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Programa de Fiestas · 2018

La guerra de la Independencia en Alaejos

Javier Alonso Guinot·Historia general de Alaejos

Javier Alonso Guinot

Durante la Guerra de la Independencia, los vaivenes entre Salamanca y Valladolid de las tropas francesas del mariscal Marmont y las aliadas del duque de Wellington, convirtieron a Alaejos en obligado lugar de paso o acampada de ambos ejércitos contendientes, instalándose varias veces en la villa el cuartel general de sus respectivos mandos, sin duda debido a su situación sobre una encrucijada de caminos, y a la posibilidad de controlar una gran extensión de terreno desde las altas torres de sus iglesias.

No existe ningún dato sobre dónde pudo establecerse un cuartel general en Alaejos, aunque pudo ser la Casa Consistorial el lugar más apropiado para ubicar los despachos del alto mando militar, siendo el desaparecido convento de San Francisco, abandonado por sus frailes durante esta guerra, y el antiguo hospital del Buen Pastor, los inmuebles con mayores posibilidades de haber sido utilizados para alojar a los oficiales y soldados de su cuerpo de guardia, pudiendo también haberse utilizado el castillo como lugar de custodia de víveres o utillajes militares, desechando su uso para alojamiento de soldados, por hallarse inhabitable ya por entonces.

Establecido el cuartel general en Alaejos, el grueso de las tropas acampaba al raso, a lo largo y ancho del término municipal. A tal fin, los soldados se agrupaban en batallones, separados entre sí no más de un cuarto de legua, estableciendo sus respectivos campamentos en lugares cercanos a las orillas del Trabancos, o bien próximos a los pozos, lavajos, arroyos o regatos entonces existentes, y siempre al abrigo de arboledas y protegidos por accidentes del terreno. Es evidente, por tanto, que los entonces vecinos de Alaejos contemplaron de cerca a aquellos soldados ataviados con coloridos uniformes, marchando a pie o a caballo, y transportando piezas de artillería y enormes carretones cargados de bastimentos militares. Mas estas imágenes, lejos de ser un espectáculo gratificante para ellos, suponían la desgracia de ver esquilmados los prados y montes comunales, desaparecidos sus rebaños, destrozados sus sembrados, vacías sus despensas y paneras y huérfanas de animales sus cuadras y corrales.

A primeros del mes de diciembre de 1808 una división del ejército aliado se encontraba acuartelada en Alaejos. La situación en nuestra villa en esos momentos debería ser relativamente tranquila, pues el 18 de dicho mes se registró en el Libro de Difuntos de la Parroquia de San Pedro, la muerte de la monja franciscana Gertrudis Palomo, del convento de Santa Isabel, de Valladolid, que vino a esta villa con otras religiosas de su convento, con consentimiento de su ordinario, huyendo de la irrupción de los franceses en dicha ciudad, en la actual guerra que nuestra nación tiene con ellos y por temor de los malos tratamientos que han acostumbrado a hacer, especialmente a las religiosas. A finales de dicho mes, ante la llegada de nuevas tropas francesas a Valladolid, esta división aliada abandonó su posición en Alaejos, dirigiéndose hacia la provincia de León. A partir de entonces, durante los años de 1809, 1810 y 1811, los ejes Toro – Medina del Campo y Valladolid – Salamanca estuvieron dominados por el ejército francés, comenzando una larga temporada de sufrimiento para los campesinos de estas comarcas.

Está documentado que en abril de 1810 el mariscal francés Ney "mandó que se reuniesen en Salamanca cuantas fuerzas había disponibles en Alba, Toro, Alaejos y otros pueblos inmediatos." Por esas jornadas no debía de ser muy pacífica la situación ni en Alaejos ni en sus alrededores, ya que, según consta en el Libro de Defunciones de la Parroquia de San Antolín, de Medina del Campo, "en 14 de febrero de este presente año de 1810, murieron afusilados por las tropas francesas, Julián Mangas, natural de Alaejos, Bernardo Rodríguez, de Castrejón, y Antonio Juanes, de Fuente el Sol; fueron sepultados en la iglesia colegial y sepultura del vínculo de Lobato, se cantó por sus almas misa y vigilia y, para que conste, lo firmo. Isidro Pérez López."

El 16 de junio de 1812 fueron por fin expulsadas las tropas francesas de Salamanca. Los más de 40.000 soldados franceses batidos en retirada por los campos de cereal a punto de ser segados, llegaron a Alaejos el 29 de junio. Estableció el mariscal Marmont su cuartel general en nuestra villa, acampando en los alrededores de la misma a tres de sus divisiones, enviando a otras dos hacia Nava del Rey y otra más hacia Castronuño. En su persecución marchaba el ejército aliado, que tenía establecido ese mismo día su cuartel general en Fuentelapeña. Sabiendo de la proximidad de sus perseguidores, Marmont y su ejército abandonaron Alaejos, en la madrugada del 3 de julio, huyendo con la intención de hacerse fuertes en la orilla derecha del Duero, para lo cual envió una parte de sus tropas hacia Toro, ordenando a la otra parte huyese por Nava del Rey y Rueda, para cruzar el río por Tordesillas.

Las tropas aliadas del duque de Wellington llegaron a Alaejos ese mismo día 1 de julio, pero algunas horas después de haberse producido la precipitada huida del ejército francés. En esta jornada acamparon entre Alaejos y Nava del Rey, en las inmediaciones del Trabancos, más de 50.000 soldados, la mayoría ingleses, escoceses e irlandeses, acompañados por efectivos españoles, portugueses y alemanes. Según anotó en su diario un oficial inglés adscrito al cuartel general "llegamos a Alaejos cerca de las 11, los habitantes animaron a las tropas al pasar a través de la ciudad. La retaguardia enemiga había pasado por este lugar a las 3 de la mañana. El calor era tan excesivo que nos alegramos al ser alojados en cuarteles, y nada podía exceder la cortesía con que la gente nos trataba. Todo cuanto poseían lo ponían a nuestra disposición."

Para evitar los calores de aquellos días, las tropas de Wellington abandonaron Alaejos en la madrugada del 2 de julio, en dirección a Rueda y Medina del Campo. Otro oficial inglés, tal vez apaciguado su ardor militar presagiando la victoria final, describió una visión casi poética de aquella temprana salida de Alaejos. "Marchamos de Alaejos a las 4,30. Con este sereno y encantador clima las mañanas son maravillosas, más allá de toda descripción, en esta estación del año. Anduvimos sobre un país que no producía nada más que vino. El aspecto era excesivamente encantador, porque todo lo que alcanzaba la vista era de un verde hermoso."

En su huida, las tropas francesas consiguieron cruzar el Duero, ocupando su margen derecha en una larga franja de terreno comprendida entre Simancas y Toro, estableciendo su cuartel general en Pollos. Las tropas aliadas quedaron en la orilla izquierda del río, sin posibilidades de cruzarle, al estar todos sus puentes y vados a merced del fuego francés. Durante el resto de jornadas de la primera quincena del mes de julio, ambos ejércitos parecían darse una pequeña tregua, mientras Wellington desplazaba su cuartel general por las villas de Rueda, Nava del Rey, Siete Iglesias y Alaejos observando las maniobras enemigas. No obstante esta situación de aparente calma, las brigadas populares castellanas debieron de seguir hostigando a las tropas invasoras, puesto que, según consta en el Libro de Difuntos de la parroquia de la villa de Simancas, "el día 9 del mes de julio del año 1812, fue afusilado Pedro Medina; dijo ser marido de Antonia Sánchez, vecino de la villa de Alaejos. Recibe el sacramento de la penitencia, y fue enterrado en el cementerio de esta iglesia. Y, para que conste, lo firmo como cura párroco en dicha villa. Don Manuel Rodríguez."

Durante estos días el ejército francés se vio reforzado con más de 10.000 soldados procedentes del ejército del Norte. Informado el mariscal Marmont de que en breves días recibiría otro nuevo refuerzo de otros tantos efectivos procedentes de Madrid, decidió pasar a la ofensiva, para lo cual, en la noche del 16 de julio, hizo un amago de cruzar con sus tropas el Duero por Toro y, en muy rápida y eficaz maniobra, le cruzó astutamente por Tordesillas. Este movimiento desconcertó a Wellington, que entonces tenía su cuartel general en Alaejos. Engañado por la maniobra francesa, Wellington desplazó a sus divisiones de vanguardia hacia Castronuño y Fuentelapeña, dejando desguarnecida a una división de caballería que se encontraba en Castrejón. Allí acudió Wellington de inspección, acompañado por sus generales, cuando por sorpresa, tras una agotadora marcha desde Tordesillas, pasando por Rueda y Nava del Rey, la vanguardia del ejército francés envolvió a la división aliada acampada en Castrejón a lo largo de las orillas del Trabancos, obligándola a marchar precipitadamente hacia Torrecilla de la Orden, en tanto que el propio Wellington y sus generales consiguieron salvarse milagrosamente de aquella inesperada acometida francesa, huyendo a galope tendido hacia su acuartelamiento en Alaejos.

A partir de entonces se produce en las comarcas regadas por el Guareña el espectáculo inimaginable, y casi insólito en la historia militar, de dos ejércitos enemigos, con sus respectivas divisiones de infantería, caballería y artillería, el francés con unos 50.000 soldados y el aliado con unos 52.000, marchando en paralelo, separados a lo sumo una legua, observándose mutua y minuciosamente en todos y cada uno de sus movimientos. Se encaminaban de nuevo hacia Salamanca para, entre Alba de Tormes y la capital charra, dirimir el 22 de julio una decisiva batalla librada entre dos tesos, el Arapil Grande y el Arapil Chico, que representó el inicio de las derrotas de Napoleón Bonaparte en España y en el resto de Europa, y de la expulsión francesa del territorio español.

Mientras ambos ejércitos se desplazaban en paralelo por las depresiones del Guareña, el mariscal Marmont seguía esperando con impaciencia la llegada de los refuerzos prometidos procedentes de Madrid, dado que su incorporación supondría el desequilibrio absoluto de fuerzas en el combate decisivo que pretendía plantear junto a Salamanca. En la mañana del día 21, víspera de la batalla en Los Arapiles, aparece en escena el nombre de Alaejos en un curioso episodio, del que dio información detallada el periódico La América, en la página 4 de su edición de 13 de julio de 1872, cuyo novelesco relato, casi propio de un guion cinematográfico, es como sigue:

"Un episodio antes de Los Arapiles.

En la provincia de Valladolid, como a la mitad del camino que de esta ciudad conduce a la de Salamanca, se halla situada la villa de Alaejos, una de las ricas e importantes de Castilla la Vieja. La tradición que en ella se conserva, y que, sucintamente, vamos a referir, se remonta al tiempo en que los franceses, dueños de casi toda España, hacían aquellas fértiles comarcas teatro de sus operaciones militares.

El vencedor de Waterloo, Lord Wellington, apenas hacia un mes que, después de reñidos asedios, se había posesionado de los fuertes de San Vicente, San Cayetano y la Merced, en la ciudad de Salamanca. El mariscal francés Marmont, duque de Ragusa, llegó tan sólo a aquella población a presenciar, digámoslo así, la rendición de las tropas que defendían dichos fuertes. Los ejércitos de ambos generales, después de varias maniobras, marchaban paralelamente, de uno y otro lado del Guareña, inspirándose, al parecer, mutuo respeto. Sentaron por fin sus reales el 20 de julio del año 1812, el inglés en su antigua posición de San Cristóbal, el francés en una extensa llanura, entre Alba y Salamanca.

En la mañana del 21, un honrado vecino de Alaejos trabajaba en un terreno, propio de su amo, cercano a la pequeña laguna denominada en el país de Pedro Mella, y en el punto, precisamente, donde coinciden dos caminos; el de la derecha va a Fuentesaúco, el del frente a Salamanca.

El rápido trotar de un caballo hirió su oído y, levantando la cabeza, vio venir sobre el bruto a un oficial francés, cuyo vistoso uniforme no fue bastante a que interrumpiese su campestre labor Bernardo Carracedo, "El Rucho".

Al llegar el extranjero al sitio en que el camino se bifurca, dudó un momento cuál había de seguir. Dirigió su mirada en derredor, como para orientarse y, al fijar los ojos en el labriego, fuese recto a interrogarle. En el estilo propio del que desconociendo un idioma, se ve, sin embargo, en la precisión de usarle, y con la altivez de conquistador, preguntó a nuestro Bernardo por el camino que a Salamanca conducía.

Poco debió agradar a éste la forma en que se le interrogaba y, haciendo un mohín, que lo mismo podía significar ignorancia que desprecio, continuó el trabajo por un instante interrumpido. En el segundo sentido, sin duda, lo interpretó el oficial, cuando le amenazó fieramente, y pronto a convertir el amago en hecho, desenvainó su espada. Antes de que pudiera esgrimirla, Carracedo, que espiaba sus acciones, se abalanzó rápido como el rayo, descargando sobre el insolente francés el azadón, instrumento de su trabajo, derribándolo del caballo. La herida causada privó, en pocos instantes, de la vida al temerario que le amenazó.

Inmediatamente abandonó Bernardo sus tareas, y fue a dar el oportuno conocimiento al alcalde de Alaejos, que a la sazón lo era D. Manuel González. Ocultaron el cadáver por temor a las represalias, si el hecho acaecido llegaba a noticia de los invasores.

Entre los objetos hallados en los bolsillos del traje de aquel francés se encontraba un pliego cerrado, que llevaba en el interior de su casaca. Apresurándose a romper el sello, pero su curiosidad quedó frustrada en aquel momento. El contenido estaba en francés; nadie de los presentes en el momento conocía aquel idioma, entonces poco generalizado entre nosotros y odiado, quizá, por ser el de los enemigos de la patria. La importancia del documento, si realmente la tenía, les era desconocida.

Recordó, sin embargo, un sujeto, la circunstancia, a la sazón importantísima, de que en el pueblo existía un virtuoso y en gran manera ilustrado sacerdote, el Sr. D. Antonio Santana, que sabía la lengua francesa por haber sido antiguo colegial en el famoso Tri Lingua, de la Atenas española. Mandósele recado, acudió con presteza al llamamiento, y sus amigos le pusieron al cabo del suceso acaecido.

Pronto su clarísimo talento comprendió la inmensa importancia que el papel hallado podría tener, en los críticos momentos que la nación atravesaba. Apresuróse a leerle y, en efecto, era superior a todo encarecimiento. Lo que tenía en sus manos era un despacho, dirigido por José Bonaparte al mariscal Marmont, en que le ordenaba que procurase esquivar la batalla con Wellington, porque esperaba reforzar el ejército de aquél con el grueso de la división Polombini y el cuerpo del centro, fuerte de 10.000 hombres. Júzguese del efecto que la traducción del parte produciría en todos los ánimos.

Dispusieron que, sin pérdida de tiempo, el propio Carracedo montase a caballo y llevase a Lord Wellington el despacho a San Cristóbal, donde sabía acampaba el general. A la caída de la tarde del 21, llegaba al cuartel general el mensajero y entregaba el precioso documento. Wellington, con esta importante noticia y, aprovechando hábilmente el descuido de Marmont, que prolongando demasiado su ala izquierda se creaba una difícil posición, presentó con rapidez la batalla a su enemigo, obteniendo un señalado triunfo sobre las armas francesas y, quizá, de los más importantes que registran los anales de aquella gigantesca lucha contra la invasión napoleónica.

Pequeñas causas suelen, a veces, engendrar grandes efectos, y no sería aventurar que la victoria de los Arapiles se debe, en no pequeña parte, al modesto bracero de Alaejos que, en su odio a los invasores, prestó, sin sospecharlo, un importante servicio a su patria.

La certificación expedida, a petición de Bernardo "El Rucho", por el mismo Lord Wellington, la conservó durante su vida y no sabemos si sus herederos la tendrán todavía, a la fecha que escribimos estas mal trazadas líneas".

Además de los mencionados Julián Mangas y Pedro Medina, vecinos de Alaejos fusilados por los invasores, y del antes referido Bernardo Carracedo, "El Rucho", y posiblemente de algunos alaejanos más, anónimos personajes no identificados por la Historia, Alaejos aportó otros dos de sus hijos a la colaboración victoriosa del pueblo español sobre el ejército invasor. El primero, D. Manuel Nava Campomanes, lo hizo desde su propia condición de militar de carrera. El segundo, una mujer, D.ª Teresa Calvo, lo hizo desde posiciones en las que la guerra había dejado sus habituales marcas de dolor y desconsuelo.

La revista "El Archivo Militar" de fecha 14 de diciembre de 1842, en su página 8, publicó la necrológica de D. Manuel Nava Campomanes en los siguientes términos: "El día 5 de diciembre murió en Valladolid, a las nueve de la noche, de un ataque de hidropesía al pecho, uno de los veteranos de nuestra campaña de Roncesvalles del año 92, y tan distinguido oficial en el campo de batalla como honrado y recomendable padre de familia. Nació el brigadier D. Manuel Nava Campomanes en Alaejos, de Castilla la Vieja, el 3 de enero de 1770. En 1786 ya era paje de S.M. en el reinado de D. Carlos III, y en el año 1788 salió a servir al ejército con el empleo de capitán, encontrándose en las campañas de Roncesvalles, guerra de la Independencia y de Portugal."

Fue herido el 22 de abril de 1810 en la acción de Espinilla, y se halló en su larga carrera militar en las operaciones de Melilla, en 1791, contra los marroquíes; en treinta acciones de guerra y cuarenta encuentros parciales; en el sitio y rendición del castillo de Burgos y en el sitio y rendición de Campo Mayor. Cayó prisionero en las descubiertas de Maudalé. En 1819 le embarcaron en la Coruña para Gibraltar y de este punto se le destinó al cuartel de la villa de Arévalo. En 1823 se incorporó al servicio activo, y a las órdenes del general don Vicente Quesada, combatió en defensa, como se decía en aquella época, del Rey Don Fernando VII. El año 1815 obtuvo diploma para poder usar de la Cruz de Distinción concedida al ejército de Portugal; en febrero de 1816 fue condecorado con la de la Real y Militar orden de San Hermenegildo; el 20 de abril del mismo año recibió el diploma concedido para poder usar la Cruz de Distinción dada al Ejército de la Izquierda; en 1817 se le concedió la Cruz de San Fernando de primera clase; en 23 de septiembre de 1817 se le concedió por el rey de Francia la Cruz de Lis y obtuvo el Diploma de Fidelidad en 1824. Fue comisionado el año 1825 para formar el Regimiento de Infantería de línea número 8 del que se le dio el mando; en 1826 se le dio su cuartel para Valladolid, donde ha permanecido hasta que pasó a mejor vida. Murió a los 72 años, 11 meses y 4 días; deja en esta ciudad su esposa, un hijo y un nieto.

Del mismo modo que Zaragoza tuvo a Agustina de Aragón y Madrid tuvo a Clara del Rey y Manuela Malasaña como sus heroínas locales durante la Guerra de la Independencia, Alaejos también puede presumir de haber contado con una mujer distinguida por sus afanes en esta guerra, ofreciendo sus servicios a heridos y prisioneros en Madrid. A los pocos meses de acabada la contienda, un grupo de militares españoles tuvo a bien escribir una carta para reconocer públicamente la labor humanitaria que durante la contienda desarrolló D.ª Teresa Calvo en la capital de España, que fue publicada en la página 1 del Diario de Madrid del 18 de julio de 1814.

Sirvan estos párrafos como sencillo homenaje y recuerdo a los hijos y vecinos de Alaejos víctimas de los sufrimientos de una guerra provocada por los afanes imperialistas de Napoleón Bonaparte, propiciada por la indolencia de Carlos IV y por la ambición de su primer ministro, Manuel Godoy, y contemplada tranquilamente por Fernando VII desde la lejanía de los lujosos palacios franceses, donde recibió pensión remunerada, mientras adulaba hasta la náusea al invasor de nuestra patria, y el pueblo español se desangraba esperando el regreso de su deseado rey.

Javier Alonso Guinot

Cómo citar

Javier Alonso Guinot: «La guerra de la Independencia en Alaejos». Programa de Fiestas Patronales de Alaejos, 2018.

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