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Programa de Fiestas · 2016

Don Andrés de Villamediana

Javier Alonso Guinot·Personajes ilustres

J. Javier Alonso Guinot

Este ilustre médico del Siglo XVII, nacido en Alaejos, se graduó de Licenciado en Medicina en la universidad de Valladolid, siendo discípulo de D. Gaspar Bravo de Sobremonte Ramírez. Acabados sus estudios, fue médico titular de Tudela de Duero y, posteriormente, del cabildo de la catedral de Palencia y su Hospital, en donde escribió el libro titulado “Consulta de los carbuncos que corren en la villa de Alaexos”, publicado en 1663, que le hizo merecedor de ocupar un lugar en la Historia de la Medicina española.

Compuso esta obra a invitación y súplica del Ayuntamiento de Alaejos. En aquel tiempo, era Corregidor de la villa el también alaejano Don Gómez Arias de Mieses, quien, apoyado en el Secretario municipal de aquellos tiempos, dirigió a Andrés de Villamediana la siguiente petición de ayuda:

“En esta villa, como V. M. sabe, ha más de dieciséis años que corren unos carbuncos, de tan mala calidad, que de los que los padecen es muy raro el que escapa con la vida, aunque se acuda luego con el remedio, cosa que a todos los vecinos nos pone en gran cuidado, y andamos con mucho temor. Y así, me han mandado los señores de Ayuntamiento que suplique a V. M., de su parte, se sirva de avisarnos, dando su parecer acerca de la curación, cual sea la causa de que aquí corran de tan mala calidad, y no en otros lugares circunvecinos, para quitarla, si se puede, que será muy particular agasajo y estimado de Alaexos y agosto, a 12, de 1662. Por mandato de los Señores Justicia y Regimiento de esta Villa. Abdón Rubio. Secretario.”

Contestó Villamediana al requerimiento de sus paisanos con absoluta cortesía, haciendo primero un discurso en el que recoge cuantas virtudes adornan al pueblo que le vio nacer, para después, mostrando su profesionalidad en la práctica médica, describir la enfermedad del carbunco, establecer sus causas y aportar sus consejos de prevención y de curación, todo ello, lógicamente, acorde con los conocimientos y postulados de la medicina del siglo XVII.

Comienza su disertación considerándose obligado con su pueblo natal, utilizando la siguiente exposición:

“Servir cuanto puede un hijo a su Patria, y más cuando se interpone su mandato, es deuda; poderla servir mucho es fortuna. No me dieron tanta mis cortos merecimientos, que pueda yo satisfacer mi afecto dedicando a V. M. una grande obra, pero sí el reconocimiento de mi obligación, para poner a sus pies lo poco que alcanzan mis letras, en lo que V. M. me ha mandado diga mi parecer por su carta.”

Una de las causas por las que Villamediana considera obligación realizar este servicio es porque la villa de Alaejos se lo merece “por su antigüedad, su lealtad, su mucha nobleza por sangre, por armas y por letras”, viniendo a resaltar las “treinta y tres casas nobles” que ilustran a la villa, de las que descienden “más de cien vecinos Hijosdalgo y Caballeros”, entre los que cita a los siguientes: El Capitán Salamanqués, azote de la morisma, látigo de rebeldes y asombro de tiranos; D. Juan de Guevara, Capitán de Corazas en Flandes; D. Cristóbal Marqués, Gobernador de Gravelinas y Teniente de Maese de Campo General en Flandes; D. Juan Salamanqués, Maestro de Campo del Tercio Viejo de Aragón en Cataluña; D. Felipe de Perlines, Capitán de Infantería Española en las fronteras de Galicia; D. Diego de Rozas, Capitán de Corazas en Cataluña; D. Cristóbal Sierra, Capitán de Infantería Española en Italia; D. Jorge Gil Vela de Castro, Capitán de Infantería en Flandes; D. Manuel de Arias y Porres, terror del árabe, espejo de malteses por su bizarría, gala y prudencia; D. Valentín de Perlines, cuyo valor fue tan conocido en las horcas de Lérida; D. Fernando Villalobos y Porres, del Hábito de San Juan; D. Luis de Benavides Ponce de León, del Hábito de Alcántara; D. Pedro de Benavides, del Hábito de Santiago; D. Fernando de Villafañé, del Hábito de Alcántara; D. Juan de Porras, del Hábito de San Juan; D. Antonio Páez Sotomayor, Mayor del Hábito de Santiago; D. Gaspar Páez Sotomayor y Cantabrana, del Hábito de San Juan; D. Melchor Páez Sotomayor y Cantabrana, del Hábito de San Juan; El Rmo. Padre Fray Lucas Parada de Lozoya, de la Orden de San Jerónimo, Obispo electo de Zamora; D. Pedro Salamanqués, Estudió en el Colegio Mayor de Santa Cruz de Valladolid, Deán de Santiago, Confesor del Emperador y Obispo de Ávila; El Doctor Carrasco, del Colegio Mayor de Alcalá, Inquisidor de Sevilla; El Rmo. Padre Fray Miguel de Alaejos, Prior de San Lorenzo el Real de El Escorial; D. Juan Fernández Vadillo, esplendor de la villa, alumno que fue en el Colegio Mayor de Alcalá, Magistral de Palencia y Obispo de Cuenca; Fray Francisco Fernández, franciscano de la Provincia de La Concepción, confesor de la Reina de Francia; D. Antonio Payno, del Colegio Mayor de Oviedo de Salamanca, Magistral de Oviedo y Cuenca, Obispo sucesivo de Orense y Zamora y Capitán General de ambas fronteras con Portugal, posterior Arzobispo de Sevilla; El Doctor Perlines, Catedrático de Prima de Leyes en la Universidad de Valladolid; El Rmo. Padre Maestro Fray José de Perlines, Provincial de los Dominicos; El Padre Maestro Guevara, Catedrático de Prima de Teología en Valladolid; D. Juan Ruano Gorrionero, del Colegio Mayor de Santa Cruz, Magistral de Valladolid y Obispo de Chafalú, en Sicilia; D. Antonio Gorrionero, Obispo de Salamanca; D. Antonio Gorrionero y Rivera, Arcediano de Salamanca; Fray Francisco Carrasco, Lector de Sagrada Escritura en Santo Tomás de Alcalá; Fray José de Perlines, igual que el anterior; D. Manuel de Villasuso y Perlines, Colegial del Fonseca de Salamanca; D. Juan de Montecillos y Perlines, Colegial del Mayor de Santa Cruz de Valladolid, Visitador del Arzobispado de Toledo y Vicario de Medina del Campo y de toda su abadía.

Concluye esta relación mencionando a la familia Zabaco, a cuyos miembros, recognociéndoles los Reyes los grandes servicios prestados “… los hizo libertados de las gabelas que, en aquel tiempo, se imponían…”.

Esta exhaustiva relación de personalidades alaejanas sirvió de base a otros autores posteriores, que la copiaron parcialmente en sus trabajos sobre nuestra villa.

Continúa mencionando el valor demostrado por los vecinos de Alaejos cuando el castillo fue sitiado por los comuneros de Medina y Segovia, cuyos sitiadores, “… no contentándose con pasar a muchos a cuchillo, a algunos Cabos dieron muerte afrentosa de horca, que para apoyo de esta verdad, cuando no hubiera testimonios y autoridades, bastaba la denominación de dos caminos que salen del Castillo, que a uno llaman de las Comunidades y a otro de los Ahorcados…”.

Ennoblecen, además, a la villa de Alaejos “dos Iglesia Parroquiales con veinticinco Beneficiados, los once a dos mil reales de renta, los nueve a cuatro mil y los cinco a cinco mil, con doce Capellánías y música entera en cada una, en San Pedro fundación de Don Juan Fernández Vadillo y en Santa María a costa de la fábrica y la largueza de Feligreses, con dos memorias cuantiosas para casar huérfanas, otras dos para vestir pobres, otra para curar enfermos de la villa en sus casas, un hospital, trece Cofradías ricas, un convento de Nuestro Padre San Francisco de la reformación de San Pedro de Alcántara, cuyo Patronato obtiene la villa por justo título, cuatro depósitos copiosos de trigo, que todo esto no se podía conservar si el año menos abundante no diera ese fecundo campo cuarenta mil fanegas de trigo, treinta y dos mil de cebada, catorce mil de centeno y cien mil arrobas de vino generoso y apacentar a veinte (sic) cabezas de ganado”.

El carbunco y las aguas de Alaejos

Siguiendo una costumbre habitual en la edición de libros de esta época, preceden a la materia del mismo una serie de versos, en este caso dedicados a la sabiduría de Villamediana, de los que se han elegido dos, principalmente por su brevedad, escritos por allegados al autor del libro. Son los siguientes:

El carbunco, de quien remedio escribesnace en la tierra, cuya vida ofende,mas la patria de quien vida recibeshoy, en tu pluma, vidas mil pretende.Muchas las das por una, que la vives,y todo el mundo de tu libro entiende,que a tu patria, con él, Andrés, has dado,lo mismo que te dio, multiplicado.

Si cuando docto escribístales materias atáis,vuestro nombre graduáiscon lo mismo que decís.Porque tan alto sentíslos secretos de este humor,que ellos mismos, a su autor,dicen, con voz más que humana,que ya, de Villamediana,se subió a Villamayor.

Comenta nuestro ilustre paisano que los carbuncos de Alaejos no eran contagiosos, al contrario que la enfermedad del garrotillo, ahora conocida como difteria, que padeció Alaejos en los años 1645 y 1646, “que si no hubiera tanto amor y caridad en esta villa, no se visitaran padres con hijos ni hijos con padres, pero a muchos costó la vida, pues murieron más de seiscientos; niños y personas de a 14, a 16, 20 y 30 años, muchos por no dejarse curar”.

Buscando causas a aquella epidemia de carbuncos, Villamediana analiza el uso que de algunos alimentos se hace en Alaejos, tales como el vino:

“Algunos querrán decir que el vino, como es tan generoso, tan cálido y seco, y más los de a cuatro y cinco años, es causa de esos carbuncos, y aunque en algunos sea causa, no es la que los hace endémicos, ni tampoco lo es en todos, porque dan a hombres que nunca lo han bebido y a mujeres que son tan observantes en esto como las matronas romanas, en quien era delito antiguamente beberlo, y sentía más una mujer de Alaejos que la dijeran que bebía vino que si la dijesen una palabra muy fea”.

No considera al vino causa de la epidemia de carbunco, aunque, sobre todo el vino generoso, sí lo sea, a su criterio, de algunas “fiebres ardientes”, a las que son propensas en esta villa, recomendando aguar este vino, “que bien puede sufrir la mitad de agua, aguándolo un cuarto de hora antes”, según se indica en un curioso libro sobre el vino aguado escrito por el “Doctor Pardo, Catedrático de Método de Valladolid”, sobre que todos los que gustamos del buen vino, sin aguar, por supuesto, nos reservamos nuestra modesta opinión, que elevaríamos a una enérgica protesta, si es que fuera menester el lance, en defensa del vino sin aguar.

Viene, a continuación, a hablar del tocino, “otra alimento muy común en esta villa, con el cual se destetan los niños, comen mozos y viejos”, indicando que Alaejos no es lugar en el que se consuman cecinas, dado que el clima alaejano no acompaña a la costumbre de elaborarlas, pero sí es lugar de consumir mucho tocino y vaca fresca. Añade que el tocino “es alimento que hace a la gente robusta y de carnes…y que en esta villa sean robustos es evidente, porque no se yo en qué pueblo de Castilla la Vieja, aunque parezca pasión patricia, hay más valientes mozos que en esta villa, o si no díganlo las plazas de armas, llenas de valientes soldados de Alaejos, y las plazas de cirujanos, pues siempre tienen que hacer en curar cuchilladas, y yo, por eso, he dicho muchas veces que a Alaejos se debía de llamar Cataluñilla”.

Esta referencia que Villamediana realiza sobre Cataluña, añadida a las efectuadas antes sobre hechos de armas en Lérida, en los que intervinieron determinados personajes de Alaejos, es debida a la repercusión que la Guerra de los Treinta Años tuvo en Cataluña, donde se enfrentaron tropas españolas y francesas. Esta guerra entre Francia y España concluyó con la Paz de los Pirineos, por la que gran parte de los territorios catalanes del Rosellón y la Cerdaña pasaron a ser de dominio francés. La pérdida de estos territorios, la pretendida “unión de armas” del conde duque de Olivares y los abusos padecidos en muchas poblaciones catalanas durante la contienda, fueron motivos para el enfrentamiento entre las instituciones catalanas y castellanas y para la sublevación de los campesinos catalanes contra las tropas reales, iniciándose la llamada Guerra de los Segadores, cuya denominación sirvió para titular una popular sardana, santo y seña del nacionalismo catalán.

Siguiendo con el tratado de Villamediana, descartados el beber vino y el comer tocino como causas de la epidemia de carbuncos, viene a comentar que la cebolla, el ajo y la pimienta, alimentos de uso frecuente por los segadores, así como “unos cebollones que llaman de Cantalpino”, que utilizaban como comida refrescante todos los agricultores alaejanos en época veraniega, tampoco son causa de dicha epidemia, aunque recomienda el uso moderado de este tipo de alimentos y sustituirlos por lechugas y frutas frescas, “pues con abundancia las suministran los labradores de Toro”, y beban “los que pudieren, de nieve, que no ha de costar tanto llenar el pozo del Castillo”.

Otro alimento cuyo consumo no recomienda, en absoluto, es el arrope, del que dice que “es veneno si se toma al salir del baño”, y que en Alaejos “veo que no hay quien deje de hacer dos y tres pellejos de mosto en arrope todas las vendímias, y que desayunan y dan a merendar a los niños con arrope”.

Otra costumbre que Villamediana considera negativa es la de “dar en casa de los ganaderos a los criados, y vender a la gente pobre carneros mortecinos y ovejas”, concluyendo que esta práctica “es pestifera cosa”, aconsejando que esas carnes sean dadas a los perros o enterradas.

Sigue buscando nuestro paisano causa a la epidemia de carbuncos en el propio aire de Alaejos, diciendo al respecto que “el aire que corre en esta villa es Austral, porque raras veces anda el cierzo de esta tierra, como están distantes de las montañas de Burgos y Aguilar, que es de donde viene, porque mirada esta villa desde el teso que llaman de la legua, camino de Tordesillas, cae muy bajo, y mirada del Mediodía, camino de Salamanca, es muy llano y no llegan allá los cienzos tan puros como en Palencia”.

No duda Villamediana al afirmar “que ayudaría mucho para causar estos carbuncos la multitud de langosta que el año 1649 y 1650 murió en el término de esta villa, que bastaba a corromper el aire, pero antes de esa plaga los había también”. Estas plagas “y la inconstancia del tiempo” fueron causa, eso sí, de fiebres malignas en ambas castillas en los años 1658, 1659 y 1660, años en los que la epidemia de carbuncos ya sacudía a la villa de Alaejos, descartando, pues, que dicha epidemia fuese debida a tan malignas fiebres.

Pero aunque la discutible pureza del aire y la variabilidad del tiempo pudiesen ayudar a la propagación de los carbuncos, lo que convertía a esta epidemia en únicamente alaejana eran, a juicio de Andrés de Villamediana, “las aguas de esas lagunas y bodegas hundidas, que bastan a corromper el aire, y esa es la causa que los hace endémicos o patrios, y para otras enfermedades malignas, que hay muchas en esta villa, ayudan mucho esos malos vapores, porque ya se ven las bodegas del arrabal de Santa María, que pasarán de cincuenta, todas llenas de agua detenida, que por eso fallaron las casas, y las del arrabal del Pozo Viejo lo mismo, como caen más bajo, y las cuevas son profundas, que todas manaron, y aquel agua, sin ventilarse ni correres, fuerza que se había de podrecer, y más con la ayuda de animales muertos de toda la villa, que lo más cierto es echar gatos, perros y jumentos en ellas”.

Continúa reseñando las aguas alaejanas diciendo que “las de las lagunas, en particular las que llaman el Labajo del Lugar y el Castillo, también son causa de infeccionar el aire, y la mayor miseria es que casi toda la villa bebe del agua que llaman del Pozo Nuevo,” (junto al Lavajo del Lugar) “alabada de todos, y está pegado el pozo a esa laguna hedionda y llena de cieno, pues no me acuerdo haberla mondado, aunque muchos lo han intentado”.

Respecto al Pozo del Castillo señala que, aunque más retirado del lavajo del mismo nombre, también participa de la misma suciedad y, además, está más al sombrío. Ambos lavajos, continúa, “necesitan de buenos tragaderos para poderlos colar”, debiendo tener en cuenta, a mayores, el daño que hace a la salubridad de sus aguas el que sean también utilizadas para lavar la ropa en ellas.

Insistiendo sobre las aguas, Villamediana manifiesta que “esa del Pozo Nuevo, que se tiene por buena, es muy mala por la razón de estar junto a esa laguna y participar de sus malas cualidades, y cierto que yo la he bebido y visto gusanillos en el cántaro, que no hay más prueba de su malicia. Éstos son buenos en las cubas de a ocho o diez años, que se han visto en esta villa, y otros dicen que en el queso, pero en otra cosa no sé qué bondad pueden tener, porque ellos se hacen de putracción”.

Para mejor librarse de la insalubridad de las aguas alaejanas, aconseja Villamediana que, los que puedan, beban agua del Duero o del propio Trabancos, “que en invierno y primavera es muy buen agua y muy delgada”. También propone se beba de la fuente de Siete Iglesias. Para los que no tengan más remedio que beber de los pozos del pueblo, recomienda se hierva el agua antes de consumirla, exhortando a las autoridades municipales a que hagan limpieza en profundidad de los lavajos y pozos públicos cada año, y a los particulares a atollar las bodegas inundadas o hundidas y a que quienes establezcan muladares en las calles en los meses de recolección, les trasladen con rapidez a los barbechos, a fin de evitar malos olores e infecciones en el casco urbano.

Termina dando un pequeño toque de humor a su investigación, lamentando hablar tanto sobre el agua, en un pueblo de reconocida fama por la bondad de su vino, pero haciendo hinapié en que, tan buen vino, debe ser dado a beber con mucha moderación a los muchachos, porque les “humedece mucho el cuerpo y llena de flatos y ventosidad la cabeza”, convirtiéndoles en “coléricos y vengativos, y la parte racional se les embota y enturbia, haciéndoles tontos”.

Considera, también, nuestro paisano que la amplia mortalidad de estos carbuncos es debida, en gran medida, a la poca diligencia de los enfermos en avisar al médico con tiempo, cuestión que estima no tiene mucha explicación, ya que, en el caso de Alaejos, el médico “le tiene la villa asalariado”, justificando esta actitud de los vecinos en la falsa creencia popular, aún vigente, de que el enfermo que muere, es por causa del médico que trata de curarle.

La última parte del libro insiste sobre procedimientos de higiene personal y de sangrado a los enfermos, cuyo contenido no ofrece ningún valor añadido a los objetivos de esta exposición.

Como se habrá podido observar, el tratado de Villamediana, aparte de aportar su pequeño grano de arena a la Historia de la Medicina, nos ofrece una panorámica muy certera de la villa de Alaejos en la segunda mitad del Siglo XVII, dándonos a conocer, además de a sus personalidades más distinguidas, algunos detalles sobre la historia, el entorno, la vida y las costumbres de nuestros antepasados.

Algunos lectores se preguntarán en qué consiste la enfermedad del carbunco.

El carbunco o ántrax maligno, de acuerdo con los criterios de la medicina actual, es una enfermedad provocada por la bacteria bacillus anthracis. En su manifestación cutánea, que es la más común, presenta baja mortalidad, en tanto que si es pulmonar, resulta mortal en la gran mayoría de los casos.

La bacteria causante de la enfermedad existe, como es lógico, en los animales portadores de la misma, o en los cadáveres de los animales muertos por el proceso infeccioso, pero son los terrenos contaminados por los excrementos y secreciones de los animales contagiados, los más peligrosos desde el punto de vista epidemiológico, ya que las esporas de bacterias propagadoras de la enfermedad se multiplican rápidamente en los suelos afectados, presentando gran resistencia a los antibióticos.

La transmisión de la enfermedad en los animales se produce por la ingestión de pastos contaminados u otros animales infectados, o por beber agua con cienos en los que anide la bacteria transmisora.

En los humanos se puede producir el contagio al contacto con animales infectados o sus productos residuales contaminados, como tripas, pellejos y lanas. También puede producirse el contagio por consumir carne de animales infectados, beber aguas contaminadas o por transmisión a través de insectos que hubiesen contactado con los focos de contaminación.

Como ocurre con la mayoría de enfermedades contagiosas, los brotes de la enfermedad suelen coincidir con épocas de lluvias fuertes, inundaciones o sequías persistentes.

Una muestra de la virulencia y peligrosidad de las cepas de las bacterias causantes del carbunco nos la otorga el hecho de que se hayan realizado estudios militares avanzados sobre la posibilidad de ser utilizadas dichas cepas como armas químicas.

Para concluir, baste aclarar que no debe confundirse el carbunco con las lesiones cutáneas por forúncuïlos o diviesos.

Conste, pues, que Andrés de Villamediana, médico alaejano del Siglo XVII, con los procedimientos clínicos de la época, se aproximó al conocimiento de esta grave enfermedad, al atribuir su causa, en gran medida, a la insalubridad que, en aquella época, presentaban las aguas de Alaejos, posiblemente contaminadas por animales infectados de la bacteria propagadora del carbunco.

J. Javier Alonso Guinot

Cómo citar

Javier Alonso Guinot: «Don Andrés de Villamediana». Programa de Fiestas Patronales de Alaejos, 2016.

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