Por JOSÉ OJEDA NIETO
En los albores del siglo XXI, Alaejos ofrece un triste panorama poblacional. Con algo más de 1.500 habitantes, el pueblo se encuentra en estos momentos a la misma altura que se hallaba quinientos años atrás. Pareciera que, en cuestión de personas, la historia se hubiera detenido. Bien sabemos que no. Quinientos años no pasan en balde, y si hoy el pueblo acoge el mismo número de habitantes que en el año 1500, en modo alguno el vivir de nuestros antepasados tiene algún parecido con el actual. Pero aunque la calidad de vida halla mejorado (¡cómo no tras 500 largos años!), no deja de llamar la atención, cuando no asombro y un poco de melancolía, contemplar las cifras: al finalizar el siglo XVI habitaban la villa algo más de 4.000 personas; número aproximado, según cálculo extraído de los vecinos. (Recuérdese que hasta el siglo XVIII no aparecen datos de habitantes.) Al iniciarse el siglo XX había 3.561 habitantes (ahora sí es dato preciso). Entre ambas centurias, entre finales del siglo XVI y principios del XX, transcurrieron un siglo de desastre y congojas y otros doscientos años más (siglos XVIII y XIX) de iniciativas. Años en los que se luchará por sacar al pueblo del descalabro y que no sin grandes esfuerzos, pero sin alcanzar ya nunca la cifra máxima de los 4.000 habitantes, se recobrará en los inicios del siglo XX. El gráfico primero dibuja perfectamente las etapas de prosperidad y decadencia demográficas.
Para tener una idea de lo que fuera y es Alaejos, nada mejor que compararlo con el total nacional. A finales del siglo XVII, España, grosso modo, contaba con algo menos de 8 millones de habitantes. O sea, se precisarían 2.000 Alaejos de aquel entonces para hacer España; hoy, requeriríamos 28.000. Dicho de otra manera: si la villa hubiese crecido al mismo ritmo que lo hizo España, hoy debería tener 21.000 habitantes. Ésta es la mejor prueba de lo que fue y lo que es Alaejos. Claro que en la misma situación se halla toda Castilla y León, especialmente las poblaciones rurales y más concretamente los lugares pequeños. Pero pensar así es —perdónese la impertinencia— consuelo de tontos. No creo que nadie se sienta satisfecho por el simple hecho de demostrar que, al fin y al cabo, no es Alaejos el único que sufre el mal de Castilla.
El pueblo ya pasó por una grave crisis en el siglo XVII, de la que le costó salir doscientos años. En los momentos actuales (obsérvese el primer gráfico) se vive una situación semejante: ¿costará también doscientos años superarla? La Historia necesita alejarse de los hechos para poderlos percibir en su totalidad. Dejemos pues que dentro de doscientos años la revista de las fiestas del pueblo explique los acontecimientos; si es que dentro de doscientos años Alaejos aún existe, que las crisis siempre se llevan algún pueblo por delante. Recuérdese, próximos al pueblo, lugares hoy desaparecidos: Trabancos, Pozuelo, La Garda... Valdefuentes. Y en cuanto a los más próximos en el tiempo para qué citarlos, basta con darse un paseo por el Norte de Castilla, y aun por Valladolid.
Para tomar conciencia de lo que decimos, aunque a las personas mayores nos basta con recurrir a la memoria, obsérvese la pérdida y el ritmo de decrecimiento del siglo XX: ¡se ha perdido más de la mitad de la población! Al comenzar el siglo residían 3.561 habitantes, al terminarlo, en 2000, había descendido a 1.640. En 2003, el padrón contabiliza 1.551 habitantes. La pérdida es grave, muy grave. Y lo es más aún porque no ha ocurrido en 100 años, sino en 50. Como muestra bien el gráfico segundo, el siglo XX tiene dos etapas: 50 años de estabilidad (con 3.500 a 3.600 habitantes) y 50 años de pérdidas (la emigración, por todos conocida, sería la causante). La cota más baja ha estado en 2002 con 1.539 habitantes.
Parece ser que en el último año y medio ha habido un ligerísimo repunte, mas ¿cabe creer que se mantendrá, sabiendo cómo está la estructura de la población actual? Una población dominantemente madura (y de la tercera edad) no ofrece perspectivas alentadoras para recuperar lo perdido. Mucho habrán de cambiar las cosas si se quiere invertir el camino. Porque es evidente que el destino del pueblo está ligado a su situación y a sus medios de vida. Hoy por hoy, y mientras no se produzca un descubrimiento excepcional, la agricultura tenderá a concentrar las propiedades y se tecnificará aún más, dando como resultado un sobrante de población. Frente a estos factores negativos, el pueblo puede resaltar los positivos si quiere atraer a posibles vecinos: cuenta con la proximidad de la autovía, que facilita la comunicación, y se halla rodeado de localidades más pequeñas peor dotadas. Podría incrementar la población atrayendo a habitantes próximos (el regreso de los emigrantes es solo temporal), además de endulzar los avecindamientos creando perspectivas y aumentando los servicios que la gente demanda...
Al historiador le corresponde describir la situación; al político, proponer y ofrecer iniciativas; a todo, trabajar para salir de la atonía. Habrá que buscar soluciones, y urge encontrarlas, no tanto para crecer como para evitar que se siga por la senda de la decadencia.
[Nota: El artículo original incluye dos gráficos y una tabla con datos de población por años (1500–2003) que no se reproducen aquí por tratarse de imágenes escaneadas.]