Lucas Varela — Alaejos, julio 2008
Lo que sigue es una historia personal, un trocito del rescaño de mi infancia. Es posible que haya quien se identifique con ella, es parte del juego y uno de los objetivos de estas líneas.
La infancia es la etapa de la vida a la que acudimos a menudo en busca de recuerdos felices. Y no suele fallar. Pero a veces, al rebuscar, encontramos recuerdos antipáticos. Aquellos que la vivimos al comienzo de la segunda mitad del pasado siglo tenemos en el sótano de la cabeza algún episodio aislado al que mejor no quitarle el polvo, mejor abandonarlo con sus telarañas en el rincón del olvido. Hoy es otro camino el que voy a patear.
Los infantes éramos felices por el simple hecho de ser niños. Pero hay una característica que parece ser inherente a la infancia, al menos a la mía, y no es otra que el miedo. Cuando niños tenemos miedos, más aún, miedos, en plural, a la oscuridad, a la soledad, a las tormentas, a los perros. Un servidor tenía y mantiene un irracional recelo a los perros. Y había muchos perros. Eso era lo peor. Perros callejeros, sin amo, perros callejeros con amo, galgos con tanganillo o sin él, perros de caza, ratoneros, pequeñitos pero matones, perros pastores, celosos hasta el hastío de su profesión, perros guardianas, grandotes y con porte de seriedad, que imponían un respeto tremebundo.
No les voy a cansar pero a mí esos bichos me parecían fieros, negros zainos, bragadas y meanos.
El caso es que los chicos, por ser chicos, a menudo jugábamos con el miedo. Y, cómo no, con los perros. Toma del frasco, Tofito. Pero era cosa buena, sí señor. El miedo, qué digo, los perros, te aceleraban el corazón y las piernas. Ahora, tras largos años de profundas y serias reflexiones, entiendo porque corríamos tan rápido.
Porque tenía la vida mucho de rutina, rutina sólo alterada por el ciclo estacional. La primavera y el verano eran estaciones infantiles, el clima y los días largos hacían de estas épocas el festival de juegos que sólo la llegada de la noche interrumpía. Y la plaza. La gran plaza alaejana, con la solitaria farola en medio, solitaria pero la más abrazada que he conocido, llena de chicos y chicas (prometo no volver a repetir el femenino, por éstas, mua), alboroto y alborozo, griterío, alegría y Canuchí, una ricura de perro, alguien había ido a pincharlo y ya estaba en el albero, ¡leñe!. Yo no encontraba donde subirme, la farola parecía un racimo de chicos, las columnas del soportal también, así que, ya saben, si en un pinar no encuentras pino donde subirse, sal a espeta perros y a correr como alma que lleva el diablo.
Pero esto no era lo peor. Faltaba la vuelta a casa. ¿Por dónde? Si por la bajada del Arrabal, el ladrido largo y profundo de Leguas, mastín leonés, que al rececho tras la verja del portal, esperaba a los niños miedosos, aceleraba, aún más, mis piernas y mi corazón. Si por las cuatro calles, primero Jon, mala leche tenía el jodío perrito, luego, sentados a la puerta de la casa, un montón de hermanos que, sabedores de mi terror, me zumbaban los galgos. Hoy sé que no me corrían, pero es igual, no me hubieran pillado, bueno iba yo pa casa.
Y al día siguiente otra vez la escuela. La escuela no estaba mal. Algún cachete que otro por aquí, un mimbrazo por allá. Lo normal, tampoco es para quejarse. Lo malo el recreo. El recreo y Jumillano, un perrolobo de mucho cuidado. Siempre había quien le hacía rabiar. Hay más de una nalga que otro trasero con las marcas de sus colmillos. Os aseguro que el mío no.
Otra cosa era Estrella, perrita ratonera con residencia frente a la escuela, que parecía una fiera bragada pero que sólo quería jugar; corría tras uno, luego tras otro, siempre tras de todos. Se lo pasaba genial y mis amigos también. No quería repetirlo, pero qué le vamos a hacer, yo no.
Y los domingos, se me olvidaban los domingos y la misa, bueno, la misa como misa no, sino el llegar a la iglesia, a Santa María. Tenía que sortear a un piezas de animal de presa que por pa qué, para más señas atendía al nombre de Bocanegra, le venía al pelo el nombrecito.
Qué más quieren que les cuente. Únicamente decirles que los perros nombrados tenían amos buenos. Personas a las que desde aquí mismo quiero honrar en su memoria, con alguna de ellas mantuve una amistad cordial a pesar de la diferencia de edad. Vayan por tanto estas líneas en honor y en recuerdo de D. Teodoro Castander, D. Miguel Caballero, D. Ángel López, D. Felipe Pérez, D. Ramón Mangas, Dª Josefa Rodríguez y D. César Buenaposada.
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