Los animales fascinan por su belleza y sus cualidades. Asombra la fuerza física del toro y la quebrada carrera de la liebre, la agudeza visual del halcón y el silencioso vuelo del búho, el sigilo de la serpiente y el incansable aleteo del cerramícalo, la mansedumbre del cordero y el vuelo cortante del arrecájel, la parsimonia del asno y la elegancia del caballo, la astucia del zorro o la majestuosidad del águila. Y siempre ha sido así, desde que hombres y animales convivimos y compartimos el espacio natural que llamamos Tierra.
Pero la convivencia no ha sido pacífica. Dicen, quienes saben, que primero los cazábamos para comérnoslos y luego los domesticamos para sacarlos más provecho. Los pueblos primitivos los admiraban o temían, según fuera el caso. El hombre se ha nutrido de un sentimiento peculiar hacia los animales, se podría decir que un sentimiento familiar, casi fraternal, pues hemos coincidido con ellos y les hemos mitificado hasta el punto de crear seres mitológicos tan singulares como las sirenas o los centauros. En determinadas culturas, incluso, se cree que las almas de los muertos vuelven a la tierra en forma de animal.
Con ellos personalizamos las cualidades antes señaladas, atributos que los humanos primitivos ya admiraron, razón por la que los convirtieron en sus tótems, en protectores del grupo, del clan o de la tribu y, en ocasiones, incluso, los adoraron como a dioses. Los cananeos, por señalar sólo unos ejemplos, adoraban al toro, los egipcios al halcón y los chibchas al mono.
Estas manifestaciones terminaron por germinar en el ámbito del lenguaje y su simbología. Parece que con el cambio climático de hace 12.000 años, los hombres comenzamos a cultivar tierras y animales, fue un gran avance, la gran revolución neolítica. Oveja, cabra, perro, vaca y caballo, más o menos por este orden comenzó la domesticación y desde entonces no nos han abandonado, nos han acompañado en los penosos tiempos de duros trabajos y sacrificios, han colaborado, ayudado, servido, trabajado y muerto para la egoísta supervivencia humana. En ese largo camino compartido han dejado su huella y su impronta en la historia y en multitud de manifestaciones culturales relacionadas con la pintura, la literatura y el lenguaje llano y popular en forma de cuentos, leyendas, fábulas, proverbios, sentencias y refranes.
A voleo les recuerdo unos cuantos, sobre todo el caballo, animal con gran peso histórico: Babieca, Bucéfalo, Strategos, Genitor, Incitatus, Marengo, todos reales y famosos, lo mismo que las representaciones pictóricas de multitud de ciervos, gamos, uros, caballos, bisontes, mamuts de las cuevas cántabro pirenaicas; en la ficción: Pegaso, Janto, Rocinante, Tornado, Plata; Rintintín, los tres cerditos, el lobo de Caperucita roja, la Gallina de los huevos de oro, el Gato con botas, el Patito feo, el ratoncito Pérez, Platero, y todos los que aparecen como modelos en las fábulas de Esopo, Samaniego e Iriarte, zorros, gallinas, cigarras, hormigas, lobos, águilas, liebres y un largo etcétera.
Entre los refranes, muy utilizados en el lenguaje coloquial y cotidiano, posiblemente demasiado (se lo afeaba Don Quijote a Sancho) les voy a recordar media docena de los muchos que hay, a mi parecer los más significativos.
Darse más pisto que un pollo en una mierda. Este dicho, que es ejemplo de plasticidad y concisión, alude a la persona importanciera y presumida, en extremo, sin razón ni argumento válido que justifique esa actitud. Se elige a tal fin el pollo o el gallo, que para el caso es lo mismo, por ser animales machos, uno para muchas, orgullosos en su palenque desde donde cantan y controlan el gallinero, pero en este caso con la sorna escatológica y el equívoco del lugar en el que se le describe para definir a la vanidad como fata e irrisoria.
Hacer mas trilla que un galgo en un mondongo. Al galgo, can estilizado y rápido, al que se le suele alimentar poco para acentuar su instinto cazador, imagínele en medio de barreños llenos de longanizas y potas con el adobo. Destrozo asegurado y aforismo explicado.
Muchos lobos a un pan mala vida le dan. Tiene mala fama el lobo entre pastores y ganaderos por la gran mortandad que origina en los rebaños. Cazan en manada y devoran a sus presas con avidez y celeridad. El refrán señala, de forma figurada, que la colaboración aligera el trabajo y se acaba antes la tarea.
Si quieres ver a tu burro andar párate a mear. En este caso se elige al burro por ser animal lento y parsimonioso para señalar que es más útil la perseverancia que la prisa. Apliquen y pongan en práctica el dicho y verán lo certero de la apreciación.
¡Señora! Un hombre es un hombre y un gato es un bicho. La importancia de las cosas debe tener un orden que dependerá del cristal por el que se mire y de quien lo establezca. Para el hombre él es más importante que un gato pero el gato se creerá más importante que el ratón. En un mundo en el que la escala de valores, y por tanto la importancia de las cosas está invertida (no quiero poner ejemplos) este axioma, que lo es, valora más al ser humano que al animal porque lo establece precisamente el ser humano y si no que se lo pregunte al albañil al que una señora le mandó que salvara a su gato arriesgando su vida. La respuesta es antológica.
Felices fiestas de la Casita y ¡Que sean corderas!
A. Lucas Varela — Junio 2010