Por José-Luis Pérez Muñoz · contacto@alaejos.net
«Si se huvieran conservado los nombres que Adán puso a las cosas, supieramos sus essencias, sus calidades, y propiedades: ya que esto no nos consta, es cierto, que los nombres que ponemos a las cosas les vienen a quadrar por alguna razon...»
Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611.
Nominar una calle supone singularizarla del resto, dándole un nombre diferente de las demás y, en su aspecto físico, acotándola desde su inicio a su final, numerando los inmuebles que la conforman. Es una potestad de los ayuntamientos dar nombre a calles, plazas, edificios o espacios públicos de su ámbito territorial, que muy bien puede ser a propuesta de cualquier persona, cualquier entidad de carácter público o privado, asociación o, como suele suceder habitualmente, a propuesta del propio Ayuntamiento.
El 2 de enero de 1858, para dar cumplimiento a la ley de reemplazos del ejército, se procede en Alaejos a realizar el padrón general de vecindario que comprende «a todas las personas de ambos sexos que en él tengan su residencia, o en los caseríos, huertas, haciendas o cualquiera otra habitación de su término, con inclusión de los que se hallen accidentalmente ausentes, cualquiera que sea el motivo de la ausencia y el punto donde se encuentren dentro o fuera del reino». La formación de este padrón, uno de los primeros que se conservan en el Archivo Municipal, la realizan los regidores –concejales– del Ayuntamiento, distribuyéndose entre ellos las calles: Carranza, Fortaleza, Lucas Martín, Gargantilla, Ronda, Zabacos, Juan Méndez y Pastores.
Las calles que aparecen en el padrón que se formó el año siguiente triplican su número: Ronda del Castillo, Carranza, La Vera, Peñaranda, Fortaleza, Gargantilla, Arrabal, Casas Nuevas, La Casita, Las Huertas, Los Tejares, Zabacos, Atrio, Santa María, Tejedores, Pozo, Juan Méndez, Las Conchas, Lucas Martín, Perogiles, Pastores, Prado, Arrabal del Cristo y Arrabal del Toril. Si tomamos estos nombres de las calles de Alaejos como los antiguos, históricos, populares o tradicionales, observaremos que en el pasado siglo muchas de ellas fueron objeto de diversos cambios en sus denominaciones –también en su aspecto físico, pero eso excede ahora de nuestras pretensiones–, renombrándose al compás marcado por los acontecimientos político-sociales del siglo XX.
En 1911 el ayuntamiento presidido por don Luis González Santana, a propuesta del primer teniente de alcalde, don José Hernández Monge, cambió el nombre de la calle de las Conchas por calle de Gonzala Santana, en atención a los actos caritativos que realizaba la llamada madre de los pobres o pollita de oro. En 1912 se reciben las placas para la calle y se decide que el 5 de mayo se coloquen, celebrando una misa en la ermita de la Casita e invitando a la homenajeada para que asista. Doña Gonzala Santana Delgado (Salamanca, 1844-1926), era la segunda hija del alaejano José Santana y de Petra Delgado. Vivió en el inmueble que en la actualidad lleva el número 5 de la calle Gonzala Santana.
Entre sus actos caritativos o benéficos destacan las 100.000 pesetas que donó para ayuda de la construcción del colegio María Auxiliadora en Salamanca; la donación de la carroza donde la cofradía de la Santa Cruz del Redentor de Salamanca porta en procesión a la Virgen de los Dolores durante la Semana Santa; la contribución de 5.000 pesetas para adquirir un aeroplano destinado al ejército de operaciones en África en 1921; la educación –instrucción, alimentación y vestido– que recibían en el Colegio Salesiano 36 niños pobres, entre ellos parece ser que 6 de Alaejos; los 80 duros (o 400 pesetas) de limosna que repartía entre los pobres todos los sábados; o aquel ofrecimiento de las llaves de sus paneras al alcalde (sin documentar a qué alcalde de qué población) para que todo el trigo que tenía en ellas fuera distribuido entre los pobres, si lo consideraba necesario.
En Salamanca, por iniciativa del obrero Ignacio Vaquero, se le rindió homenaje el domingo 21 de junio de 1915 por los actos filantrópicos, altruistas y caritativos que venía realizando desde hacía años en favor de los más pobres, descubriendo don Julián de Diego y Alcolea, obispo de Salamanca, al son de la marcha real, una placa, que aún existe, en la Plaza de Monterrey, donde vivía. En la placa puede leerse: «Eterno recuerdo de agradecimiento que los hijos de esta capital y su provincia dedican a su caritativa y predilecta hermana, doña Gonzala Santana Delgado, por su generosidad con los necesitados y enfermos, los que siempre rogarán por tan bondadosa señora. 1 de mayo de 1915. La Comisión». Al acto no acudió la homenajeada, pero sí numerosos salmantinos y diversas personalidades que dieron discursos de agradecimiento: el obispo, alcalde y gobernador civil de Salamanca, el diputado provincial de Salamanca y catedrático Esteban Jiménez, el catedrático universitario Sr. Elorrieta, el Sr. Santa Cecilia presidente del Centro Obrero.
Gonzala Santana siempre aparecía en la lista de los mayores accionistas del Banco de España, legando a su muerte 500 de estas acciones (1.565.000 pesetas de la época) para la educación y cultura de niños pobres de Salamanca y 12 de Alaejos para ser útiles a sí mismos y a la sociedad, a través de la obra pía Fundación Gonzala Santana, clasificada como de beneficencia particular docente. También estipuló que si algún hijo de sus sirvientes estuviera cursando alguna carrera, se le abonaran los gastos hasta su terminación. En el caso de que esto no pudiera cumplirse, quedó mandado que el Patronato repartiera las rentas entre los pobres de Salamanca y Alaejos e instituciones benéficas de ambas localidades. Nombró patronos de la fundación a sus albaceas testamentarios y a otros familiares, dejando mandado que a su muerte fueran sustituidos por el Obispo de Salamanca, el cura de la Purísima de Salamanca y los curas párrocos de Santa María de Alaejos. Nombró patrono administrador de los bienes a su sobrino Fernando García Sánchez (sustituido al morir por su hijo José-María García Delgado).
Cuando el Ayuntamiento de Alaejos supo de la muerte de doña Gonzala, siendo conscientes de que «esta virtuosa Señora viene distinguiéndose en esta localidad con la realización de actos de caridad socorriendo anualmente a los vecinos necesitados así como contribuyendo con metálico a obras de restauración de edificios públicos», acordó que una comisión, formada por los concejales Inocencio Santana Casado y Eloy Castander Alonso, se trasladara a Salamanca (el viaje costó 96 pesetas) para dar el pésame a su familia y mandó que en Alaejos se celebraran funerales, publicando un bando para que asistiera el vecindario.
En 1923 el ayuntamiento presidido por don Nicolás Martín Alonso pondría el nombre de calle Doctor Ramón y Cajal a la calle Zabacos. Aunque el mismo año, tras la visita del Alcalde y de Antonio Lorenzo Santos –párroco de Santa María– al Archivo de Simancas para encontrar datos sobre el apellido Zabaco, se decidió poner ese título a una calle que no indicara nombre propio; sería la antigua calle Gargantilla la que a partir de entonces cambiaría su nombre por el del premio Nobel. El viaje a Simancas costó 51 pesetas y se pagaron 73,75 pesetas a Antonio González Santana por la nueva placa, portes incluidos. Don Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) obtuvo el premio Nobel de Medicina en 1906 por sus investigaciones sobre el sistema nervioso. No es de extrañar que fuera el médico de Alaejos, don Nemesio Buitrón Andrés, quien solicitara al Ayuntamiento el nombre de tan ilustre médico para nominar alguna calle del municipio.
En 1925 el ayuntamiento presidido por don Aurelio-Martín Hernández Monge acordó cambiar el nombre de la calle Arrabal por el de Avenida de Alfonso XIII. Se pagarían 49,21 pesetas, incluidos los portes, a la casa valenciana de Manuel Alepuz por 4 placas de esmalte de 35x20 cm., dos de la avenida dedicada al rey y otras dos para la calle Primo de Rivera (desconozco a qué calle iban destinadas estas últimas).
En 1936 el ayuntamiento presidido por don Antonio Losada Martín, acordó cambiar el nombre de varias calles del pueblo: la Plaza Mayor pasaría a denominarse Plaza de la República; la calle Zabacos pasaría a calle Francisco Largo Caballero; la calle Fortaleza y Plaza se llamaría Manuel Azaña y Díez; la Ronda del Castillo pasaría a denominarse Avenida de Pablo Iglesias; la calle Carranza pasó a tener un nombre compartido y se llamó calle Fermín Galán y García Hernández; la calle Casita cambió su nombre por el de calle Isidoro Vergara Castrillón; la calle Perogiles pasó a ser Ramón González Peña; y finalmente la calle Casas Nuevas se renombró como calle Ángel Pestaña. Las ocho placas de 24x40 cm. fueron realizadas por la casa artística de Juan Ruiz de Luna, de Talavera de la Reina (Toledo), siendo su coste de 119,50 pesetas, portes incluidos.
Ese mismo año se pagaron 50,25 pesetas por el traslado en taxi del diputado socialista por Valladolid don Federico Landrove López el día 22 de junio con motivo de «la colocación de la placa que da su nombre a una calle» (desconozco a qué calle), a las que hay que añadir 149,25 pesetas por gastos originados.
En 1938 la Comisión Gestora que presidía don Primitivo Baena Cuadrado acordó «dar el nombre oficial y nuevo a las plazas y calles viejas de esta población». Supuso una redenominación global de casi todo el callejero de nuestro pueblo, que borró en la práctica todos los nombres recién instaurados y casi todos los nombres viejos, sirviendo para recordar a los vencidos durante mucho tiempo quiénes eran los vencedores. Así, la Plaza Mayor pasaría a llamarse Plaza del Generalísimo Franco; la calle Fortaleza y Plaza se llamaría del Excmo. Sr. D. José Calvo Sotelo; la calle Perogiles se cambió por calle del Excmo. Sr. D. José Sanjurjo Sacanell; la calle Pastores pasó a llamarse calle de los defensores de España, caídos del frente; la calle Pozo pasó a ser la del Excmo. Sr. General D. Emilio Mola Vidal; la calle Peñaranda se llamó del Excmo. Sr. General D. Gonzalo Queipo de Llano; el Arrabal se cambió por calle de José Antonio Primo de Rivera; la calle Casas Nuevas pasaría a llamarse de Onésimo Redondo; la de Vera se cambiaría por travesía del Matadero y otra travesía de Carranza; la de Vera quedó igual; la tercera de la Vera pasó a ser calle de la Legión; la calle Conventillo pasó a ser de Millán Astray; la del Arrabal se cambió por la del Excmo. Sr. General Yagüe; la calle Tejares se cambió por calle de los Flechas; la del confitero (Zabacos) pasó a ser calle de Honorio Maura; otra calleja de Zabacos pasó a ser calle de Zabacos (Teatro) se cambiaría por calle del Tío Rucho; la Plazuela de Santa María pasó a ser Plaza del Atrio; la calle de Santa María (Sarratea) cambió su nombre por el de calle del Toro; una calleja de Pastores se puso como travesía de Pastores; de la calle Pastores a la del Prado cambiaría por calle del Excmo. Sr. General Varela; la travesía de Macario Losa pasó a ser calle de Héroes del Alcázar; la calle de Gonzala Santana llega hasta la de Luis Vadillo; la del cuartel de la Guardia Civil se nominó como calle el 18 de julio de 1936; la calle donde donce Lanceros se llamaría calle del Excmo. Sr. General Aranda; y la calleja de Ronda a Vera se cambió por calle de Falange. Como puede comprobarse, es difícil verificar fehacientemente qué calles son las afectadas por algunos cambios.
El acuerdo fue previo a que Ramón Serrano Suñer, Ministro de Interior, prohibiera en el mes de abril de 1938 a las Comisiones Gestoras Municipales «acordar revisiones generales de los nombres de vías y plazas públicas». Fuera o no por la prohibición, lo cierto es que no todo el acuerdo se llevó a efecto, pues no se cambiaron todos los nombres (sólo se verificó en las ocho primeras calles).
En un principio se acordó invitar a la inauguración a Su Excelencia El Generalísimo –el general Franco– pero, ya fuera por la avalancha de placas con su nombre por todo el país, ya porque las placas no llegaron a nuestro pueblo hasta el mes de octubre, finalmente se descubrieron el domingo 7 de mayo de 1939, acabada ya la guerra incivil, desconociendo las autoridades que asistieron al acto. Se pagarían 240,29 pesetas a la fábrica de mármoles de Francisco Sabán Gil, de Zafra (Badajoz) por la «adquisición de placas con nombre de héroes y personas ilustres para colocarlas en las calles de la población y portes de las mismas».
En 1993 el ayuntamiento presidido por don Emilio Frutos Monsalvo tomó el acuerdo de cambiar el nombre de varias calles, lo que suponía recuperar los nombres previos a la dictadura del general Franco y a la II República, «siendo los nuevos nombres los usados en siglos pasados»: se recuperó Plaza Mayor (en vez de Plaza del Generalísimo), calle Fortaleza y Plaza (en vez de Calvo Sotelo), calle Arrabal (en vez de José Antonio), calle Pastores (en vez de Caídos por España), calle Pozo (en vez de General Mola), calle Casas Nuevas (en vez de Onésimo Redondo), calle Perogiles (en vez de General Sanjurjo) y calle Conchas (en vez de Queipo de Llano). Advertido error en esta última nominación, finalmente la calle Queipo de Llano se cambió por el originario de calle Peñaranda, pero nada se dijo de la que era la antigua calle de las Conchas.
En las calles del Alaejos antiguo, parece que figuran los prohombres ricos, ilustres o importantes de la villa, el desempeño de oficios o direcciones locales. El Alaejos republicano se llenó de nombres de políticos y de dirigentes obreros. El Alaejos de posguerra se llenó de nombres de militares, hazañas y héroes franquistas. Con la llegada de la Democracia sólo fue un espacio público el que se llenaría de plena identidad política (Jardines de la Constitución de 1978). En los años 90 se recuperaron los nombres que tradicionalmente se habían usado y se borraron los nombres franquistas sin esperar ninguna Ley de Memoria Histórica que mandara «la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura» (artº 15 de la Ley 52/2007). En el Alaejos del siglo XXI, ganarían y convencerían los nombres de escritores que habían nombrado Alaejos en sus obras (Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo), la de escritores perdedores y olvidados tras la guerra incivil (Antonio Machado, Federico García Lorca, Miguel Hernández o Rafael Alberti); la última incorporación es también de un escritor, el vallisoletano Miguel Delibes o la de benefactores originarios de la villa (Teresa Villanueva o Hernández Puertas).
A pesar de todos los cambios realizados, existen dos nombres –De las Conchas y Gargantilla– que no han sido recuperados (tampoco el Arrabal del Toril, hoy callejón de San Pedro). Sin obviar que no es una cuestión imperiosa ni necesaria y que puede contribuir a diversos inconvenientes a los vecinos de las mismas, ¿debería plantearse su recuperación? Y ello a pesar de reconocer que el callejero de Alaejos se nutre fundamentalmente de nombres de hombres y que eliminar el de Gonzala Santana supondría eliminar una de las pocas referencias femeninas (sólo otras dos más: el parque Teresa Villanueva y el nombre de Santa María con su triple vial de plaza, calle y atrio).
En cualquier caso, si convenimos en que los símbolos públicos deben ser ocasión y motivo de encuentro y no de enfrentamiento, ofensa o agravio y si tenemos en cuenta que el nombre de una calle es un componente fundamental de su identidad, cualquier debate, si es que llega a plantearse, debiera dirigirse hacia el nombre que queremos dar a nuestros espacios públicos –calles, plazas, parques, edificios, etc.–, hacia lo que sea un ejemplo sin discusión para nuestras generaciones futuras, haciendo uso incluso de consultas vecinales para que los nombres propuestos no puedan provocar ira, rechazo o desencuentro.