José Ojeda Nieto
El 12 de agosto de 1662 «los señores Justicia y Regimiento», es decir, alcaldes y regidores, se dirigieron a su paisano Andrés de Villamediana, a la sazón médico en Palencia, requiriéndole una explicación sobre los «carbuncos», que con tanta frecuencia padecía Alaejos: «ha más de diez y seis años». El carbunco, según definición próxima a los hechos dada por el Diccionario de Autoridades, es «el tumor ó apostéma, que se hace y causa de estar la sangre sumamente gruessa, y podrida, el qual negra en la superficie de la carne, y arde como si fuera lumbre, ó un carbón encendido». Hoy sabemos que es enfermedad causada por una bacteria (Bacillus anthracis) muy contagiosa y mortífera de los ganados lanar, vacuno, caprino... que se transmite al hombre. Se combate con antibióticos; pero sigue siendo muy peligrosa en el caso de afectar a las vías respiratorias.
Soslayemos las explicaciones médicas y volvamos al personaje. O mejor, a su obra, porque es poco lo que se sabe de la vida de Andrés de Villamediana: que estudió en Valladolid, que fue discípulo de Gaspar Bravo de Sobremonte Ramírez, que fue médico titular de Tudela de Duero y luego —momento en el que nos importa— del cabildo de la catedral de Palencia y su hospital. Datos, por cierto, que nos proporciona su paisano, y crítico como veremos, Antonio Hernández Morejón. Por nuestra parte hemos podido averiguar que tuvo un primo, don Blas de Villamediana que fue «Capitán de Infantería —y— que murió captivo en el Reyno de Fez».
La petición del Concejo no cayó en saco roto; al contrario, pareciera que Andrés la estaba esperando, pues a renglón seguido preparó una respuesta tan extensa que dio lugar a un libro, conservado hoy en la Biblioteca Nacional (desconozco si hay otros ejemplares) con el extenso título de: «Consulta de los carbuncos que corren en la villa de Alaexos, en que el Licenciado Andrés de Villamediana, Médico del Cabildo de la Santa Iglesia Catedral de Palencia, y su Hospital, responde dando su parecer á una carta, en que la muy noble, leal, y antigua villa de Alaexos, su patria, le pide, y la dedica a la misma villa que le consulta. Con licencia. En Valladolid: En la imprenta de Valdivielso. Año de M.DC.LXIII».
El ruego de las autoridades, destinado a combatir el carbunco, tendrá explicación exhaustiva por parte de Andrés, mas el médico no se quedó en el análisis de la enfermedad, pues tomada la pluma el amor a la tierra le llevó a hacer la primera descripción geográfica-histórica de la villa. De aquí que el autor deba ser reconocido como el primer historiador de Alaejos. No entraremos en la calidad literaria, dejémoslo para los estudiosos, lo importante es resaltar que Andrés de Villamediana fue el primero en acercarse a Alaejos con ojos de historiador. Si bien, bajo la mirada de cronista, propio por otra parte de lo que se hacía en el siglo XVII. Nada pues de buscar en su obra crítica y análisis, sino mera descripción, donde mezcla lo fantasioso con observaciones de la época.
Cierto es que otros autores ya habían hecho referencia, de una u otra manera, a Alaejos. Pero nunca pretendieron hacer Historia, sino lo propio de su empresa, que la más de las veces estuvo relacionado con la lexicografía. Así, allá por 1593, Diego de Guadix, franciscano y estudioso de la lengua árabe, incluiría la voz Alaejos en su «Recopilación de algunos nombres arábigos, que los arabes (en España, Francia y Italia) pusieron a algunas ciudades, y a otras muchas cosas» para explicar el posible origen del nombre del pueblo. Sería este autor el que identificó el origen con «peregrinos», que más tarde, en 1611 sería copiado y trascrito por Covarrubias, segundo autor que mencionaría a Alaejos al incluirle en el primer diccionario de lengua castellana: «Tesoro de la Lengua Castellana, o Española». De lo cual se demuestra cómo corría el conocimiento, pues el padre Guadix lanzó la hipótesis mora, Covarrubias la leería y transcribiría para que después nuestro primer historiador la copiase e incluyese entre sus explicaciones.
Pero volvamos a Andrés de Villamediana, en concreto a su libro sobre los carbuncos. El libro se organiza a modo y manera de las ediciones de la época. A saber:
Primero, los permisos y licencias de impresión, donde no faltan las del inquisidor ni las de médicos y cirujanos que revisaron las opiniones de Andrés sobre el carbunco, en concreto las del doctor Antolín de Medina y la del cirujano Francisco Cabeza.
Segunda, alabanzas y loas varias al autor en poemas. Uno de esos poemas lo escribiría su primo el «Dr. D. Pedro de Villamediana y Aguilar», cura en San Andrés de Astorga.
Tercero, tras los poemas, un resumen histórico de la villa.
Cuarto, relación de «Autores que ilustran esta consulta». Que Andrés ordenó alfabéticamente y que si es cierto que los leyó a todos los que cita —y no hay por qué dudarlo— demuestra un amplio bagaje cultural, pues entre ellos se encuentran sabios griegos, latinos... y coetáneos.
Seguidamente se dispone un índice de capítulos centrados en el tema que dio origen al libro: el carbunco.
Y por último, el desarrollo de los capítulos. En ellos puede leerse cómo equipara carbunco con ántrax, y explica por qué lo padece Alaejos: a causa, dice, del aire «en especial el Austrino o del mediodía». Aire que se corrompe por pestilencias y conjunción de astros. Sobre la conjunción astral, dice, nada que hacer; sobre las pestilencias sí, porque la culpa la tienen las aguas corrompidas de las bodegas «del arrabal de Sr.ª M.ª, y del pozo viejo» —así como— «los lavajos del lugar y del castillo». Por eso propondrá limpieza de aguas y de bodegas, beber agua del Duero y del Trabanco, sacar muladares fuera del entorno urbano, limpiar lavajos, no arrojar animales muertos a las bodegas... e impedir el vino a los jóvenes.
Pero dejemos sus medidas profilácticas, obviemos sus opiniones sobre el endemismo de los carbuncos y vayamos a la historia, así con minúscula. ¿Qué noticias proporcionó Andrés que le hagan merecedor del título de historiador de Alaejos (que sea también en minúscula)?
Quiso, en principio, como todo erudito local, conocer el origen de su pueblo. Al parecer, según cuenta, esta misión le trajo inumerables «desvelos», expurgando, dice, en librerías y en mapas donde no halló «vestigio» alguno. Llegó a pensar que Marte y Apolo tuvieron mucho que ver en la fundación de Alaejos, mas entonces encontró un cita de un tal Dantino Dino que en su Historia Europea, cap. 5, precisaba que fue Hércules quien fundara Alaejos. Y así su invención sería copiada por quienes vinieron detrás, cuestionándola siempre, pero siempre trascribiéndola. Porque mira que queda bonito el pensar que en uno de sus muchos trabajos Hércules llegó a España, se desvió por la meseta castellana, y no sabiendo qué hacer fundó un día la villa de Alaejos.
Dejemos la leyenda, para Andrés historia, y vayamos a los datos. Nos dice así que en su tiempo había 33 casas de nobles, habitadas por más de 100 hidalgos. Hizo una relación de personajes ilustres, dando cuenta de sus hazañas, entre los que cita a: los capitanes Salamanqués y don Juan de Guevara, a fray Miguel de Alaejos, a don Juan Fernández Vadillo y otros más. (Personajes que también han sido citados una y otra vez por estudiosos y eruditos posteriores). Precisó el número de beneficiados de ambas parroquias —25—, al tiempo que explicitó a cuánto ascendían sus beneficios. Alabó la frugalidad de la tierra, anotando la producción de trigo, cebada, centeno y vino (100.000 arrobas, dice, que producían los viñedos). En su tiempo el pozo del castillo, nos advierte, se utilizaba como pozo de nieve (era un gran negocio). Incluso introduce noticias costumbristas, por ejemplo cuando advirtió que las alaejanas tienen fama de no beber vino y que se les ofende si se dice lo contrario (Malo es que algo se niegue sin pedir explicaciones). Tampoco olvidó tratar el tema comunero, cuyo acontecimiento, según él, dejó huella en dos caminos: «el de las comunidades y el de los ahorcados» (Nada sabemos hoy de ellos). Informó también de que los Zabacos estaban «libertados de gavelas» en atención a los grandes servicios prestados a Su Majestad (Nos deja, eso sí, con la miel en los labios por no precisar qué servicios fueron esos y qué rey, o reina, se mostró tan agradecido con ellos).
El libro de Andrés de Villamediana debió correr por la villa pues cronistas posteriores dieron muestras de haberlo leído. Incluso don Antonio Hernández Morejón —a quien ya hemos citado— quizá interesado por el tema médico, quizá porque el libro procedía de un paisano, o por ambas cosas, estudió el libro de Andrés, criticándolo duramente. Hernández Morejón cometió, sin embargo, un grave error, cual es el criticar con ojos del diecinueve los conocimientos científicos del diecisiete, por más que pareciera en principio que no lo hacía así. Oigamos qué opinión le mereció el estudio de Andrés sobre el carbunco: «En estilo poco culto y según las doctrinas de aquel tiempo, trata de explicar Villamediana, aunque no satisfactoriamente, las causas predisponentes y ocasionales que en su concepto habían podido contribuir a hacerse los carbuncos estacionarios en Alaejos...». Es decir, y dicho a lo actual: que además de emplear un lenguaje farragoso carecía de rigor científico.
Puestas las cosas en su sitio, cierto es que el libro no fue nada innovador, ni en medicina ni en historia, mas fue Andrés de Villamediana el primero en recapitular datos histórico-legendarios sobre Alaejos. Por esto merece nuestro reconocimiento. Vaya pues este recuerdo al primero de los historiadores que se esforzó en hacer la historia de: «la muy noble, leal, y antigua villa de Alaexos, su patria...», nuestra patria.
José Ojeda Nieto