El número de incendios y el de inmuebles afectados quizá fuera más amplio porque probablemente no todos los afectados por un incendio tuvieran seguro contratado. Otro dato que conocemos a través de las anteriores comparecencias se refiere a las compañías en las que estaban asegurados los edificios siniestrados: sería La Unión y el Fénix Español la compañía que más siniestros afrontó durante esos años.
Habitualmente los vecinos declaraban que desconocían o ignoraban las causas del incendio. En algún caso —los menos— se señala el origen: prolongación de las llamas del hogar, gatos en la lumbre, hollín de la chimenea, chispas que saltan de la lumbre, braseros, candiles, planchas, velas... El lugar más común en el inicio de los fuegos es el hogar, donde se pone la lumbre, que sirve de cocina, de sistema de calefacción, para secar la ropa, de lugar de reunión y tertulia, etc., por lo que no es de extrañar que sean numerosos los incendios que se producen en las chimeneas. Para apagar este tipo de incendios se procuraba cortar la respiración, el tiro o la corriente de aire de la chimenea, es decir, evitar el oxígeno mediante la colocación de dos mantas (generalmente de Palencia o de Bernardos) empapadas en agua: una en el hogar y la otra en la parte alta de la chimenea.
Los bomberos tuvieron que enfrentarse a grandes incendios; quizá ninguno de ellos fuera como el ocurrido el 15 de agosto de 1881 en las eras conocidas como Las Grandes (uno de los mayores ocurridos en Alaejos de los que se tenga noticia, tanto por el número de afectados como por las cuantiosas pérdidas económicas, pero también por la solidaridad manifestada por las organismos públicos, conventos y pueblos circundantes).
El 12 de junio de 1922 a las 23:00 horas se declaró un gran incendio que comenzó en la casa del comerciante Doroteo Santos Parrado, en la calle Fortaleza y Plaza, propagándose a otras tres viviendas contiguas. El corresponsal de El Norte de Castilla en Alaejos, Pedro Morante, dejaba de manifiesto en su crónica la colaboración entre las autoridades y el vecindario en la extinción del fuego, así como que «se ignoran las causas que motivaron el siniestro, y se dice que todos los edificios estaban asegurados, debiendo advertir que todos los siniestrados son familias pobres». Los mayores daños del siniestro fueron los que sufrió Doroteo —en el edificio, los muebles, las ropas y en los efectos de su negocio— que ascendieron a 6.745 pts. Las valoraciones de daños presentadas por los otros vecinos para reclamar a sus compañías aseguradoras y así obtener la indemnización oportuna ascendió a 1.492 pts. Todos los afectados ponían de manifiesto que contribuyeron a apagar el incendio la ayuda de los vecinos llevando agua, la bomba de incendios y los trabajos efectuados por los bomberos.
El 22 de agosto de 1926 a las 22:00 horas se inició en la casa de Raimunda Raposo Moya un gran siniestro que se propagó rápidamente a las casas contiguas, afectando a diversos inmuebles entre los números 34 y 64 de la calle Casas Nuevas. Tras los grandes esfuerzos realizados para apagar el incendio por los bomberos, vecinos y Guardia Civil, el Alcalde mandó que se quedara un retén del Cuerpo de Bomberos acompañado de 32 obreros para impedir que se reprodujera. Los vecinos que tenían póliza de seguros contratada reclamaron una indemnización por valor de 13.810 pts., inferior a las 30.000 pts. en que se calculaban los daños; diferencia que posiblemente implicaría la existencia de casas siniestradas sin seguro de incendio. Varios diarios de información de la época se hicieron eco de un rumor popular que aseguraba que el origen del incendio estuvo en «un aerolito que cayó sobre la casa».
El Cuerpo de Bomberos se suprimiría en 1930 por resultar gravoso a los fondos municipales y no haber obtenido unos resultados que fueran considerados, a juicio de la Corporación, satisfactorios. Se nombraría una comisión del Ayuntamiento para redactar unas bases que permitieran arrendar el servicio de incendios, con lo que pasaría a privatizarse, adjudicándose al mejor postor, a quien menos cantidad cobrara.
Que en cualquier incendio existe un peligro físico para las personas que pretenden extinguirlo parece algo realmente innegable. En 1907, ayudando en la extinción de un incendio en la calle Zabacos, Lorenzo Parrado Martín hubo de irse a curar a Salamanca al resultar herido en una pierna, gratificándole el Ayuntamiento con 25 pts. al no poder trabajar. El peligro que suponía participar en la extinción de los incendios seguramente resultó decisivo para que el Ayuntamiento decidiera el 19 de junio de 1922 la creación de un Cuerpo de Bomberos con la finalidad de «atender con la puntualidad debida a los siniestros» con una dotación económica anual de 1.000 pts. (750 para el personal y 250 para materiales), como también tendría algo que ver el incendio ocurrido unos días antes en la casa de Doroteo Santos Parrado, reprochando el Ayuntamiento «la apatía del vecindario que no presta auxilio».
La Ley Municipal de 1877, además de enumerar las competencias municipales, cuando trata del contenido de las partidas de los presupuestos ordinarios atribuye a los ayuntamientos un listado de gastos, que merecerían la calificación de obligaciones municipales, donde se incluyen los «medios preventivos y de socorro contra incendios». El Ayuntamiento había asegurado —con la compañía La Urbana— por primera vez en 1892 los edificios municipales Casa Ayuntamiento, Matadero Público y Hospital del Buen Pastor para «evitar toda clase de perjuicios que a consecuencia de causas imprevistas pudieran sobrevenir a los intereses comunales». Además, con la adquisición de las bombas de incendios y la creación del Cuerpo de Bomberos, el Ayuntamiento manifestaba claramente su apuesta por la lucha contra el fuego y dejaba patente su contribución a la defensa de las propiedades públicas y privadas de las llamas.
El «Reglamento que se forma por el Ayuntamiento de esta localidad en virtud del acuerdo de la Corporación fecha 19 del actual [junio de 1922] que comprenda los derechos y obligaciones del cuerpo de bomberos de esta villa» consta de diez artículos y en él se abordan sus obligaciones, sueldo, premios y multas, materiales, etc.
El Cuerpo de Bomberos se componía de diez personas residentes en Alaejos. Entre ellas debería de haber técnicos en el «manejo o funcionamiento de la bomba o bombas» y «maestros albañiles o subalternos de estos» por tener costumbre de subir a los tejados, andar por ellos y conocer su estructura. Una de sus obligaciones consistía en hacer ensayos con la bomba cuantas veces lo creyeran procedente hasta asegurarse de su buen estado y funcionamiento. Los bomberos tenían que trabajar hasta que el incendio quedara totalmente extinguido y auxiliar a las personas que lo requirieran.
El Ayuntamiento pagaba el 1 de septiembre a los bomberos 750 pts. por año. Además, declarado un incendio, el primer bombero que llegara al depósito donde se guardaban la bomba y los materiales tenía un premio de 5 pts. adicionales. Esta misma cantidad se imponía como multa al bombero que no asistiera a un siniestro sin causa justificada.
Si en un acto de servicio un bombero se lesionara «inmediatamente se reunirá la Corporación y acordará la indemnización que ha de dársele, sin sujeción a la Ley de accidentes del Trabajo».
El Alcalde podía ordenarles que acudieran a algún pueblo cercano que pidiera ayuda ante un incendio importante, a cuenta de llevarles hasta el pueblo y de abonarles el jornal que, en su caso, perdieran. La colaboración era mutua: la bomba de Torrecilla de la Orden ayudó a sofocar el gran incendio que hubo en las fiestas de septiembre de 1915 en la casa de José Vallecillo Luis y que afectó a inmuebles de las calles Zabacos, Pozo y Plaza Mayor.
El reglamento preveía también la compra de «escaleras, picos, hachas y demás necesario, así como su reposición y el de la bomba».
Los integrantes del Cuerpo de Bomberos fueron León Viviano Puertas, Casimiro Beltrán Mangas, Práxedes Ojeda Baraja, Pedro Gallego López, Eustaquio Puertas Albertos, Benigno Aguado Rodríguez, Genaro Parrado Sanjuán, José Ojeda García, José Gallego López y Justo Cesteros. Estos dos últimos serían sustituidos en 1924 por Manuel Belloso Manjarrés y Bernabé Ojeda García. Éste, a su vez, fue sustituido en 1927 por Raimundo Lucas Pérez. Benigno Aguado sería sustituido en 1925, cuando falleció, por Gabriel Losa Santana.
Los vecinos que tenían contratado un seguro de incendios, cuando sufrían un siniestro en sus inmuebles, comparecían ante el Juez municipal o el Alcalde para que se levantara un acta que aportaban a su compañía aseguradora y así podían obtener una indemnización por los daños ocasionados. De esta forma conocemos el número de incendios al que probablemente acudieron los bomberos de Alaejos para su extinción.
El Cuerpo de Bomberos — Historia y organización
Como homenaje «a los empleados municipales del Servicio de Aguas» el Ayuntamiento instaló en noviembre de 2009 un carro con una bomba de incendios sobre un pedestal en el parque donde confluyen las calles Calvario, Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo. La bomba lleva la inscripción «Rumsey & Co. Seneca Falls N.Y. 12» y la típica águila calva americana grabada. Es de la casa Rumsey & Company, en Seneca Falls (Nueva York); sería posiblemente la bomba nº 12 de su catálogo y su fabricación dataría del último cuarto del siglo XIX. Es una bomba manual, montada dentro de un depósito sobre un carro para facilitar su transporte. La bomba posee un tubo de succión dentro del depósito y una boca de expulsión en el exterior, donde se acoplaba la manga. Se adquirió en 1888 por 709,25 pts., siendo alcalde Florencio Pérez Rodríguez, cuando se mandó al maestro de obras Julián Carracedo Zapatero para que fuera a Madrid a «elegir la bomba para incendios que crea más conveniente y necesaria para esta población», pagándole 40 pesetas por los gastos de viaje. Otra bomba de incendios se halla en el zaguán de la Sala de Exposiciones municipal.
En 1922 el Ayuntamiento acordó adquirir por 3.300 pts. la bomba de incendios ofertada por José Goegana [¿Goenaga?], de Bilbao. Fuera o no la ofertada, por la bomba de incendios con sus accesorios y los portes del ferrocarril se pagaron 2.423,27 pts. en el año 1923.
En la actualidad poco conocemos sobre la organización, dispositivos y materiales que se usaban en Alaejos para apagar los incendios, pero sin lugar a dudas el auxilio de los vecinos, como en la actualidad, constituiría la base fundamental para combatirlos, ya fueran en el mismo pueblo o en las tierras de labor. Los vecinos, avisados del incendio —generalmente, por el toque de campana de cada parroquia o por las voces de los afectados solicitando ayuda— acudían para lanzar el agua sobre las llamas, pasándose de unos a otros las vasijas de barro del Ayuntamiento u otros recipientes propios.
Los materiales y sistemas de construcción utilizados en las edificaciones (carpinterías interiores y exteriores, vigas y quinzales en tejados y techos, bardo o ripia en los tejados, todo ello fácilmente inflamable), un deficiente mantenimiento de hogares y chimeneas, junto a los escasos medios para sofocar los incendios contribuían a su propagación con gran rapidez, llegando en algún caso poco menos que a arrasar una calle, como ocurriría con la calle Casas Nuevas en 1926.
Hasta la adquisición de la bomba de incendios el agua se arrojaba directamente desde las vasijas a las llamas. Esto entrañaba cierto peligro al tener que acercarse en exceso a las llamas para arrojar el agua, además de suponer un gran esfuerzo físico y un elevado coste económico. Después de cada incendio el Ayuntamiento tenía que adquirir —vgr. a Victoriano Frutos, Manuel García, Hilario Pérez, Hilario García, Vicente Frutos...— nuevas vasijas de barro para renovar el retén de las mismas, por la gran cantidad de ellas que se rompían. Así, por ejemplo, en 1889 se adquieren 76 vasijas al alfarero Felipe Frutos Cimarra por 22,75 pts. Las vasijas de barro «no daban resultado y proporcionaban un gasto considerable», por lo que ese mismo año se saca a subasta pública la construcción de 50 vasijas de hoja de lata bajo el tipo de 1 pta. por cada vasija. Las vasijas, ya fueran de barro o de hojalata (más resistentes, pero más caras), eran necesarias incluso con la bomba de incendios pues había que llenar de agua el depósito. Para una mejor distribución entre los vecinos, el almacenamiento de las vasijas se había establecido por mitades en la Casa Consistorial y en el Hospital del Buen Pastor, custodiándolas el alguacil carcelero y el enfermero, respectivamente.
La extinción de los incendios no podía basarse ni depender exclusivamente de la buena voluntad de los alacejanos, por lo que el Ayuntamiento puso en nómina a un encargado de la limpieza y funcionamiento de la bomba. La tenía que limpiar todos los meses y en caso necesario engrasarla; hacer simulacros y probarla cada dos meses; acudir a la Casa Consistorial, donde estaba almacenada la bomba, para asistir a su traslado hasta el lugar del incendio y allí componerla para su funcionamiento; volverla a llevar otra vez al almacén quedándola en perfecto estado, en prevención de otro siniestro; no podía ausentarse del pueblo sin dejar a otra persona encargada, dando cuenta al Alcalde. En 1902 fue nombrado Mariano Martín Bermejo, con una paga de 50 pts. y 5 pts. más por cada incendio; Francisco Manjarrés Muñiz lo fue entre 1903 y 1906; Lorenzo Rodríguez Aguilar entre 1906 y 1908. Entre 1908 y 1912 se suprimió la plaza, encargándose de la bomba el alguacil. Entre 1912 y 1919, por 75 pts. anuales y 5 pts. más por cada incendio que ocurriera, con la obligación de estar desde el comienzo al final del mismo, serían nombrados Vicente Beltrán Carracedo, León Viviano Puertas y Eustaquio Puertas.
Adolfo M. Araújo y González — Año 2010