José Ojeda Nieto
En la Baja Edad Media, hace pues más de medio milenio, el monte de Alaejos se extendía entre los límites de Castronuño y Castrejón, bordeando las rayas fronterizas de estos dos pueblos y los de Vadillo y Torrecilla de la Orden. Así pues, una guirnalda de árboles —encinas, especialmente— protegía el terrazgo por los lados sudoccidental y partes del meridional y septentrional. Con las nuevas técnicas al uso —SigPac— (como otrora lo hiciera con técnicas cartográficas) se calcula una superficie para el monte de aquellas centurias próxima a las 3.000 hectáreas, quizá superándola: distribuido, por supuesto, en monte alto, denso, cerrado (la parte más interna y protegida) y monte bajo, adehesado (los bordes, donde los aldeanos acudían a buscar leña, pasto y, poco a poco, tierras para roturar).
Los estudios llevados a cabo en los pueblos comarcanos confirman la existencia de montes localizados en las zonas más alejadas de las poblaciones. Resulta así que la abundancia de árboles no sólo era evidente, sino que éstos se hallaban en las zonas de confluencia, en los deslindes, en las rayas de los términos. Es decir, el monte de Alaejos se extendía por el límite fronterizo con los pueblos citados, uniéndose al monte de estas localidades, lo que dificultaba el conocimiento exacto de la línea de demarcación (de aquí los continuos pleitos y los continuos deslindes), e incrementaba los conflictos entre pueblos y vecinos. Ir de un pueblo a otro suponía atravesar los montes de uno y otro, y ya se sabe que el bosque es propicio para el encuentro inesperado. Que se lo digan si no a Juan de Topas, quien: "venyendo d seguir el dlho pl[e]ito... le tomaro[n] en el mont de Alaejos e le diero[n] tantos de palos fasta q dis q le qbraro[n] e le dexaro[n] por muerto" (a. 1494).
Pero el monte no sólo es refugio de facinerosos y alimañas, proporciona leña y madera, pasto para el ganado y, si se va aclarando y de monte denso se pasa a monte hueco (adehesado), pronto se transforma en tierras de labor. Y en esto los alaejanos, como en otras partes, no hicieron sino seguir la corriente del momento: desbrazar, talar y ampliar el terrazgo a costa del monte. Furtivamente las más de las veces, consentidas otras, al cabo del tiempo el monte se fue reduciendo: a principios del siglo XVI ya quedan —siempre aproximadamente— 1.000 hectáreas, pues las otras 2.000 se han reconvertido en tierras de labor, siguiendo el proceso explicado. Tierras que fueron de aprovechamiento comunal y que en 1585 pasaron, tras un proceso similar a la desamortización decimonónica, a propiedad privada.
El tiempo no pasaba en vano. El ataque al árbol no cesaba y la mengua del bosque continuaba. A finales del siglo XVI quedaban algo más 750 hectáreas de bosque denso, cerca de 1.000 si tenemos en cuenta el adehesado. El siglo XVII, siglo de escasa presión demográfica, dio un respiro, hasta el punto de que la superficie dedicada a las encinas se mantendría en cantidades similares, continuando así hasta las primeras décadas del siglo XVIII, cuando se contabilizaron 1.454 obradas (unas 725 ha). Mas enseguida, en 1752, se redujo a 1.417 obradas (715 ha, aproximadamente), sin duda consecuencia del despegue demográfico que tuvo lugar en la citada centuria. Pero no acabaría aquí el ataque arboricida, pues entre las roturas llevadas a cabo desde mediados del siglo XVIII y las de principios del XIX, el monte de encinas, que era ya una reliquia, desapareció del todo. Gómez de la Torre, historiador de la época, apunta que en 1800 ya no quedaba ninguna encina. Y lo curioso es que lo da por bueno, como síntoma del desarrollo labriego.
¿Qué queda hoy de las encinas, del monte, de aquel monte símbolo en parte de la grandeza de la villa de Alaejos? Porque era símbolo de su riqueza y poderío, por eso los comuneros cuando llegan al pueblo, deseosos de vengarse de la quema de Medina del Campo, piensan en talarlo. Herirán así en lo más profundo a los alaejanos, y puestos a ello talarán, ¡nada menos!, que 11.088 encinas, y el monte entero de Valdefuentes. Pequeña herida al cabo para tan gran superficie, pero no desdeñable. El problema no está empero en el desmán de los comuneros, sino en el poco cuidado y desinterés de los vecinos por el monte, para ellos sólo terreno de posible expansión agrícola.
Monte refugio de rebaños, abastecedor de madera para la construcción y para los aperos, fuente de energía para el común de los aldeanos pues de él extraen la leña tan necesaria para la cocina y la calefacción (entre 30 y 10 carretadas por vecino y leña se precisan según testimonios de los alaejanos de 1522). Si tantos beneficios reportaba, ¿por qué se dio al traste con él? ¿Nadie defendía al bosque, nadie mostraba su preocupación por la constante deforestación a la que estaba sometido? ¿Acaso los legisladores no se dieron cuenta de la mucha desordem —que había— en el deszepar y talar e cortar de los montes y pinares e otros Árboles? (Son palabras de Carlos V, allá por 1518). Como demuestran las palabras del emperador no se ignoraba el problema. No obstante, la preocupación fue aún mayor en el hijo —Felipe II— quien propondrá medidas proteccionistas para salvaguardar el patrimonio heredado y transmitirlo a los descendientes. Pero oigámosle: en lo que toca a la conservación de los montes y aumento de ellos... temo que los que vinieren después de nosotros han de tener mucha queja de que les dejemos los bosques y sus riquezas consumidas; y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días (1572). Es curioso que casi un siglo después (1656) un funcionario —Toribio Pérez Bustamente— insistiría en la misma idea, lo que viene a indicar lo poco que se había hecho: «E importa mucho la conservación de los montes ya que no hay lugar bueno sin ellos y también porque debemos conservarlos a los venideros, como los pasados los conservaron a los presentes».
Leyes protectoras existían. Bien que bajo una visión utilitarista y no ecológica, pero al menos despuntaba ya una cierta inquietud: «pues la tierra está muy despoblada de madera porque Anda gran desorden en cortar —razón por lo cual— se a servido de mandar que se ponga horden y que se planten de nuevo cada uno en su jurisdición los que buenamente paresciere» (1552). La legislación iba, sin embargo, por un lado; los hechos, por otro. Desbroces, talas e incendios superaban a las medidas políticas, dejadas, como acaba de señalarse, a la voluntad de los pueblos. Éstos no cumplían con lo legislado, continuando con los cortes de árboles sin previsión futura. Especialistas agrónomos del momento indagaron en las causas: ¿qué pasaba entre los españoles, se preguntaba Alonso de Herrera, allá por 1584, que «si en comiença[n] a cortar un enzinal para leña no saben entrecriar unos árboles nuevos entre tanto que gastan lo viejo... No sé si lo haze alguna mala constelacio[n] que tenemos los españoles o poco cuidado de lo venidero».
Sólo cuando se echó en falta la madera (sobre todo en las atarazanas) la legislación se endureció y se hizo más expeditiva. Desde el último tercio del siglo XVI las recomendaciones pasan a ser órdenes: no se podrá cortar árbol alguno sin permiso de las autoridades, la poda será, obligatoriamente, dejando —borca y pendón— (o sea una horquilla y una vara), prohibición de quemar rastrojeras... Y hasta Alaejos introduce en sus Ordenanzas de 1580 la prohibición de pastar durante 6 años la zona del monte donde hubiera tenido lugar un desastre (no importa si provocado o natural).
Sin embargo, será en el siglo XVII, y sobre todo en el Siglo de la Ilustración, cuando se adopten medidas de reactivación, ya no sólo proteccionistas. Es decir, ya no es tanto el prohibir lo negativo cuanto incentivar lo positivo: la reforestación. Es a partir de ahora, del Siglo de las Luces, del siglo XVIII, cuando las leyes acojan las ideas que un siglo antes habían propuesto los arbitristas y los hombres preocupados por la situación de los árboles en España. De estas medidas, que señalamos a continuación, saldrán fortalecidos y multiplicados, no nacidos, los pinares, sustituyendo, pero no igualando, al monte de encinas, aquel que en un tiempo, hace medio milenio, señoreaba y definía el paisaje de Alaejos.
En cuanto a las medidas —de 1656— para reforestar se señalaron:
1º Que todos los lugares tengan viveros con «paredes en la parte Norte para que estén más calientes y abrigados».
2º En el plantar habrá de tenerse extremo cuidado pues «tan malo es dexar de plantar como plantar mal».
3º Las plantaciones habrán de hacerse «desde mediado diciembre hasta mediado febrero, y en Luna creciente, con buenas hoyas, y espinar las plantas con espino y no con zarzas».
4º Una vez plantados «No se ha de limpiar ni rozar la tierra donde se plantaren, porque quanto más madera más defendido estará de los vientos, y de los ganados». Se reconoce que esto puede propalar los incendios, pero a su parecer causan más daño «los ganados, porque estos acuden cada día y los incendios raras veces».
5º Siempre que se corte un árbol será con permiso de las autoridades y además «con obligación de poner en lugar del árbol que se cortare, según fuere, dos o tres o más».
6º Cada vecino habrá de plantar «dos caxigas (=quejigos) cada año».
Hacia mediados del siglo XVIII se constata que las medidas no se están cumpliendo, pues son muchos los pueblos que descuidan las instrucciones «y si algunos plantan, se pierden a corto tiempo por no ponerles los espinos y estacas que previenen, para que de esta suerte se mantengan basta estar fuera de peligro». Siguen, por otra parte, los fuegos, ocasionados por las quemas de rastrojos por lo que se ordenó —estamos en 1776— «que ningún vecino ni persona particular de los Pueblos sea osado a quemar rastrojo Alguno, ni poner fuego en qualquier heredad, sitio proprio ó ageno... bajo la pena de ocho ducados». Se obligó también a podar y limpiar los pinares... Por último, precisando las instrucciones del siglo anterior, se ampliaron las instrucciones con otras tres normas más:
7º Que los ayuntamientos planten 3 árboles por cada vecino anualmente, con la obligación de vigilar su crecimiento hasta que estén «presos de tres ojas». Es decir, con vigilancia y mantenimiento durante tres años.
8º «Que los terrenos y montes incendiados queden incultos... prohibiéndose en ellos el Pasto de Ganados por seis años». (Recordemos que ya Alaejos contaba con esta disposición desde 1580 en sus Ordenanzas). En 1778 se amplió a siete años.
9º A los dueños de bosques y pinares se les prohibió «sembrar los terrenos quemados, ni pastar los talados p[ar]a quitar a los dañadores la esperanza de sacar utilidad de sus delitos».
De poco sirvieron las normas pues al cabo, al iniciarse el siglo XIX, el monte de encinas, como señaló Gómez de la Torre, desapareció del todo, sin dejar vestigio alguno. En una época donde la leña y la madera eran cruciales para la vida cotidiana su escasez se haría notar entonces con toda la crudeza (sobre todo la crudeza del invierno). Razón por la que se reactivarían las plantaciones —pero ahora— de pinos (árbol de crecimiento más rápido que la encina). Los inicios, sin embargo, parece que fueron lentos si hemos de creer la noticia que aporta Madoz en su Diccionario Histórico-Geográfico: anota que en 1845 la villa cuenta con ¡tan sólo! 1.300 pinos. O sea, unas 2 hectáreas aproximadamente. Es cantidad muy reducida para darla por cierta, quizá quiso decir obradas o fanegas. En este supuesto —obradas o fanegas y no pinos—, Alaejos tendría unas 650 hectáreas de pinares. Cifra más plausible, que explicaría cómo mientras se fueron cortando las encinas se iban plantando pinos. Es hipótesis lógica, pues no cabe pensar que durante un tiempo el término de Alaejos estuviera sólo y exclusivamente con 2 hectáreas de arbolado: verdadero desierto arborícola, de ser cierto.
Desconozco con precisión la superficie forestal actual. En todo caso, no superará las 300 hectáreas, probablemente menos si se es un poco exigente a la hora de tener en cuenta el porte del árbol. Porque ni todo monte es forestal, ni toda la flora es árbol. En cualquier caso, y aún dando por buena la cifra expuesta, Alaejos no puede presumir de riqueza silvícola, bien al contrario hoy la nota dominante es la escasez, la penuria... Escasez y penuria que se aprecia mucho más si se recuerdan los tiempos históricos cuando los árboles cubrían una superficie diez veces mayor. Hoy de aquel monte de encinas sólo nos quedan reminiscencias filológicas, el nombre de algunos pagos del término: el Encinar, el Carrascal...