Antonio Lucas Varela
Realidades que fueron y no son pero que permanecen en la memoria escondida de muchas personas. ¡Ojalá! resurjan al leer estas líneas y se lo cuenten a los nietos.
Las escuelas graduadas
La Ley de Instrucción Pública más conocida como Ley Moyano (en vigor desde 1857 a 1970) fue la primera legislación española que estableció la enseñanza elemental como obligatoria y gratuita desde los 6 a los 9 años y la primera que obligó a la creación de escuelas para niñas.
El horario escolar era partido, mañana y tarde y las materias a estudiar todas en un mismo libro e igual para todos pero con materias diferenciadas para chicos y chicas.
Los que éramos niños al mediodía del pasado siglo, aún en los años del hambre y de la cartilla de racionamiento (impuesta por Largo Caballero en 1937 sólo para la zona roja y que Franco generalizó en 1939 para toda España, la disfrutaron (sic) millones de españoles hasta su desaparición en 1952), íbamos a la escuela con el cabás, la enciclopedia Álvarez, el plumier con el lapicero, la pluma de pico parro y la goma de borrar Milán, un rescaño de pan y un vaso plegable de plexiglás, todo un invento.
La jornada empezaba con el alineamiento y formación en filas y el canto del Cara al sol ante las banderas de España, la falange y la blanca con la cruz de San Andrés de los requetés. Los vivas a Franco, a José Antonio y a una España grande y libre remataban el ritual de entrada.
La clase empezaba con los alumnos en pie, haciendo la señal de la cruz y el rezo de un Avemaría. El estudio del catecismo, historia sagrada, lengua española, principios de aritmética, principios de geometría, geografía, historia de España, ciencias naturales y formación de espíritu nacional y para las chicas, además, labores del hogar, dibujo, higiene doméstica y urbanidad (con una fuerte carga discriminatoria para las chicas separando su modelo del de los chicos), ocupaban todo el horario escolar matutino y vespertino.
Para pasar a la Segunda enseñanza los alumnos debían tener cumplidos los 9 años, haber cursado la primera enseñanza y realizar el examen de ingreso en la misma. Los menos. Los más a trabajar en el campo de sol a sol, aprendices en la Fundición o algún taller y las niñas rollas o empleadas del hogar.
A media mañana el recreo y el reparto de una porción del insípido queso anaranjado que devorábamos entre el rescaño de pan y el dedo gordo y el vaso de leche en polvo. Para muchos era el sustento principal del día. (EE.UU. tras los Pactos de Madrid de 1953 entregó a España trescientas mil toneladas de leche en polvo que se convirtieron en tres mil millones de litros de leche).
La cortesía, las normas de urbanidad y de buena educación
No sé muy bien en qué momento perdimos las buenas maneras y las normas más básicas de educación ni en qué hoguera quemamos los manuales de urbanidad que estudiábamos de niños ni quien ha impuesto el lenguaje chabacano, inculto y grosero que predomina actualmente entre niños, jóvenes y no tan jóvenes y por qué.
La cortesía, palabra de origen medieval para distinguir a la nobleza cortesana de las capas sociales inferiores, favorece las relaciones entre los miembros de una sociedad y en esencia son un conjunto de normas que regulan las relaciones sociales y delimitan los comportamientos adecuados y, en su caso, los inadecuados o inoportunos.
La categoría de cortesía verbal incluye los saludos, las despedidas, los agradecimientos, los ofrecimientos e invitaciones. Es de suma importancia no caer en lo ridículo, en lo cursi o lo desmedidamente lisonjero o servicial en su utilización.
En los años en lo que suelo centrar mis escritos, siempre mediados del siglo pasado, eran comunes las siguientes fórmulas de cortesía verbal en las que no falta la palabra Dios para darlas más enjundia.
Saludos: Buenos días tenga usted; buenos días, me alegro mucho de verle; buenos días nos dé Dios; muy buenas tardes; buenas noches (siempre en plural, sin egoísmos ni el racaneo actual).
Despedidas: Vaya usted con Dios; quede usted con Dios; con Dios fulanito; ande con Dios; hasta mañana si Dios quiere; a la paz de Dios; que Dios le guarde; que Dios le dé salud; hasta la vista.
Ofrecimientos: Aquí tiene cama, luz y lumbre; ésta es su casa; servidor de usted; si usted gusta; fulanito para servirle; fulanito a su disposición; fulanito para servir a Dios y a usted; aquí me tiene para lo que usted mande.
Respuestas al ofrecimiento: Que le sirva de salud; buen provecho; muchas gracias —las que usted tiene—; muchas gracias —de nada—; muchas gracias —no se merecen—; mil gracias; quedo agradecido.
Buenos deseos: Enhorabuena; que sea para bien y muchos años; Dios guarde a usted muchos años; que Dios le dé salud; mis parabienes; que sean corderas.
Peticiones: Para pedir permiso para entrar en una casa cuya puerta te encontrabas abierta solicitabas entrar diciendo en voz alta —Ave María purísima— y si desde dentro te respondían —Sin pecado concebida— pasabas y cumplías tu recado; tiene usted la bondad de; hace usted el favor; le ruego que; ¿se puede?
En las fórmulas actuales de saludo y despedida se ha impuesto el tuteo, el tratamiento de Ud. se reserva como mucho para las personas mayores y no se nombra a Dios ni harto sopas, se ha sustituido por tíos y tías.
Las normas de urbanidad y los buenos modales estaban ligados a un ideal de ser humano tradicional. Eran una mezcla de elementos, principios y pautas sociales, morales e higiénicas directamente relacionadas con el comportamiento en la escuela, la iglesia, la calle, la casa, los juegos, la familia y la mesa redactadas para el aprendizaje de niños y niñas.
En la escuela: Es de buena educación hablarle de Ud. al maestro, ser puntual, ser obediente, saludar al maestro si se llega tarde, aceptar con humildad las reprimendas, levantarse como señal de respeto cuando entra en la clase una autoridad, otro profesor, un padre o el inspector, levantar la mano pidiendo permiso para hablar. Es de mala educación mentir para salvarse de un posible castigo, ser acusica y peor si se hace falsamente.
En la calle: Es de buena educación ayudar a los ancianos y desvalidos, ceder los bancos para sentarse a las personas mayores, ceder el paso por la acera y si te encuentras jugando con los amigos y veis pasar al cura acercaos a besarle la mano que humildemente os ofrecerá aunque posiblemente se la llenéis de mocos. Es de mala educación pelearse, gritar en exceso y tirar piedras a los perros.
En la mesa: Es de buena educación poner las manos sobre la mesa, no esconderlas, si se te cae un trozo de pan recogerlo y besarlo, comer con la boca cerrada. Es de mala educación apoyar los codos, cantar, hablar con la boca llena, jugar con la comida, protestar por la comida, tirar bolitas de pan. Recuerden el refrán: "En la mesa y en el juego se conoce al caballero".
Las cencerradas
El diccionario de la Real Academia define la cencerrada como "Ruido desapacible que se hace con cencerros, latas, sartenes y otras cosas para burlarse de los viudos la primera noche de sus nuevas bodas".
Los casamientos de viudas y viejos desde antiguo fueron motivo de chanza, burlas, pullas, cantares deshonestos, canciones picarescas (Dos viejos muy setentones/se casaron anteayer/ y luego dirán que el juicio/ se adquiere con la vejez) y cencerradas. En general o celebraban la unión o expresaban el desacuerdo con la pareja especialmente si había una gran diferencia de edad. Para evitar estas censuras públicas las segundas nupcias se celebraban a horas intempestivas con la sola presencia de los muy allegados y a veces sólo con los dos testigos.
La cencerrada la realizaban fundamentalmente los jóvenes ante la casa del novio ya desde la noche anterior a la ceremonia, pero sobre todo en la primera noche de casados, noche de cencerrada, y a veces se prolongaba durante días con la única finalidad de jorobar. Finalizaba cuando el recién casado salía e invitaba a vino y dulces a los alborotadores. En ocasiones acababa mal y tenían que intervenir las autoridades.
Durante siglos las cencerradas pervivieron por la tolerancia y pasividad de las autoridades civiles y eclesiásticas y en ocasiones por contar con el beneplácito de los novios. Fueron prohibidas en 1765 en tiempos de Carlos III y más tarde en el XIX por el código penal de 1870 y castigadas con penas de presidio (desde un mes hasta cuatro años), destierro, azotes y multas (hasta de cien ducados), castigos que variaban dependiendo de la clase social del penado.
Desde antiguo el segundo casamiento se consideraba de necios y lo que era más grave una traición al esposo o esposa fallecidos; la propia iglesia lo reprobaba. San Pablo que no era partidario del matrimonio pues lo consideraba una forma encubierta de prostitución, aborrecía lógicamente las segundas nupcias.
Estas opiniones peyorativas de las uniones viudo-viuda, viudo-soltera, soltero-viuda, mozo-vieja, moza-viejo, viejo-vieja potenciaron las cencerradas y dejaban malparadas sobre todo a las viudas creándoles una fama que las obligaba a permanecer en su estado para siempre. La paremiología recoge abundantemente esta percepción, valgan estos ejemplos: "La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica"; "Viuda casamentera que la coja el que quiera"; "Casar moza con viejo no es buen consejo"; "Casar mozo con vieja ni es consejo ni conseja".
El ritual del cortejo y el pago de la cuartilla
La antropología entiende el cortejo como el periodo de tiempo en el que dos personas de distinto sexo comienzan una relación foral (noviazgo) para conocerse antes de formalizar socialmente el vínculo matrimonial.
El idilio, periodo de enamoramiento y aprendizaje mutuo, comenzaba con visitas a la casa familiar de la chica para continuar con los paseos y los bailes dominicales. Los noviazgos solían ser largos, a veces varios años, y terminaban oficialmente con las visitas de cortesía entre los futuros consuegros, que solían tratar de dotes y asuntos económicos, la pedida de mano y el casamiento.
Pagar la cuartilla es una tradición hoy perdida, entre otras cosas, porque ya no hay mozas casaderas en el pueblo ni mozos pretendientes en los alrededores. Cuando un mozo forastero pretendía o cortejaba a una joven del pueblo estaba obligado por la tradición a obsequiar a los mozos de la localidad con una cuartilla de vino que con el tiempo fue sustituida por una merendola, algo más contundente. La requerían los mozos que pertenecían a la panda de la moza que solían ser los de su misma edad. El momento del pago no estaba bien definido pero solía ser cuando de forma reiterada el mozo acudía al pueblo y visitaba a la moza o paseaba ya con ella. Si no cumplía con la tradición se le tiraba al pilón del abrevadero de los animales o se le hacía la vida imposible ocasionando a veces el final de la relación. Todo un drama.
La letrina del Carneruelo
"Prohibido hacer aguas mayores y menores bajo multa de 5 pesetas"
Carteles como éste señalaban los lugares, un tanto escondidos (el último y más conocido se encontraba en la pared del rincón de los soportales de la plaza, hoy bar el Callejón) donde las gentes durante siglos hacían sus necesidades fisiológicas más perentorias. Recuerden que el alcantarillado público y la acometida de agua en las casas comienza con la perforación del pozo de suministro de agua en el pago conocido como los Cantos del cartero, Reguera arriba en dirección al Caño, y la construcción del depósito de agua para su posterior distribución en 1965.
En estas circunstancias cuando la necesidad apremiaba se acostumbraba a orinar, aguas menores, en plena calle, en algún rincón, contra una pared y las aguas mayores en el carneruelo de San Pedro, letrina municipal por excelencia; en mi retina de infante callejón intransitable si no querías terminar misgado hasta los calcañales.
La historia local nos cuenta que un parroquiano muy conocido siente la necesidad y tira de bragueta en plena calle con la mala fortuna que le ve el que a la sazón era alcalde del pueblo que ni corto ni perezoso le pone una multa de 3 pesetas y cincuenta céntimos. Nuestro buen hombre acepta de mal grado la sanción pero le critica con acierto con este chascarrillo: Tres cincuenta por mear/ qué barbaridad de condena/ qué me pondrá por cagar/ don Primitivo Baena.
La costa de la cebada
Alaejos no tiene mar, ni playas arenosas ni paseo marítimo pero aprendimos a nadar y paseábamos orgullosos por la costa de la cebada (sic). Por cualquier bocacalle de salida de la población encontrabas el mar verde, cerondo o amarillo de sus campos cerealistas y en un kilómetro a la redonda más de una veintena de balsas para el riego de huertas y alcaceres. Grandes o pequeñas, con más o menos agua pero siempre muy fresquita, acogían a la chiquillería en los días insufribles de la canícula. Las más concurridas las de Aquilino Bermejo, Simeón Lucas, Samuel Lucas, Vitorino Santana, Félix Santana, Ubaldo Caballero, Gregorio del Valle, Arturo Galván y Ángel Berrocal. En ellas aprendimos todos a nadar, chicos y chicas. Ya saben, te tiraban y aprendías o te ahogabas.
El Provinciano
En los 60 y 70 del pasado siglo el ir de veraneo no estaba al alcance de casi nadie, sólo los miembros de familias muy pudientes que, además no tuvieran que hacer el verano, podían permitirse el lujo de ir a pasar los peores calores estivales a las costas santanderinas. Los mortales de a pie, los desposeídos de la fortuna habrían de conformarse con las balsas de los alcaceres y a partir del 18 de julio, si el tiempo y los quehaceres lo permitían, coger el Provinciano para acudir a las playas de Castronuño, las que forma el Duero al otro lado de la presa de san José. Este cansado autobús salía de la plaza de Alaejos los días festivos y acababa el recorrido al lado de la presa.
El viaje tenía dos atractivos, por una parte el pasar un día al aire libre y refrescándote en el río con los amigos y por otra el campamento de mademuaselles francesas que pasaban sus vacaciones en las alamedas del río. La atracción que ejercían las damiselas exóticas superaba con mucho a la tropilla nacional. Alaejanos, castronuñeros, villaduereños y sanromaniegos acudíamos, como moscas a la miel, a la llamada hormonal de aquellas doncellas con fama de ligeras de cascos que carecían de la mojigatería de las recatadas castellanas.
La temporada alta comenzaba el 18 de julio, el cenit se alcanzaba el día de Santiago apóstol, 25 de julio, festivo nacional en aquellos años y acababa el 15 de agosto, nuestra Señora. Se despedía el Provinciano, se acababa la playa y aparecía la Mariseca.
Libro de familia
Imprescindible para viajar y poder dormir en hoteles. El social catolicismo franquista imponía una moral muy estricta y un control de las buenas costumbres tan riguroso que la pareja de jóvenes, posiblemente en viaje de luna de miel, que acudía a un establecimiento hotelero en busca de habitación para pernoctar levantaba las sospechas del recepcionista que entre sonrisas maliciosas les requería el libro de familia para demostrar que estaban casados y sólo así poder alquilar la habitación.
El alma se serena
En los primeros años de su historia la emisión diaria de TVE duraba 4 horas. El Telediario con David Cubero y Jesús Álvarez, el tiempo con Mariano Medina (en realidad aparecía en pantalla sólo su brazo derecho señalando el mapa), las retransmisiones deportivas con Juan Martín Navas y los Tele-Rodríguez ocupaban toda la programación. Al ser en directo eran habituales los cortes y las interrupciones que se anunciaban con el irritable cartel: 'Disculpen las molestias y permanezcan atentos a la pantalla'. TVE cerraba la emisión sobre la media noche con el programa el Alma se serena en el que Rosa María Mateo en TVE (el padre Venancio Marcos hacía lo propio en radio Madrid con el programa Charlas de orientación religiosa) despedían la emisión con unas reflexiones de tipo moral o religioso y la lectura de algún pasaje de la biblia al tiempo que sonaba música clásica. El cierre lo hacía la imagen de Franco con las banderas de España, la falange y la cruz de san Andrés de los requetés y los acordes del himno nacional. La señal quedaba paralizada con la famosa carta de ajuste cuya finalidad, desconocida para la mayoría, era regular la geometría de la imagen, la luminiscencia, el tono y el brillo de la pantalla. Todo en blanco y negro, claro está. ¡Qué tiempos! No volverán.