Primera Parte
Javier Alonso Guinot (julio de 2021)
Apenas quedan mínimos recuerdos de un convento que hubo en las afueras de Alaejos, que debió ser tan pequeño y humilde que sus referencias más cercanas le nombran como «el conventillo», que desde 1572 hasta 1809 estuvo habitado por unos vecinos muy especiales, los frailes franciscanos descalzos, también conocidos como frailes descalzos alcantarinos.
Trataremos de acercarnos primero a su historia y a su posible arquitectura, para después recordar brevemente la vida y hechos de algunos de los frailes que lo habitaron, todo con la ayuda de fray Francisco de Gonzaga, fray Juan de San Antonio y fray Juan de Santa María, antiguos autores de las Crónicas de las provincias de franciscanos descalzos de San José y de San Pablo, a las que estuvo adscrito «el conventillo» durante los 237 años de su historia, algunos de cuyos fragmentos, escritos en latín muy antiguo, fueron traducidos por nuestro vecino César Salamanqués, unos años ha.
Para adentrarnos en todas estas cuestiones, es preciso hacer un pequeño preámbulo histórico, que nos muestre cómo surgieron aquellos conventos, ocupados por unos frailes, cuya descalcez y forma de vida vino a transformar radicalmente la historia de las órdenes religiosas mendicantes españolas, a mediados del siglo XVI.
Los integrantes de las fraternidades que acompañaron a Francisco de Asís en los momentos iniciales de la orden franciscana, iban vestidos con muy pobres sayales y absolutamente descalzos, predicaban el Evangelio con su ejemplo y con palabras llanas, no poseían nada, subsistían gracias al alimento que la gente les entregaba como limosna, y vivían en muy pequeños y muy humildes lugares de oración y penitencia, que ellos mismos construían, siempre separados de las poblaciones. El santo Francisco presentó sus intenciones de fundar conventos al Papa Inocencio III, quien otorgó su aprobación verbal a la fraternal familia franciscana en el año 1209.
Con el paso de los años, los frailes franciscanos fueron abandonando sus apartados lugares de convivencia, comenzando a construir iglesias y conventos, bajo el amparo de reyes, nobles y altos prelados, ahora ya en el interior de las poblaciones, de modo que, hacia mediados del siglo XIV, los frailes franciscanos eran cerca de cuarenta mil, alojados en unos mil cuatrocientos conventos repartidos por Europa, en muchos de los cuales resultaba de todo punto imposible observar la regla propuesta por San Francisco, sobre todo en los aspectos relativos a la austeridad y la pobreza.
Fue San Bernardino de Siena quien agrupó las opiniones de los frailes que proponían retomar los principios evangélicos que inspiraron a San Francisco de Asís, siendo finalmente admitido por el Papa León X, en el año 1517, la coexistencia en la «fraternidad» franciscana de dos ramas, una la de los conventuales o claustrales, defensora del tradicional estilo de vida monástica, y otra la de los observantes, partidaria de una vida religiosa más humilde, pobre y mortificada, ambas agrupadas bajo la denominación de Orden de los Hermanos Menores de la Regular Observancia.
Los desencuentros entre frailes de la misma familia, por la preponderancia de una rama sobre la otra, no se hicieron esperar. Mientras tanto, desde ambas ramas franciscanas, surgieron pequeños grupos de frailes que, contrarios a las poco edificantes peleas entre hermanos de religión, se interesaron por adoptar un estilo de vida de profunda pobreza y mortificación, igual al de las antiguas fraternidades franciscanas, de modo que comenzó a propagarse, desde dentro de ambas ramas, la «muy estrictísima» observancia de la Regla y el Testamento del santo de Asís, cuya manifestación externa más llamativa era la descalcez absoluta de sus seguidores.
El primer impulsor de la descalcez franciscana en Castilla la Vieja fue fray Pedro de Villacreces, siendo uno de sus compañeros San Pedro Regalado, cuya santidad, vida y milagros como fraile del muy modesto convento de El Abrojo, es sobradamente conocida por los vallisoletanos.
Este impulso renovador fue secundado también en Extremadura y Andalucía por fray Juan de la Puebla y fray Juan de Guadalupe, siendo este último quien logró que, en el año 1496, el Papa Alejandro VI autorizase la creación de nuevos conventos de franciscanos descalzos y la admisión en los mismos de aquellos frailes que desearan seguirle, fueran de la rama conventual, de la observante, o de cualquier otra orden religiosa, siendo éste el germen inicial de la descalcez franciscana española.
A mediados del siglo XVI, San Pedro de Alcántara consolidó el asentamiento definitivo de la descalcez franciscana en España, de modo que, a mediados del siglo XVII, los «alcantarinos», oficialmente llamados Frailes Menores de la Estrictísima Observancia, formaban un grupo de 3.876 frailes que ocupaban 172 conventos, todos pobres y humildes, uno de los cuales fue el de Alaejos, no incluyéndose en estas cifras ni las fundaciones portuguesas, ni las de Filipinas, China, Japón, México y Brasil, donde, a partir de 1584, los franciscanos descalzos hicieron una importantísima labor evangelizadora.
Los años fueron tejiendo historias de conventos y de frailes, hasta que, el 8 de agosto de 1809, José Bonaparte decretó la supresión de todas las órdenes monacales, y los pocos conventos de alcantarinos que sobrevivieron a este decreto y a la Guerra de la Independencia, quedaron vacíos tras la exclaustración de 1835, durante el reinado de Isabel II.
Esta singular rama de la orden franciscana española desapareció en el año 1897, cuando el Papa León XIII agrupó a todas las familias franciscanas bajo la simple denominación de Hermanos Menores Franciscanos, todos bajo la dependencia de un único Ministro General, con excepción de los Hermanos Menores Capuchinos, que mantienen su independencia a día de hoy.
Corría el año 1572 cuando don Francisco de Fonseca, siguiendo una costumbre muy arraigada entre la aristocracia de la época, decidió patrocinar dos conventos de franciscanos descalzos en sus señoríos; uno en Coca y otro en Alaejos.
Comenzó por el de nuestra villa, pero pleitos anteriores entre los Fonseca y el concejo municipal, provocaron que, al contrario de lo sucedido en la gran mayoría de lugares de España, la llegada de los frailes alcantarinos a Alaejos no fuera del agrado, ni de sus estamentos laicos, ni del Cabildo de Santa Catalina, que entonces agrupaba a los sacerdotes de ambas parroquias; los laicos porque veían menoscabada su libertad y porque estimaron que deberían hacer frente a mayores gastos y limosnas; los religiosos del Cabildo porque calcularon egoístamente que, con la llegada de nuevos frailes, aparecerían mayor número de religiosos en el reparto de sus prebendas.
Ignoraban unos y otros que en las «patentes» o contratos que se firmaban entre los frailes alcantarinos y sus patronos fundadores, se estipulaba, por expreso deseo de los frailes, que el convento fundado nunca le tendrían por suyo, sino que se consideraban simples usuarios temporales del mismo, de manera que, al final de cada año, ponían las llaves de cada convento a disposición del patrono fundador, para que les desalojase, si es que entendía que de la presencia de los franciscanos descalzos «no resultaba gloria a Nuestro Señor y edificación a las gentes».
Ante la discordia, don Francisco de Fonseca actuó con mano dura, encerrando en el castillo de Alaejos a varias personas contrarias a su decisión, mientras que los frailes descalzos, alojados provisionalmente en la antigua ermita de San Sebastián, comenzaron su predicación evangélica en Alaejos con palabras directas, sencillas y entendibles por todos, dirigidas al corazón de la gente humilde y, sobre todo, mostrando públicamente un ejemplar comportamiento de pobreza, humildad y penitencia.
Cuentan las crónicas que un hecho milagroso vino a sosegar aquellos ánimos inicialmente revueltos y, de paso, a sacar de la cárcel a los revoltosos. Sucedió que el joven hijo del entonces médico de Alaejos enfermó tan gravemente que, agotados por su padre todos los remedios que conocía, no le quedó otro recurso que acudir desesperado a los frailes descalzos para que suplicasen a San Francisco la curación del muchacho. Las sentidas oraciones de los religiosos sirvieron para que, cuando el médico regresó a su casa, encontrase a su hijo sano, presentándose con él ante los frailes descalzos para jurarles voto de asistencia sanitaria gratuita durante el resto de sus días. Este primer milagro, atribuido a la intervención de San Francisco por la mediación de sus frailes, sirvió para que el pueblo al completo acabase colaborando con manos y limosnas al levantamiento del conventillo de franciscanos descalzos de Alaejos, que se ubicó entre la «Reguera del Tobar» y «Carre Sancierna», en la confluencia de los parajes del «Espulgadero de los Frailes» y «El Castaño», muy cercano a la desaparecida casa de «Vista Alegre».
El convento de Alaejos se consagró a San Francisco y, en el momento de su fundación, perteneció a la Provincia de San José de Frailes Menores de la Estrictísima Observancia. Esta Provincia abarcaba un territorio de tamaño similar al ocupado por las dos Castillas, demasiado extenso para realizar las obligadas visitas periódicas a todos sus conventos. Por este motivo, el 20 de agosto de 1594, en el convento de franciscanos descalzos de San José, en Medina del Campo, tuvo lugar la ceremonia de su división en dos nuevas provincias, previa autorización del Papa Clemente VIII. A partir de esa fecha, de los treinta y ocho conventos fundados hasta entonces en la antigua Provincia de San José, se desgajaron los dieciséis que estaban situados en Castilla la Vieja, que pasaron a estar adscritos a la recién creada Provincia de San Pablo, entre los que se encontraba el convento de San Francisco, de Alaejos.
El 27 de enero de 1595, también en el citado convento de Medina del Campo, se declaró al convento de Alaejos como una de las casas de noviciado de la nueva provincia de San Pablo.
El 14 de junio de 1597, domingo de la Santísima Trinidad, la Provincia de San Pablo celebró en Alaejos su segundo Capítulo Provincial. El cronista fray Juan de San Antonio nos cuenta que, debido a las pequeñas dimensiones del convento de San Francisco, las reuniones del capítulo se celebraron en el castillo del señor de la villa. Concluidas dichas reuniones, al domingo siguiente se celebró misa solemne con sermón en la iglesia de Santa María.
Este capítulo celebrado en Alaejos fue de suma importancia para la nueva provincia de San Pablo, pues en él se aprobaron las primeras Ordenaciones que sirvieron para regular la vida de sus conventos.
Tuvo ocasión de asistir a este capítulo el Padre Comisario General de la Orden Franciscana y, según escribe el cronista, «quedó tan edificado de ver el trato de los religiosos, la hermandad, llaneza y santa simplicidad con que procedían, que dijo a sus compañeros, le parecía aquella Comunidad más junta de ángeles que capítulo de culpas».
¿Cómo pudo ser el convento de Alaejos? Si fue conocido tradicionalmente como «el conventillo», podemos intuir que debió ser pequeño y modesto.
En los años 1561 y 1562, fue el propio San Pedro de Alcántara quien redactó una serie de normas y medidas constructivas, con el fin de que los conventos alcantarinos fuesen fiel reflejo de los ideales evangélicos de San Francisco de Asís, distinguiéndose de los de las demás congregaciones religiosas por su austeridad y pobreza: «Que en nuestros edificios resplandezca toda pobreza, aspereza y vileza y que la grandeza no exceda al tamaño que es menester, conforme a los frailes que ordinariamente han de morar en ellos».
Según estableció San Pedro de Alcántara, las fachadas de los conventos de franciscanos descalzos podrían ser de adobe, de ladrillo, o de la combinación de ambos materiales, pero nunca de sillares o mampuestos de piedra. Si tenemos en cuenta que la construcción del convento de Alaejos se realizó entre 1572 y 1575, y que en esos años se consumían importantes cantidades de ladrillos en las obras de arreglo y remodelación de las dos iglesias de la villa, fabricados en tejares locales, aprovechando los buenos barreros del término municipal, lo más probable es que las fachadas de nuestro pequeño convento se construyesen con ladrillos, no en paños completos a cara vista, sino formando pilastras y verdugadas de ladrillo, alternadas con grandes cuarterones de tapial de barro y paja, que tendrían un aspecto similar al que se observa en la fachada norte de la iglesia de Santa María.
Las iglesias de franciscanos descalzos eran de planta de salón, rectangulares y con doble altura. Tenían el altar orientado al este y la puerta de feligreses al oeste, sobre la que se alzaba un campanario en espadaña, muy similares en su forma a la ermita de la Virgen de La Casita, aunque algo más pequeñas, con aforo ajustado al oficiante, a la comunidad de frailes y a un reducido número de feligreses.
Puesto que el conventillo estaba bajo la advocación de San Francisco, su iglesia debería de tener una imagen del santo de Asís a modo de humilde retablo, mientras que sobre el altar mayor descansaría un modesto sagrario y una pequeña cruz de madera.
Una particularidad especial de la iglesia del conventillo es que disponía de un altar colateral dedicado a San Antonio de Padua, privilegiado con indulgencias por «la Santidad de Gregorio XIII, por su Bula que empieza Omnium saluti, dada en Roma el año de mil quinientos y setenta y ocho».
Con el paso de los años, la iglesia del conventillo tuvo que sufrir algunas reformas y reparaciones, según se desprende del relato de un suceso acaecido en ella el día 1 de enero de 1643, considerado milagroso: «El año de mil seiscientos y cuarenta y dos se demolió la Capilla de la Iglesia, reedificándola de nuevo. Subieron con tanta brevedad las paredes y con tan poca firmeza se cerró la bóveda que, haciendo vicio por una de las esquinas, se aplanó toda la obra el día primero del siguiente año. Cuando se vino a tierra acababa de celebrar la última Misa el Hermano Fray Cristóbal de la Encarnación, Presidente del convento y, cuando ya con el cáliz en la mano se apartaba del Altar, entonces los materiales de cal y ladrillo le cogieron tan de lleno, que le dejaron sepultado. El ruido del golpe convocó a los religiosos que, en breve, trocaron el afecto de dolor en la admiración que pedía un milagro con circunstancias bien notales. La primera fue haber sucedido la desgracia cuando la iglesia, que por ser día tan clásico estaba llena, se había evacuado un poco antes, por asistir a una procesión festiva que había en la Villa. La segunda fue que, habiendo quedado sola una mujer anciana, estaba tan retirada en el cuerpo de la iglesia, que pudo ver la ruina sin padecer por ella daño alguno. Fue la tercera haber podido el acólito libertarse, habiendo asistido hasta el fin de la Misa. Con estas tres circunstancias se descubre mayor el milagro que Dios obró, conservando al sacerdote vivo, después de haber estado por más de una hora tan sepultado, que fue necesario cavar más de un estado para descubrirle. Y no puede omitirse que el cáliz se halló dividido en partes, y el sacerdote sin herida alguna, porque no quiso Su Majestad que, en aquel día, robase las atenciones otra sangre que la de su circuncisión».
Para mejor aprovechar la luz y el calor del sol, alrededor de la fachada sur de las iglesias alcantarinas, se situaba el claustro conventual. Era de planta rectangular o cuadrada, doble altura, y con no más de cuatro o cinco vanos por cada lado, que en el caso de Alaejos pudieron haber sido construidos totalmente de ladrillo o, tal vez, lo más probable, mediante pilastras de ladrillo, sobre las que apoyaran vigas de madera con un cepillado muy basto.
Entre los ya desaparecidos restos de lo que fue el conventillo, hace algunos años se podían observar nítidamente restos de construcción que seguían exactamente las direcciones este–oeste y norte–sur, lo que invita a pensar que su planta general estaba formada por la iglesia antes descrita y por varias dependencias de forma rectangular, cuyos lados seguían dichas direcciones.
En la planta baja de todos los claustros de franciscanos descalzos se situaban la portería del convento, la cocina con una minúscula despensa, el refectorio o comedor de la comunidad, una sala para enfermería y hospital y, por último, la sala denominada «de profundis», totalmente oscura que, por lo general, hacía las veces de sacristía de la iglesia, donde los frailes practicaban muchas de sus penitencias y disciplinas.
En aquellos conventos alcantarinos autorizados a tener noviciado, como era el caso del de Alaejos, en la planta baja del claustro también existía una pequeña sala que servía tanto como sala capitular o como aula de novicios, donde también se ubicaba la pequeña biblioteca del convento.
En la planta superior del claustro se situaban las minúsculas celdas de los frailes, de las que fray Juan de Santa María decía que «más parecen sepulturas de muertos que moradas de vivos», pues sus dimensiones no llegaban a los dos metros de largo por uno y medio de ancho. El conventillo de Alaejos pudo tener entre 25 y 30 celdas como estas, toda vez que el cuestionario del Catastro de Ensenada declaraba que, en el año 1752, eran 26 los frailes que habitaban el convento.
Los tránsitos, pasillos y escaleras de los conventos alcantarinos tenían una anchura que tan sólo permitía que se cruzasen dos frailes. Las puertas eran muy rústicas y de una sola hoja, mientras que los huecos de ventana eran todos muy pequeños, sin rejas y, salvo los de la enfermería, sin ventanas, quedando simplemente protegidos del exterior con una simple tabla o un pequeño retal de saco de arpillera.
Las necesidades higiénicas de los frailes se resolvían de forma muy básica en lugares fuera del convento, siendo significativo a este respecto el topónimo local «Espulgadero de los frailes» que, dada su proximidad al convento, podría señalar el lugar en el que, con la ayuda de un pilón, se aseaban y lavaban sus hábitos los franciscanos descalzos de Alaejos.
La absoluta pobreza de los frailes alcantarinos les impedía tener cualquier tipo de panera o bodega donde almacenar reservas de alimentos o bebidas. Tampoco podían ser propietarios de animales, por lo que sus conventos carecían de establos o corrales. Su pan y su escaso sustento le conseguían mendigando, y le complementaban con las hortalizas que recogían en el huerto del convento que, en Alaejos, rodearon con una rústica cerca de tapial de barro y paja, rematada con una albardilla de ladrillos, en cuya proximidad con La Reguera existen aún los restos de una fuente, donde algunos mayores recuerdan haber visto, tiempo atrás, lavar la ropa a las mujeres del lugar.
El antes referido decreto de José Bonaparte del año 1809, al que se añadió la estratégica situación de Alaejos durante la Guerra de la Independencia, significó la exclaustración de los frailes de nuestro conventillo, que fue utilizado sucesiva y alternativamente como almacén de ambas tropas contendientes. Terminada la guerra, el abandono provocó su desaparición. No obstante, dada la modestia de las construcciones alcantarinas, no es de extrañar que solamente uno de aquellos conventos haya podido resistir el paso de los años, cual es el caso del convento de la Purísima Concepción, en Pedroso de Acim (Cáceres), hoy conocido popularmente como el convento más humilde y pequeño del mundo.
Ya instalados en el conventillo, poco a poco los franciscanos descalzos se fueron haciendo un sitio en la vida del vecindario de Alaejos, gracias al «buen ejemplo que les daban, sus sermones, su trato y conversación», por lo que, incluso los vecinos más reacios, «vinieron a conocer el mucho provecho que recibían en lo espiritual».
Al igual que en otros lugares, también ayudó a la penetración franciscana en Alaejos lo arraigado de la fe cristiana entre sus vecinos, de modo que cualquier acontecimiento positivo para la comunidad, como las buenas cosechas de pan o de vino, hábilmente promocionadas por los predicadores descalzos, servían para encender las devociones populares.
Dan testimonio de ello los cronistas provinciales que, en sus escritos, atribuyen a la intercesión del santo titular de nuestro conventillo, algunas situaciones de entonces, que hoy se podrían explicar con la lógica de la racionalidad, sin menoscabo de la evolución y profundidad de las creencias religiosas de cada cual.
Es el caso de lo sucedido en Alaejos el 19 de junio de 1686, día en el que, mientras el vecindario se regocijaba corriendo toros en la plaza con motivo de las fiestas del Corpus Christi, «se levantó un nublado extraordinario, que descargó sobre la Villa de Sieteiglesias piedras gruesas, tan crecidas que, maltratando a muchas personas y haciendo menudas piezas las tejas, pasaban los dobles de las casas y, después de cuatro horas, se hallaron piedras cuyo peso era de tres cuarterones». Y tras esta tremenda descarga de pedrisco, siguió tal aguacero «que inundó los portales y cuartos de las casas».
El prodigio, según fray Juan de Santa María, consistió en que el pedrisco se detuviera al llegar a la linde con el término de Alaejos, y que lo que en Sieteiglesias fuera un diluvio torrencial, en nuestra villa «no pasó de rocío».
Algo similar fue lo sucedido en Torrecilla de la Orden, villa perteneciente entonces a la guardianía del conventillo de Alaejos, donde una pobre mujer, viendo que una tormenta arrasaba los cultivos del término municipal, marchó hasta unos trigos de su propiedad, donde suplicó a San Francisco: «Santo mío, si queréis que yo y vuestros hijos perezcamos de hambre, arrasad mi tierra, porque ya no nos queda más». Dice el cronista, que la fe de la súplica de esta mujer hizo que San Francisco la atendiera inmediatamente, apartando el nublado exclusivamente de sus sembrados, mientras la tormenta arrasaba las cosechas de alrededor.
Harto saben los agricultores castellanos sobre los caros caprichos de los nublados, pero la tradición religiosa recibida desde antaño, aún les inclina a rezar entre dientes alguna plegaria cuando ven aproximarse una tormenta.
Que los milagros reales o aparentes también servían para rescatar a las ovejas descarriadas y, de paso, conseguir alguna limosna más, lo prueba otro de los sucesos que fray Juan de Santa María relata como ocurrido en Alaejos: que había en nuestra villa una virtuosa señora, «casada con un marido, duro de corazón, que la maltrataba. Para sacar a su marido del camino de perdición en que se hallaba, recurrió la buena mujer al poderoso hechizo de las limosnas ocultas, entregándolas en el convento, en beneficio de San Francisco. En cierta ocasión, quiso socorrer al convento con un poco de vino generoso, bajando por él a la bodega. Cuando llegó a lo alto de la escalera, entró su marido en la casa, por lo que ella, llena de temor y tratando de ocultar el vino que llevaba, perdió el pie, precipitándose al fondo de la bodega. Alarmado el marido ante la desgracia, bajó al fondo de la bodega, donde encontró a su mujer en pie, sana y salva, la cual le informó de los motivos de su entrada en la bodega y de su caída. Admirado por lo milagroso de la salvación de su mujer, desde aquel momento se mostró compungido, convirtiéndose en piadoso y ejemplar limosnero de San Francisco».
Una muestra más de la estrecha convivencia que hubo entre los religiosos del conventillo y el vecindario de Alaejos, es que algunos frailes fueron conocidos por su mote, como fray Alonso de la Purificación, al que los lugareños llamaron «El Doctrinero», por su afán de dar a conocer los secretos de la religión a todo el que se encontraba, o fray Juan de la Concepción, al que, por sus orígenes, apodaron «El Gitano». Algunos aspectos de su vida, junto con la de algunos otros frailes más, todos ellos vinculados al conventillo de Alaejos, tendremos ocasión de conocerlos más adelante.
[Continuará]