Corría el año 1452 cuando el obispo de Ávila, Alonso de Fonseca, gracias a los ardides políticos, conseguía desgarrar del alfoz de Medina del Campo tres poblaciones, Alaejos, Castrejón y Valdefuentes, para integrarlas en el futuro mayorazgo de los Fonseca.
Han pasado 550 años desde que aquel 24 de febrero el príncipe de Asturias, Enrique, donó las tres poblaciones al obispo. Entonces fecha memorable, hoy pasa desapercibida y sin menor trascendencia. Sin embargo, los hechos tuvieron una connotación especial para los alaejanos del siglo XV. Y no sólo para ellos; también el rey, el príncipe, el obispo de Salamanca y todo el concejo medinense (especialmente los linajes) lo sintieron de un modo u otro.
Eran, aquellos, tiempos revueltos, de inestabilidad política, de debilidades monárquicas y de grandes y fuertes dominios señoriales. En este ambiente se movía, como pez en el agua, apoyando ora al rey, ora al príncipe, luego a la hermana, cambiando las tornas según conveniencias, previendo las circunstancias y aun adelántose a ellas, Alonso de Fonseca, obispo todavía, enseguida arzobispo de Sevilla. En uno de esos momentos consigue que el príncipe Enrique, a cambio del favor que le presta, le entregue Alaejos. Dice el documento que “Alahejos e Castrejón e Valdefuentes le fueron dados por el señor príncipe n[uest]ro señor”; pero el documento no oculta cómo lo consiguió: no graciosamente, sino por “las fuerças e mjedos e temores e opresiones que les fueron puestas e fechas por parte del dicho —además— de las privañças —que tenía con— el Rey don Juan e el Rey don Enrique”. El acontecimiento en sí no llama la atención de la gran Historia. Al fin y al cabo fue un hecho más de las “mercedes enriqueñas”. Es decir, de los donativos que se vio obligado hacer Enrique IV para asegurarse el apoyo de los señores. Pero, lo que desde el punto de vista general no deja de ser un suceso más que define la debilidad de la monarquía, para medinenses y alaejanos adquiere mayor rango.
En efecto, nada menos que la décima parte del territorio de la Tierra de Medina se separa de su poder. Desde ese momento, desde 1452, el Concejo de la ciudad de las ferias nada puede decidir sobre estos tres pueblos, ni sobre las gentes ni sobre los beneficios. De ahí que no contento con ello ponga todas las trabas necesarias para impedir la desmembración del alfoz. No lo conseguiría, pero intentarlo lo intentó. Y entre las muchas artimañas que empleó no fue la menos importante el pleito que planteó sobre el deslinde de términos.
Conseguida la donación, hubo que precisar la línea divisoria entre las tierras de jurisdicción de Medina de las que pasaron a manos del obispo. Se envió a un juez de términos para que procediese a fijarla contando con la aquiescencia de ambas partes. El juez, Juan Barroso, marcó la línea de demarcación con mojones “por el rrío de Hebán (Trabalcos) el qual dicho rrío sea —dice el juez— limyte e mojón de los términos de los dichos lugares”. Medina no quedaría conforme y alegraría, una y otra vez, la necesidad de modificar o precisar el uso del monte, el disfrute de los pastos comunales, la utilización de los bebederos, el aprovechamiento de los barbechos, la administración de justicia en los lugares de uso común… En realidad, pleitos y pleitos que pretendían impedir la segregación. Mas, al cabo, ésta siguió adelante y Fonseca se salió con la suya.
Muerto Enrique IV en 1474 (Fonseca, el ya arzobispo de Sevilla, había fallecido un año antes), los medinenses iniciaron una nueva acometida con la intención de dar marcha atrás a la segregación. Confiaban en que Isabel (que tanto amaba Medina) les fuese valedora. Se equivocaron, pues Alonso antes de morir había jugado bien sus cartas. Y no solo él, pues los sucesores en el mayorazgo habían apostado por la que sería futura reina en las revueltas sucesorias y en la guerra de sucesión. Esto les valió apoyo real para ratificar la posesión del mayorazgo y la separación definitiva de Alaejos (Castrejón y Valdefuentes) de Medina, que quedó vinculado a los Fonseca y a sus sucesores hasta integrarse, andando el tiempo, dentro de las posesiones de los Duques de Alba.
De nada sirvió que, en 1496, el procurador de Medina intentase nuevamente dar marcha atrás al proceso. Incidió en que se había hecho con fuerza y aprovechando las debilidades de Enrique IV, pero los nuevos monarcas no le escucharon, por más insistencia que puso en argumentar que Alaejos, Castrejón y Valdefuentes fueron separadas del alfoz de Medina del Campo aprovechándose de “las grandes nesçesydades e guerras de aquellos tiempos e no de la propia voluntad de los dichos señores Reyes”.
Así pues, los Fonseca, contentos; los medinenses, desengañados; los reyes, agradecidos. ¿Y los alaejanos qué? Porque poco sabemos de ellos, por no decir nada, en aquellos años tan remotos. Resulta así que podemos escribir o, mejor, hacer referencia a dos historias. Una, la grande, la de los reyes y obispos, y acaso la de los linajes medinenses; y otra, la del pueblo. Y como se ve, ésta permanece oculta. Nadie, allá por 1452, se molestó en preguntar a los alaejanos, nadie dice nada de cómo se lo tomaron, cómo lo vieron, qué les pareció que un día pertenecieran a Medina y al siguiente a un obispo, qué pensaron de que hoy fueran tribunales reales los que aplicasen justicia y a la mañana siguiente fuesen jueces dependientes de un señor…
Cuentan las crónicas que en el año “del nasçimiento de N[uest]ro Señor Iesucristo de mil e quatroçientos e çinquenta e dos —había en la villa de— Halahexos dosçientos vasallos”. Cifra muy redonda para ser cierta, pero no descaminada, por cuanto era norma contar el número de vasallos cuando se donaba (o vendía) una población, a fin de conocer los tributos retraídos a las arcas reales. Alaejos andaba, pues, entre los 800 y 1.000 habitantes; aproximadamente la mitad de los actuales.
¿Qué sabemos de esos habitantes? ¿Qué de sus trabajos y desvelos? ¿Qué de sus sueños? ¿Qué de sus pasiones? Nada, absolutamente nada. Como si el pueblo (la villa) se mantuviese sola, como si casas e iglesias se levantasen por sí mismas, como si el campo produjese sin cultivar, como si… En fin, la de siempre, las crónicas ocultan la vida del pueblo (hablo de las personas). Parece que solo importase la de los próceres y líderes (¿?); cuando, al fin y al cabo, son próceres y líderes de sus casas, pues engrandecerlas es el objetivo que les guía y no otra cosa.
La Historia debe describir los hechos, mas al hacerlo no debe olvidar que las crónicas corren tupidos velos sobre los personajes que, pareciendo secundarios, son primordiales en el hacer de los pueblos. ¿O acaso en 1452 Alaejos no era lo que era gracias a los pobladores, al sufrido trabajador, a la mujer anegada, al obrero laborioso e incluso a la risa y el llanto del niño? Reivindiquemos la historia olvidada de las gentes sencillas, poco dada a aparecer en crónicas y fuentes, pero sin las cuales no habría pueblo. Nos va la nuestra en ello.
Por eso este pequeño homenaje a nuestros antepasados. Aquellos que un día, sin saber cómo ni por qué, se encontraron dependientes de un señor, Alonso de Fonseca. Nadie les preguntó, la decisión se había tomado en “las altas esferas”, en los despachos de las cámaras regias. Y así, de improviso, de un día para otro, pasaron a ser “vasallos”. Mientras en Segovia, en las escribanías de la Corte, se formalizaba el documento de donación para Alonso, los alaejanos, desconocedores de todo, trabajaban y se esforzaban por sacar adelante sus vidas, que era la del pueblo, la de Alaejos.
José Ojeda Nieto