Javier Alonso Guinot
Por casi todos es sabido que Alaejos se convirtió en villa de señorío durante el reinado de don Juan II de Castilla, cuando el entonces príncipe de Asturias, futuro Enrique IV, en febrero del año 1.452, separó de las tierras de Medina del Campo a nuestra villa, junto con la de Castrejón y al lugar de Valdefuentes, cediendo dichas poblaciones a don Alonso de Fonseca y Ulloa, en aquel tiempo obispo de Ávila, quien ya era entonces señor de la villa de Coca.
Al convertirse en villa de señorío, Alaejos abandonó su condición de villa de realengo, dependiente a todos los efectos del rey castellano, pasando a depender jurídicamente de su nuevo señor, quien tenía facultades para el nombramiento de los órganos de gobierno municipales, para impartir la justicia en la villa hasta segunda instancia y, por concesión específica, para disfrutar de una parte importante de los impuestos civiles y religiosos establecidos por la hacienda real y por la Iglesia.
El 12 de abril del año 1.453, autorizado por el rey don Juan II de Castilla, don Alonso de Fonseca y Ulloa fundó Mayorazgo de "agnación", conjunto e indivisible, con sus señoríos de Coca, Alaejos, Castrejón y Valdefuentes.
El mayorazgo fue una figura jurídica del antiguo derecho castellano que pretendía la indivisibilidad de los bienes incluidos en el mismo, en el momento de ser cedidos en herencia. Es por este motivo que todos los sucesivos señores de Alaejos, lo fueron también, a la vez, de Coca, de Castrejón y de Valdefuentes.
La fundación de un mayorazgo se sobreentendía que se realizaba "por agnación", concepto nacido del derecho romano, que otorgaba al patriarca o cabeza de una dinastía familiar, la potestad de transmitir parte de una herencia, en exclusiva, a quien hubiera de sucederle como cabeza dinástica de la familia. Es por esto que los mayorazgos solían ser heredados, casi siempre, aunque no necesariamente, por el hijo o hija de mayor edad habido por el último cabeza de familia de la dinastía, de donde proviene su denominación. No obstante, para evitar dudas respecto al derecho sucesorio del mayorazgo por él fundado, don Alonso aclaró que la vía de transmisión hereditaria del mismo habría de ser por línea directa de varón legítimo, lo que, más allá de aclarar conflictos, sirvió de base para pleitos venideros.
Firmó su testamento don Alonso en Valladolid, el 3 de septiembre de 1.460, y en él manifestó su voluntad de ceder en vida a su hermano, don Fernando de Fonseca y Ulloa, el mayorazgo constituido con los señoríos de las villas de Coca, Alaejos, Castrejón y Valdefuentes, ratificando esta cesión, dos años más tarde, en el propio castillo de Alaejos, e iniciándose formalmente, de este modo, sobre la rama Ulloa del árbol de los Fonseca, la cadena hereditaria del señorío de Alaejos.
A partir de entonces, a base de matrimonios, nacimientos, defunciones y herencias, el señorío de Alaejos va diluyendo su exclusividad entre la nobleza de otras familias, pasando paulatinamente de manos de los Fonseca a las de los condes de Ayala y, seguida y sucesivamente, a las de los duques de Veragua, Berwick y Alba.
Los mayorazgos desaparecieron por ley en el año 1.820, en tanto que los señoríos fueron abolidos en 1.837, mas ciertas lagunas legales, junto con la participación masiva de la nobleza y la alta burguesía en la compra de bienes eclesiásticos, procedentes de sucesivas desamortizaciones, propiciaron el aumento de los grandes latifundios señoriales.
Biografía y genealogía de algunos de los señores de Alaejos
El introductor del apellido Fonseca en el reino de Castilla fue el noble portugués don Pedro Rodríguez de Fonseca, el cual, acompañado por su esposa, doña Inés Díaz de Botello, vino a establecerse en Toro, para ponerse al servicio de doña Beatriz de Portugal, esposa del rey don Juan I de Castilla.
Primogénita del matrimonio de don Pedro y doña Inés, nació doña Beatriz Rodríguez de Fonseca, quien casó con don Juan Alonso de Ulloa. Este matrimonio, que concibió cuatro hijos, fue el creador de la rama Ulloa del árbol de la familia Fonseca. Y habiendo sido numerosos los descendientes directos y laterales de doña Beatriz que ocuparon altas dignidades eclesiásticas, esta dama fue conocida en los ambientes toresanos con el apodo de la "santa madre iglesia".
El segundo de los hijos de don Juan Alonso de Ulloa y de doña Beatriz Rodríguez de Fonseca fue don Alonso de Fonseca y Ulloa, primer señor que fue de la villa de Alaejos, históricamente conocido como "El Viejo", a fin de distinguirle de otros parientes próximos suyos, también altos prelados, que pasearon idéntico nombre y apellido por la historia de Castilla, dado que aquellos señores, en aquella época, podían disponer el orden de sus apellidos, fueran paternos o maternos, según su deseo personal.
Nació don Alonso de Fonseca y Ulloa, primer señor de Alaejos, en el año 1.418, en el palacio de Toro residencia de sus padres, que don Juan I había regalado a su abuelo, don Pedro Rodríguez de Fonseca.
Se desconoce dónde adquirió don Alonso su amplia formación, comenzando su profesión religiosa como diácono en la diócesis de Santiago de Compostela. A partir de entonces fue introduciéndose en la corte, ayudado por su padre, llegando a convertirse en consejero del rey don Juan II de Castilla, que le nombró obispo de Ávila en el año 1.445, y nueve años más tarde, arzobispo de Sevilla.
Muerto Juan II y sucedido por su hijo Enrique IV, don Alonso vio considerablemente aumentada su influencia sobre el rey, al punto que fue uno de sus principales validos y consejeros, lo que le sirvió para adquirir notable protagonismo, tanto a su favor como en su contra, en las numerosas intrigas y traiciones cortesanas y sucesorias de aquel reinado.
Como Capellán Mayor del rey, presidió el enlace de don Enrique IV con doña Juana de Portugal, a la que, posteriormente, retuvo en el castillo de Alaejos, que él mismo había fundado.
Convencido, como casi todos los nobles, de la incapacidad de Enrique IV para engendrar, ya demostrada en sus anteriores diez años de matrimonio con doña Blanca de Navarra, aunque ambos casasen a la temprana edad de once años, fue uno de los consejeros reales que negaron la capacidad de acceder al trono de Castilla a la niña históricamente conocida como doña Juana "La Beltraneja" que, como todos saben, fue la hija parida por su esposa, doña Juana de Portugal, fruto de presuntas relaciones amorosas con don Beltrán de la Cueva, a quien el propio rey afrentado había nombrado antes duque de Ledesma.
Ante tal situación, muerto el infante don Alfonso "El Inocente", el adolescente hermano de padre de Enrique IV que primeramente fue nombrado su sucesor, fue don Alonso de Fonseca y Ulloa el encargado de convencer al rey de la conveniencia de conceder a la también hermana de padre del monarca, la princesa Isabel, la sucesión en el trono de Castilla; eso sí, una vez el rey hubiese fallecido, y habiéndola elegido previamente el esposo conveniente. Y con esta propuesta fue don Alonso de Fonseca uno de los representantes de don Enrique IV en la explanada de los Toros de Guisando, donde se decidió el destino de la monarquía española, con el próximo devenir al trono de los Reyes Católicos, en cuyas capitulaciones matrimoniales participó también don Alonso como uno de los representantes de la futura Isabel I de Castilla.
Su intensa actividad política no le dejó ocuparse a fondo de sus obligaciones religiosas, llegándose al extremo y curioso caso de que, en el año 1.464, tuvo que intercambiar su archidiócesis sevillana por la de Santiago de Compostela, ocupada entonces por su sobrino, otro don Alonso de Fonseca, a fin de intervenir frente a determinadas revueltas de algunos nobles surgidas en Galicia, volviendo a Sevilla cinco años más tarde, ante el disgusto de su propio sobrino y de mucha de la gente sevillana que, con sus protestas, además de sufrir seis muertes de horca por las alteraciones del orden, acuñaron para la lengua castellana el conocido dicho de que, "quien se marchó de Sevilla, perdió su silla".
Los cronistas de la época son muy desiguales y partidistas conceptuando a nuestro don Alonso de Fonseca. Uno de ellos nos le describe físicamente como "hombre de mediana estatura, bien proporcionado en las facciones de su rostro y en la composición de sus miembros..., de muy agudo ingenio, de buen entendimiento y bien instruido..., muy limpio en su persona y en su vestidura y trajes, y regalado y muy ordenado en sus gastos". También hace mención a su gusto por el lujo y por las cosas mundanas, reconociendo que "el sentido de la vista tenía muy ávido y codicioso, más que ninguno de los otros sentidos y, siguiendo esta su inclinación, placía tener piedras preciosas, y perlas, y joyas de oro y de plata, y otras cosas hermosas a la vista. Las cosas necesarias para el servicio de su persona y para el arreo de su casa quería que fuesen muy primas, y tuviesen singularidad de perfecciones sobre todas las otras, y se deleitaba en ella..., y tenía la codicia común, que todos los hombres tienen, de haber bienes temporales, y los sabía muy bien y con gran diligencia adquirir."
Estas afirmaciones vienen a corroborar cierta anécdota de don Alonso, muy comentada en aquel tiempo, cual fue que, con motivo de una cena que organizó en honor de los recién desposados reyes, don Enrique y doña Juana, añadió a los postres dos bandejas de plata, sobre las que había depositados ricos anillos de oro, engastados con diversas piedras preciosas, para que las damas presentes en la cena eligiesen el anillo de su gusto, por riguroso orden jerárquico, aprovechando esta ocasión para galantear con doña Guiomar de Castro, dama de la reina doña Juana de Avis, con la que rivalizaba en belleza.
Su proximidad con los reyes estaba fuera de toda duda, lo mismo que las envidias que tales confianzas le granjearon en la corte, ya que, como sigo diciendo el cronista, "... siempre quería tener el especial lugar cerca de los Reyes, y ser único con ellos en sus hablas y retraimien tos..., porque como acaece en las Cortes de los Reyes ser envidiados y odiosos aquellos que más cerca de los Reyes están, este Arzobispo, por esta singular acepción que procuraba siempre tener acerca del Rey Don Juan II y del Rey Enrique IV, y por la gran confianza que, en aquellos tiempos, le hicieron de algunos arduos negocios que ocurrían, se le siguieron enemistades peligrosas con algunos Grandes del Reino, las cuales, por discurso de tiempo y con obras que hizo de amistad, supo, con buen juicio, satisfacer de tal manera, que saneó el odio que de él fue concebido".
Otro cronista de la época, no tan suave ni adepto con el anterior, no pone eufemismos sobre la figura de don Alonso de Fonseca, tildándole en su descripción, en resumen, de clérigo poco ejemplar.
Cierto es que la corte en la que don Alonso fue protagonista destacado, fue una corte de alianzas interesadas, de súbitas traiciones, de encuentros y desencuentros, de despilfarro y de costumbres licenciosas, en la que muchos de los altos prelados de la Iglesia lo eran más de espada al cinto y amores de cama, que de báculo y ejemplo pastoral. Y don Alonso, en el que dominó siempre su perfil político sobre el religioso, era muy difícil pudiera escapar, ni de sus propias tentaciones mundanas, ni de algún otro abuso de poder, ni de maniobras interesadas nada éticas y, por tanto, bien pudo ser acusado por sus adversarios con poderosas y ciertas razones.
Sirvan como ejemplos significativos de las acusaciones a las que hubo de enfrentarse, el apresamiento y la desgraciada decapitación en Valladolid de quien fue su amigo, don Álvaro de Luna, quien a voces, desde una ventana de su prisión en Portillo, acusó de traición a don Alonso, en presencia del propio Juan II, con aquella famosa sentencia de "por mis barbas, obispillo, que me la habéis de pagar"; la astuta maniobra que planeó para apresar, cerca de Villaverde, a ciertos nobles enemigos de la Corona, haciéndoles abandonar sus caballos para acudir a Tordesillas a entrevistarse con el rey don Juan II montados en burros y mulas, su oscuro y tenaz empeño en impedir el matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, futuros Reyes Católicos y, en general, sus varias alianzas y desencuentros con el marqués de Villena, o con el arzobispo de Toledo, o con el propio Enrique IV, tan pronto sus aliados como sus enemigos, y siempre, unos y otros, tratando de manejar a su antojo los intereses y el destino del reino de Castilla.
Don Alonso de Fonseca y Ulloa, primer señor de Alaejos, falleció en su castillo de Coca, que él mismo mandó edificar, a los cincuenta y cinco años de edad, el 17 de mayo del año de 1.473. Sus restos mortales descansan en la iglesia de Santa María la Mayor de la citada villa de Coca, en un espléndido monumento funerario situado en el lado del Evangelio de dicha iglesia.
Don Fernando de Fonseca y Ulloa, segundo señor de Alaejos, recibió, en vida de su hermano mayor, el mayorazgo que éste había fundado dos años antes.
Organizó su vida don Fernando tomando el camino de las armas, convirtiéndose, muchas veces, en el complemento militar que necesitaba su hermano, don Alonso, para poder alcanzar sus objetivos políticos, además de garantizar su seguridad en los momentos difíciles.
Se distinguió don Fernando como uno de los capitanes de las tropas de Enrique IV, en sus correrías andaluzas contra los moros, participando activamente en la toma de las plazas de Marbella, Benalmádena, Estepona y Fuengirola, actuales plazas turísticas de nuestra Costa del Sol malagueña.
Siguiendo los pasos de su hermano, durante el reinado de Enrique IV, en el contexto del conflicto sucesorio por el trono de Castilla, habido por consecuencia del nacimiento de doña Juana "La Beltraneja", tomó partido porque fuese sucesor de Enrique IV el hermano de padre del monarca, el infante don Alfonso "El Inocente", hermano también de la futura Isabel I de Castilla, como antes quedó dicho. Y como los desacuerdos en conflictos de esta índole, entonces solían dirimirse a golpes de espada y lanza, los nobles partidarios de esta propuesta y los que no estaban conformes con ella, y eran leales al rey, se enfrentaron, en las cercanías de Olmedo, el día 20 de agosto de 1.467, tan sólo veintidós años después de haberse celebrado, en el mismo lugar, la conocida como primera batalla de Olmedo, entre tropas castellanas y navarro aragonesas.
La lucha fue desigual, pues el número de caballos y soldados de a pie a favor del rey Enrique IV, sobrepasaba ampliamente al número de los que lucharon por el infante Alfonso. Ya en el campo de batalla, se enfrentaron, cuerpo a cuerpo, don Fernando de Fonseca y el duque de Alburquerque. En la punta de la pelea, la punta de la espada del duque penetró entre el babero y la celada de la armadura de don Fernando, provocándole una gran herida en el cuello, a consecuencia de la cual falleció a los pocos días. Así pues, muerto don Fernando antes que el propio don Alonso, fundador del mayorazgo, el señorío de Alaejos quedó a beneficio del III de sus señores, también llamado Alonso de Fonseca, sobrino del fundador, ya que fue el primer hijo varón del matrimonio de don Fernando con doña María de Avellaneda y Delgadillo, con quien, además, tuvo otras dos hijas, doña María y doña Mayor.
En el año 1.505 falleció el III de los señores de Alaejos, joven y sin descendencia, heredando el mayorazgo don Antonio de Fonseca y Ayala, también hijo de don Fernando, pero esta vez de su segunda mujer, doña Teresa de Ayala. Y junto con la introducción del apellido Ayala en la posesión del mayorazgo, comenzaron los primeros encontronazos familiares por la herencia del mismo, al considerarse su heredera legal doña María de Fonseca, primera de las hijas que don Fernando tuvo con su primera esposa.
Convertida por matrimonio esta doña María en marquesa de Cenete, su hija mayor, doña Mencía, sobrina pues de don Antonio, que heredó dicho marquesado, vino a casarse con el duque del Infantado, quien promovió un sonado juicio contra don Antonio de Fonseca, considerando que la heredera legal del mayorazgo tendría que ser su esposa.
Por aquel entonces debía tener mala dentadura don Antonio, quedándole sanos, al parecer, los dos caninos de su mandíbula superior. Y fue tal la inquina que a don Antonio le tuvo su sobrina, que manifestó repetidas veces que no cejaría en su empeño de arrancarle los dos colmillos que a don Antonio le quedaban, no refiriéndose precisamente a sus piezas dentales, sino a los respectivos señoríos de Coca y Alaejos, que consideraba le correspondían por herencia materna. Sobre el juicio antes referido, por sentencia de los Reyes Católicos, le fue confirmado a don Antonio de Fonseca la posesión del mayorazgo y el derecho a percibir los impuestos civiles y religiosos que, por gracia de Enrique IV, le fueron otorgados a don Alonso de Fonseca, su tío, fundador del mayorazgo.
Don Antonio de Fonseca fue Comendador Mayor de la Orden de Calatrava. Contador Mayor de Castilla y Alcaide de los castillos de Jaén, Andújar y Pegalajar, siendo hombre muy próximo a los Reyes Católicos, a la reina doña Juana, y al emperador Carlos I de España y V de Alemania.
Debía ser don Antonio de Fonseca de fuerte temperamento que, como casi todos los acostumbrados al ordeno y mando, sacaba a relucir cuando alguien o algo le contrariaba. Esta actitud, desde luego, no era la más adecuada para realizar tareas diplomáticas pero, no obstante, a principios del año 1.495, tuvo que acudir a cumplir dichas tareas al norte de Italia, enviado por el católico rey don Fernando de Aragón, para protestar ante Carlos VIII, rey de Francia, el incumplimiento de un tratado, anteriormente firmado por ambos reyes, de no agresión mutua, ni al papado, ni al reino de Nápoles.
Recibido don Antonio en audiencia por Carlos VIII, la leyenda le presentó ante el rey francés vestido de blanco, con un escudo de armas con cinco estrellas de oro bordadas sobre fondo rojo, y un pergamino credencial en el que se leía:
"Soy Fonseca, cuya historia en Europa es tan sabida que, aunque se acabe la vida, no se acaba la memoria. Soy servidor de mi rey, a mi patria tengo amor, jamás dejé, por temor, de guardar aquella ley que el siervo debe al señor."
Comenzada la audiencia, don Antonio, con el tratado firmado por ambos reyes en la mano, hizo un repaso detallado de los puntos del mismo incumplidos por el rey francés, a los que éste contestaba, según su conveniencia, con ambigüedades, desprecios, mentiras, evasivas o, simplemente, haciéndose el desinformado. Y tanto molestó aquella actitud a don Antonio que, transcribiendo los últimos versos del largo romance que le dedicó el duque de Rivas, mucho más descriptivos de la situación, sucedió que:
"Al fin, llena la medidadel sufrimiento cortés,don Antonio de Fonseca,no se pudo contener,y, Rey de Francia, le dijo,si mofaros pretendéisde mí, que soy caballerode mi patria y de mi Rey,vive Dios, que a tolerarlo,no estoy yo dispuesto, y puesborráis lo que no os conviene,borro y anulo, también,lo que es a vos favorable,rompiendo el tratado, ved.Y desgarrando, valiente,el respetable papel,tiró los rotos pedazosdel Rey de Francia a los pies.Y, calándose el sombrero,sin hacer venia se fue.Y con la mano en la espada,atravesando un tropelde alabardas y ballestas,salió del campo francés."
Este suceso, que pudo costar a los Reyes Católicos una guerra no deseada, y al mismo don Antonio un buen escarmiento en sus propias carnes, vino a reforzar la presencia española en el reino de Nápoles.
Don Antonio de Fonseca fue uno de los señores de Alaejos por el que el nombre de nuestro pueblo ha sido lamentablemente mentado en los libros de Historia. Casi todos los historiadores informaron que, siendo don Antonio partidario de Carlos I en la Guerra de las Comunidades de Castilla, fue el arrogante promotor del incendio de Medina del Campo. Pero muchos de los que censuraron aquella reprobable acción de don Antonio, omitieron contar que, en venganza, el pueblo de Alaejos fue también incendiado por los medinenses, quienes pusieron sitio al castillo de Fonseca, ahorcaron a buena parte de quienes les opusieron resistencia, y prendieron fuego y derribaron la antigua torre de la iglesia de San Pedro, cuya nueva edificación se emprendió casi medio siglo después, quedando como muestra de la unión entre la antigua iglesia y la torre que hoy contemplamos, visibles costurones sobre las fachadas norte y sur del templo, en los que se aprecia la diferente calidad y tamaño de los ladrillos de una y otra construcción.
Con motivo del asalto de los medinenses a nuestra villa, trató don Antonio de compensar las desgracias sufridas por el vecindario, eximiéndole temporalmente del pago de los impuestos civiles que disfrutaba como señor de Alaejos.
Hermano de don Antonio fue don Juan Rodríguez de Fonseca, el cual fue, sucesivamente, obispo de Badajoz, de Córdoba, de Palencia y de Burgos, siendo nombrado, finalmente, arzobispo de Rosano. Tuvo este obispo a casi media España por diócesis, a lo que habría de añadirse su gran ascendencia con los Reyes Católicos, quienes le nombraron comisario de todos los asuntos del Nuevo Mundo, para desgracia e indignación de Colón y de otros descubridores y colonizadores, que tuvieron reconocida enemistad con él por lo opaco y riguroso de sus actuaciones y por sus habituales recortes de gastos en los sucesivos viajes emprendidos al nuevo mundo, de los que este obispo fue el organizador.
Este famosísimo prelado no se distinguió apenas por su actividad pastoral, pues sus altas responsabilidades políticas y administrativas no le daban tiempo para ello. No obstante, con sus grandes recursos económicos financió obras de embellecimiento de la catedral de Palencia, cuales el trascoro y la bajada a la cripta de San Antolín, y otras tantas, de indudable valor artístico, en la catedral de Burgos, tales como las construcciones de la puerta de La Pellejería y la de la admiradísima Escalera Dorada.
Ambos hermanos, don Antonio y don Juan, fueron perseguidos por los medinenses tras el incendio antes citado, ambos huyeron a Flandes a pedir socorro a Carlos V, y ambos yacen enterrados en la iglesia de Santa María la Mayor de Coca, cerca de su padre, don Fernando, y de su abuelo, don Alonso. Curiosamente, en tanto que el sepulcro de don Juan está a la altura artística de los respectivos sepulcros de su padre y de su abuelo, el de don Antonio, a pesar de su reconocida trayectoria militar y política, es una simple losa sometida a las pisadas de los visitantes de la iglesia. Se especula que esta circunstancia puede ser debida a que los medinenses hubieran destruido su primitiva artística sepultura.
A don Antonio de Fonseca sucedió don Juan de Fonseca, V señor de Alaejos, que fue el segundo hijo que tuvo don Antonio con su segunda mujer, doña Mencía de Ayala, ya que el único hijo que tuvo con su primera esposa, y el primero que tuvo con la segunda, fallecieron jóvenes y sin descendencia.
El referido don Juan de Fonseca, casó con doña Aldonza de Toledo, siendo su primogénito, don Francisco de Fonseca, el heredero del mayorazgo y, por tanto, el VI señor de Alaejos.
Don Francisco de Fonseca debió ser un hombre extremadamente religioso, cuya exagerada piedad, unida a su gran fortuna, le llevó a convertirse en un casi enfermizo fundador de conventos, de tal modo que, incluso, donó su casa de Toro para tal fin, favoreciendo grandemente, además, a las fundaciones carmelitas de Valladolid y Salamanca. Intercambió correspondencia con Santa Teresa de Jesús, y algunas de estas cartas fueron incluidas en el proceso de beatificación de la santa, ya que en ellas se mencionaba la milagrosa curación de una tía de don Francisco, abadesa de cierto convento de Alba de Tormes, casi ciega por cataratas, que resultó sanada tras que Teresa de Ávila pasase por sus ojos un pequeño crucifijo.
En su afán fundador, don Francisco eligió a Coca y Alaejos para fundar dos conventos de franciscanos descalzos, de la muy observante regla de San Pedro de Alcántara y, como señor de ambas villas, planteó sus objetivos a sus respectivas autoridades religiosas y municipales, sobreentendién dose que, en las dos poblaciones, serían por cuenta de don Francisco todos los gastos de asentamiento, construcción y dotación de altar de cada nuevo convento. Y lo que en Coca y en cualquier otra población era motivo de alborozo para las buenas almas, en Alaejos se tornó en un enorme disgusto, que acabó con los huesos de algún opositor a los deseos de don Francisco, en las oscuras mazmorras de su castillo alaejano.
No dice el cronista franciscano quienes fueron los que se opusieron a la fundación del convento, pero no está de más que el lector sepa que los franciscanos alcantarinos llegaban a las poblaciones vestidos con humildes sayones y literalmente descalzos, que su regla no les permitía disponer ni de bienes, ni de rentas, ni tan siquiera de animales de corral, y que vivían, lisa y exclusivamente, de las limosnas que caritativamente les daban los fieles del lugar, y de las berzas, nabos y lechugas que pudieran cultivar en su pequeña huerta. Y sabido esto, y que entre las dos parroquias de Alaejos se contaban entonces hasta más de cuarenta clérigos, unos beneficiados por diezmos y primicias, y otros sustentados por donaciones y limosnas particulares, imagínese ahora el lector, quienes pudieron ser los opuestos a don Francisco, o los vecinos, porque con sus impuestos y limosnas tendrían que alimentar a más bocas, o los clérigos de las iglesias de Alaejos, porque vieron peligrar su manutención y sus limosnas, si es que hubieran de compartirlas con más frailes.
No obstante, fue subsanada la discordia con la colaboración milagrosa del mismísimo San Francisco que, según cuenta el cronista franciscano, avino a razones, desde las nubes de una tormenta, a los díscolos opuestos a los deseos del fundador, por lo que se procedió a aceptar armoniosamente a los frailes franciscanos descalzos como nuevos vecinos de la villa, que lo fueron hasta que la Guerra de la Independencia les obligó a abandonar su humilde convento, cuyos vestigios aún pueden verse en las proximidades de Alaejos.
Tuvo don Francisco de Fonseca otro notable desencuentro con la felicidad en su vida conyugal. Casó don Francisco con doña Juana de Acevedo, una joven salmantina pariente suya, muy bonita, aunque dicen que algo delgada, la cual, al cabo de dos años de matrimonio, aconsejada por su madre, denunció la impotencia para engendrar de don Francisco, pidiendo al Papa, por tanto, la anulación matrimonial.
Es muy probable que doña Juana y su señora madre tuvieran razón en su demanda respecto a la impotencia de don Francisco, aunque no está demostrado si esta impotencia provenía de defecto físico o de la falta de afición de don Francisco para cumplir con el deber conyugal de yacer con su esposa.
El encargado de preparar la demanda de nulidad matrimonial ante el Papa fue otro don Alonso de Fonseca, hijo del conde de Monterrey y primo de los cónyuges litigantes que, además, dice la historia, estaba enamorado platónicamente de doña Juana, por lo que, con este asunto en sus manos, el "primo" enamorado vio un resquicio para conseguir el favor de los amores de su prima.
Conseguido su propósito de nulidad matrimonial, doña Juana desengañó de su enamoramiento a su primo pretendiente, con enorme disgusto de su madre quien, para evitar habladurías, solicitó protección al mismísimo rey don Felipe II, el cual propuso que madre e hija se recluyesen temporalmente en el convento madrileño de la Concepción Jerónima. Allí, lejos de las murmuraciones madre e hija, conoció doña Juana, —nadie sabe cómo, porque supuestamente estaba recluida en un convento— al capitán don Pedro Enríquez de Toledo, con quien, al poco tiempo, contrajo matrimonio, siendo tal el regocijo de ambas damas por esta nueva unión, que otorgaron a su ya yerno y marido, el derecho para utilizar sus apellidos, pasando este señor a la historia de España como el valiente, afamado y rico militar don Pedro Enríquez de Acevedo y Fonseca, conde de Fuentes de Valdepero, Capitán General en Portugal y en los Tercios de Flandes y, finalmente, gobernador del estado de Milán.
El reparto de los bienes del disuelto matrimonio del impotente don Francisco y de la reclamante doña Juana, constituyó uno de los mayores escándalos judiciales de la época y, como colofón estrambótico de esta historia, sepa el lector que el nuevo matrimonio de la voluble doña Juana de Acevedo con el rico capitán don Pedro Enríquez... ¡no tuvo descendencia! ¡Vivir para ver, doña Juana!
Por su parte, don Francisco de Fonseca, contrajo nuevas nupcias con doña Luisa Enríquez de Rojas, hermana solterona del tercer marqués de Poza, quien ayudó a su marido, con su religiosidad y su fortuna, a las fundaciones de conventos que don Francisco, con tanto furor, había emprendido.
Don Francisco de Fonseca falleció el 1 de julio de 1.593 y, al morir sin descendencia, las villas de Coca, Alaejos, Castrejón y Valdefuentes, se convirtieron en villas de realengo, a todos los efectos dependientes del rey don Felipe II.
Tras innumerables disputas y pleitos, en el año 1.599, el señorío de dichos lugares fue devuelto a la familia Fonseca, en la persona del sobrino del antes mentado don Francisco, el joven don Antonio Francisco de Fonseca y Toledo, que se convirtió en el VII señor de Alaejos, y que fue nombrado por Felipe III primer conde de Ayala.
Fallecido prematuramente don Antonio Francisco en 1.605, su viuda, doña Marina de Ulloa, llegó a un acuerdo económico con la hacienda real, recuperando para su hijo, don Antonio de Fonseca Ayala y Toledo, ya II conde de Ayala y VIII señor de Alaejos, el antiguo impuesto de alcabalas, desde la muerte de su tío abuelo, el fundador de conventos, en poder de la Corona.
Consolidado el señorío de Alaejos en la línea sucesoria de los condes de Ayala, fue el IX señor de Alaejos don Fernando de Ayala y Fonseca, III conde de Ayala, siendo sus hijas, doña Inés y doña Teresa Marina, las sucesivas herederas del mayorazgo fundado por don Alonso de Fonseca y, por tanto, la X y XI señoras de Alaejos, respectivamente, que compartieron títulos con sus respectivos maridos.
Con motivo de las obras de restauración de la iglesia de San Pedro de Alaejos, fueron descubiertos dos escudos nobiliarios coronados, ambos iguales, en la cabeza de las columnas amochetadas sobre las que descansa el arco de medio punto del presbiterio. Dichos escudos son, sin duda, de los condes de Ayala, ya que están coronados con la dignidad que corresponde a los condes y, en los cuarteles segundo y tercero, se aprecian con nitidez los dos lobos rampantes del escudo de armas de los condes de Ayala.
Siguiendo con la genealogía de los señores de Alaejos, al casar doña Teresa Marina de Ayala con don Pedro Manuel Colón de Portugal, VI duque de Veragua, Grande de España y pariente directo de Cristóbal Colón, el señorío de Alaejos se integró en dicho ducado de Veragua. Muerta doña Teresa Marina, el señorío fue a parar a su hijo, don Pedro Nuño Manuel, XII señor de Alaejos y, muerto éste sin descendencia, en el año 1.733, se convirtió en la XIII señora de Alaejos su hermana, doña Catalina Ventura Colón de Portugal.
En el momento de convertirse en señora de Alaejos, doña Catalina Ventura estaba casada de segundas nupcias con don Jacobo Francisco Fitz-James Stuart y Burgh, segundo duque de Berwick, y también segundo duque de Liria y Jérica, de modo que, toda esta serie de matrimonios, defunciones y herencias, pusieron a los señoríos de Coca, Alaejos, Castrejón y Valdefuentes en manos del ducado de Berwick, e hicieron posible que sobre la dinastía Fitz-James Stuart, de muy poca raigambre española entonces, recayeran, junto con dichos señoríos, títulos nobiliarios de alta tradición nacional, que se vieron notabilísimamente aumentados con la fusión de los ducados de Berwick y de Alba en el año 1.802. Baste como prueba de esta afirmación, los títulos nobiliarios que doña Catalina Ventura Colón de Portugal, como señora de Alaejos, aportó a la dinastía Berwick, que fueron los de duquesa de La Vega, duquesa de Veragua, marquesa de Jamaica, marquesa de San Leonardo, marquesa de la Mota, marquesa de Tarazona, marquesa de Villamizar, condesa de Villalonso, condesa de Gelves, condesa de Lemos, condesa de Andrade, condesa de Ayala, vizcondesa de Monterrey, dama de honor de la reina de España, y Grande de España de primera clase.
Entre 1.733, año en el que falleció sin descendencia el XII señor de Alaejos, don Pedro Nuño Manuel Colón de Portugal, y el año 1.802, fueron los sucesivos duques de Veragua y Berwick, ya integrados en una única línea dinástica, los sucesivos señores de Alaejos, el último de los cuales, que hizo el número XVII, fue don Carlos Miguel Fitz James Stuart, convertido en dicho año de 1.802 en el XIV duque de Alba, y que mantuvo el señorío de Alaejos hasta su abolición, en el año 1.837, durante la regencia de doña María Cristina de Borbón Dos Sicilias, en tanto llegaba la mayoría de edad de su hija, la futura Isabel II.
Notas aclaratorias respecto de la familia Fonseca
Muy a menudo suele observarse una cierta confusión respecto a la vinculación de la familia Fonseca con el señorío de Alaejos, provocada por los diversos matrimonios entre familiares cercanos y por la proximidad temporal de varios personajes históricos con el mismo nombre, concretamente el de don Alonso de Fonseca, que además, en algunos casos, llegaron a ocupar los mismos sillones episcopales.
A este respecto, se hace hincapié en que el señorío de Alaejos perteneció a la rama Ulloa del árbol de la familia Fonseca, en tanto que los otros tres personajes, también conocidos históricamente como Alonso de Fonseca, pertenecieron, dos de ellos a la rama Acevedo de dicha familia, y el otro a la rama Quijada, y no tuvieron nada que ver con la villa de Alaejos, salvo su parentesco, más o menos próximo, con el primer señor de nuestra villa, don Alonso de Fonseca y Ulloa, "El Viejo", y sus sucesivos herederos.
Para mejor distinguirles se incluye, a continuación, una muy breve reseña biográfica de cada uno de estos otros "Alonso de Fonseca" que compartieron nombre con el primer señor de nuestra villa.
Don Alonso de Fonseca y Acevedo
También conocido como "El Patriarca", fue el segundo hijo de don Diego de Acevedo y de doña Catalina de Fonseca, hermana del primer señor de Alaejos y, por tanto, sobrino de éste.
Siendo deán de la catedral de Sevilla, de cuya diócesis nuestro don Alonso ya era arzobispo, consiguió, gracias a las influencias familiares, ser nombrado arzobispo de Santiago, cargo desde el que mantuvo graves tensiones con una parte muy significativa de la nobleza gallega, que llegaron a prenderle y mantenerle preso en el castillo de Noia durante dos años.
El precio de las quinientas doblas de oro que supuso el rescate de este don Alonso, fue conseguido por su hermano y por su madre, cuentan que tomando joyas del tesoro catedralicio de Santiago, lo que provocó un sonorísimo escándalo que, añadido al imparable malestar de la nobleza gallega, derivó en su separación de la sede arzobispal compostelana, siendo trasladado provisionalmente al arzobispado de Sevilla, ocupado por su tío, don Alonso de Fonseca "el Viejo", el señor de Alaejos, en tanto que éste, con mayores dotes y experiencia, contando con el apoyo militar de su hermano don Fernando y con la confianza de Enrique IV, pasó, desde Sevilla, a hacerse cargo de la sede arzobispal de Santiago, en un insólito intercambio de sillones arzobispales entre parientes.
Tras regresar a sus archidiócesis originarias, con los sucesos acaecidos en Sevilla, más arriba comentados, don Alonso de Fonseca y Acevedo, "El Patriarca", fue progresando políticamente hasta llegar a ser nombrado por los Reyes Católicos presidente de la Real Chancillería de Valladolid, es decir, la máxima autoridad judicial de Castilla, tras doña Isabel y don Fernando.
Acabó renunciando al arzobispado de Santiago de Compostela en favor de su propio hijo, nacido de sus relaciones con la viuda doña María de Ulloa, lo que motivó que el cardenal Cisneros comentase irónicamente si es que también se había fundado mayorazgo con esta sede arzobispal, dando por supuesto, eso sí, habrían quedado excluidas las hembras de la vía sucesoria a dicho arzobispado.
Sobre la portada de la salmantina "Casa de las Muertes", existe un medallón en el que está cincelada la efigie de don Alonso de Fonseca "El Patriarca", debiéndose su existencia a que este don Alonso fue mecenas de Juan de Álava, arquitecto de dicha "Casa de las Muertes", así fue bautizada popularmente, dicen unos que por estar decorada su fachada con cuatro calaveras, y dicen otros porque en su interior se produjeron misteriosas defunciones.
Retirado de la vida pública, los Reyes Católicos recompensaron los grandes servicios de este prelado con el título honorífico de Patriarca de Alejandría, falleciendo en Salamanca, el 12 de marzo de 1.512, siendo enterrados sus restos mortales en un artístico mausoleo, situado en el centro de la capilla del convento salmantino de las Úrsulas, que él mismo se encargó de fundar y enriquecer.
Don Alonso de Fonseca de Acevedo y Ulloa
También conocido como "El Mozo", fue el segundo de los tres hijos del obispo don Alonso de Fonseca y Acevedo, "El Patriarca", y doña María de Ulloa, viuda del señor de Cambados. Fue, por tanto, sobrino nieto del primer señor de Alaejos.
Mediante un oscuro proceso accedió al arzobispado de Santiago de Compostela, sucediendo en el mismo a su propio padre, lo que delata, no ya una notable falta de rigor religioso, sino la evidente hipocresía del clero y de la monarquía de los reconocidos Reyes Católicos, abandonándose los unos en los brazos de los otros, según soplaban los vientos de sus particulares intereses económicos, políticos y religiosos.
Fundó en Salamanca el conocido como Colegio de Fonseca, también llamado colegio de los Irlandeses, o del Arzobispo o, con más propiedad, Colegio Mayor de Santiago el Zebedeo. En Santiago de Compostela, en su residencia palacio, estableció también el Colegio Mayor de Santiago Alfeo, que representó el núcleo alrededor del que se organizó la universidad compostelana, en el centro de cuyo claustro se encuentra su conocida estatua sedente.
Fue consejero del emperador Carlos V, al que casó con doña Isabel de Portugal. Bautizó a Felipe II en Valladolid y, años más tarde, tras la muerte del cardenal Cisneros, sucedió a éste en la sede arzobispal de Toledo, desde donde también hizo patente su reconocida labor política y cultural.
Murió en Alcalá de Henares el 4 de febrero de 1.534, solicitando antes que sus restos mortales fueran depositados en Salamanca, en el colegio que él mismo fundó.
Don Alonso de Fonseca Quijada
Nació en Toro en el año 1.422. Fue también sobrino de don Alonso de Fonseca "El Viejo" y primo, por tanto, de don Alonso de Fonseca, "El Patriarca".
Este Fonseca Quijada, tras ser capellán de Juan II y prior del convento de San Román de Hornija, fue sucesivo obispo en las sedes de Ávila, Cuenca y Burgo de Osma.
Fue reconocido partidario de doña Isabel de Castilla, con la que colaboró en la batalla de Toro, apostando sus huestes en el castillo fortaleza de Alaejos, y ayudando posteriormente a la toma de la ciudad, franqueando de noche las empinadas barrancas del Duero, a su paso junto a Toro, con la ayuda de un humilde pastor que conocía el camino adecuado para hacerlo.
Reformó el palacio de los condes de Villanueva de Cañedo, en Topas (Salamanca), retirándose de la vida pública y religiosa para vivir en él con su amante, la condesa de Cañedo, doña Teresa de las Cuevas, con la que tuvo cuatro hijos. Murió en este palacio en diciembre de 1.505.
Este palacio, conocido gracias a la citada pareja como el del Buen Amor, está convertido, en la actualidad, en un lujoso hotel, sobre el que corren arraigados comentarios populares, relativos a que, en su interior, se producen ciertos ruidos y movimientos paranormales, atribuidos a los inquietos espíritus fantasmales de sus antiguos y enamorados moradores.
Además de estos tres personajes históricos que compartieron el nombre con el primer señor de nuestra villa, existió también otro don Antonio de Fonseca, de igual nombre que el IV señor de Alaejos, también nacido en Toro y del mismo linaje Fonseca, que ocupó el obispado de Pamplona en el año 1.545, cargo que abandonó en 1.553 para ocupar el muy alto cargo de Presidente del Consejo de Castilla, para el que fue nombrado por Carlos V, equivalente a la segunda autoridad de la Monarquía Hispánica.
Este Antonio de Fonseca murió en Valladolid, en el año 1.557, todavía ocupando dicho alto cargo, durante el primer año del reinado de Felipe II.