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Programa de Fiestas · 2022

Los franciscanos descalzos en Alaejos. Historias del Conventillo (continuación)

Javier Alonso Guinot·Patrimonio artístico y religioso

J. Javier Alonso Guinot — Junio 2022

Ya imaginamos un año atrás cómo pudo ser el humilde y desafortunadamente desaparecido conventillo de Alaejos. Pasemos ahora a imaginar a sus devotos moradores. Para ello nos ayudaremos de las Constituciones de la Provincia de San Pablo, a la que estaba adscrito nuestro convento, y de un ejemplar del Libro de Vida Ordinaria de dicha Provincia, además de las anteriormente mencionadas referencias a los historiadores de la orden, fray Juan de San Antonio y fray Juan de Santa María, que servirán para mostrarnos pequeñas biografías y anécdotas de algunos frailes relacionados con Alaejos a través de su modesto conventillo de San Francisco.

Los moradores del conventillo

Quienes se acercaban a los conventos alcantarinos con intención de tomar hábitos, debían de pasar un año como novicios. Los que pretendían ser coristas, es decir, ser ordenados sacerdotes tras superar los estudios correspondientes, debían tener catorce años cumplidos, en tanto que los que pretendían ser frailes legos, dedicándose a trabajos comunes, debían tener más de dieciocho años y menos de cuarenta. Unos y otros debían gozar de buena salud y carecer de deformidades físicas, sobre todo en la cara. Debían ser hijos legítimos de padres conocidos, de limpio linaje, excluyéndose expresamente a los que fuesen descendientes remotos de “judíos, herejes, moros, chinos, negros, ni de ninguna otra secta reprobada, aunque ya se hubieren convertido”. También eran rechazados los aspirantes cuyos padres, hermanos, tíos o abuelos estuvieran incursos en pleitos civiles o en procesos de la Inquisición, los esclavos, los “obligados a casamiento”, los sospechosos de delitos y los condenados a destierro, galeras o pena de muerte, así como aquellos de cuyo trabajo dependía el socorro de sus hijos, padres o abuelos, y los que hubiesen contraído deudas superiores a la cuantía de su hacienda.

Tras superar el año de noviciado, los nuevos frailes hacían testamento y renuncia expresa de todos sus bienes terrenales, incorporándose a los destinos que sus superiores les señalasen. Los frailes legos carecían de capacidad y formación para ascender a puestos de mayor responsabilidad, en tanto que los frailes de coro, una vez terminados sus estudios sacerdotales, mediante años de experiencia y virtudes demostradas, podían ascender a las categorías de Predicador, Confesor, Lector y Guardián, siendo esta última la mayor autoridad dentro del cada convento, pudiendo acceder, más tarde, a los puestos provinciales de mayor rango; los de Custodio, Definidor y Ministro Provincial.

Los hábitos de los franciscanos descalzos, de cualquier rango o condición, eran de sayal pardo, “pobres, viles y remendados”, mucho más cortos y estrechos de cuerpo y mangas que los hábitos de los franciscanos observantes, y también más cortos de capucha y capilla. Este humilde hábito se ceñía al cuerpo con un cordón de esparto, sobre cuyo colgante se hacían tres nudos, símbolo de los tres votos asumidos de pobreza, obediencia y castidad. Dicho cordón fue adoptado, en su tiempo, por San Francisco de Asís, en sustitución del cinturón medieval, como signo de abandono de riquezas y de armas. Bajo el hábito, el fraile solía llevar una ropa interior consistente en una camisa o jubón, además de los llamados “paños menores” o “paños de honestidad”, con los que cubría sus intimidades. Ambas prendas también eran de sayal ordinario, al igual que el hábito.

Cada religioso solo disponía de un único hábito, motivo por el cual en cada convento existían dos o tres hábitos para uso general, en tanto que el religioso correspondiente aseaba o remendaba su vestimenta personal. Dentro del convento era obligatoria la descalcez absoluta, salvo para el oficiante de la misa, que estaba obligado al uso de sandalias durante la celebración. Autorizados por el guardián del convento, también podían utilizar sandalias los frailes más ancianos y los enfermos. Los frailes obligados a salir del convento por razón de su cargo u oficio también podían utilizar sandalias o zuecos, siempre con autorización, aunque muchos prescincían del calzado durante sus viajes de predicación por dar ejemplo de humildad y pobreza. Tampoco se permitía a los franciscanos descalzos viajar en carretas o sobre cabalgerías, o el uso de sombreros para protegerse de las inclemencias del tiempo.

La vida diaria

“Así está ordenado el tiempo, y así se gasta por merced del Cielo, y este orden se guarda en todos los conventos de la Provincia”.

Todos los días del año, a las doce en punto de la noche, se tañía la campana para oído de todos y se hacía sonar la matraca, celda por celda, para oído de los más somnolientos. Minutos más tarde, toda la comunidad conventual estaba reunida en la iglesia para celebrar el oficio de Maitines que, como todos los demás oficios, eran cantados o rezados con mucha pausa. Acabado el oficio, el guardián del convento leía un texto, tras cuya lectura toda la comunidad arrodillada realizaba una hora de oración mental. La duración de los maitines casi siempre superaba las tres horas. Cabe imaginar los cuerpos y los pies descalzos de los frailes, tras acabar el oficio de maitines en las más crudas madrugadas del invierno de Alaejos.

Concluídos los maitines, existía libertad para que cada cual marchase a su celda a intentar dormir hasta que, poco antes del amanecer, sonase el toque de apelde, que avisaba de que, en breve, se despertara a los que dormitaban para comenzar el oficio de Prima, a cuya conclusión toda la comunidad practicaba otra media hora de oración mental.

Al finalizar Prima, cada fraile acudía a realizar sus funciones; los sacerdotes se repartian entre la misa diaria, la predicación, las confesiones o la enseñanza de novicios, otros iban a pedir limosnas por las casas, y los legos acudían a sus ocupaciones manuales en la cocina, en la huerta o donde fuesen necesarios sus servicios y, con el tiempo justo para acabar las actividades emprendidas, tañía de nuevo la campana para avisar del inicio del oficio de Tercia, que duraba más o menos dos horas, según la solemnidad del día.

A las diez en verano y a las once en invierno, −horas solares−, la campana anunciaba la comida. Antes de comenzar la comida o la cena, la comunidad se juntaba en la sala llamada “de profundis” para entonar en ella un salmo y una oración. Desde esta sala, en completo orden y silencio, la comunidad pasaba al refectorio donde, todos en pie y con la capucha puesta, bendecían la mesa y, tras besar cada uno su porción de pan, comían en absoluto silencio, manteniendo la capucha calada, mientras escuchaban la lectura de un fragmento de la crónica de la orden o de la vida de algún santo.

A una señal del guardián se acababa la comida, se recogían los sobrantes y, tras la oración de acción de gracias entonada por todos en pie, comenzaba la limpieza de ollas, perolas y escudillas, acompañada por el rezo de salmos, de modo que uno de los frailes entonaba un verso, que era contestado a coro por los demás.

Concluido este trabajo, los religiosos marchaban a sus celdas, donde descansaban hasta la una, hora en que la campana anunciaba el oficio de Nona. Este oficio se hacía siempre rezado muy despacio, tras el cual el guardián realizaba una lectura de un libro de devoción para, a continuación, realizar, toda la comunidad arrodillada, una hora de oración mental.

Finalizado el oficio de Nona, los maestros lectores reunían a los frailes nuevos para impartirles su lección ordinaria sobre ceremonial religioso y modo de oración, tras de la cual verificaban su aprovechamiento y escuchaban a cada uno sus dudas y tentaciones, orientándoles para superarlas. Los frailes más antiguos, por su parte, podían utilizar este momento libre para recogerse en sus celdas a descansar o a leer algún devocionario.

Cuando acababa la lección a los nuevos, que ya eran las tres, se iniciaba el oficio de Vísperas, que solía ser rezado, salvo en fiestas solemnes. Concluían Vísperas a las cuatro y, a partir de esa hora, se tenían casi dos horas de trabajo ordinario, bien en la huerta, bien barriendo, limpiando o realizando cualquier otro menester de utilidad.

A las seis se cenaba, realizando el mismo ceremonial que durante la comida. Era la cena tan escasa que a las siete había concluido y, tras haber realizado las acciones de gracias correspondientes y limpiado y recogido el menaje, se rezaba el oficio de Completas para, pasadas las ocho, marchar cada religioso a su celda, donde permanecía hasta Maitines, para comenzar un nuevo día.

Comentan las crónicas que el tiempo dedicado a los oficios religiosos sobrepasaba las nueve horas diarias, sin contar las misas y los oficios de difuntos, que únicamente se decían por los frailes del convento fallecidos, por los padres fallecidos de cada fraile morador del convento y, sobre todo, por los patronos, protectores y benefactores del convento, además de por los familiares directos de éstos ya fallecidos.

Cabe señalar que los religiosos no tenían costumbre de comulgar a diario, “juzgándose por indignos de degustar este divino manjar”. Obviamente, se tenía costumbre de comulgar en comunidad en la misa mayor de los domingos y fiestas principales. Tras haber confesado todos, antes de las misas mayores se realizaba una disciplina en comunidad como acto preparatorio de la Comunión. Llegado el momento de comulgar, puestos todos los religiosos de rodillas, pedían la bendición al celebrante y, una vez recibida, se pedían perdón unos a otros antes de recibir la Sagrada Forma.

Las penitencias y mortificaciones

“La vida áspera, la comida desabrida, el pan negro y duro, las hierbas amargas, los trabajos, las asperezas, la poca ropa y ningún calzado, todo es amargo y desabrido, pero la harina de la gracia de Dios y su divino amor, convierte esa amargura en dulzura, el trabajo en descanso, las asperezas y penitencias en gusto y deleite”.

La cama del franciscano descalzo era una tabla sobre la que se extendía una estera o un pellejo, la almohada solía ser un saco de sayal lleno de paja, carecía de sábanas y, por cobertor, cada fraile disponía de una raída manta para mitigar el frío de las noches de invierno. Y había algunos jóvenes que por cama utilizaban manojos de ramas y por cabecera algún madero o alguna piedra, haciendo uso de la manta en casos excepcionales.

Para los franciscanos descalzos, la comida y la bebida eran “los dos brazos del pecado de la gula”, por lo que los refectorios de sus conventos eran pequeños y más bien lugares de penitencia que de reposición de fuerzas. Las mesas y los bancos eran corridos, de madera apenas desbastada, no se utilizaban manteles y el menaje se reducía a toscas escudillas de barro y cucharas de madera.

Poca abundancia y menos sustancia se obtenía de las míseras ollas de estos frailes. Además, como muestra de su caridad evangélica, con lo poco que tenían, antes socorrían el hambre de los pobres que llamaban a su puerta que mitigaban sus propias necesidades.

Todas las raciones de alimento estaban sometidas a tasa, peso y medida, no diebiéndose sobrepasarse en ningún caso, “porque el demasiado comer desconcierta el cuerpo y destempla el alma, y confunde todos los sentidos”.

Una vez por semana, dos frailes limosneros recorrían las casas de las poblaciones más próximas al convento para conseguir sustento. Les estaba vedado aceptar dinero, de modo que mendigaban el pan en las casas de los agricultores más pobres, mientras que se acercaban a las de los más ricos pidiendo algún puñado de legumbre o un poco de tocino, manteca o aceite para el aderezo. El resto de su escasa alimentación procedía de la huerta del convento, donde sembraban generalmente patatas, berzas y lechugas.

Dado su voto de extrema pobreza les estaba prohibido poseer ganados o animales de corral, por lo que, muy de vez en cuando, recibían en la portería del convento alguna limosna extraordinaria de carne, leche, huevos o queso, que solían consumir los frailes más ancianos y los enfermos. La sal y el aceite escaseaban bastante, de tal modo que, cuando se recibía la limosna de un trozo de tocino o de un pescado en salazón, uno u otro servían para sazonar la olla en dos, tres y hasta cuatro jornadas sucesivas.

El agua para beber también la tenían tasada, en tanto que el vino, que era pedido de limosna, y únicamente en las casas donde se vendía, se recogía en dos botas, la una para el vino de peor calidad, reservado para los frailes ancianos y los enfermos, y la otra para el vino mejor, que se reservaba para ser consagrado en las misas.

Durante los numerosos días que a lo largo del año ayunaban, la comida y la cena de los franciscanos descalzos eran dos míseras raciones de pan y de agua respectivamente. Y si los días eran de abstinencia, la huerta y el campo se convertían en su particular despensa, comiendo y cenando lechugas, berzas o hierbas cocidas sin ninguna sustancia ni aderezo.

Todos los viernes del año, y en Adviento y Cuaresma los lunes, miércoles y viernes, y en las vigilias de las fiestas principales, los novicios y los frailes jóvenes, puestos de rodillas en la sala “de profundis”, azotaban con cilicios sus desnudas espaldas. Esta disciplina duraba unos ocho minutos, y se realizaba después de maitines, si era verano, o después de completas, cuando era invierno.

Era costumbre arraigada entre ellos el colocar algún elemento penitencial entre la vestimenta y la piel, como pequeñas cadenas o cruces, provistas de clavos, cuyas puntas mortificaban el cuerpo de continuo.

Con licencia del guardián del convento, los frailes también realizaban otras penitencias. Algunos guardaban durante largas temporadas una piedra en la boca, que les impedía hablar, otros se tumbaban boca arriba en la puerta del refectorio y pedían que los frailes al pasar les pisasen en la boca, otros entraban al refectorio a pedir la comida de limosna y, tras recoger unos pequeños rebojos de pan duro, les comían sentados en un rincón; en fin, una serie de prácticas de suprema humildad y penitencia, impensables en los tiempos actuales, que son una muestra de lo dura que pudo ser la vida de los frailes que moraron en el conventillo de San Francisco de Alaejos.

Los protagonistas

Con un estilo marcadamente religioso y propagandístico, los cronistas de las provincias franciscanas de San José y de San Pablo nos dejaron escritas las anécdotas religiosas que jalonaron la vida o la muerte de muchos de los frailes descalzos alcantarinos que traspasaron el umbral del conventillo de Alaejos. Resulta imposible incluir a todos en este artículo, pero he aquí, resumidas, las historias de algunos de ellos.

Fray Martín Ignacio de Loyola

Era sobrino de San Ignacio de Loyola, y fue uno de los frailes fundadores del convento de Alaejos, en el que profesó y vivió hasta su marcha a Filipinas, donde fundó en Manila el convento de Santa María de los Ángeles. El año de 1579 entró en Macao, donde también fundó convento, pasando luego a Malaca donde, además de un convento, fundó un colegio. Regresó a Occidente por poco tiempo, pues en 1584, por mandato del Papa Gregorio XIII, hubo de acudir a China, Malucas, Camboya y Conchinchina, llegando a padecer allí crueles persecuciones, liberado de las cuales, regresó de nuevo a España. Ya en Castilla la Vieja, fue lector de Teología en el convento de San Gabriel, de Segovia, más tarde guardián del convento del Corpus Christi, de Martín Muñoz, y después, de nuevo guardián de San Gabriel. El 9 de octubre de 1601 fue consagrado obispo del Paraguay, debiendo surcar otra vez el Océano Atlántico, para incorporarse a su silla episcopal en Asunción. En 1612 fue ascendido a la dignidad arzobispal de Las Charcas, en la Ciudad de la Plata, muriendo al año siguiente en aquella provincia americana, dejando ejemplares recuerdos entre sus misioneros. Dio casi tres veces la vuelta al mundo, evangelizando, bautizando y confirmando a gran cantidad de indígenas, ayudando con sus bienes personales y familiares a la construcción de conventos, escuelas y hospitales.

Fray Antonio de Barriales

Fue el primer guardián del convento de Alaejos, donde también hizo funciones de confesor, realizándolas con tal agrado, que todos querían confesarle sus pecados. En cierta ocasión acudió a confesar al convento un vecino pecador, cuyo pestilente aliento y falta de aseo eran causa de que otros confesores le rehuíesen. Viéndole fray Antonio, le llamó a su confesionario, atendiéndole como buen pastor. Por devoción a María Santísima, ayunó todos los sábados, durante diecisiete años seguidos, además de que, en todas sus festividades, él mismo, se encargaba de servir la mesa a la comunidad de religiosos que tenía a su cargo. Tuvo una muy poco apropiada manera de proclamar su castidad, pues afirmaba que, para él, “ver la cabeza de una mujer, era como ver la cabeza de un jumento”. Con más de cincuenta años cumplidos, decidió abandonar su puesto de guardián del convento de Alaejos, para convertirse en misionero y, junto con fray Antonio de Jerez, que también había abandonado la guardiánía del convento de Peñaranda de Bracamonte, embarcó rumbo a Filipinas. Como consecuencia de un contagio de peste, a poco de empezar la travesía falleció fray Antonio de Jerez, en tanto que nuestro fray Antonio de Barriales, también enfermo, encomendaba todas sus devociones a la Virgen María que, enternecida, bajó del Cielo para endulzarle su tránsito a mejor vida, ocurrido en alta mar, sin haber podido cumplir con su ilusión de incorporarse a la misión apostólica de Filipinas.

Fray Alonso de Tordesillas

Siendo confesor en el convento de Alaejos, el 24 de abril de 1598 falleció repentinamente mientras estaba ocasionalmente en su casa natal de Tordesillas, produciéndose el prodigio de que sus restos mortales despidieran un fragante olor, como consecuencia de un inexplicable sudor que le sobrevino al traspasar el umbral de la muerte, y que también provocó que su cadáver se mantuviese blando y flexible tras pasar una tan fría noche, que incluso “llegó a helar los majuelos”. Conocidas las virtudes de fray Alonso y la fragancia que despêdía su cadáver, fueron muchas las personas principales que acudieron a su casa, entre ellas doña Francisca de Mena, ilustre vecina de Alaejos, que tuvo la oportunidad de poder enjuagar su pañuelo en el sudor del fraile difunto. Con motivo de su entierro, acudieron a Tordesillas varios franciscanos descalzos, unos del convento de San Francisco, de Alaejos, y otros del de San José, de Medina del Campo, ambos acompañados de sus respectivos padres guardianes y, siendo conocida la santidad del fraile muerto, también acudieron a visitarle, provistos de cirios encendidos, muchos habitantes de los pueblos comarcanos. Estando todos los acompañantes reunidos en la casa del difunto, se suscitó una fuerte polémica a causa de su enterramiento, pues el guardián del convento de Alaejos, a cuya guardiánía correspondía Tordesillas, pretendía fuera enterrado en el convento de nuestra villa, a la vez que, tanto la iglesia parroquial de Tordesillas, como las monjas del convento de Santa Clara, pretendían el mismo privilegio que, en derecho, correspondía al convento alaejano. Se zanjó la polémica por la condescendencia del guardián de Alaejos, que cedió su derecho al convento de monjas clarisas donde, tras una misa cantada, sería enterrado el cadáver de fray Alonso en un nicho de su capilla mayor. Comenzó la misa con tanta solemnidad y devoción que, según cuentan las crónicas, hasta dos golondrinas se atrevieron a entrar en la capilla, y fue cosa nunca vista hasta entonces. Pero al entonar el “Requiem eternam”, todos los asistentes, conmovidos por la fragancia que aún despídía el difunto, prorrumpieron en gritos de “¡santo, santo, santo!”, acercándose al cadáver para cortar mechones de su cabello y trozos de su hábito de mortaja, siendo tal el revuelo formado que el oficiante, el venerable fray Juan de Zaragoza, guardián del convento de Alaejos, tuvo que suspender la misa cantada que celebraba, terminándola rezada y con el difunto casi sin pelo y tapado con el hábito de un franciscano que actuaba de monaguillo en la ceremonia. Ante el revuelo, las autoridades sugirieron al oficiante que aplazase el entierro, a lo que el guardián de nuestro convento contestó que él haría su trabajo de dar sepultura al santo fraile con la mayor rapidez y dignidad posible, porque no era reverente tener a Dios esperando para comenzar su trabajo de juez supremo.

El afán por coleccionar reliquias de santos de aquellos tiempos provocó un hecho similar en el propio convento de Alaejos, cuando falleció fray Juan de Cebreros, considerado por las gentes de la villa como santo, de tal modo que asistieron muchos vecinos a su funeral y, no contentos con venerar su cadáver, unos y otros, poco a poco, le fueron despojando de su hábito, e incluso hubo un sacerdote secular que llegó al extremo de cortar un dedo al cadáver, guardando para sí tan preciosa reliquia. Ante las tropelías de tan impaciente devoción, el guardián del convento enterró al difunto fraile antes de que acabasen los oficios religiosos de su funeral, concluyéndoles con el cadáver ya sepultado.

Fray Alonso de la Purificación

Siendo novicio en el convento de Alaejos, le tocó hacer muchas veces las labores de limosnero, recorriendo las casas de Alaejos de puerta en puerta, misión que aprovechaba para granjearse la confianza de niños y mayores, a los que persuadía para que le acompañaran a la iglesia del conventillo, donde les inculcaba los misterios de la fe, razón por la que fue conocido en Alaejos con el mote de “El Doctrinero”. Llegó a ser tan extremadamente observante que, tras varios episodios de absoluto silencio, ayuno y recogimiento espiritual, algunos frailes compañeros llegaron a considerar que se había vuelto loco. Murió en el convento zamoraño de la Aldea del Palo, en el año 1590, tras haber padecido dos años de fuertes dolores, que le provocaban muecas que le afeaban en gran manera el rostro, las cuales desaparecieron en el momento de su muerte, transformándose su fealdad en belleza en el tránsito hacia la Gloria.

Fray Antonio de Santa María

Este venerable fraile, siendo Ministro Provincial de la Provincia de San José, visitó el recién construido convento de Alaejos. Durante su visita se encontraba en la enfermería del convento un religioso, llamado fray Luis de la Magdalena, que suffería muy grandes dolores en una pierna, la cual, tras derramar sobre ella el famoso y milagroso vino de Alaejos, fue desahuciada por los médicos, que apelaron, como inevitable, al recurso de la amputación. Preparado el enfermo para partir hacia Medina del Campo, donde un cirujano esperaba para cortarle la pierna enferma, fray Antonio de Santa María le dijo: “Tenga fe, que voy a celebrar por su intención. Yo pondré su dolencia en manos del Señor, en quien espero le dará salud”. El enfermo recibió con tanta fe el sincero consuelo de su superior que, al instante, ya no le pareció necesaria la amputación de su pierna, aliviándosele los dolores ante la perspectiva del suave Convite del Altar, mejorando de tal modo que, a la noche siguiente, se le abrió espontáneamente la rodilla de la pierna enferma, arrojando materia por la llaga abierta durante veinte días, al cabo de los cuales se halló perfectamente sano, sin necesidad, siquiera, de ningún remedio de botica.

Fray Antonio de la Cruz

Fraile nacido en Alaejos y fallecido en el conventillo el 6 de marzo de 1627, a consecuencia de una recia y muy penosa enfermedad, contraída en un viaje a Francia para visitar a su hermano, que era confesor de la reina de aquel país. Por la apología que recoge sus virtudes como fraile, hemos conocido que su hermano, seguramente también nacido en Alaejos, fue confesor de doña María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, rey de España, y esposa de Luis XIV, rey de Francia.

Fray Antonio de San Luis

Fue un franciscano descalzo lego, nacido en Alaejos, que desarrolló su vida religiosa en el convento de San Pablo, en Coca. Resulta entrañable que Dios correspondiese a su singular devoción, llevándole consigo, desde el referido convento de Coca, mientras se entonaba el Gloria de la Misa del Gallo del año 1638, en la que actuaba como humilde monaguillo.

Fray Miguel de San Francisco

Su vida religiosa solamente duró trece años, ya que falleció en el convento de Alaejos, tras fuertes calenturas, el 24 de noviembre de 1678, a la edad de veintinueve años, dejando muy grata memoria entre los vecinos de la villa. Cuenta el cronista que, tras haber predicado contra la moda de los “escoatados escandalosos y provocativos”, dos lascivas mujeres pretendieron el logro de sus apetitos carnales, no consiguiendo ninguna de ellas sus deshonestos objetivos.

Algo similar sucedió con fray Juan de San Antonio, nacido en Alaejos, aunque adscrito al convento de San Froilán, de León. Cuenta su cronista que “le quiso acercar al fuego de la torpeza, la ciega pasión de una mujer” quien, durante un viaje apostólico que realizaba fray Juan, le hospedó en su casa, donde, mientras el religioso dormía, penetró en su habitación para ofrecerle el pecado de su lujuria. Fray Juan pretendió huir de la tentación, pero siendo aquella noche de las más frías del mes de enero, decidió convencer a la mujer de lo pecaminoso de su intento, consiguiéndolo y haciéndola salir de la habitación. Al nacer las primeras luces del día, prefirió pisar descalzo y en ayunas la nieve y las charcas del camino, que seguir expuesto a las tentaciones a las que le había sometido aquella mujer, pocas horas antes.

Fray Juan de la Concepción

Nació en la villa de Valderas, en el seno de una familia muy humilde, siendo acogido, de muy niño, por una familia de gitanos. Llamado por su vocación religiosa, estudió hasta convertirse en el Párroco de la Iglesia de Santa María, de su pueblo natal. Más tarde, a la edad de 36 años, adoptó el sayal de los franciscanos descalzos, llegando a ser confesor en el convento de San Francisco, de Alaejos, siendo conocido en nuestra villa, unas veces como “el cura de Valderas”, y otras, las más, por su apodo de “El Gitano”. Estando en el convento de Alaejos, en cierta ocasión fue abordado en el claustro por un joven, que le manifestó su deseo de confesarse. Introdujo fray Juan al joven en la sala capitular del convento, donde comenzó a escucharle tan abominables pecados que dijo no poder darle absolución, sino que debía de hacerlo el Tribunal de la Inquisición o el mismísimo Papa. Por este motivo se entabló una discusión entre el fraile y el joven, a cuyo estrépito acudió el padre guardián, entrando en la sala en el momento en que, quitándose el joven la máscara, resultó ser el mismo diablo, que huyó del lugar dejando un nauseabundo olor a azufre. Desde entonces, el fraile gitano animaba a los feligreses de Alaejos a la confesión diciendo: “Vengan, vengan a mí los pecadores por grandes que sean, que mayores les he oído yo, teniendo el diablo a mis pies”. Tenía 71 años cuando quedó baldado de medio cuerpo hacia abajo, falleciendo en el convento de San Pablo, de la villa de Coca, el 10 de julio de 1695.

Fray Diego de San Francisco

A su fallecimiento, ocurrido en la enfermería del convento de Alaejos el 24 de julio de 1718, el guardián encargó a dos frailes que le amortajasen. Para ello, sacaron el cadáver de la cama de la enfermería, le depositaron en el suelo y le despojaron de su hábito de enfermo, algo más ligero que el hábito común, procediendo también a mudarle los paños de honestidad, a fin de asearle. A juicio del cronista, estos frailes, al tratar de asear al difunto, cometieron la imprudencia de desnudarle por completo frente a los demás religiosos del convento. La torpeza de los amortajadores fue corregida por el propio cadáver que, como si fuese consciente de su impudicia, en un movimiento sobrenatural, colocó sus manos sobre sus partes pudendas, quitándolas de la vista de todos los que presenciaban su amortajamiento.

Fray José de la Concepción

Desempeñó el oficio de predicador en el convento de Alaejos y, ya entrado en años, su senectud se vio agravada por ataques de locura que hacían imposible administrarle el Viático. No obstante, a los siete días de su enfermedad, por unos instantes recuperó la lucidez, momentos en que recibió la Comunión, con tanto fervor como dulzura, falleciendo al poco tiempo, siendo enterrado, el día 15 de abril de 1701, en nuestro convento. Veintiun años más tarde, el 19 de agosto de 1722, se abrió su sepultura para enterrar a otro fraile, observando seis testigos que su cuerpo permanecía incorrupto, cubierto por el hábito franciscano completo.

Fray Diego de Santa Rosa

Tomó el hábito de los franciscanos descalzos en 1679, a la edad de diecinueve años, ocupando distintos puestos en varios conventos de la Provincia de San Pablo. Los dieciséis últimos años de su vida les pasó en el convento de Alaejos, padeciendo tales sufrimientos a causa del mal de la gota, que tenía desencajadas las articulaciones de brazos, manos y pies, de modo que sus extremidades, más que de persona, parecían las de un deforme animal. Cuenta el cronista, que fue también enfermero suyo en el convento de Alaejos que, ayudado con un gran alfiler, le escarbaba en las junturas de los huesos para aliviarle los dolores, extrayéndole de ellas algunas “piedrezuelas como garbanzos”, llegando a haberle sacado, de un bulto del codo, varias piedras “tan grandes, y aún mayores, que aceitunas sevillanas”. Vivió en absoluta pobreza, no teniendo en su celda más que un viejo breviario y unos anteojos, con los que se ayudaba en la lectura, muriendo en el convento de Alaejos el 18 de noviembre de 1731, con más de cincuenta años de profesión religiosa.

Fray Alonso de Jesús y María

En el conventillo de Alaejos, el 29 de diciembre de 1731, pocos días después del fallecimiento de fray Diego de Santa Rosa, murió este fraile lego, que había tomado hábitos también en Alaejos, a la edad de 25 años. Además de sus muchas virtudes, este fraile quiso seguir al pie de la letra la práctica del silencio, por lo que, a imitación de San Pedro de Alcántara, durante muchos años pasó gran parte de las horas del día con una piedra en la boca, que le impedía mover la lengua. Por su oficio, dormía menos que los demás frailes del convento, pues era el encargado de despertarles a todos a las 12 de la noche, a toque de matraca, para celebrar el oficio de maitines. Aún durmió menos durante las últimas semanas de su vida, pues interminables golpes de tos le impedían conciliar el sueño. Viendo su muerte cercana, cruzó ambas manos sobre el pecho, y pidió a su enfermero le colocase los pies como a Cristo crucificado y, sin variar esta postura, expiró al poco tiempo.

Como se habrá observado, algunos de estos frailes nacieron en nuestro pueblo, otros se incorporaron desde diferentes rincones de Castilla, pero absolutamente todos se acercaron a las humildes puertas del conventillo alaejano de San Francisco, buscando tras ellas un particular camino de encuentro con Dios, que construyeron a base de oración, pobreza absoluta, humildad, ayunos y otras muchas mortificaciones, poco entendibles en los tiempos que vivimos, pero que han dejado suficientes huellas que hoy forman parte de nuestras tradiciones religiosas.

Cómo citar

Javier Alonso Guinot: «Los franciscanos descalzos en Alaejos. Historias del Conventillo (continuación)». Programa de Fiestas Patronales de Alaejos, 2022.

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