Javier Alonso Guinot
Resulta muy difícil conocer la situación epidemiológica y sanitaria de la villa de Alaejos a lo largo de la Historia, aun a pesar de que D. Antonio Hernández Morejón, médico de reconocido prestigio nacional, nacido en Alaejos en el año 1773, en su obra titulada "Historia Bibliográfica de la Medicina Española", realizó un exhaustivo recorrido por la ciencia médica española a lo largo de los tiempos. No obstante, gracias también a un médico alaejano, D. Andrés de Villamediana, conocemos algunos detalles concretos sobre dicha situación durante el siglo XVII.
Cuando D. Andrés de Villamediana ocupaba el cargo de médico del Cabildo de la Catedral de Palencia y de su hospital, fue requerido por las autoridades de Alaejos al objeto de dar su opinión sobre una epidemia de carbuncos muy malignos que afectaron exclusivamente a Alaejos durante dieciséis años seguidos. En contestación a este requerimiento escribió el libro titulado "Consulta de los carbuncos que corren en la villa de Alaexos", publicado en 1663, en el que, para dar sus opiniones respecto a las causas de aquella enfermedad, analiza la situación sanitaria de la población que, a su juicio, estaba condicionada por la climatología extrema, por los criterios de alimentación del vecindario y, sobre todo, por su muy deficiente salubridad urbana en cuanto concernía a lavajos, pozos, bodegas derrumbadas, vertederos y muladares, "que bastan a corromper el aire", lo que, según su parecer, también pudo ser causa de una grave epidemia de difteria, que padeció Alaejos en los años 1645 y 1646, de la que "murieron más de seiscientos; niños y personas de a 14, a 16, 20 y 30 años...".
Después del escrito de Villamediana del año 1663, nada volvemos a saber sobre las condiciones sanitarias de Alaejos hasta que, el 25 de marzo de 1752, los comisionados encargados de contestar al cuestionario del Catastro de Ensenada, respondieron que los empleos sanitarios existentes entonces en la villa eran:
— Un médico, con una renta anual de 6000 reales.
— Un boticario, con una renta anual de 4180 reales.
— Dos cirujanos, con rentas de 1300 y 1000 reales respectivamente.
— Tres barberos, con rentas respectivas anuales de 1400, 1100 y 600 reales.
En el mismo documento, a la pregunta número 30, sobre si en la localidad "hay Hospitales, de qué calidad, qué renta tienen, y de qué se mantienen", responden que "Hay un hospital para el recogimiento de pobres, cuya renta consiste en obrada y media de tierra de sembradura que renta trescientos noventa y un reales cada tres años, procedidos del capital de tres mil treinta y siete reales, que componen cinco censos redimibles que tiene a su favor".
Se carece de datos respecto a la fundación de este hospital, suponiéndose contemporánea de las Casas de Misericordia que se establecieron en tiempos de los Reyes Católicos, sabiéndose que, según antiguos relatos, a partir del año 1753 este hospital estuvo a cargo de los Hermanos del Buen Pastor, que acogían en él a enfermos pobres no sólo de Alaejos, sino también de sus comarcas cercanas.
Parte del edificio de este hospital fue utilizado también por La Sociedad Caritativo-Económica de la Villa de Alaejos, fundada por un grupo de terratenientes de la localidad en el año 1785, entre cuyos objetivos no figuraba el impartir sanidad, sino erradicar de la población "la mendicidad y la holgazanería". A tal fin, establecieron en buena parte de este hospital una modesta fábrica de velas y un pequeño taller de confección de paños rústicos, con los que se pretendía proporcionar algún quehacer y una mínima cantidad de dinero a algunos braceros del pueblo, durante las jornadas en que no eran necesarios sus servicios en el campo, practicando con ello una caridad interesada, a fin de mantener en la villa la presencia de la mano de obra necesaria para las épocas de recolección. Desaparecida esta Sociedad con la Guerra de la Independencia, en este edificio, como todos saben, se encuentra en la actualidad el Centro de Salud de la villa y su Teatro Municipal.
Del cuestionario del Catastro de Ensenada también se deduce que, al igual que en la centuria anterior, la estructura urbanística de la villa y de sus inmuebles no reunía las suficientes condiciones higiénicas para garantizar la salubridad de la población. Vemos pues, en el espejo de Alaejos, la prácticamente nula evolución de la sanidad pública y asistencial en el medio rural español, aun a pesar de que el miedo a los contagios era patente entre la población española. Fruto de este temor, durante los sucesivos reinados de Fernando VI, Carlos III y Carlos IV se promulgaron diversas Reales Órdenes con la intención de mejorar las condiciones sanitarias urbanas, las cuales apenas tuvieron repercusión en la higienización del ámbito rural, siendo entre ellas, tal vez la más impactante, la prohibición de realizar enterramientos en el interior de las iglesias, que dio lugar a la creación de los cementerios municipales apartados del recinto urbano, y resultando una de las más curiosas iniciativas legislativas de 1800 la prohibición de tocar las campanas a muerto, en caso de epidemia declarada, a fin de no atemorizar a la población.
El convulso siglo XIX español, sometido primero a la Guerra de la Independencia y, tras ella, a profundos vaivenes políticos y a las tres Guerras Carlistas, produjo una gran cantidad de intentos de organización de la sanidad española, a la vez que un notable retraso en la incorporación de los profesionales sanitarios a los nuevos descubrimientos de las ciencias médicas y farmacéuticas, que se vino a juntar con el habitual abandono sanitario de los núcleos urbanos y rurales, únicamente activado mínimamente cuando Santa Bárbara tronaba en forma de epidemia, propiciando costumbres hoy tan tradicionales como el enjalbegado de viviendas con cal que, en algunos casos, incluso llegó a realizarse en el interior de iglesias, tapando pinturas murales de innegable valor histórico.
En este contexto, el médico rural era quien debía de enfrentarse a las enfermedades y dolencias del sufrido vecindario de los pueblos, armado de un modesto maletín en el que alojaba, junto a muy pocos medios clínicos de diagnóstico y viejos remedios terapéuticos, una gran vocación de servicio y un encomiable espíritu de sacrificio.
De acuerdo con la normativa legal de la época, el médico titular de la villa, así llamado porque era el alcalde de la misma quien le otorgaba el título para ejercer su profesión en la localidad, solía trabajar a sueldo de los ayuntamientos para atender a los vecinos pobres, pudiendo establecer "iguales" con el resto de vecinos, así denominadas desde antiguo por los acuerdos de los "físicos" medievales con los integrantes de los gremios, a los que solían cobrar una cantidad anual "igual" por cada miembro de la familia de quien estuviese interesado en sus servicios.
Además de poner en riesgo su vida en la lucha contra las frecuentes epidemias, la labor de los médicos titulares rurales generalmente consistía en asistir a partos, curar y corregir traumatismos, vigilar la alimentación y la higiene infantil, y asistir a los enfermos en la cabecera de su cama, bien hasta su curación, bien hasta su muerte. En sus labores clínicas y terapéuticas solían estar complementados por cirujanos sangradores, por barberos y por boticarios, estos últimos encargados de la elaboración con hierbas medicinales de fórmulas magistrales, sahumerios, jarabes y elixires, cataplasmas, vomitivos, sellos o parches curativos. En competencia desleal con los médicos rurales solían actuar, charlatanes, curanderos, parteras, sanguijueleros, e incluso los propios sangradores, barberos y boticarios.
En Alaejos, una muestra del componente vocacional y de servicio que siempre ha caracterizado a los profesionales sanitarios, quedó puesta de manifiesto por D. Pedro Alcántara de Guzmán, médico de Medina del Campo, que conocemos a través de un informe que remitió a la redacción del Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia en el mes de octubre del año 1834.
Durante el verano de aquel año, temiendo una epidemia de cólera, las autoridades de Alaejos habían aislado la población, vigilando estrechamente la admisión de forasteros. A pesar de estas medidas, a finales del mes de agosto un vecino contrajo el cólera, falleciendo el 5 de septiembre, fecha en la que también cayó una gran tormenta, y que, según el informe aludido, marcó el inicio de una epidemia de cólera en nuestra localidad.
No habiendo en aquellos días médico titular en Alaejos, a requerimiento del Ayuntamiento, desde Medina del Campo, a los pocos días, llegó a nuestra villa el médico D. Pedro Alcántara de Guzmán, para hacerse cargo de la situación.
Según el informe de este médico, la referida tormenta del 5 de septiembre enturbió mucho el agua del Lavajo del Lugar, que comenzó a propagar un desagradable olor en los días sucesivos. A partir del amanecer del día 7 de septiembre, comenzó a extenderse el cólera por la calle Pastores, pero afectando "únicamente a los vecinos de las casas del lado de poniente de la calle", es decir, a los de la actual acera de los impares, quedando absolutamente ilesos los que habitaban las casas del otro lado de la calle. La rapidez de los contagios y su curiosa distribución, provocaron el pánico entre el vecindario, decidiendo algunos vecinos abandonar sus hogares en busca de lugares más seguros.
Según relata D. Pedro Alcántara, su labor como médico consistió, en aquellos críticos momentos, en hacer frente a la propia enfermedad, y en inspirar confianza entre el vecindario para evitar el pánico, por lo que él, además de aplicar a los enfermos los remedios terapéuticos que alcanzaba su conocimiento médico, para demostrar a los vecinos que la enfermedad no era contagiosa, "tentaba, manoseaba y ayudaba a los enfermos con el sudor frío... respiraba sus alientos... muchas veces gusté mis sucias manos y dedos... olía con deliberación las casas...", y realizando otras muchas más experimentaciones de este estilo, que se omiten por escatológicas, consiguió reducir los temores del vecindario, conforme unos y otros fueron comprobando que no se producían contagios, ni siquiera entre los enterradores ni los cirujanos sangradores, "especialmente el sangrador Blanco... ejecutando sangrías, dando friegas, poniendo ventosas, sanguijuelas y cuanto ocurría en la penosa y continuada visita a los enfermos".
Concluyó su informe, en cuanto se refiere a nuestra villa, comentando que "la epidemia fue salpicando en diferentes puntos del pueblo y se difundió por todo él, pero no puedo menos de advertir que la gente regular que conservó con constancia y entereza los preceptos higiénicos que difundí, se han librado, en lo general, de la epidemia, y aun cuando alguno haya sido invadido, se ha curado."
A partir de 1814, la elección de los médicos rurales dejó de ser competencia exclusiva de los alcaldes, pasando a compartirla con un grupo de notables contribuyentes de cada municipio, lo que vino a complicar aún más la difícil tarea del médico rural, cuyo trabajo y cuyo salario muchas veces hubieron de someterse a las influencias de los caciques locales.
Durante el siglo XIX fueron muchos los anuncios que publicó el Ayuntamiento de Alaejos en las gacetas y diarios oficiales de la época, con el fin de proveer plazas de médico titular para nuestra villa. A través de estos anuncios podemos conocer también algunos datos relativos a la situación sanitaria de la localidad.
El primero de estos anuncios se remonta al mes de julio de 1823, en el que, a través del Diario de Madrid, se ofrece la plaza de médico titular de Alaejos, dotada con un salario anual de 6300 reales, pagados de las rentas comunales, en los que no se incluyen los posibles conciertos que el titular pudiese establecer con las dos comunidades religiosas existentes en la villa.
En febrero y en noviembre de 1836 se realiza el mismo ofrecimiento, en ambos casos dotado con un salario anual de 7300 reales, pagaderos por trimestres y libres de contribuciones, además de la posibilidad del concierto con las comunidades religiosas de San Pedro y Santa María, repitiéndose estos ofrecimientos en febrero de 1841 y en mayo de 1846, en estos casos con salarios anuales de 7700 reales.
El 30 de junio de 1846, al poco tiempo del último de los anuncios antes indicados, se produce un nuevo y significativo anuncio, que nos otorga un dato curioso respecto a la organización sanitaria de Alaejos en esta época.
Como atrás se ha indicado, durante el siglo XIX la sanidad rural municipal tuvo un carácter exclusivamente benéfico, dándose la circunstancia de que el contribuyente pagaba con sus impuestos el médico de los pobres y, a su vez, debía de pagar la correspondiente "iguala" para gozar de la asistencia sanitaria propia y de su familia. Esta situación provocó la creación en Alaejos de una asociación de unos 300 vecinos contribuyentes, encabezada por el destacado miembro del Partido Liberal de la localidad, D. Isidro Mariano Cafranga, que solicitó los servicios exclusivos de un médico para sus asociados, ofreciendo un salario anual de 6000 reales, cuyo pago garantizaban 12 de los mayores contribuyentes de la villa, dejando al elegido la libertad de establecer iguales con el resto del vecindario, siempre y cuando estuviera garantizada la salud de los miembros de su asociación. Sin hacer más comentarios, dejemos correr la imaginación, y supongamos, por un momento, la polémica que esta actitud hubo de suscitar entonces entre el vecindario de nuestro pueblo.
Durante gran parte de este siglo, coexistieron médicos o cirujanos con titulación en una sola especialidad, con profesionales titulados en ambas especialidades. Es por ello que, en el anuncio de ofrecimiento de la plaza de médico titular de Alaejos, publicado en la Gaceta de Madrid en noviembre de 1849, se ofrece a los candidatos un salario anual de "800 ducados, pagados por trimestres por el Ayuntamiento, siendo obligación del agraciado tener un cirujano de su cuenta para los casos quirúrgicos, caso de que recayera la provisión en profesor que no reúna las dos facultades, previniéndose que, habiendo tres cirujanos en el pueblo, puede contratar con cualquiera de ellos este servicio por una módica retribución".
A primeros de julio de 1854, el Ayuntamiento de Alaejos ofrece las plazas "de médico y cirujano titulares de primera clase, o sea, para la asistencia a los pobres, con la dotación de 6.000 reales la primera y 3.000 la segunda, quedando en libertad los demás vecinos acomodados, de servirse de los facultativos que les inspiren mayor confianza".
La Ley de Sanidad de 1855 terminó por ratificar la obligación ineludible de todos los ayuntamientos españoles de proporcionar asistencia sanitaria gratuita a los pobres de cada municipio, entendiéndose por pobres a todos los jornaleros, que estaban exentos del pago de impuestos, sus familias, y todos aquellos que vivían de la caridad de los demás, excluyendo de esta prestación a los perceptores de rentas de la tierra y a los profesionales de oficios diversos, más o menos acomodados, pero siempre obligados al pago de impuestos.
En cumplimiento de la referida Ley de Sanidad de 1855, en octubre de 1870, de nuevo anuncia el Ayuntamiento de Alaejos que se "hallan vacantes dos plazas de médico cirujano en esta villa, para la asistencia de 516 familias pobres, dotadas con 1.000 pesetas anuales cada una de ellas, pagadas de los fondos municipales por trimestres vencidos, quedando en libertad los facultativos de celebrar contratos particulares con los demás vecinos no considerados como pobres, para prestarles la asistencia correspondiente a su profesión, bajo las condiciones establecidas por el Ayuntamiento y Junta de Sanidad".
De nuevo en mayo de 1872 y en febrero de 1873, tras haber quedado vacante una de las dos plazas de médico cirujano titular de que disponía la villa, se convoca para su provisión el correspondiente anuncio en la gaceta de Madrid, con idénticos ofrecimientos, a los que se añade como señuelo que nuestra villa está rodeada de carreteras y dista dos leguas de la de Nava del Rey, donde enlaza el Ferrocarril del Norte.
En el mes de marzo de 1874, por motivos tal vez debidos a las confrontaciones de la Tercera Guerra Carlista, el ejército republicano constitucional registró numerosos heridos, muchos de los cuales hubieron de ser trasladados a un hospital provisional establecido en Medina del Campo. Ante esta situación, los vecinos de Alaejos D. Nicolás Santana, D. Genaro Cafranga y D. Manuel Buitrón, comisionados por el Ayuntamiento, remitieron un telegrama al Director General de Sanidad Militar, solicitando fuesen enviados a nuestra villa cincuenta de aquellos soldados heridos, que serían atendidos por el vecindario. El señor Director contestó agradeciendo el ofrecimiento y alabando el patriotismo de nuestro pueblo, expresando su sentimiento por no poder atender la solicitud municipal. No sobraban entonces recursos en Alaejos para tan altruista ofrecimiento, que habría que atribuir al afán municipal por transmitir la adhesión de nuestra villa al régimen político dominante.
En octubre de 1880 y marzo de 1884, en respectivos anuncios publicados en el Diario Oficial de Avisos de Madrid para la provisión de una plaza de médico cirujano, aparece por vez primera que dicha plaza es para el distrito parroquial de San Pedro, que abarcaba a 250 familias pobres, y estaba dotada de un salario de 875 pesetas anuales.
La anteriormente referida Ley de Sanidad de 1855, provocó que un gran número de pequeños y medianos agricultores, ganaderos o trabajadores por cuenta propia de otros gremios, todos ellos perceptores de pequeñas y medianas rentas, al no estar cubiertos sanitariamente por la beneficencia municipal, y ante la dificultad de hacer frente al pago de iguales médicas, se vieran obligados a integrarse en asociaciones corporativas gremiales o vecinales, para protegerse de los riesgos y desventuras que, sobre ellos y sus familias, provocaban las enfermedades. Así surgieron, en todo el territorio nacional, una gran cantidad de cofradías y hermandades penitenciales de Semana Santa, en cuyos estatutos fundacionales, además de los aspectos religiosos compartidos tradicionalmente por los cofrades, se incluían cláusulas inequívocamente proteccionistas en casos de enfermedad de alguno de sus miembros. Este caso es palpable en Alaejos en la Hermandad del Santísimo Cristo de la Salud, a la que me honra pertenecer, gran parte de cuyas siete únicas Constituciones, redactadas en el año 1882, contienen matices proteccionistas, que claramente se expresan en su Tercera Constitución, que dice textualmente que "Cuando un Hermano cayere enfermo y careciese de recursos, una vez justificada la enfermedad y la necesidad, se obligarán los demás Hermanos a suministrarle auxilio con una peseta diaria, hasta el término de tres meses y, pasados éstos, aunque siga la enfermedad y la necesidad, quedan excluidos de este compromiso".
De igual modo, también durante la segunda mitad del siglo XIX, surgieron asociaciones gremiales civiles de seguros mutuos para paliar la inseguridad sanitaria de sus miembros, siendo todas ellas el germen de las nuevas corporaciones sindicales, montepíos y mutualidades creadas durante el primer tercio del siglo XX.
Además de los conflictos propios derivados de la delicada práctica profesional de la medicina, no faltaron en Alaejos algunos conflictos de intereses que afectaron a los facultativos de la villa. Uno de ellos fue el caso del médico cirujano titular D. Francisco Delgado que, en mayo de 1851, dirigió un extenso escrito al Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, en el que se quejaba amargamente de la injerencia en su labor terapéutica con una pequeña paciente alaejana, de cierto especialista en medicina homeopática que se jactaba de haberla curado con sus novedosos remedios. Otro conflicto, este relativo a los intereses económicos profesionales, vio la luz en junio de 1897 cuando, D. Arsenio Pérez Caballero, a través de las páginas de El Liberal, se quejaba de la Orden dictada por el ministro de la Gobernación, que resolvía que los médicos rurales no recibirían compensación económica alguna por el reconocimiento y la talla de los mozos de reemplazo, antes de su incorporación a filas.
Algunos de los médicos rurales de Alaejos durante el siglo XIX, además de los ya nombrados, fueron D. Leonardo Gómez, D. Manuel Juárez, D. Pablo Seco, D. Miguel Fernández, D. Juan Sevilla, D. Eusebio Terrero, D. Leonardo Silva, D. Bonifacio Sánchez, D. Arsenio Estévez, D. Fructuoso Bercero y D. Jerónimo Gavilán, que estuvieron acompañados por boticarios tales como D. Fernando Belloso, D. Eugenio Fernández, D. Francisco Buitrón y D. Carpóforo Palomero Barbero, cuyo sonoro nombre parecía haberle predestinado, desde la misma pila bautismal, a desenvolverse con naturalidad en el complejo mundo de las reboticas.
Sirvan estas líneas para agradecer el abnegado comportamiento de aquellos sanitarios rurales que, limitados de medios, ayudaron a nuestros antepasados en la lucha contra las enfermedades y la muerte, personalizando este agradecimiento en la figura de D. Doroteo Puertas Mangas, nacido en Alaejos, médico titular de la villa durante más de 60 años, que en el año 1885 también hubo de luchar en la localidad contra una epidemia de cólera, que seguramente ayudó a venir al mundo a padres y abuelos de muchos de los lectores de este escrito, y que llevó esperanza y consuelo a los hogares alaejanos, al cual, a los 92 años de edad, viudo y sin amparo familiar, le fue concedida la Medalla del Trabajo en el año 1930.
Alaejos, 3 de agosto de 2020