Por José Ojeda Nieto
La Historia descubre hechos que alientan inquietudes investigadoras, cuando no causan asombro. Uno de estos hechos, que en cierta medida llaman la atención de las jóvenes generaciones, no tanto de quienes tenemos cierta edad, tanta como para haber conocido los orfanatos, es el abandono de niños recién nacidos a las puertas de aquellos edificios –iglesias, ermitas, conventos... casas de expósitos–, dependientes de instituciones que, con posterioridad, se harán cargo de su crianza. Era –y lugares hay donde es– corriente durante toda la Edad Moderna, y aún medieval, con prolongación en las últimas centurias al siglo actual, el dejar expuesto al niño para que los organismos entre cuyos fines estaban las obras de caridad se encargaran de cuidarle o de buscarle quien lo hiciera. Quienes sufrieron y pasaron por este trance serán conocidos como expósitos.
¿Niños no queridos? ¿Niños no deseados? Por los estudios llevados a cabo las razones cubrían un amplio abanico: se exponía a niños no deseados, hijos del desliz o del engaño, que había que ocultar para no sufrir la vergüenza pública. La honra y el honor andaban, en este caso, por medio, y el recién nacido no hacía sino exponerla a los cuatro vientos. Mejor, pues, abandonarle, y si era posible en población diferente a la de la residencia habitual, mejor. Y si ese lugar contaba con casa de expósitos, mejor aún. También estaba, claro es, y más en las épocas medievales y modernistas (pero no sólo), el abandono obligado, impuesto por la cruda realidad de no contar con los medios para la manutención. Hecho éste que se demuestra confrontando la abundancia de expósitos en tiempos de hambrunas y crisis económicas. Junto a estos estaban los huérfanos, niños y niñas que por quedarse sin padres (bastaba, en ocasiones, con que faltase uno de los progenitores) se hacía difícil e incluso imposible su cuidado. Más difícil es descubrir el abandonado por 'no querido'. Es decir, cuando el nacimiento acarreaba un problema, porque el niño simplemente no era esperado, y por tanto ni querido ni deseado. La casa de expósitos, si el aborto no había sido factible, se ofrecía como solución en todos estos casos; porque otras opciones, por crueles que nos parezcan, eran el abandono en el campo... y el infanticidio.
Las grandes poblaciones contaban pues con casas de expósitos, donde se recogían, cuidaban y mantenían a los niños allí llevados, fueran de donde fueran. Es decir, acogían tanto a los del lugar como a los traídos de las localidades próximas. El gobierno de estas instituciones ha sido estudiado al detalle (allí donde las fuentes lo han permitido). Sabemos así de dónde extraían los medios necesarios para subsistir, cuáles eran sus problemas administrativo-económicos; conocemos cómo se las apañaban para alimentar a los recién nacidos: la búsqueda de nodrizas, el salario que les abonaban... Igualmente, estamos también informados de sus gestiones para incentivar las adopciones o "colocar" a los niños en familias. Y sobre todo, porque esto ha llamado la atención de los estudiosos, conocemos el grado de supervivencia de los expósitos: la alta mortalidad no ha podido por menos que provocar miradas y estudios de quienes se acercan al tema.
Frente al conocimiento exhaustivo del vivir del expósito en estas casas de beneficencia se abre el vacío sobre los expósitos de los lugares pequeños. De esos miles de lugares que no disponen de centro benéfico y se hallan lo suficientemente alejados como para no pensar siquiera en las casas de beneficencia de las ciudades. ¿Qué pasaba con estos expósitos? Porque haberlos los había. Aumentando además su número, como prueban las fuentes, en la medida que las disponibilidades de nacer y vivir mejoraban. Porque este es otro interrogante, poco investigado por cierto. Así en Alaejos –concretamos el caso, pero también se produce en otros lugares–, el siglo de mayor número de expósitos es el siglo XIX, justo cuando las medidas de salubridad y avances médicos alargaban las posibilidades de vivir. En centurias precedentes se tenían hijos, pero se morían. No había necesidad de llegar al abandono, o eran más reducidos. Mas el siglo diecinueve, al traer mejoras sanitarias, incrementó las tasas de natalidad y redujo las de mortalidad. Nacían pues más niños y además se morían menos. Y esto causó un problema. La solución inmediata fue dejar a los niños no deseados en manos de las instituciones de caridad; es decir, abandonarlos en sus puertas. O sea, se incrementaron los expósitos. Mucho más tarde, la solución llegaría con la reducción del número de nacimientos.
Veámoslo con detalle. Pero antes una precisión: los datos en los que basaremos nuestro análisis pertenecen sólo a la parroquia de Santa María y cubren un espacio temporal próximo a los cuatrocientos años, desde el siglo XVI a fines del siglo XIX. Hecha la precisión, ¿qué expresan los datos?:
1º Que el siglo XIX es el siglo de los expósitos por excelencia, pues si durante cerca de 300 años (del dieciséis al dieciocho) se contabilizan un decena, en el diecinueve los niños abandonados fueron 120 (Ved Figura 1).
2º Que fue en la década de 1870-79 cuando, con 40 expósitos, se abandonaron más niños (8 en 1870 y 1872, respectivamente).
3ª Precisión: Que durante cerca de 300 años el número de expósitos sean tan pocos y durante 100 (realmente durante 80 años) sean tantos puede deberse a varias circunstancias:
3.1. La primera –y ha de tenerse bien presente– puede ser a la labor más minuciosa en la contabilidad parroquial. Pues aun aceptando que las tres centurias generaron menos expósitos parece una cifra muy baja.
3.2. Segunda, que el cambio en la transición demográfica, con la llegada de los avances médicos e higiénicos incrementase el nivel de vida de los recién nacidos, reduciendo al mismo tiempo los fallecimientos. Esta situación, como ya se explicó, presionaría sobre las familias –en las mujeres– que recurrirían al abandono del recién nacido.
3.3. La década 1870-79, y aún los años 1870 y 1872, de elevado número de expósitos, está relacionada con una grave situación de crisis: económica y epidémica.
En cuanto a las razones, actitudes y gestos la casuística es bastante explícita. He aquí algunas partidas que permiten constatar la cruda realidad del fenómeno del abandono. Así la:
Partida de bautismo de Tomasa, expósita, aunque más que expósita recogida pues se sabe que nació «... en la Calle Zabacos, en la casa del Santo Hospital, hija de ilegítimo matrimonio, su Padre, por d[ich]o de la madre es Benito Reinado, natural de Villarrubia, provincia de Madrid, su profesión tendero, y preso en la Ciudad de Valladolid, su Madre Inés Hernández, natural de Talabera de la Reyna, provincia de Madrid, también presa en este juzgado» (a. 1842). En estas circunstancias, ¿cómo no se iban a hacer cargo las instituciones de Tomasa?
Mas, ¿cómo interpretar el hecho de que el expósito aparezca a las puertas de un vecino? Dice la partida de bautismo de José: «que se encontró expuesto en la Casa de Ignacio Nieto de esta vecindad, en la calle de los Zabacos» (a. 1845). Del mismo modo, en 1853, fueron expuestas dos niñas «... de padres desconocidos, la una de ellas fue espuesta y hallada en la calle de los Zabacos, en casa de Santiago Salamanqués, su profesión músico», y la otra «... fue espuesta y hallada en la calle de Gargantilla, Arrabal y Casas Nuevas... no la acompañaba cédula alguna». Otro ejemplo puede ser el que le ocurrió a «D. Juan Lucas Castander, P[res]b[íte]ro, Beneficiado, Ecónomo y Cura Párroco...–quien halló– a una Niña que fue expuesta... en el Portal de la Casa que habito en la Calle de Juan Méndez» (a.1857). No hay por qué ser maliciosos y sospechar en posibles paternidades, y esto vale tanto para unos como para otros, pero tampoco tan crédulos como para descartarlas. En cualquier caso, convendría tener presente que puestos a dejar abandonado a un hijo mejor hacerlo allí donde haya posibilidades.
Muchos de los expósitos eran abandonados con pequeñas notas –cédulas, papeletas– aclaratorias. Esto de la cédula o papeleta importaba mucho pues casos había donde se daba cuenta de los progenitores. Razón por la que los curas, al cumplimentar la partida de bautismo, especificaban si se halló o no con papeleta o cédula: «... fue presentada por Feliciana Carrasco, mujer legítima de Calixto Rodríguez... en cuya casa fue expuesto la noche pasada, sin cédula». Otro ejemplo más, de 1856, año en el que hubo 6 expósitos en la parroquia de Stª María, dice: «Gregoria San José... la que se halló expuesta en la noche de ayer en la casa de D. Luis Perlines... sita en la Calle de Juan Méndez, sin papeleta». Además de anunciar o callar quiénes fueron los ascendientes, cédulas o papeletas había que daban cuenta de otros detalles, si había sido ya bautizado, por ejemplo: «... Joseph de Santa María el qual se alló espuesto a las puertas desta Iglesia, y según cédula que trahía estava bautizado de socorro» (a. 1749).
En resumen, los abandonos más frecuentes, en Alaejos, se produjeron a las puertas de casas particulares, luego en las del hospital e iglesias. Llaman la atención los que tuvieron lugar en la ermita, alejada como está de la localidad: «... fue hallada en la noche pasada en la Casa de la Ermita de Nuestra Señora de la Casita, extramuros de esta villa» (a. 1856).