La historia de los pueblos y de las ciudades está con frecuencia ligada a hechos reales o leyendas que, verdaderos o no, al ocurrir o ser localizados en su entorno, han influido poderosamente en la identificación de un grupo humano con su especial característica que le hacen sentirse distinto de los demás, hasta el punto de llegar a una sobreestimación, con desprecio de los demás. No es este el caso del pueblo alaejano, pues el alaejano es sencillo, hospitalario, abierto a todos y sin pretensiones; pero no por eso hemos de dejar de reconocer nuestras peculiaridades, nuestras costumbres, nuestras virtudes y nuestros fallos.
Entre nuestras costumbres tenemos las fiestas de Nuestra Señora la Virgen de la Casita, nuestra Patrona, celebradas de antiguo con mayor (los más) o menor (los menos) devoción. Ahí está el testigo de su Ermita, con más de 500 años de historia, con acceso directo hasta ella desde lo que fuera calzada romana de Valladolid a Salamanca, desaparecida con ocasión de la concentración parcelaria.
Pues bien, en este camino de acceso hasta la Ermita, a unos 200 metros de la pradera actual y antes de llegar a ella a la derecha del indicado camino, hubo desde tiempo inmemorial un hermoso árbol, no he conseguido saber de qué especie era (creo que era de hoja perenne), al que todos conocíamos con el nombre de árbol de la Virgen. Alguien decía que en ese mismo lugar fue donde la Virgen se apareció a Catalina, otros no; pero lo cierto es que ninguno de los árboles que en aquel tiempo jalonaban el camino era tan hermoso y corpulento como éste. No estaba en la misma orilla del camino como los otros, se adentraba en la finca colindante como unos 30 metros y tenía a su alrededor una extensión pequeña sin cultivar. Por razón de su antigüedad tenía algunas oquedades en su superficie, especialmente en la base, donde dejaba al descubierto el comienzo de alguna de sus raíces. Los chicos depositábamos en esas oquedades piedras; decíamos que eran para la Virgen y daban buena suerte (otros las quitarían). Lo cierto es que sí teníamos pequeños y mayores un especial cariño al árbol de la Virgen, con la que sin lugar a dudas poníamos en relación.
Pues bien, este árbol, (acaso retoño del primitivo) santo y seña de una de nuestras más destacadas peculiaridades, (la creencia religiosa,) un día se vino abajo. Era el 14 de febrero de 1941 (el 14.2.41 capicúa, para mejor memorizar). Un vendaval imponente, un ciclón como no recuerdo ninguno otro, se desencadenó en la tarde de ese día. A la mañana siguiente, día 15, alguien que pasó por allí vio que el ciclón había arrancado de cuajo nuestro árbol. No pasó nada, no se lo dio mayor importancia. Defecto que tenemos los alaejanos de no dar importancia a lo nuestro. El alcalde, a la sazón D. Aurelio Morillo, mandó retirarlo y al parecer, trocearlo. No se que fue de sus tronzas.
Así pasaron los años. Nadie se volvió a acordar del árbol de la Virgen. Creo que hace pocos años (unos 6), han plantado uno pequeño en un lugar muy próximo al del anterior. Bueno sería que lo cuidáramos y mimáramos, o si este no prospera lo suficiente, plantáramos otro dedicándole más terreno y más cuidados, si quiera sea sólo por recordar el primitivo árbol que en todo caso fuera testigo del encuentro de la imagen de la Virgen con Catalina de la Cruz.
Hoy yo con este escrito quiero rememorar emocionado la existencia de aquel árbol y transmitirlo así a quienes, por ser más jóvenes, no llegaron a conocerlo. Otros pueblos, quizá más orgullosos de si mismos (el alaejano es, a veces, más sencillo de la cuenta) ya tendrían otro en su lugar acaso tan corpulento como aquél.
FIDEL LUCAS