José Ojeda Nieto
Durante un largo período de más de 500 años, enmarcados entre los siglos XIV y XIX, aproximadamente, los vecinos tuvieron la obligación de entregar el 10% de su producción bruta a la Iglesia: era el impuesto anual conocido como diezmo. Tributo oneroso, difícil de eludir por cuanto el clero ejerció un control minucioso y exhaustivo sobre propiedades y propietarios. Por otra parte, utilizaron también la excomunión para amedrentar a recalcitrantes y defraudadores. Y si bien las artimañas para declarar menos de lo producido nunca faltaron, siempre se hicieron con el temor de ser apartado de la Iglesia, lo que en aquellos tiempos no era cosa de broma. Habrá que esperar a la llegada de las ideas liberales para que los diezmos sean cuestionados y, por fin, tras varios intentos, anulados definitivamente en 1837. Pero, mientras tanto, los vecinos procuraron demostrar que eran fieles cumplidores.
Mas no se crea que la Iglesia se quedaba con todo ese diez por ciento. La cantidad era elevada y atraía a muchos interesados. En el caso de Alaejos, y salvo pequeñas matizaciones, se distribuía del siguiente modo: 3/9 para los beneficiados de ambas parroquias (curas, presbíteros, etc.); una cantidad similar para el cabildo de la catedral de Salamanca; y el resto, otros 3/9, se repartía a partes iguales entre el señor de Alaejos (Fonseca, Ayala, ....), las fábricas de ambas iglesias y la Universidad de Salamanca.
Resumiendo, durante más de medio milenio, el destino de la producción total de Alaejos fue:
— El 90% se lo quedaban los vecinos, bien que en proporción muy desigual.
— Y el 10% restante, o sea los diezmos, se repartía del siguiente modo: el 1,1% para mantener los edificios de las iglesias; dos porcentajes similares se llevaban el señor de la villa y la Universidad de Salamanca; el 3,3% iba a parar a los beneficiados de Santa María y San Pedro; y el otro 3,3% restante lo gozaba el cabildo de la Catedral de Salamanca.
Si hoy se actuase igual, las iglesias no tendrían problemas constructivos; la Duquesa de Alba (actual titular del señorío) recibiría una cuantiosa cantidad para ayuda de sus cuantiosos gastos; la Universidad de Salamanca debería, en justa correspondencia, otorgar matrícula gratuita a nuestros hijos; el cura viviría holgadamente y no tendría problemas a la hora de pensar en la beneficencia; y el cabildo de Salamanca, junto con otras cantidades de otros pueblos de su antiguo obispado, podría mantener el patrimonio y la fastuosidad de la catedral. Pero los tiempos cambian y de nada sirve hacer suposiciones gratuitas. La comparación se ha hecho con la pretensión de demostrar que, gracias a los diezmos, organismos, instituciones, edificios y personas particulares tenían asegurada su existencia.
En una economía esencialmente agropecuaria, como era la de Alaejos en estas centurias, la base diezmal la constituían los cereales y el vino, y esto requería un lugar donde recogerlo (la pecuaria se transformaba en dinero). Curas, presbíteros y señor de Alaejos lo tenían fácil, pues poseían casas, silos y bodegas; pero los beneficiados salmantinos —cabildo y Universidad— debían arrendar lugares apropiados pagando los correspondientes alquileres. Era lógico que pensasen, sobre todo el cabildo, en ahorrarse este gasto y, de paso, controlar mejor la parte que les correspondía. Y así, del pensamiento pasaron a los hechos. Veamos cómo se forjó la casa de los diezmos, cilla, granero o panera, que de todas maneras fue conocida:
1º. El primer paso se dio en 1536, cuando, aprovechando que "Francisco de Torres y Leonor de Olibera" se endeudaron a costa de un mal negocio, el cabildo les compró "la casa e bodega e ocho cubas e un tonel e paneras e corral". Casa que tiene por linderos "de la una parte casas de la muger de Nycolas Calças e de la otra p[ar]te casas de Andrés de Medyna caçador e de la otra parte la calle Real que va a la igl[es]ia de Nra. Señora Santa M[art]a que llaman la calle de los Çabacos, por precio e q[ua]ntía de çiento e veynte myll m[a]r[avedi]s". Esta casa y sus anexos fueron la base de la futura casa diezmera o cilla.
2º. En 1599 tuvo lugar la segunda ampliación, concretamente de la bodega, cuando tres hermanos, "Francisco Rrodríguez y María Rrodríguez y Ana Rodríguez –les vendieron– una bodega que está debaxo de la casa... en la calle de los Çabacos... linderos de la una parte casas panera y bodega de d[ic]hos señores Deán y Cabildo y de la otra, casa y bodega de Nicolás Calças... i ansi mismo les bendemos la posesión de todo el suelo que alcança la d[ic]ha n[uest]ra casa y corral de ella conforme la caxa de la bodega".
3º. La tercera ampliación tuvo lugar 86 años más tarde. En 1685 compraron a "Isabel López, viuda de Lucas Caballero... una casa en la calle de los Zavacos, con un silo y demás". Lindaba la casa con las de Antonio Gil y "las Paneras de d[ic]ho Cabildo". Casa y paneras que serían anexadas a las ya existentes.
4º. Pasados otros noventa años, estamos en 1774, el cabildo decidió nuevamente ampliar las paneras. Empezó adquiriendo otra casa colindante, cuyos dueños —"Agustín García y Manuela Gil"— hubieron de trocar la suya por otra que el cabildo había comprado previamente en la misma calle, justo enfrente, a "Juan Zavaco y María Asumpción Román". En el contrato se especifica que la casa de Agustín y Manuela lindaba "al gallego con dicha calle de los Zavacos, al ábrego d[ic]ha casa panero de la zilla, al zierzo casa de Sevastilán López y al solano corral de Dª María Antonia Vadillo".
Pero la compra, además de la ampliación, tenía otro objetivo: edificar, ahora que tras cerca de 250 años se poseía un gran espacio, una casa vistosa. Se derribaron, pues, las viejas y se inició la construcción de la nueva "panera –o cilla– para el rrecogim[ie]nito de ttrodos los fruttos decimales". En las cuentas de la obra, administrada por Isidro Benito, leemos todo lo que costó; destacando:
• 2.227 reales de la casa de Juan Zabaco para trocarla por la de Agustín "que es con la que se dio la exttensión a la Panera p[rincip]al".
• 50 reales costaron las "nuebe piedras sillares –que– se ttrajeron de Casttrejón".
• 2.623 reales de 749 fanegas de cal, que se adquirieron en Sieteiglesias.
• 4.615 reales de jornales a maestros y peones albañiles.
• 285 reales a carpinteros, de Nava del Rey.
• 62 reales por las "rredes de alambres –para las ventanas que se pagaron a– Josef de Arcos m[aest]ro bidriero".
• Los ladrillos se buscaron por Nava del Rey, Sieteiglesias, incluso ladrillos viejos de las iglesias... Y 17.300 se adquirieron en los tejares de Felipe Baraja y Bernardo Santana, de Alaejos.
• Gastos varios: cerrajeros, yeso, madera de Pedrajas, adobes, etc.
• 1.383 reales de pagar de sueldo al comisionado-administrador, Isidro Benito, por 111 días que duró la obra.
• Total del gasto: 18.034 reales y 26 maravedíes.
En tiempos venideros, por supuesto, la cilla, casa panera o granero de los diezmos sufrirá numerosas reparaciones, mas las líneas generales quedaron dibujadas, como queda visto, tras la reforma-ampliación de 1774. Habían pasado 238 años desde aquel "dos de noviembre anno del nasimyento de Nro. Sennor Salvador Ihixpo. de myll e quyntientos e treynta e seys", en que Pedro de Olivares, en nombre del cabildo salmantino, tomó posesión de aquella primera casa situada "en la calle que llaman de los Çabacos que va de la Plaça desta villa de Alaejos a la igl[es]ia d. Nra. Señora Sta. M[ar]ía".
Una aclaración más para terminar: la cilla pasará a ser granero de todos los beneficiados en 1691. Antes de esta fecha lo era exclusivamente del cabildo de Salamanca, pero este año el cabildo ganó el pleito que había iniciado en 1633. La sentencia obligó al clero de Alaejos a recaudar todos los diezmos juntos para repartirlos posteriormente, suprimiendo el procedimiento anterior en el que cada beneficiado recaudaba lo que le correspondía. Este procedimiento beneficiaba al clero de Alaejos, que conocía bien a los buenos pagadores. Perjudicaba, en cambio, al cabildo de Salamanca, de ahí que en 1633 iniciase y ganase el pleito citado, consiguiendo que la casa, panera, dispuesta para tal menester fuese, claro, la suya. La actual casa, conocida por todos los vecinos, sita en Cl. Zabacos nº 28.