Noé León
En 1908, don Alfonso Mela, alcalde de Alaejos, en florido discurso aseguraba que «no se han de recoger dos cosechas sin que el ferrocarril sea un hecho». Es decir, que en dos años se oiría al tren traquetear atravesando los pagos alaejanos. Discurso de político, ya se sabe. Y discurso además pronunciado tras un abundante ágape donde abundaron las viandas y corrió, seguramente, el morapio. Dice el periodista que «fueron espléndidamente agasajados» con un «lunch» servido por el Restaurante Suizo de Salamanca.
El discurso tuvo lugar en Fuentesaúco, adonde había acudido, junto con otros alcaldes y próceres locales, invitado por el alcalde de la localidad. Asistieron también autoridades provinciales, ingeniero y posibles inversores. La invitación se hizo en deferencia a la comida ofrecida en Alaejos el año anterior por el Sr. Mela, pues es sabido, como dijo el cronista, «que nobleza y gratitud obligan». ¿Por qué el alcalde de Alaejos se atrevió a pronosticar tal promesa, que no dejaba de ser un anhelo?
Los principios del siglo XX llegaron a Alaejos con un sueño. De Valladolid había salido la noticia de que se habían aprobado diversas propuestas de ampliación de vías férreas. Serán los proyectos de Ferrocarriles Secundarios (de vía estrecha), uno de los cuales saldría de Valladolid y terminaría en El Cubo de Tierra del Vino. La noticia procede de la Diputación de Valladolid y lleva fecha de 4 de octubre de 1904. No cabe duda de que la idea germinó años atrás, acaso de los mismos inicios de la centuria o de finales del XIX. Se sabe que en 1861 se estudiaba ya la posibilidad de llevar a cabo la construcción de la vía férrea y que, incluso, en 1888 se hicieron proyectos en el Ministerio de Fomento.
Pero no nos engañemos, no lancemos las campanas al vuelo, que fue, al parecer, lo que hicieron muchos vecinos, entre ellos los de Alaejos, pues mira por dónde el ferrocarril tras salir de Valladolid y dirigirse a Tordesillas, pasaría por la mayoría de los pueblos intermedios, se encaminaría hacia El Cubo y uniría esta población con las precedentes. Uno de los recorridos propuestos era: «Valladolid, Arroyo, Simancas, San Miguel, Tordesillas, Rueda, La Seca, Nava del Rey, Alaejos, Vadillo, Fuentelapeña, Fuentesaúco, Villamor de los Escuderos y El Cubo del Vino».
Para hacer factible lo que por el momento parecía un sueño se requerían personas entusiastas (de estas parece que no faltaron), pero también personas activas que trabajasen por el sueño. Entre todos descollaba el alcalde de Alaejos, a la sazón don Alfonso Mela. Este se significó celebrando reuniones, visitando a las autoridades y, sobre todo, uniendo a los alcaldes por donde se preveía el paso del tren para presionar ante las autoridades superiores. Son significativos sus viajes y reuniones con los alcaldes, en especial los de 1907 y 1908.
En Alaejos, tras el ágape ofrecido a las autoridades que asistieron a la convocatoria del Sr. Mela, se estudió y acordó lo más conveniente. Y tanto era el deseo de las poblaciones que los alcaldes ofrecieron terreno gratis (es decir, cada pueblo estaba dispuesto a pagar por su cuenta las expropiaciones de tierras), igualmente se predisponían a realizar el movimiento de tierras. En fin, en 1908, la reunión fue en Fuentesaúco, donde el entusiasmo hizo decir al señor Mela aquello de que en dos años habría ferrocarril.
Varios fueron los proyectos realizados. Todos mantenían el principio y el final, mas variaban ligeramente el recorrido. Al final se aceptó el realizado por el ingeniero Sr. García Pruneda, que preveía un recorrido de 72 km, con un coste total de 4,5 millones de pesetas, aproximadamente, solo en la provincia de Valladolid. El recorrido exigía levantar varios puentes: el más importante, al atravesar el Duero, se tasó en 200.000 pts.
En 1909, nuevamente, en la Diputación de Valladolid, «el barón Hortega», a quien se tenía por inversor y promotor, daba cuenta de un nuevo proyecto que tendría un recorrido de 96 km, incluyendo la parte de Zamora, hasta llegar a El Cubo. La noticia produjo «gran regocijo» en Alaejos, pues se veía ya comenzada la obra. Mientras tanto, en Alaejos, el Sr. Mela seguía promoviendo reuniones entre los pueblos, al tiempo que no cesaba de gestionar comisiones que acudían ante las autoridades ministeriales, era 1911. Todo parecía caminar con buen pie, pues el 27 de enero de 1912 llegó el telegrama que anunciaba que el 25 había sido «aprobado por el Estado el proyecto de ferrocarril secundario de Valladolid al Cubo del Vino».
Mas de pronto, el ferrocarril pasó a segundo plano, pues un suceso reclamó la atención de los alaejanos. Y aunque el ferrocarril siguió como proyecto deseado, tan deseado que en 1913 se adjudicó la obra a don julio Guillén Sáez, la obra, como se constata hoy día, no se llevó a cabo. Seguramente, debió verse inviable.
Y si del ferrocarril se siguió hablando, ya no fue por boca del Sr. Mela. Porque de improviso, como llegan ciertas adversidades, un acontecimiento vino en Alaejos a empañar su gestión. Porque de pronto, desde los mismos inicios de 1912, el apellido Mela sale a relucir por otros motivos: el 29 de enero don Eduardo Burgos Muñiz, esposo de doña María Luisa Mela Santana, hija de don Alfonso Mela, muere de dos disparos —¿suicidio, crimen?— dando lugar a la noticia bautizada periodísticamente como «El crimen de Alaejos», o bien «El suceso de Alaejos».
La noticia corrió como la pólvora. Don Eduardo apareció muerto en la cama de dos disparos. Pero en la casa no estaba sola doña María Luisa Mela, no, allí estaba también don José Hernández Monje. Y enseguida surgieron las habladurías —que ya venían de atrás— de que entre este y doña María Luisa había algo más que amistad. Y claro, la muerte pasó a considerarse homicidio en vez de suicidio. Ambos serían detenidos, enseguida puestos en libertad, vueltos a llevar a la cárcel, interrogadas las criadas, realizadas autopsias que certificaron que fue homicidio… y terminado en pleito posterior.
Se describe en el proceso, por parte de la acusación, que los amantes intentaron envenenar al marido «en la cena de nochebuena». Como María Luisa, a última hora no se decidió a poner el veneno en el plato, el amante le pasó su pistola para que le asesinase. Y así, «su infiel esposa provista del revolver… le disparó dos tiros». De aquí que el acusador no pudo por menos que iniciar su alegato con un toque moralizante: «Don Eduardo Burgos llegó en mala hora al pueblo de Alaejos y se enamoró de Doña Luisa Mela…».
Pero tanto el fiscal como el abogado defensor expusieron la versión de suicidio: «El vecino de Alaejos Don Eduardo Burgos Muñiz —dicen— á consecuencia del mal resultado de sus negocios se hallaba en una situacion economica muy apurada y agoviado por multiples deudas…, unido á la conducta observada por su esposa, á quien el rumor publico atribuia faltaba á la fidelidad conyugal sosteniendo relaciones adulterinas con otro hombre impulsó á aquel á suicidarse… dispararandose en la region temporo-parietal derecha dos tiros».
Y los jueces absolvieron y declararon inocentes «á los procesados Maria Luisa Mela Santana y José Hernandez Monje». Así que desde el punto de vista legal don Eduardo se pegó dos tiros (¡Habló la justicia!). En fin, quedaron tapados los amoríos, si los hubo, que parece que sí. Del suicidio/homicidio dejó, poco a poco, de hablarse… y del ferrocarril, con el apellido Mela en entredicho, nunca más se supo.