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Programa de Fiestas · 2011

El castillo según los documentos

José Ojeda Nieto·Patrimonio artístico y religioso

José Ojeda Nieto

Razones históricas unidas a la situación geográfica explican la existencia del castillo de Alaejos. Un castillo que pasó por diversas vicisitudes, pues primero fue, hasta mediados del siglo XV, una torre-fortaleza o, si se quiere expresar de otra manera, «un pequeño castillo». Desde 1453, tras las obras de ampliación, adquiriría mayor grandeza, se convertiría entonces en un verdadero castillo. Del primero, de esa fortaleza primitiva, se ignora quién o quiénes fueron sus promotores, quizá la arqueología, o los documentos, por ahora ocultos, lo aclaren algún día. El promotor de la ampliación lo conocemos con exactitud: don Alonso de Fonseca, a la sazón obispo de Ávila, más tarde arzobispo de Sevilla, primer señor de Alaejos.

Se halla Alaejos —desde el punto de vista histórico— en zona doblemente fronteriza. En principio, porque se localiza en tierra próxima a los límites de la expansión musulmana; y pronto, tras el inicio de la conquista cristiana, porque quedó en la franja conocida como «Desierto del Duero», tierra de nadie..., o de todos. Tierra difícil de colonizar, al sur del río, en los extremos, de aquí «Estremadura», mas no vacía, sino recorrida por pobladores ganaderos y mozárabes venidos del sur. Pronto se instalaron, repoblando, allá por los siglos X y XI, especialmente en la segunda mitad de esta centuria, estas tierras. Antes de que la paz llegara, las tierras al sur del Duero habían estado sometidas a «razias musulmanas», como antes habían sufrido las «razias cristianas». En definitiva, que por uno u otro motivo, y tanto por unos como por otros, cristianos y musulmanes, los pobladores aquí asentados precisaron de alguna fortaleza o castillo para defenderse. Luego, a mediados del siglo XII, en 1157, cuando ya se documenta Farafelios (=Falafelios) como población, debería haber algún edificio defensivo germen del futuro castillo.

Pero no sólo por las razones aducidas, sino porque otra nueva había aparecido al forjarse los reinos cristianos. Porque Alaejos se hallaba en la frontera de los reinos de Castilla y León. Y ya se sabe que donde hay frontera hay conflicto. Así pues, allá por los siglos XI y XII, León y Castilla, cuando eran reinos diferentes, hubieron de marcar la línea de separación. Este hecho, que trajo momentos de tensión, ha traído quebraderos de cabeza a los historiadores porque si bien al norte del Duero la línea de separación de ambos reinos quedó claramente dibujada por el río Pisuerga, no quedó tan clara al sur, ya que el tratado de separación fijó el deslinde por Medina. Es decir, Medina y sus términos para Castilla, y de ahí afuera para León. Pero, ¿dónde acaban los términos —el alfoz— de Medina? Hay quien lo fija en el río «Enín» (=Trabancos), pero otros incluyen los pueblos, las aldeas, que se hallan del lado occidental del río. Si la primera hipótesis fuese cierta —la del río como frontera de separación—, Alaejos, Siete Iglesias, los Evanes, pertenecerían al reino de León. Si, por el contrario, la hipótesis válida fuere la inclusión de todo el alfoz de Medina, entonces Alaejos, como las otras poblaciones citadas, habría pertenecido a Castilla. Sea lo uno o lo otro, Alaejos se hallaba en la frontera de reinos, luego precisaba de alguna fuente, fortaleza o castillo para defenderse, bien de un reino bien del otro. Máxime cuando desde 1157 a 1230 tuvieron lugar los mayores enfrentamientos entre ambos reinos.

Pasan los años, León y Castilla se unen definitivamente en 1230, bajo el reinado de Fernando III, la aldea, más tarde villa, crece; pero siempre con el temor a las razias, a las revueltas nobiliarias y a las rencillas con los vecinos comarcanos, pues siguen estando en la frontera de dos alfoces y de una institución eclesiástico-señorial, a saber: la tensión constante en los siglos bajo medievales entre Medina y Toro, y de éstos con la Orden de San Juan, instalados en el valle del Guareña, cual cuña de separación, por la reina Urraca en 1116. En conclusión, una razón más para requerir fortaleza o castillo.

Y en esto, llega, en 1452, don Alonso de Fonseca, obispo y político, y llegan, al tiempo, debilidades de la realeza, y lo propio es sacarle partido. Fonseca «juega» su política, buscando engrandecer su poder y sus propiedades: Coca y Alaejos se convertirán en cabezas de su señorío. Y en 1453 reinicia la construcción de un castillo más grande y apropiado a las necesidades de su política, no sin antes conseguir el permiso real: «Yo el rey —Juan II—... acatando vuestra grand lealtad i los muchos e buenos servicios que me avedes fecho e fasedes de cada día tóvelo por bien et por la presente vos do licencia e facultad para que syn pena ny cabeçaña podades faser e fagades qualquier fortaleza en la dicha vuestra villa de Alahefos». Es el castillo del que más se habla, pero ya se ha dicho que había otro anterior, lo dice, indirectamente, la documentación del propio Fonseca: «mandamos e encargamos... cerrar e pegar ciertas bodegas que están alrededor del castillo viejo». Lo dicen también los cronistas de Medina del Campo que tuvieron la oportunidad de leer, antes de que desaparecieran, el Privilegio de 1452 donde se indicaba que Medina era, hasta ese año, dueña de la villa de Alaejos y de su castillo.

Ampliado y reformado por Alonso de Fonseca, el nuevo castillo cumplirá con los fines que como tal le corresponden, especialmente los de ofrecer refugio, convertirse en bastión de la realeza y servir de prisión, además de morada del alcaide y sus señores. En efecto, en el castillo se resguardaron las mesnadas de Alonso de Fonseca cuando anduvo enfrentado a Enrique IV en 1463. De prisión sirvió a la reina Juana, esposa del rey citado, cuando ésta fue entregada como rehén en 1467-69. Mas adviértase que era prisión muy atemperada pues la reina tenía libertad de movimiento, como lo prueban tanto sus gestiones como sus entretenimientos, y hasta sus devaneos amorosos. Más tarde, allá por 1477, el castillo tuvo que servir para acoger a los jefes del ejército —sino al propio rey Fernando— que combatieron a Castronuño, donde se había hecho fuerte su alcaide. Pero sin duda, la gesta más grande y, como fortaleza inexpugnable, la demostró cuando durante cerca de tres meses el envite de las tropas comuneras. Llegaron los comuneros, dice la fuente documental, el día de San Bartolomé y se marcharon el día de San Nicolás de 1520, sin conquistarle; esto es, el cerco duró del 24 de agosto al 6 de diciembre. Por supuesto que no debe despreciarse el arrojo y valor de los que dentro se hallaban, al frente de los cuales estaba su alcaide Gonzalo Vela Núñez.

Última gran gesta como castillo, ésa de resistir el ataque comunero, porque a partir de este momento ya nunca más dará para habitar, sino es por asuntos burocrático-administrativos o por las reparaciones de mantenimiento que todo gran edificio precisa. Los libros de cuentas de los señores de Alaejos —Fonseca, Tarazona, Ayala, Veragua, Alba— dan buena fe de ello. Durante los siglos XVI al XVIII, el castillo será escenario de acontecimientos de escasa trascendencia: que si en él se nombra y hacen la jura los alcaides y alcaldes mayores de acuerdo con el protocolo que exige «junam» y «fee y pleito omenaxe según fuero de españa»; que si en él se guardan las armas y enseñas de los señores: tres culebrinas de bronce se hallaban allí depositadas «con las armas de los señores desta casa», en 1609, además de 64 alabardas viejas, 12 astas de picas viejas, 11 «saetines», 42 mosquetones grandes, 50 petos y espaldares, 1 tiro pedrero grande «que esta encima de la torre del omenaxe», etcétera, etc. También, por supuesto, en el castillo el señor el juramento homenaje al rey. Y si acaso los señores vienen por la villa en el estío, mientras estuvo bien adecentado, pues a la hora de vivir preferían estar cerca de la corte. Incluso recibió la visita real «un día después de san P.(Pedro)» del año 1600: era el rey Felipe III, quien en los viajes organizados por el duque de Lerma para convencerle del traslado de la corte a Valladolid, llegaría a la villa, donde fue recibido con fiestas y agasajos. La iglesia de San Pedro lo recuerda con rápida testimonial.

En el primer tercio del siglo XVIII, según las crónicas, a raíz del desastre de 1714, comienza a mostrarse innecesario en sus fines. A finales del mismo siglo se iniciará el abandono. Los señores —dueños del castillo— dejarán de gastar dinero en él, trasladarán su residencia a sus otras casas y poco a poco lo van dejando arruinar. A partir de aquí la decadencia, y «a poquito», como si buscara la desaparición del señorío, el olvido. El pueblo inicia entonces la conocida y el «expolio», como si buscarse la desaparición para olvidar los años en que vivió subyugada a la jurisdicción señorial. Un edificio pues que ha sido poco a poco despojado no puede ofrecer muchos restos materiales, si, quizás, restos estructurales que prefiguren su fisonomía y configuración, y aquí la arqueología tiene la palabra.

Pero, mientras los restos son sacados a la luz, ¿qué dicen las fuentes escritas de la figura?, ¿cómo le dibujan los documentos? Es obvio que los alaejanos participamos de un anhelo mutuo: ver en imágenes cómo fue —cómo fueron, deberíamos precisar— el castillo. Y, sin embargo, hasta el presente no ha aparecido ninguna imagen, ninguna estampa que nos lo muestre. Porque el cuadro pintado por el clérigo protestante William Bradford, sólo deja entrever un «muro» o lienzo de barbacana. ¿Quiso el clérigo mostrar la visión del pueblo, o se sirvió del artificio de enseñar sólo parte para no pintar un castillo que estaba ya en decadencia? Fuera lo que fuere, lo cierto es que es la única estampa, mas pobre estampa en lo que al castillo se refiere. Y si esto es todo, y puesto que las excavaciones sólo podrán dibujar el plano, ¿en qué pueden ayudarnos los documentos? Pues... tampoco en gran cosa, mas al menos adelantan lo que las excavaciones ahorran. Así, por ejemplo, como ya se explicaron en estudios precedentes, señalan la existencia de... (y aquí dejo al lector con las pistas documentales que proporciono que vaya componiendo las piezas del puzle para formar en su imaginación el castillo):

1. Al aproximarse al castillo por el «escampadal» (¿descampado?), «donde había— un tremo (¿tres piezas?) de yerro», se encontraban «ciertos arcos sobre la entrada de la puente».

2. Enseguida un puente con pretiles a ambos lados, que se sujetaba sobre un «arco y estribo» y que en 1651 además de empedrarle hubo que levantar los «pretiles de ladrillo y canto sillar que jente trabiessa —había— derribado».

3. A continuación un puente levadizo (que había que rehacer con frecuencia por ser, obviamente, de madera). En 1609 se usaban 2 balas de hierro como «pesso para levantar la puente lebadiza».

4. Se llegaba así a una «reja de yerro grande questa en entrando junto a la puerta», donde había una campanilla.

5. De esta manera se atravesaba, según unos documentos, el fosso; según otros, la «caba», que tiene paredones en algunos lugares para fortalecerla.

6. Traspasada la puerta se llegaba al corral o patio, donde podían verse la artillería —culebrinas— y demás armas pesadas.

7. Del patio salían corredores, como el que iba a la «sala Rica». ¿(Sala de los señores?). Precisamente este corredor en 1640 se estaba «undiendo —y advierten— que si no se remedia con puntualidad se undirá —a causa del mal estado— de los arcos que tiene todo el dho. corredor de cantería».

8. Dando fortaleza al castillo se apreciaban, según visura de 1675, dos torres: el «torreón de peromató» —y— el torreón que está «açia dicha villa a la entrada, fundado sobre un arco de peña biba». El primero, a tenor del documento de 1710, corresponde a la «torre del homenaje, a donde esta Pedro Mato». Advirtamos, antes que nada, que el Pero, o Pedro, Mato es un especie de veleta con la forma de la armadura de un caballero (Hoy, en el museo histórico de Zamora, aún podemos contemplar una efigie que cabe sospechar similar). La torre del homenaje, verdadero castillo dentro del castillo, contaba además con otro puente, que en 1651 hubo que rehacer con «quatro bigas y catorce tablones».

9. Dentro del patio o corral había —siempre según las obras de reparación— paneras y casas (al menos 3 tejados hubo que retejar).

10. Contaba el castillo además con un pozo de nieve que se sustentaba gracias a «tres arcos de ladrillo —que se hallaban, claro es— debajo de tierra».

11. Y, resguardados y protegidos por las torres, en su interior, en su mejor etapa, podía verse: la «sala grande al patio, como se entra a mano izquierda —que lucía dentro— un retrato del Sor. Dn. Juan de Fonseca en tabla, con dos puertas y un rótulo». Otro cuarto que hacía de taquería de los señores, luciendo en sus paredes varias pinturas y «al pie las armas de los SSes. fonsecas y ayalas», y otro más, al menos, que cumplía las funciones de oratorio, con dos tablas de pinturas de San Antonio y de «otro santo», además de una mesa de pino para «altar del oratorio».

12. Contaba también, eso se indica al menos entre lo poco que quedaba en 1739, con cárcel.

13. Alrededor de las murallas se hallaba el camino de ronda, parte del cual, en 1609, era conocido como «ronda de las criadas de su S.ª».

Si acogió a una reina, a marqueses y condes, y hasta el rey, pernoctaron y residieron temporalmente en él es de recibo sospechar que algunos de los cuartos o salas citados debieron estar acondicionados en sintonía con los personajes y la época. En el momento del abandono sería, si algo había de valor, lo primero en llevarse. Torres, puente levadizo y lienzos del cerco de la albacara forjarían la estampa de un castillo que, a tenor por la superficie que tantas veces hemos pateado, no destacaría en grandeza. Quizá era una pequeña joya o quizá no era gran casa, al cabo, los dueños, y esto da una pista, prefirieron conservar el de Coca al tiempo que se desentendían del de Alaejos. No obstante, habrá que esperar a las excavaciones o a algún documento que, como los restos, se hallan pendiente de encontrar a su descubridor.

Cómo citar

José Ojeda Nieto: «El castillo según los documentos». Programa de Fiestas Patronales de Alaejos, 2011.

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