Biblioteca de los programas de fiestasAlaejos · 1954 – 2026

Programa de Fiestas · 2011

La epidemia de cólera de 1834

José Luis Pérez Muñoz·Historia general de Alaejos

Jose Luis Pérez Muñoz

«¡El cólera! ¡La muerte! Estas tremendas palabras fueron por algunos días sinónimos espantosos. ¡El cólera! se pronunciaba en los umbrales de una casa, y la muerte se llevaba las llaves con el último de los cadáveres...»

(Nicomedes Pastor Díaz, De Villahermosa a la China. 1858)

En 2011 nos hemos familiarizado con una variante de la bacteria echerichia coli que ha sido la causante de muchos afectados y bastantes muertos en Alemania y la culpable de originar grandes pérdidas al sector hortofrutícola español al ser acusados formalmente unos pepinos españoles importados de ser el foco de aquella infección; acusación que luego se demostró infundada. Otra bacteria, la vibrio cholerae, fue la causante de la muerte de María-Ángela García Astudillo el 29 de agosto de 1834, primera víctima oficial del cólera morbo asiático en Alaejos.

El cólera es una infección intestinal aguda causada por la ingestión de agua o alimentos contaminados con heces humanas. Presenta un cuadro clínico con diarrea copiosa, acuosa, vómitos ocasionales, deshidratación rápida, ronquera aguda, calambres musculares, colapso circulatorio, pudiendo producir la muerte si no es tratada pronto. La epidemia era originaria de la India, se expandiría por zonas de Asia y Rusia, llegaría a Alemania y Francia, a Inglaterra en 1832 y al año siguiente a Portugal y España. Se considera que hizo su aparición en Vigo a principios de 1833, contagiado por los navíos que fondearon en el puerto de las escuadras de don Pedro y don Miguel, contendientes al trono de Portugal. Ese mismo año se desarrollará con virulencia en Andalucía aunque remitirá en el invierno hasta su nueva aparición en 1834. Las primeras medidas adoptadas contra la enfermedad fueron hacer rogativas públicas para obtener la ayuda divina y el establecimiento de acordonamientos militares para separar e incomunicar las zonas contagiadas de las sanas. Habitualmente se ha considerado que la situación política española propició la expansión de la epidemia: Fernando VII había fallecido en 1833 y el país estaba enfrentado entre los partidarios de la reina menor de edad, Isabel II, y los que apoyaban al pretendiente, el hermano del rey, Carlos María Isidro, lo que desembocará en la llamada primera guerra carlista. Se pensaba que los movimientos de tropas asociados a esta guerra, en especial las del general Rodil desde el Algarve portugués hacia el norte de España, habrían actuado como auténticos propagadores de la enfermedad por el país, porque al ejército sí se le permitió moverse libremente.

El gobierno se enfrentaba a dos dificultades importantes: uno, de carácter científico, conocer esa enfermedad venida de la India, y otro, político, poner los medios necesarios para mitigar los efectos de la epidemia (observar «un método de vida arreglado y sobrio» y conservar «la tranquilidad en el ánimo» eran los consejos gubernamentales, estableciendo las Juntas provinciales de Sanidad para ejecutar sus órdenes). Los médicos españoles ya conocían teorías para explicar e intentar hacer frente al cólera, como los informes enviados desde Londres por el médico vallisoletano exiliado Mateo Seoane o el informe de una comisión de médicos españoles que había estudiado el cólera en ciudades como París, Viena y Munich unos años antes. La discusión científica pronto derivaría en determinar el carácter contagioso o no del cólera. Por un lado, los que consideraban que el contagio se producía por contacto directo o indirecto con los enfermos: eran los que defendían las medidas de aislamiento, los cordones sanitarios, la incomunicación de las zonas contagiadas. Por otro, los que pensaban que no era contagioso, partidarios de las tesis miasráticas: el mal provenía de la contaminación del aire producido por las emanaciones de los muertos, por las materias orgánicas en descomposición, por los effluvios de aguas estancadas, etc. Si se aceptaba la tesis de que el cólera no era contagioso, se aceptaba lo inútil de los acordonamientos y cuarentenas propagadas por el gobierno, dando prioridad a las medidas sanitarias: deberian tomarse medidas que evitaran los focos de insalubridad, que mejoraran la higiene personal y pública, que mejoraran la alimentación, que mejoraran las condiciones de vida... medidas todas ellas que acarrearían un gran coste económico. Al final el gobierno disolvería los cordones sanitarios por su inutilidad, pero también por intereses militares (para luchar contra los carlistas), por el entorpecimiento de las comunicaciones (para poder circular era necesario pasaportes o cédulas de sanidad), por los efectos perjudiciales para el comercio y la economía.

En este contexto hay que situar la carta que dirigió el médico segoviano Pedro-Alcántara de Guzmán, contrario a la tesis del contagio y defensor de las teorías miasráticas, al Boletín de medicina, cirugía y farmacia sobre su actuación en la epidemia de cólera en Alaejos. Los vecinos «habían tapiado e incomodado el pueblo» vigilando que no entraran «sujetos circunvecinos y transeúntes», pero la enfermedad hizo su aparición a fines de agosto, desarrollándose tras «un formidable nublado» que hubo el día 5 de septiembre, lo que hizo que el lavado del lugar se llenara de agua y de un «espedioso olor que se difundió por casi toda la villa». El día 7, el cólera invadió la acera de la calle Pastores que puso al pueblo «en su terror pánico, huyéndose familias enteras, abandonando padres a hijos, maridos a esposas, y careciendo de auxilios los desgraciados invadidos: hasta las autoridades y junta de Sanidad proyectaban su fuga». De ser cierto esto último —permítaseme dudarlo—, no había sido un caso aislado, pues ya se habían publicado reales órdenes privando de sus destinos a los empleados públicos que abandonaran sus puestos una vez declarada la enfermedad; o inhabilitando a los médicos y cirujanos que abandonaran su pueblo, publicando su nombre en el diario oficial para su deshonor; o multando a los miembros de los ayuntamientos que huyeran, especialmente a los alcaldes, dejando a su pueblo «expursin, con mengua de su honor y menosprecio de sus sagradas obligaciones, a los horrores de la anarquía y de la miseria». Y es que la huida hacia lugares no contagiados, ponerse a salvo, era una de las mejores medidas preventivas ante la enfermedad.

Como buen defensor de las tesis miasráticas, Guzmán sitúa el origen de la epidemia en el lavajo del lugar (actual plaza Hernández Morejón), con sus aguas estancadas y apestoso olor. Se desconocía en esa época el carácter hídrico del contagio del cólera, aunque muy cerca del lavajo estaba probablemente el origen de la epidemia: el pozo público, «de mucho caudal, pero de aguas muy gruesas, y vacias a veces». Además, se depositaban en él «las inmundicias de las calles que las lluvias arrastran, y con estas y el lavado, se corrompen las aguas que en algunos años estos exhalaban una fetidez insoportable». Estas palabras de Pascual Madoz, que también veía el origen del cólera en la corrupción del aire —la tesis miasmática— corroboran la contaminación de las aguas del pozo donde se depositaban las inmundicias de las calles de gran parte del pueblo (también de los corrales y mudadares de las viviendas a través de los albañales).

Guzmán llegó por mandato del corregidor de Medina del Campo, que aún no conocía el cólera, pero Alaejos contaba con más instrumentos sanitarios para hacer frente a la epidemia. El Ayuntamiento, que recibía instrucciones de la Junta provincial de sanidad, probablemente habría creado dos Diputaciones parroquiales de sanidad, una por parroquia, que practicarían visitas domiciliarias a cada vivienda y harían a los vecinos las observaciones y prevenciones que creyesen oportunas, dando las órdenes necesarias para evitar la insalubridad de sus casas e imponiendo multas si no se las hiciera caso. Además se contaba con más personal dedicado a la sanidad: Simón Villalobos Blanco, cirujano titular; su yerno el cirujano Justo González Marroquín; el cirujano-sangrador Juan Blanco, el único nombrado por Guzmán en su relato, que ponía sanguijuelas y ventosas a los enfermos; y probablemente Manuel-Isidoro Seoane, hermano del famoso médico liberal Mateo Seoane, del que tenemos constancia que actuó como médico interno en 1803 y de su presencia en 1835. Se contaba además con las infraestructuras del Santo-Hospital que contribuiría a cuidar de los enfermos pobres que no pudieran pagar su asistencia domiciliaria: desconocemos el número de enfermos que acogió, pero allí murieron al menos 12 personas.

Ignorando las causas del origen del cólera, el tratamiento que realizaban los médicos se fundamentaba en aliviar los síntomas de la enfermedad, como el método que adoptó Guzmán: sangría general abundante y repetida, absoluta dieta, agua de goma y algunas gotas de láudano, enemas del cocimiento de simiente de lino, hielo en la boca, apósitos de hielo en el abdomen cuando tenían ardor, cataplasmas y friegas, botijos de agua caliente a los lados y como se carecía de sanguijuelas se hacían ventosas sajadas en abdomen y vientre.

Ignoramos la repercusión social y económica que tuvieron las medidas sanitarias tomadas en Alaejos, por desconocimiento expreso de éstas, pero posiblemente limpiar las casas particulares, prohibir el vertido de aguas inmundas a las calles, trasladar los muladares y estercoleros fuera del pueblo, vigilar la limpieza de las carnicerías y otros establecimientos públicos, limpiar calles... serían algunas. Desconocemos también las cuentas de la epidemia, la procedencia de los fondos, su destino... El gobierno, a pesar de considerar «que la salud pública es la primera de las atenciones, y que a ella deben ceder los intereses de la masa», pediría a religiosos, corporaciones, gremios, hacendados y capitalistas de cada lugar donde se padeciera el cólera que hicieran su aportación para ayudar a los necesitados «con las cantidades y efectos que os dicte su amor a la humanidad para el socorro de los enfermos», publicando su nombre para su mayor honra y conocimiento de todos. También se permitía que los Gobernadores civiles facilitaran el uso de recursos más urgentes a los pueblos que lo necesitasen o, en caso de necesidad, a través de impuestos «sin otra excepción que los procedentes de contribuciones, rentas y derechos Reales, y cualesquiera otros que deban ingresar en el Real tesoro». El gobierno se eximió claramente de sus obligaciones económicas dejando a los pueblos que lucharan contra la enfermedad con sus propios medios y los aportados por la solidaridad de los vecinos.

No hemos hallado ninguna fuente que permita conocer con exactitud el número de fallecidos en Alaejos por la epidemia de cólera ni hemos encontrado documentación municipal que se refiera a ella. La Gaceta de Madrid de 1834 publica unas cifras de invadidos, curados y fallecidos en Alaejos, que no se nos antojan muy incompletas. De los cuatro partes publicados, dos aportan cifras (del 17 al 21 de septiembre fallecieron 42 personas y una más en el parte del día 19 de octubre) y los otros dos son imprecisos («bastantes muertos» o «sigue la enfermedad con bastante rigor»). Las anotaciones en los libros de difuntos de las parroquias alaejanas carecen de un dato esencial como es la causa de la muerte por lo que no podemos diferenciar entre la mortalidad ordinaria y la epidémica. Otros datos que nos pueden permitir una aproximación fiable al número de víctimas no aparecen reflejados en todas las anotaciones: la ausencia del sacramento del viático, último sacramento cristiano que no se facilitaba a los coléricos debido a los vómitos, o los enterramientos el mismo día por orden del médico ante el peligro de corrupción del cadáver, o el tipo de entierro. Pero podemos comparar los fallecidos en Alaejos el año de la epidemia con los años previos y posteriores —ver cuadro 1— para hacernos una idea de lo que supuso: la media de fallecidos de los cinco años anteriores es de 101 personas cada año; los cinco años posteriores fallece una media de 86 personas. Esto hace muy significativa la cifra de 317 personas muertas en 1834, de las que sólo en el mes de septiembre fallecieron 196. Cumpliendo las instrucciones de la Junta provincial de sanidad, los familiares debían dar conocimiento rápidamente del fallecimiento a las autoridades sin poder trasladarlo ellos mismos al recién estrenadocementerio —el de Alaejos se construyó en 1833—. Seguramente el Ayuntamiento habría prohibido tocar las campanas de la iglesia a muerto, a din-din (cuando el muerto es una criatura), o a ritmo, según la necesidad, para evitar la impresión a la gente. De lo contrario, imaginémonos la congoja y la angustia que hubieran tenido los alaejanos el 24 de septiembre de haber tocado las campanas en dieciséis ocasiones, ocho en cada parroquia, y al día siguiente otras trece veces más. Finalmente, los enterradores, que habrían aumentado su número debido al aumento de trabajo, darían sepultura al cadáver «en zanjas profundas y cubiertas de cal viva». El caso de José Gómez y su esposa Trinidad Lucas quizá fue el que causó mayor consternación y horror entre la población al ver cómo el 17 de septiembre se enterraba a tres de sus hijos: Feliciana, Epitanio y Andrea, de seis, tres y un año respectivamente. La estructura familiar de Alaejos se vería afectada notablemente.

Analicemos someramente qué sectores de la población fueron los más afectados. En 1834 nacieron menos niños que el resto de años analizados, seguramente porque el año anterior hubo una menor producción agrícola, pero, en términos porcentuales, murieron muchísimos menos niños menores de un año (el 7,5 % del total de fallecidos) de lo que venía siendo habitual (el 21 % el lustro anterior) o los que morirían después (el 22 %). El porcentaje no varió reseñablemente en el grupo de edad de 1 a 10 años, el sector de la población más sensible (107 fallecidos), suponiendo un tercio de los fallecidos totales. Ahora bien, sin poder afirmar que el cólera atacó más a las personas adultas, en 1834 el porcentaje de adultos fallecidos es mayor que en los años previos y posteriores (ver cuadro 2).

La mortalidad por sexos en el período 1829-1839 guarda una relación de 1:1, lo que hace aún más relevante el dato de que por cada 100 varones que murieron en 1834 morían 156 mujeres. Algo que no es de extrañar si pensamos que el rol histórico de la mujer esté relacionado con tareas de limpieza y atención de enfermos, de lavado de ropa y utensilios, de manipulación de alimentos —todas en contacto con el agua—, con lo que aumentaban las posibilidades de contagio.

Según la carta escrita por el galeno Pedro Alcántara de Guzmán los que siguieron sus preceptos higiénicos se libraron de la epidemia: «siendo sólo los mujeres en general y generalmente atacados los pobres, menestrosos, desaseados, ociosos, y los mal alimentados, no solo por mala calidad de alimentos, sino por mala elección de estos». Y es que el poder económico de las personas más pudientes les permitía estar mejor alimentadas, tener mejores, más cómodas y saludables viviendas, tener mayor higiene personal y les permitía un recurso fundamental para esquivar el contagio: huir, viajar hacia donde no existiera epidemia. Ahora bien, si consideramos el título de don/doña como el de personas de elevado rango social en la época, con medios económicos, de las anotaciones de los libros parroquiales de difuntos se deriva que en 1834 murieron más personas pudientes que de costumbre, el doble que la media de los lustros anterior y posterior, lo que nos lleva a pensar que también este estamento se vio afectado por la epidemia.

Si tomamos en consideración los diezmos de granos (trigo bueno, morcajo, cebada, centeno, algarrobas, garbanzos, legumbres y avena) que los vecinos entregaban como impuesto a la Iglesia en la cilla común de Santa Marta y San Pedro podemos realizar algunas consideraciones sobre la coyuntura agrícola del momento y esbozar las fluctuaciones de los productos —entiéndase la renta eclesiástica— y sus precios. En 1833 disminuyó considerablemente lo que recaudó la Iglesia en concepto de diezmo en todos los productos con respecto a 1832 (excepto en centeno), posiblemente porque el campo sufrió una plaga de langosta en 1833. En 1834 vuelve a disminuir lo recaudado por cebada, centeno, algarrobas y legumbres, aunque los precios también bajaron (excepto las algarrobas); aumentó la renta para el trigo bueno, la avena y el morcajo, y los precios también disminuyeron. El caso del garbanzo sí es muy significativo: la renta por garbanzos aumentó de 1833 a 1834 casi un 32 % y también aumentó su precio un 78 %. Las líneas de tendencia de los granos que se diezmaban durante el período 1828-1834 son ligeramente descendentes, mientras que los precios tienden ligeramente al alza. Si a esto añadimos la lenta pero progresiva presión demográfica de un pueblo que crece (a un ritmo medio de 1,3 % anual en el período 1829-1833) sobre unos recursos agrícolas que iban disminuyendo y aumentando ligeramente de precio, probablemente nos encontraríamos con una población subalimentada y debilitada que podría alcanzar un estado de penuria, hambre y miseria, es decir, con un escenario muy favorable para el desarrollo de una epidemia que dejaría a los más pobres como el sector de la población más expuesto a la enfermedad. La argumentación entraría en conflicto con lo afirmado por el médico Guzmán, que vivió la epidemia en primera persona atendiendo a los enfermos, quien no menciona como causa de la mortandad la carestía o el precio de los alimentos, sino su mala calidad y una dieta inadecuada.

Desconocemos también el papel jugado por los eclesiásticos de Alaejos pero seguramente habrían tratado de calmar los ánimos, de consolar y tranquilizar a sus feligreses para evitar el pánico (y mantener la paz y el orden establecido); probablemente habrían utilizado la epidemia para reforzar la concepción religiosa tradicional y mostrar la enfermedad como un castigo divino; habrían hecho rogativas implorando la misericordia divina para que librara a los alaejanos del cruel azote; y seguramente habrían ayudado a financiar con contribuciones voluntarias los gastos causados por la epidemia.

De la epidemia de cólera de 1834 ignoramos mucho, pero podemos afirmar que Alaejos sufrió las consecuencias de una dura epidemia que tendría importantes consecuencias demográficas: desconocemos el número de víctimas que murió por el cólera, pero ese año murió el 10 % de una población que tardaría cuatro años en recuperarse y alcanzar una cifra similar de habitantes. La epidemia seguramente serviría para crear una mayor conciencia higiénica personal y pública, pero habría que esperar cincuenta años más para que el alemán Robert Koch descubriera el bacilo del cólera; demasiado tiempo para que el cólera no volviera a visitar Alaejos, lo que, desgraciadamente, haría en 1855.

Jose Luis Pérez Muñoz

Cómo citar

José Luis Pérez Muñoz: «La epidemia de cólera de 1834». Programa de Fiestas Patronales de Alaejos, 2011.

Más de José Luis Pérez Muñoz

Otros artículos de «Historia general de Alaejos»