Javier Alonso Guinot — Alaejos, julio de 2023
Mientras D. Fernando VII, al que la naturaleza le negó un hijo varón, trataba de legalizar su sucesión, el Infante D. Carlos María Isidro iba contemplando la posibilidad de acceder al trono español tras la muerte de su hermano, pero sus expectativas se vieron frustradas con la confirmación del nombramiento de su sobrina como heredera, −la futura Isabel II−, por lo que tanto él, como sus partidarios, no conformes con dicho nombramiento, se declararon en rebeldía, dando comienzo a la primera de las tres Guerras Carlistas que se declararon en España entre los años 1833 y 1876.
Comenzadas las hostilidades militares, el 11 de junio de 1.837, en Cervera de Pisuerga, las tropas isabelinas provocaron tres muertos y siete detenidos sobre un grupo de dieciocho militares carlistas, haciendo que los restantes huyesen hacia la provincia de León donde, a los pocos días, fueron apresados otros siete, quedando solamente uno de ellos a salvo. Y este no es otro que el protagonista de esta historia, D. Feliciano Muñiz Costales, identificado entonces como abogado de Proaza, pequeña población del partido judicial de Grado, en el Principado de Asturias, y en aquel momento oficial del ejército carlista sublevado.
Durante el verano de dicho año se produjeron levantamientos carlistas en Toro, en el mismo Alaejos y en todos los pueblos de la tierra de Medina del Campo, culminando el avance carlista en la provincia vallisoletana con la entrada en la capital pucelana de las tropas carlistas al mando del general Zariátegui.
Finalizó la Primera Guerra Carlista el 31 de agosto de 1.839, con el Abrazo escenificado en Vergara entre las tropas carlistas del general Maroto y las isabelinas del general Espartero. Y al entonces oficial carlista D. Feliciano Muñiz Costales, nada contento con este cierre en falso de la guerra, que en modo alguno satisfacía los ideales por los que había luchado en tierras navarras y castellanas, no le quedó otra opción que aceptar de mala gana su incorporación a la vida civil en España, desechando la posibilidad de continuar su actividad militar y política desterrado en Francia.
Casado con Dª Eustaquia Vadillo, con la que tuvo dos hijas, Muñiz vino a desarrollar sus tareas civiles en Alaejos, estableciendo su domicilio en la calle Lucas Martín, consiguiendo llegar a ocupar el cargo de Alcalde de Alaejos en 1.843 como representante del Partido Carlista.
No se le conocen especiales actividades laborales relacionadas directamente con la agricultura o la ganadería, por lo que es muy probable que su principal fuente de ingresos proviniese de la práctica de la profesión de abogado, lo que le permitió ocupar un discreto decimonoveno puesto en la lista de contribuyentes de la villa, muy alejado en capacidad económica de los vecinos que ocupaban los primeros lugares, pero también muy desahogado respecto a los que ocupaban los puestos inferiores.
Coincidió con el final de la Primera Guerra Carlista el hecho de que el juzgado de Nava del Rey fuera trasladado a Alaejos, posiblemente como castigo a los antecedentes carlistas de la población vecina, regresando de nuevo a la Nava en 1.844, seguramente que por el mismo motivo, ya que durante ese año y los sucesivos, 1.845 y 1.846, la firma del reconocido carlista D. Feliciano Muñiz Costales, en su condición de alcalde de la villa, aparece en los restos de la documentación municipal aún hoy conservados en el archivo del Ayuntamiento de Alaejos.
Las elecciones municipales de 1.845 y la boda de Isabel II en 1846.
Corría el año 1.845 cuando se promulgó una nueva Constitución Española, en sustitución de la anterior de 1.837. Del desarrollo de esta nueva Constitución, surgió inmediatamente una nueva Ley de Municipios, en la que el derecho a votar concejales quedaba restringido a los vecinos varones que superasen un cierto nivel de impuestos pagados, que en Alaejos se concretó en 155 reales.
Convocadas elecciones municipales para los días 11, 12 y 13 de noviembre de 1.845, fue D. Feliciano, como alcalde de Alaejos, el responsable de enviar al Jefe Político de Valladolid las listas de electores y de elegibles correspondientes a nuestra villa. Más de dos meses tardaron en elaborarse estas listas pues, como habitualmente sucedía en todas las elecciones celebradas en España durante el siglo XIX, rara era la circunscripción electoral que no presentaba irregularidades en la confección de listas. Y en esta ocasión Alaejos no fue la excepción, produciéndose durante el proceso hasta cuatro reclamaciones sucesivas de D. Antonio Galván y D. Genaro Santander, destacados contribuyentes vecinos de la villa y candidatos del Partido Liberal, opositores al Partido Carlista, que fueron atendidas y aceptadas por el Jefe Político de Valladolid. Al cabo de dos meses de iniciado el proceso, liberales y carlistas firmaron el acta oficial de su acuerdo, aún conservada en el archivo del Ayuntamiento de Alaejos, y el día 9 de noviembre de 1.845, dos días antes de celebrarse las elecciones, por fin fueron remitidas a Valladolid las listas electorales definitivas de la villa, concretadas en 147 vecinos con derecho a voto.
Estas elecciones municipales fueron ganadas por el Partido Carlista, por lo que Feliciano Muñiz Costales fue reelegido como alcalde del Ayuntamiento de Alaejos, para el período bianual de 1.845 – 1.846.
Conocida la victoria carlista en Alaejos, la prensa afín a los liberales achacó la misma a las "mil ilegalidades" cometidas por los carlistas durante el proceso electoral local, interesada mentira, pues carlistas y liberales, como antes se ha indicado, firmaron de común acuerdo el Acta definitiva de las listas electorales remitida a Valladolid. No mintieron los mismos periódicos, sin embargo, cuando se quejaron de las ofensivas muestras de júbilo que dedicaron los vencedores a los vencidos.
Las tornas cambiaron al anochecer del 30 de julio de 1.846, siendo todavía alcalde de Alaejos D. Feliciano Muñiz Costales, cuando llegó a nuestra villa el comunicado del Real Decreto que anunciaba el casamiento de la reina Isabel II con su primo, D. Francisco de Asís Borbón. La noticia de la inmediata boda real llenó de júbilo a los liberales, en tanto que sumió en una profunda frustración a los carlistas, que habían confiado en el final de las discrepancias dinásticas del país, mediante la boda de la reina Isabel II con el heredero de D. Carlos María Isidro, el conde de Montemolín.
La noticia de la boda real provocó entonces nuevos altercados en Alaejos. Los liberales, como era lógico, la festejaron haciendo hogueras a la puerta de sus casas y vitoreando a la real pareja y a la Constitución entonces vigente y, de paso, acusando al ayuntamiento carlista de comunicar tan importante noticia a la población mediante un simple pregón, por lo que se formó una comisión de vecinos liberales que se manifestaron en la Plaza Mayor, exigiendo a la autoridad municipal el volteo de campanas para festejar con la debida alegría y solemnidad la noticia recibida.
Por su parte, los carlistas, todavía dueños del poder municipal, además de negarse al volteo de campanas pretendido por sus contrarios, consideraron los excesos de alegría de éstos como alteraciones del orden público, llegando a detener al cabecilla de los manifestantes liberales y ordenando al resto marchasen a sus casas, tras lo cual interpusieron ante el Juzgado de Nava del Rey la correspondiente denuncia.
En virtud de dicha denuncia, el 4 de septiembre siguiente se presentó en Alaejos el juez de Nava del Rey que, acompañado de unos treinta efectivos, ordenó el registro de las casas de los responsables de la manifestación, lo que provocó nuevas protestas, sobre todo cuando se efectuó en los domicilios de D. Isidro Santana Pamparacuatro y de D. Antonio Galván, los dos máximos representantes del liberalismo alaejano de entonces y, además, las dos mayores fortunas de Alaejos en aquel momento.
El levantamiento de diciembre de 1.848.
Perdidas las siguientes elecciones y ya viudo, Muñiz internó a sus dos pequeñas hijas en un colegio de Zamora, quedando del todo libre de obligaciones familiares para darse de lleno a las tareas políticas. Y fruto de un plan urdido por el partido carlista, que perseguía el levantamiento popular de los pueblos de Castilla la Vieja, se produjo en Alaejos un hecho singular que mantuvo durante algunos días en vilo a las autoridades civiles y militares castellanas en particular, y a la opinión pública española en general.
A eso de la una y media de la madrugada del 11 de diciembre de 1.848, en la Plaza Mayor de Alaejos se congregó un grupo de unos setenta militantes carlistas que, al mando de Muñiz y de su ayudante militar, el teniente coronel D. Tomás Bravo de la Iglesia, tras apoderarse de caballos, caudales, armas y otras pertenencias ajenas, y de reducir sin problemas a las exiguas fuerzas de la Guardia Civil que trataron de controlarles, se echaron al monte, más con afanes propagandísticos que guerrilleros, lanzando por todos los pueblos por los que pasaron la siguiente proclama:
"Castellanos:
Honrado con el mando del distrito 14° de Castilla la Vieja y autorizado para efectuar el movimiento que la España entera va a hacer en favor de los legítimos derechos del rey nuestro señor D. Carlos VI, al tenor de las órdenes e instrucciones que se me han comunicado, creo deber exhortaros a que, recordando la gloriosa historia de vuestro suelo, os mostréis dignos hijos de vuestros briosos antepasados.
Al dirigirme a vosotros como jefe militar de dicho distrito, me juzgo dispensado de instruiros del verdadero objeto político de este alzamiento, toda vez que ya habéis visto el explícito, leal y franco manifiesto que nuestro amado monarca se ha dignado dirigir a los españoles, al partir de la ciudad de Bourges.
Tolerancia, unión y olvido de lo pasado es el lema que este digno y esclarecido hijo de cien reyes nos ha inscrito en su bandera. Agrupémonos, pues, en derredor de ella, castellanos, puesto que a su sombra caben todos los hombres honrados, sea cualquiera su matiz político.
Imitemos, hasta donde podamos, el noble y valeroso ejemplo que, con tanto heroísmo, nos ofrecen esas denodadas provincias catalanas, bajo la conducta del bizarro y entendido conde de Morella, cuyos inmarcesibles laureles parecerán indudablemente fabulosos a las generaciones venideras.
No os expondré lo que esta infortunada patria puede y debe prometerse de un rey educado en la escuela de la adversidad, y cuya ilustración e hidalguía nadie ha osado poner en duda en el largo período que lleva siendo objeto de la más severa crítica por parte de la Europa. Nada os diré de esto, lo uno porque hasta temería ofender a vuestra sensatez, y lo otro porque tales materias suelen ser mal interpretadas, por más que en ellas se huya de personalidades y se eviten comparaciones, siempre odiosas aún entre particulares, pero más repugnantes tratándose de vástagos de regia estirpe.
Los males de la guerra civil son temibles y deben, ciertamente, evitarse cuando con ella se turba el bienestar, la calma y la ventura de los pueblos; pero…, ¿se halla la España en este caso? Responda el despilfarro y desconcierto general de estos quince años, respondan esas interminables luchas intestinas, bajo cuya perniciosa influencia parecemos condenados a vivir.
Por otra parte, ¿debemos temer que esta contienda sea tan duradera como la pasada? No, castellanos, porque en nada tiene que parecerse una a otra.
Y a más de eso, ¿habrá quien racionalmente culpe a los carlistas de haber traído la cuestión dinástica al terreno de las armas? ¿No se ha prestado nuestro augusto y magnánimo jefe a cuanto de él pudieran exigir las circunstancias? ¿Pudiera, sin degradarse, haber hecho más por evitar la lucha? Bien lo sabe el mundo y, por eso, estamos seguros de toda agresión extranjera.
A las armas, pues, castellanos; nuestra bandera es noble, nuestra causa es justa, y no debemos dudar que la protección de la Divina Providencia coronará, con el triunfo, nuestro esfuerzo.
Campo del honor, 10 de diciembre de 1.848. Feliciano Muñiz Costales".
Tras su levantamiento en Alaejos, llegó esta facción carlista a Nava del Rey sobre las seis de la madrugada, hora en que las patrullas de la Guardia Civil y los serenos de la villa ya se habían retirado. No opusieron demasiada resistencia a los rebeldes las autoridades municipales, ya que entonces el ayuntamiento de Nava también era mayoritariamente carlista, siendo su única dificultad el convencer al juez para calmar los ánimos de la Guardia Civil y para liberar a unos cuantos prisioneros de la cárcel del juzgado, allí encerrados al haber sido detenidos como autores de un levantamiento carlista similar, producido días antes en San Román de Hornija, lo que consiguieron Muñiz y los suyos amenazando al juez con prender fuego a su casa.
Alrededor del mediodía de aquel 11 de diciembre, salió la facción de Feliciano Muñiz de Nava del Rey, incrementada en unos treinta hombres, después de apoderarse de varios caballos y de una suma cercana a los 3.000 reales, procedentes de las arcas municipales y del estanco.
De Nava del Rey marcharon los facciosos con dirección a Castrejón, donde comieron, partiendo luego hacia Torrecilla de la Orden, donde pernoctaron. Al día siguiente, una parte de la facción, bajo el mando de D. Tomás Bravo, marchó hacia Tarazona y Cantalapiedra, en tanto que el resto de los facciosos, con Muñiz al frente, prosiguieron hacia Alba de Tormes, pasando por Palacios Rubios y Zorita, desechando entrar en Peñaranda de Bracamonte ante la fundada sospecha de no ser bien recibidos allí.
Sobre las 2 de la tarde del día 12 de diciembre, unos ochenta hombres a caballo, mandados por Muñiz Costales, hicieron su entrada en la Plaza Mayor de Alba de Tormes. Iban armados con espadas, pistolas y trabucos, y vitoreaban en favor de D. Carlos VI, de la religión y de la paz. Allí leyó Muñiz su proclama carlista y un bando en el que exigía a la población la entrega de las armas que pudieran tener en su poder. En la misma Plaza Mayor de Alba herraron sus caballos y recaudaron "13.704 reales, treinta libras de tabaco y diecisiete y media de pólvora". También "exigieron 150 raciones de pan, vino y jamón, y desfilaron al anochecer por el mismo punto que entraron".
La facción de Muñiz, tras su paso por Alba de Tormes, se dividió en varias gavillas, que poco a poco fueron siendo eliminadas ante el acoso al que eran sometidas por el ejército isabelino y por la Guardia Civil. Y después de haber tenido en jaque durante casi ocho días a las autoridades civiles y militares de Valladolid, Salamanca, Ávila, Segovia y Burgos, Feliciano Muñiz Costales fue detenido por un contingente de la Guardia Civil en Araúzo de la Torre, aldea del partido de Aranda de Duero, el día 18 de diciembre de 1.848, según consta en el parte oficial emitido al respecto por el Capitán General de Burgos.
A los pocos días del levantamiento de Muñiz Costales, se presentó en Alaejos el Coronel Jefe del Tercio de la Guardia Civil, para instruir el correspondiente sumario que depurase responsabilidades, si las hubiere habido, en el comportamiento del cabo y de los cuatro números de la Guardia Civil implicados en los sucesos de aquella madrugada del 11 de diciembre de 1.848, concluyéndose dicho sumario reconociendo la correcta actuación de todos ellos en defensa de la legalidad y el orden establecido. Fue el propio Duque de Ahumada, fundador de la Guardia Civil, quien suscribió dicho sumario, en el que incluyó, de su puño y letra, una orden que constituye una de las obligaciones hoy en día más notorias de la Guardia Civil, hasta entonces no tenida en cuenta, cual es la de patrullar siempre armados.
También durante los primeros días de enero de 1.849, en las distintas cabeceras de provincia en las que habían sido detenidos, se celebraron los correspondientes consejos de guerra contra los participantes en el levantamiento de Feliciano Muñiz Costales. En un principio se especuló con que los más significados cabecillas de la insurrección fueran condenados a la pena capital, pero celebrados dichos consejos de guerra, las mayores penas aplicadas a los principales responsables no excedieron de los ocho años de presidio.
Favorecido por un indulto, de nuevo reaparece Muñiz Costales, esta vez detenido en junio de 1850 en una operación contra una conspiración carlista, en la que se le ocuparon ciertos papeles, entre los que se encontraba una proclama revolucionaria. De resultas de este delito, marchó desterrado a París, deteniéndose en Bayona, donde se le localizó seis meses más tarde, en diciembre de 1.850, al ser denunciado en la prensa por cierto individuo, que le acusaba de una probable colaboración revolucionaria con el párroco de la localidad navarra de Alló y con un importante industrial guipuzcoano, ambos reconocidos militantes carlistas.
Aprovechando su derecho constitucional de réplica, Muñiz negó enérgicamente cualquier tipo de conspiración ideológica en su relación con estas dos personas, alegando en su descargo que "desde el 20 de noviembre último que creo haber llegado aquí, de paso para Paris, no he tenido una sola hora de buena salud, y he pasado gran parte de este tiempo sin salir de la cama".
En diciembre de 1.854 Feliciano Muñiz regresaba del destierro francés a Zamora, ciudad en la que fijó su residencia tras abandonar la de Alaejos, y lugar donde sus dos hijas estaban internas en un colegio. Estando parado en un mesón de Tordesillas, muy próximo ya a llegar a su deseado destino, fue detenido por la Guardia Civil mediante orden cursada por el Jefe Político de Valladolid. Esta detención no se debió a ningún delito cometido entonces por Muñiz, sino a una simple medida precautoria e intimidatoria de la máxima autoridad política vallisoletana, dados sus antecedentes revolucionarios. Por esta injusta detención, D. Feliciano envió una carta de protesta al periódico La Esperanza, de reconocido matiz carlista, que fue publicada el 29 de diciembre de dicho año de 1.854, en la que se quejaba enérgicamente del trato recibido en el transcurso de su detención y traslado andando, desde Tordesillas a Valladolid, confundido entre "desertores y ladrones de iglesias", y exhibido impúdicamente junto con ellos a lo largo de la capital vallisoletana, donde contaba con bastantes simpatizantes.
El incidente de Alaejos de 1.855. Su ingreso en prisión y pérdida definitiva de su rastro.
Durante los primeros meses del año 1.855 se produjeron en España una gran cantidad de agitaciones carlistas. Y aunque Muñiz Costales no residía ya en Alaejos, cualquiera podría sospechar que estuviera relacionado con el grave incidente que se produjo en nuestra villa el 10 de febrero de dicho año.
El 8 de diciembre de 1854, dos meses antes del incidente, el papa Pío IX había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Por este motivo, se organizó en Alaejos una procesión presidida por la imagen de Nuestra Señora de la Casita, a la que, como es natural, acompañaban la mayoría del vecindario, junto con las autoridades religiosas, civiles y militares de la localidad. Terminada la procesión, ya de retorno hacia la ermita, de improviso, antes de llegar a la salida del pueblo, y ante el estupor general, "uno de los curas que iban a caballo desplegó, en ademán guerrero, una bandera azul y blanca, dando el grito de ¡viva la religión!, que fue contestado por algunos presentes con el de ¡mueran los herejes!".
Reprendidos los alborotadores por dos sacerdotes, no sólo los despreciaron, sino que tampoco hicieron caso de las autoridades locales. Detenidos los causantes del escándalo y registradas sus casas, se encontraron en ellas boinas y otros efectos militares de procedencia carlista. Inmediatamente después, el Jefe Político de Valladolid, acompañado de cien infantes y treinta efectivos de caballería, se desplazaron hasta Alaejos y Nava del Rey para garantizar el cumplimiento de la ley y el mantenimiento del orden público en ambas villas.
Volviendo sobre los pasos de nuestro protagonista, diremos que muy poco le duró la libertad a D. Feliciano. Implicado en una nueva conspiración carlista iniciada en Portugal, el 3 de octubre de 1.855 fue descubierto en Zamora por un celador municipal, que le dio el alto. No le hizo caso Muñiz, que emprendió la huida a la carrera y, cuando creyó cercano a su perseguidor, volvió sus pasos y le disparó con una pequeña pistola que llevaba oculta, con la buena fortuna para el celador municipal de que el disparo únicamente le rozara la mejilla, y la desgracia para Muñiz, que fue detenido por dos soldados de artillería que, testigos del suceso, se abalanzaron sobre él en aquel momento.
Nada se vuelve a saber sobre Muñiz Costales durante los siguientes nueve años, por lo que es de suponer que pudo pasarlos encerrado en algún penal, a causa del incidente de Zamora antes referido.
Reaparece de nuevo su nombre en la prensa nacional el 3 de junio de 1.864, esta vez mezclado en polémicas electorales que le acusaban de haber cometido ciertos abusos en las elecciones de diputados provinciales por el distrito de Nava del Rey, a las que contestó a través del periódico La Iberia no negando haber servido a la causa carlista anteriormente, pero afirmando no tener en ese momento aspiraciones a ocupar ningún puesto oficial.
Siguen pasando los años y la figura de Feliciano Muñiz Costales, ya diluida en el tiempo, hace su última aparición en la prensa histórica como responsable militar de las insurrecciones carlistas en Galicia en el año 1.867, aunque su protagonismo se ve repentinamente desplazado por el de otros jefes políticos y militares, lo que podría significar, a buen seguro, la muerte de este indomable carlista, tan comprometido con los principios políticos que marcaron su trayectoria vital, que bien pudieran equipararse sus andanzas con las de un personaje novelesco de la época del Romanticismo en la que vivió.