Noé León
Las espigadoras alaejanas de 1803
Las pequeñas historias de las pequeñas localidades, como es el caso de Alaejos, demuestran que tras ellas se encuentra el verdadero sentir de los vecinos, pues descubren las penalidades, las alegrías, los vicios, las virtudes... de los habitantes del lugar, y eso, precisamente, es la vida. Y la vida es la historia. Qué otra cosa, si no. Pero hay más. Detrás de cada gesto o acto personal hay un comportamiento, un cumplimiento de las reglas, de las normas, de las leyes de la comunidad. Es decir, los gestos individuales se sustentan o se explican en el vivir comunitario, de ahí que cualquier acontecimiento, que pudiera parecer personal, tiene mucho de historia de la localidad. La vida de las personas no se explica sin las de sus acompañantes, las de sus vecinos. Solo así se pueden entender acontecimientos que, al pronto, no parecen tener sentido ni explicación; pero lo tienen en su relación con el lugar y el momento donde se desarrolla. Y a ello vamos.
Las normas parecen no serlo hasta que se está obligado a cumplirlas o, por el contrario, obligado a hacerlas respetar. Esto debieron pensar Félix Bayón, mayordomo de siega de Dª Josefa Méndez, y Susana González, espigadora, cuando por los hechos ocurridos el 25 de junio Susana recibió una pedrada y unos empellones de Félix (que vigilaba que nadie espigase en, o cerca de, las hacinas de su ama) que la provocaron el aborto dos días después.
El pleito que se desencadenó trajo cola, porque si el uno alegaba que no fue para tanto, que a Susana se la había visto dos días después espigando y lavando en el «Caño de la Ontana»; el marido —todo por escritos de sus abogados, claro es— manifestará lo contrario: que la pedrada fue con honda, que hubo «un recio pechugón con que cayendo de espaldas la postró en tierra —empezando— a derramar sangre —que repitió otros días, y que aunque— la asistieron la Comadre y el Medico titular… no han podido evitar el desgraciado aborto de una animada criatura». Es decir, buscaba convertir el litigio en un pleito criminal.
Sin duda, las versiones del acontecimiento habrían de ser distintas. Cada parte dando la visión que interesaba a sus fines. Así, Félix insistiría en que vio cómo Susana «se arrimaba demasiado (a las hacinas) y temiéndose fuese con el fin de coger u hurtar… la mandó retirarse —y como no hizo caso— le tiro una piedra pequeña con el fin de intimidarla», a lo que Susana respondió, siempre según versión de Félix, dirigiéndose hacia él «llena de furia y cólera propia de una mujer… con el fin de tirarse a él y maltratarle, pero habiéndola contenido con los brazos cayó sentada en el Suelo y le llenó de improperios como generalmente sucede con las espigadoras».
Los testigos de la parte contraria, de Susana, en concreto otras espigadoras, confirmarían que la interesada, cuando ocurrieron los hechos, solo llevaba en la mano tres espigas, que recibió una pedrada lanzada con honda por el tal Félix, y que más tarde la tiraía «al suelo por dos veces», a base de empellones. Por la parte de Félix, los testigos relataron los hechos contando cómo este le mandó retirarse de las hacinas, con un diálogo socarrón muy a lo alaejano: «Quítate de esa acina», dicen que le voceó Félix; «¿Te quito yo algo de la acina?», respondió Susana; «Tampoco lo pones», contestaría Félix.
Al final, Félix fue declarado culpable, debiendo pagar daños y medicinas y «jornales q pudo ganar —Susana— conforme a las mujeres de su clase». Por cierto, también lo fueron el médico y el cirujano por no actuar a tiempo.
Mas todo este hecho particular, ¿qué tiene que ver con la comunidad alaejana y en qué medida trasciende hacia cotas normativas? La pregunta, retórica, tiene respuesta de interés histórico: porque en el pleito hubo que atenerse a ver si Susana, como tal espigadora, había cumplido con las normas que regulaban esta “cuasi-profesión”, cuyo tenor se redactó como sigue:
Alaexos diez y siete de junio de mil ochocientos tres. Estando celebrando Ayunttamiento los Señores que aqui firmaron en su Sala Capitular —acordaron—: Que en attencion a que el auxilio de la espiga estta desttinado a ciertta Clase de personas… se prohbe a ttodo honbre que llegando a la edad de ttrece años vaya a espigar, y que los niños, biejos y viudas que se desttinen a estte exercicio no salgan sin ttoque de canpana ni enttren despues de puestto el Sol (so pena de 6 reales de multa), que no attrabiesen los senbrados ni espiguen astta que estte hacinada la mies, ni que lleven caballerias, ni atten las manadas con mies… Que ningun carrettero ttraiga ni llebe las espigadoras ni sus manadas en las carros por los senbrados… Que los mayordomos de las siegas no permitan entrar en sus rasttrojos a ninguna Espigadora hasta la hora compettentte —tras— el toque de campana, ni permitan se quede a dormir en los rasttrojos ni aun con prettesto de ser joben (o recaerá en ellos 8 rs. de multa)… Que ninguna persona pueda ir a barrer paxa a las eras ni camino Ynmediattos (o 1 ducado de multa)».
El texto es clarividente a efectos de una comprensión socioeconómica de la villa a principios del siglo XIX: el gran número de personas necesitadas que han de recurrir a la búsqueda de espigas desperdigadas en los rastrojos señala la existencia de enormes desigualdades económicas, en tan elevado número que incluso debe regularse el tiempo de espigueo y la edad y el sexo de quiénes pueden servirse de esta actividad, que llega a estar reglamentada con horario. Por lo demás, los hombres en edad laboral (y recuérdese que se considera a partir de los 13 años) no pueden espigar, solo niños y viejos y… mujeres. Por eso, la norma de la ordenanza municipal incide de una manera explícita en las espigadoras. Por lo demás, obsérvese cómo la ordenanza acepta como principios básicos tanto la existencia de personas menesterosas, es decir, el principio de desigualdad; como la defensa a ultranza, muy propia del liberalismo decimonónico que arraigaría con fuerza, de la defensa de la propiedad privada. En otro orden de cosas, las declaraciones de los testigos alumbran el nombre original —“Caño de la Ontana”— de la actual denominación de “El Caño”.
Y ahora, con la normativa en la mano, deberíamos preguntarnos: ¿cumplía Susana con las ordenanzas establecidas: mujer necesitada (que hasta embarazada sale a espigar) que respeta la rastrojera y no sustrae espiga alguna de las hacinas? ¿Y Félix: se extralimitó al defender la propiedad de su ama al tirar con la honda y dar empellones a la espigadora o le protegían las ordenanzas?
El Fuego de 1881
Suele la historia relacionar los hechos con sus causas, y suele hacerlo hasta el punto de justificar los acontecimientos actuales como consecuencias de actos e ideas precedentes. Es decir, que no acepta la intervención del destino, los hechos fortuitos… Y, sin embargo, el padre de la Historia, Heródoto, afirmó que la historia del hombre es todo azar. Piense el lector en su vida, que es más que su historia, y pregúntese si todo ha sido motivado por una causa o si hay mucho de imprevisto. Pues bien, el mismo dilema puede plantearse para las comunidades, y así, bien podemos preguntar si el fuego que quemó las eras en 1881 tuvo sus explicaciones o quiso el azar que una serie de condicionantes se confabulasen para arrasar la mayor, si no toda, la cosecha del año.
Todavía hoy, aunque esté lejano, ha llegado el recuerdo de aquel acontecimiento vía transmisión oral. Muy grande debió ser aquel fuego para que, de tatarabuelos acá, haya vecinos que tengan referencia de lo ocurrido aquel 19 de julio de 1881, cuando la mayor parte de las eras, con todo el grano allí depositado, con las bestias en ellas, fuesen abrasadas por un fuego arrasador de todas las esperanzas allí depositadas. ¿Fueron las condiciones meteorológicas del momento las causantes? ¿Hay que buscar culpables? ¿Se preocuparon las autoridades por evitar la posible catástrofe exigiendo a los propietarios medidas preventivas: acopio de agua (disponiendo en las eras botijos, tinajas, vasijas de todo tipo, incluso horadando pozos), hacinas separadas, cortafuegos entre eras…; o fue el azar?
¿Y qué responderían a estos interrogantes los vecinos de Ataquines que vieron como en el mismo día se les quemaba el pueblo entero por culpa de unas cenizas mal vertidas? Si se hace aquí mención (mera referencia) de que en el pueblo de Ataquines lo pasaron peor es para señalar que el humo de aquella localidad ocultó las brasas del de Alaejos. O sea, que se habló poco de lo ocurrido aquí porque el de Ataquines fue mucho más grave. Mas, con todo, se habló, y se habló tanto en la villa que la transmisión oral fue manteniendo, de boca en boca, el recuerdo hasta llegar a los momentos actuales. Por su parte, los periódicos dieron noticia de lo ocurrido, basta, pues, con leerlos para tener una aproximación, solo una aproximación, pues la realidad —¡y menuda realidad!— estaría en boca de los damnificados. Baste con dos noticias extraídas de El Norte de Castilla:
Alaejos 19 de agosto de 1881 — Muy Sr. mío y amigo: No encuentro palabras para notificar á V. el grandísimo azote, el inmenso desastre de que esta tan laboriosa cuanto sufrida población está siendo víctima. Las eras en toda su extensión donde tenían los desventurados labradores casi por completo los frutos de la recolección del año actual no son á esta hora (cuatro y media de la tarde) más que una inmensa hoguera que se prolonga en una extensión de un kilómetro. Empujado el voraz elemento por un aire Oeste huracañado, desde las primeras eras, en que tuvo origen, con la rapidez de la electricidad se comunicó a las inmediatas, de éstas á las siguientes y así sucesivamente, hasta las últimas, siendo impotentes los esfuerzos de todos los vecinos, como los de gran parte de los de los pueblos inmediatos que han acudido en nuestra ayuda para atajar tan gran calamidad. Y no es solo la pérdida de tantos miles de miles de fanegas de granos lo que nos tiene consternados: las llamas formando una gigantesca serpiente de fuego de las dimensiones aterradoras arriba mencionadas se agitan, retuercen, saltan, devastan y amenazan propagarse á la población que casi lamen, y si la providencia milagrosamente no nos salva, no sé que va á ser de nosotros… Cientos de casas se están desalojando de muebles á toda prisa.
Alaejos 20 de agosto de 1881 — Muy señor mío y amigo: Estamos perdidos, y hasta la presente de enhorabuena. Afortunadamente, no ardió ayer el pueblo en masa, como creíamos, porque el huracán, al impulsar, mejor dicho arrebatar las llamas por todo el largo de la ronda de aquel, pero sin tocarle, no dio tiempo al destructor elemento á hacer presa en cualquiera de las casas que casi rozaba, lo que hubiera sido indefectiblemente causa de nuestra total ruina: es decir que lo que creímos que nos aniquilaría, nos salvó. Pero ¡qué espectáculo tan aterrador, Sr. Director! No intentare describirlo por que cuanto digera (sic) resultaría pálido ante la realidad… Me limitaré á consignar (omitiendo también la reseña de las escenas desgarradoras…), que habiéndose calmado un tanto el vendabal (sic) al anochecer de ayer y con la llegada de grandes refuerzos de hombres y carros de Torrecilla, Castrejón, Carpio, Fresno, Siete Iglesias, la Nava, Castronueño, Vadillo, Fuentelapeña, Fuentesaúco y Rueda, de cuyos dos últimos puntos nos vino… dos magnifícas bombas, se reanimaron las ya agotadas fuerzas de estos vecinos que en unión de aquéllos y sacando fuerzas de flaqueza, consiguieron retirar de la proximidad de la línea del fuego algunas mieses… En estos trabajos… todos los arriba enumerados, que juntamente con las autoridades administrativa y judicial, Guardia Civil de este puesto y del de Rueda, hicieron prodigios… así como el Sr. D. Eladio Moyano, que llegó con la bomba citada de Fuentesaúco, y que con su ejemplo, poniéndose en la fila de los que aproximaban agua para alimentar las bombas, a pesar de sus 74 años, enardecía los ánimos al objeto de trabajar con eficacia para la extinción del siniestro. Localizado éste… y auxiliados con la llegada de una fuerza de infantería y otra bomba y su correspondiente sección de bomberos que de esa capital nos mandó el Sr. Gobernador, se halla aquel dominado por decirlo así… Son las cuatro y media de la tarde y aunque no puedo dar á V. la halagadora noticia de haber desaparecido del todo, creo no me aventuro anticipando que esto sucederá pronto, sin mas fatales consecuencias.
A la vista de lo acontecido, el ministro de la gobernación dio órdenes al gobernador provincial de que destinase 5.000 pesetas del “fondo de calamidades para ayuda del desastre”. Con estas y otras ayudas, y el esfuerzo de los alaejanos, se repararían, en parte, los daños y, como demuestran los hechos posteriores, se saldría adelante, hasta el punto de llegar a olvidar el acontecimiento. ¿Se aprendió la lección? ¿Se tomaron medidas a fin de paliar posibles desastres futuros? Parece que la proliferación de pozos en las eras y la obligatoriedad de contar con aguas en cántaros no se explica solo en el hecho de disponer de agua para calmar la sed de las personas y del ganado, sino en contar con un acopio al que recurrir con urgencia. En el mismo sentido, habrá de tenerse en cuenta la adquisición de la bomba de agua, vista su necesidad para combatir los fuegos.
(Por último, así entre paréntesis porque no lo tengo claro, el mal que desean los navarreses doliéndose de que Alaejos no se quemase del todo, al recordar el dicho aquel de: “Alaejos se quema,/ la Nava llora,/ porque no se ha quemado/ antes de ahora”, ¿no tendrá su explicación en el fuego de 1881?).