obstante todo induce a pensar en una "gracia" de los Fonseca a Alaejos. Era costumbre que los señores de villas y pueblos donasen o impusiesen su enseña, o parte de ella, en las localidades que dominaban, para recordar constantemente ese dominio. Resultaría así —de ser cierta nuestra hipótesis— que el escudo de nuestra villa seguiría recordándonos quiénes fueron los Señores de Alaejos.
JOSÉ OJEDA NIETO
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