Las dos parroquias de nuestro pueblo han tenido a lo largo de la historia un "pique" por el prestigio. Aunque, tanto o más que el prestigio, lo que se dilucidaba en esta especie de "guerra interna" era el reparto económico de diezmos y primicias, y otras gracias crematísticas. Desde "tiempo inmemorial que memoria de hombre no recuerda", como dicen los documentos, aunque a fuer de sincero no puede ir más allá del siglo XII, la distribución económica recaudada vía impuestos eclesiásticos tenía una distribución desigual: tres quintas partes para la parroquia de Santa María y dos quintas partes para San Pedro, así hasta que diezmos y primicias dejaron de cotizarse, a principios del siglo XIX.
Esta distribución desigual, que favorecía a Santa María, claro está que revertía en un mayor prestigio también. Aunque, vaya lo uno por lo otro, también, debía contribuir con la mayor parte de los gastos, exactamente en la misma proporción: tres partes frente a dos. El prestigio le reportaba mayor vecindad y una más alta categoría social. Es decir, que desde los inicios del pueblo —concretados desde el siglo XII en adelante— y hasta el siglo XVII, en la parroquia de Santa María vivía la mayor parte de la población y aún la de mayor riqueza.
Pero llegada la última centuria, incluso en los últimos años del dieciséis, la orientación urbanística da un vuelco: crece la población en la parroquia de San Pedro y lo que es más importante, crece el número de potentados que abren sus casas en esta parroquia. No es que Santa María, por el momento, pierda "el primer puesto", sigue conservándolo porque sigue gozando de la mayor parte de los impuestos eclesiásticos. Mas las diferencias dejan de serlo, o, si lo son, empiezan a decantarse a favor de San Pedro, sobre todo en lo que no es contribución legal, sino voluntaria. Hablamos de donaciones, mandas, obras pías, limosnas, etc., donde cada feligrés deja lo que quiere a quien quiere, que por lo general es a la parroquia a la que pertenece.
Los beneficiados de ambas parroquias acordaron, presionados por el abad de la vicaría de Medina del Campo, no presionar a los feligreses para que se cambiasen de parroquia. Y es que el dinero por las ceremonias —bodas, bautizos, misas, etc.—, especialmente los enterramientos, atraían las miradas de los beneficiados.
Poco a poco, pues, desde finales del siglo XVII, San Pedro gana terreno. En el XVIII lo ganará del todo. Y es ahora, en esta centuria dieciochesca, cuando se notará la diferencia, y se notará porque las obras, reparaciones, adornos, mejoras…, que durante los siglos anteriores se habían decantado por Santa María, se multiplican ahora en San Pedro. Es cierto que esta parroquia sigue recibiendo dos partes de cinco en diezmos y primicias, pero, a cambio, le llueven limosnas, obras pías y, como le crecen los enterramientos porque antes le crecieron vecinos, las mandas se multiplican, repercutiendo en el nivel económico de la iglesia. Este incremento económico tendrá sus repercusiones en el incremento de adornos, ropajes, utensilios… y altares.
Veamos tres casos concretos:
1ª. Dorado del retablo del Santísimo Cristo de la Caridad
El 17 de junio de 1746, el "Maestro Dorador Francisco Regas, vezino desta v[ill]a de Alaejos" acuerda con los mayordomos el dorado del "retablo del Ssmo. Xpto. De la Charidad sito en la Parrochial de San Pedro". En principio, y antes de nada, resaltemos un hecho: el dorador es vecino de Alaejos. Un artista, pues, aunque no de las grandes artes, del pueblo.
Francisco Regas se compromete, tras ganar por puja a la baja a "Eugenio Ximenez, M[aest]ro de Dorar y Estophar, v[ecin]o de la v[ill]a de Peñaranda", a dorar el retablo por 7.000 reales de vellón. Las condiciones le obligan a hacerlo con esmero, "sin que se ofisque la talla", y todo con "oro limpio —y bien— bruñido". Pero no sólo. Habrá de broncear "las nubes del trono", pues es condición primera de buen dorador el broncear "para mayor lucimiento de la d[ic]ha obra". Todo, por lo tanto, bien trabajado, mas si en algo debe esmerarse ha de ser en "la caxa del Ssmo. Xpto" —que habrá de— obrar y bruñir de oro limpio". Pintará una tela morada del respaldo, así como "los atributtos de las tarjetas que ttiene dicha caxa".
El contrato le exige algo más: que ponga sumo cuidado "en que los Niños q[ue] están sobre las Bolutas y Albortantes" queden lo más naturales posibles. Así, habrá de conseguir que "sus alas —sean doradas y estophadas— y tengan todos colores". Lo mismo habrá de hacerse con todas las "Insignias o atributos… y demás figuras que adornan dicho Retablo". Y entre las figuras, mejor dicho, imagen, que encuadra el retablo, se halla la "Imagen de las Angustias". Por lo tanto, no se pueden olvidar los retoques que precise, tanto en el "dorar" —como— "en el estophar". Pero, no solo la efigie de la Virgen, también "los dos Santos q[ue] están en las dos caxas", debiendo pintar las "ropas que tienen dichos Santos con algunos Grutescos o telas rajadas coloridas bien imitadas".
El resto del contrato son los capítulos económicos y algunas precisiones de interés para quienes estudian las prácticas contractuales de las cofradías y sus economías. Por ejemplo, que a cargo de la cofradía correrá el montar los andamios, que el artista no podrá contratar otra obra mientras esté trabajando en el dorado del altar, y, por último, la importancia del trigo, pues Francisco acepta como parte del pago de los 7.000 reales, 350 fanegas de trigo tasadas a 16 reales la fanega.
2ª. El retablo de Nuestra Señora de la Esclavitud
Si del dorado del retablo del Cristo se hizo cargo la cofradía, que no deja de ser una prueba del bienestar económico que alcanza a los feligreses de San Pedro, la composición del retablo de la Esclavitud es obra de toda la comunidad religiosa de la parroquia.
A mediados del siglo XVIII la iglesia de San Pedro decide renovar el retablo de la Esclavitud. O sea —no se pierda esto de vista—, que ya había uno anterior. ¿Por qué razón deciden renovarlo? Lo ignoramos, aunque sospechamos que los cambios artísticos tenían mucho que ver. Seguramente el primer retablo era mucho más sobrio, algo que desentona con el crecimiento económico de la parroquia, que tiene que hacerse notar. Sea como fuere, la iglesia decidió cambiar el viejo retablo por uno nuevo más acorde con los tiempos y los estilos del momento.
Se encargó, el nuevo retablo, a "Juan Rico, vecino de la ziudad de Toro y Maestro de escultura y archiquectura". El contrato se firmó por 5.500 reales de vellón, a los que habría que añadir 12 reales por cerraduras y hierro, 160 por los refrescos que se gastaron el día de la colocación, y otros gastos diversos más. Total, pues, 5.682 reales.
Más importante —por lo que nos importa aquí— es ver de dónde salieron, cómo se recaudaron esos más de cinco mil reales, porque nos ayuda a entender que la collación de San Pedro crecía en número y riqueza. En efecto, para recaudar el costo, se echaron mano de 1.265 reales de un censo —hipoteca del Cabildo, de 900 reales que pusieron los beneficiados (curas, presbíteros, etc.), 800 reales en que se tasó el retablo viejo (Es decir: se vendió. ¿A quién?) y el resto salió de limosnas, recogidas entre los feligreses de San Pedro (No hay por qué excluir a algún devoto de Santa María). Claro, quien hace un donativo cuantioso merece, al parecer, que se le reconozca el sacrificio, así que la iglesia no ocultó, sino que propaló a los cuatro vientos, que don Manuel Hernández había contribuido con 1.238 reales y que don Manuel Pérez donó 800 reales. Las pequeñas limosnas, ya no importan.
3ª. Los cajones de la sacristía de San Pedro
Otro caso más, que viene a probar la pujanza de la parroquia de San Pedro fue el encargo a "Pedro de Aguilar y Ph[elipe] Rico vez[in]os de la ziudad de Toro" de los cajones de la sacristía de la iglesia. Cajones que se ajustaron en 4.000 reales de vellón porque "la madera de dichos caxones, todo lo exterior [h]a de ser de nogal".
Los tres ejemplos bastan para demostrar cómo la parroquia de San Pedro no tiene dificultades económicas para enriquecer sus enseres y llevar a cabo las reparaciones necesarias. Bien al contrario que la de Santa María, que hasta para adquirir un "terno p[ar]a el adorno y dezenzia de las festividades", hubo de pedir un préstamo, allá por 1761, hipotecando un solar —que fue casa— "que linda con la casa del balcón de la d[ic]ha Comunidad" —de clérigos de Santa María— "y con otro solar de casa del maiorazgo que goza el Sr. Dn. J[ose]ph Joachim de Vereterra y con corrales y cavallerizas de casas de D. Pedro Gómez de Perlines". En definitiva, que el prestigio de Santa María está en entredicho, mientras el de San Pedro se ha aquilatado.
José Ojeda Nieto