Hemos vivido un curso escolar movido, lleno de inquietudes y zozobras. Toda la comunidad escolar ha expresado su parecer, e incluso su malestar, a las novedades que se avecinan, pero han sido especialmente los padres y madres quienes, al sentir en su justa crudeza el problema, han elevado su voz para decir qué futuro desean para sus hijos e hijas. Así debe ser. Ellos son quienes mejor pueden dejar constancia de sus anhelos y aspiraciones, quienes han de marcar las directrices del tipo de educación que desean y quienes han de defender, ellos mejor que nadie, con sus manifestaciones la continuidad de la enseñanza en Alaejos. Reconforta ver a los vecinos (al pueblo) luchando por la educación -que es lo mismo que cultura-, porque no siempre ha sido así.
Dar una breve estampa de cómo era la enseñanza en Alaejos durante el «Siglo de Oro», para tener tanto una ligera visión de aquellos tiempos como para que sirva de elemento comparativo, es de lo que trata este escueto artículo. Veremos cómo la enseñanza de aquel entonces tiene unos rasgos bien diferentes (como no podía ser de otra manera trescientos/cuatrocientos años atrás), pero asombra también constatar elementos hoy considerados innovadores. Empecemos ya.
Por de pronto, el nivel de analfabetismo era extremadamente alto (imposible de cuantificar), siendo una constante los documentos que aparecen con la coletilla:
«e porque la dhª francisca mendez e garcia çabaco dixeron no saber firmar, a su ruego lo firmo un testigo» (a.1601).
O, sencillamente:
«no firmo por no saver».
De quien esto se afirma es de Bartolomé Fernández cuando presenta (hecho sin duda por un escribano) un presupuesto de obras para el castillo (a.1651). Los ejemplos podrían multiplicarse, basten no obstante los dos casos citados para tener una visión de los que reflejan la mayoría de los documentos. Ser analfabeto era pues lo más corriente, incluso podía sacársele partido. Así lo hace Antonio Florán que al recibir del Ayuntamiento el encargo de cobrar el impuesto de las bulas alega no «saber leer ni escribir». Como el cobrador responde con sus bienes del cobro de impuestos, los vecinos rehuyen este cargo. Antonio pudo librarse gracias a su analfabetismo. Pero en fin, éstas son anécdotas que no reflejan, sino todo lo contrario, el interés por salir del estado de incultura. Que se pueda es otra cosa, porque en los siglos XVI y XVII ni los medios ni las condiciones lo favorecen.
Las noticias son parcas, mas no tanto que oculten la existencia de dos tipos de enseñanza: las que en el lenguaje actual calificamos de pública y privada. Ambas, en todo caso, poco representativas, pues sólo se constatan dos maestros (tres en el mejor de los años) para una población el doble que la actual, y desde mediados del XVII con cifras muy similares. En esta situación parece lógico presuponer que la educación quede limitada a los niños (desconozca el grado de educación de las niñas) de familias pudientes y clases medias, y aun los vástagos de estas últimas familias padecen una deficiente escolarización pues -como dirá Alonso de Villegas- abandonan con harta frecuencia la escuela para acudir a las labores del campo:
«... por causa de que la escuela esta muy falta de diszipulos todo lo mas del Año que si no es los cuatro meses de la primabera que no tienen sus padres en que ocupallos nunca Andan continuos...» (a. 1647)
El mismo Alonso habla también de una situación que ya se sospechaba: aparte del maestro (titulado), personas con más o menos conocimientos (quizá clérigos, estudiantes, sacristanes...) se dedican también a la enseñanza, en clara competencia económica y con bajo nivel pedagógico, según queja de Villegas al Ayuntamiento:
«... porque algunos que se ponen A maestros no saven tomar la pluma en la mano ni leer una Carta...»
Por lo tanto, el peso de la educación recae en la enseñanza privada, porque la pública, a costa del Concejo nunca del Estado como ahora (lo que prueba la autonomía municipal en materia educativa), era mínima. El Ayuntamiento contrata sólo un maestro (o ninguno), y nunca con sueldo completo, por lo que el dómine se ve obligado a pedir ayuda a las familias, además de trabajar para particulares. La paga, reducida y en especie, se limita a la casa y a una cantidad de trigo:
«... yo bine de la ciud. de Salame.ª A esta dicha villa Por san miguel del Año de seis.ºs y treynta y siete (1637) para exerzer en ella el dicho Arte y se me prometio en cada un año por el cuydado y asistencia darme cassa en q. vivir y cuatro cargas de trigo...»
Además de escasa, el Ayuntamiento no cumple fácilmente con lo prometido. Los maestros se veían así obligados a reclamar constantemente su paga:
«...el dicho salario se me dio cuatro Años y despues aca (desde 1641 a 1647) no se me da mas de dos cargas de trigo sin otra cossa y me cuesta el Alquiler de la Cassa siete ducados cada un Año...»
En consecuencia, la enseñanza pública, reducida y mal pagada, coaligada con las dificultades educativas que arrastran las enormes desigualdades sociales del Siglo de Oro, produce un alto nivel de analfabetismo. Era, por otra parte, mal vista por las clases poderosas que prefieren los maestros privados (muchas veces los mismos que contrataba el Ayuntamiento).
Ya explicamos cómo ciertas personas (sin título) se dedican a impartir clases; lo importante, sin embargo, no es esto, sino constatar la existencia de dos o tres maestros titulados que actúan como tales mediante contratos privados, comprometiéndose a educar a los hijos de familias pudientes. Son contratos individuales, donde la edad del alumno, el tiempo de enseñanza y la materia a impartir, específica y marca las diferencias contractuales:
«doña francª de mena biuda de el Licenciado Villasuso vezinaª desta villa de alahejos... como madre y admynistradora que soy de Juan paulo y Gerónimo de Villasuso mys hijos (firma un contrato con) el maestro Pº Arias Sanctiago vezinoº desta villa (comprometiéndose a pagarles) trescientos Reales en dyneros y mas seis fanegas de trigo...» (a. 1601).
Independientemente de los fenómenos sociales que pueden deducirse, estos contratos reflejan con gran claridad otros aspectos de la educación no menos importantes, como los saberes que deben ser enseñados (el currículo del que tanto se habla hoy en día):
«... por razón de que vos el uso dicha aves de enseñar a mys hijos A leer en un libro de Romance, en proceso, a escrevyr letra bastardilla, letra asentada, que se pueda signar y a contar, las cinco reglas que son de sumar y restar y multiplicar e partir por entero... y ansi mesmo regla de tres syn tiempo y con el, que son todas las nueve reglas...»
Especifican, concretándolo, el tiempo de aprendizaje (la temporalización):
«...todo lo qual se lo aveys de dar enseñado Al dichº Juan Paulo dentro de año y medio y al dichº Geronimoº de Villasuso dentro de dos años y medio...»
No olvidan los resultados, por eso se hace obligatorio el examen, para comprobar si los objetivos se han cumplido (la evaluación):
«...todo ello a vista de dos personas que del arte entiendan...»
Y además, si los objetivos no se cumplen (no habría que decir estos muy alto no sea que algún teórico neoliberal se lo apropie) el maestro ha de responsabilizarse de sus resultados, corriendo por su cuenta los gastos de otro dómine que lleve a cabo lo que él no supo conseguir:
«... y si en el dicho tiempo... no lo diere enseñado como dicho es que a mi costa le podais poner con otro maestro que se lo enseñe...»
Tendremos que esperar a las últimas décadas del dieciocho (hacia 1785, con la creación de la Sociedad de Amigos del País) para ver una mejora sustancial en la enseñanza; en cantidad y calidad, porque ya aparecen dos escuelas de gramática (grado medio) y dos de primeras letras, una de ellas para niñas. Se sigue no obstante arrastrando un grave escollo: han de ser costeadas por los particulares. Es decir, la enseñanza sólo llega a quien puede pagarla.
Un siglo después (1845), Madoz informa de un nuevo paso en la instrucción. Cuenta que en Alaejos hay 4 escuelas: 2 públicas, que se sustentan con fondos del Ayuntamiento y de las familias, y 2 privadas. A los niños se les enseña a leer, escribir, contar y doctrina cristiana, y a las niñas las primeras letras y «las labores propias del sexo, con otros adornos». En total -dice- asisten a la escuela 262 alumnos y alumnas.
JOSÉ OJEDA NIETO