José Sánchez Poncela — Palma de Mallorca, primavera 2010
Es difícil sustraerse a toda esta realidad. Los toros forman parte de mi cultura primigenia. Sobre los toros hace falta «¡ Luz, más luz!». Mientras un torero o rejoneador sean capaces de emocionar al público que acude a las plazas, con un toro, la fiesta tiene larga vida. Eso sí, sin riesgo y la emoción en el juego entre la vida y la muerte, el toreo no es nada, se convierte en un pegapases.
Alrededor de las corridas de toros se ha acumulado una riqueza cultural. Son un espectáculo, probablemente el más emocionante, porque lo que está en juego es la vida y la muerte. El componente artístico de la fiesta no admite duda. El toreo igual que la vida, debe emocionar y conmover.
El toreo es, entre todas las artes, la más loca y probablemente la más profana; imperativamente debe aunar emoción y autenticidad.
Se de auténticos aficionados a los toros, entre cuyas cualidades se encuentran: que son civilizadas, cultas, sensibles, bondadosas, ponderadas, tolerantes, etc.
Lo popular generalmente se desprecia, sin embargo, es la sabiduría del pueblo. Aunque a decir verdad, hay mucho ritual y costumbres en la fiesta. A mi entender toro y torero —cuando se acoplan bien— forman un grupo de transformación, un binomio cercano a una simbiosis, todo muy personal y cargado de belleza estética. Hay que defender la Fiesta en inteligencia de que es como un bien en sí misma, con valores culturales y artísticos, morales y estéticos. Y sociales —económicos y ecológicos, por que se garantiza una biodiversidad de más de medio millón de hectáreas de nuestro suelo dedicadas a la crianza del toro.
Hoy es extensa la información, aunque no se puede decir lo mismo del conocimiento. Esta es una de las razones del éxito de la televisión —se sustituye el ver por el pensar— si no es lo suficientemente buena la información, no se puede establecer debate constructivo.
Aprovechando que en estos días la alegría cotiza al alza. Felices Fiestas de Nuestra Señora de la Casita. Seguir con Salud.
José Sánchez Poncela — Palma de Mallorca, primavera 2010