Biblioteca de los programas de fiestasAlaejos · 1954 – 2026

Programa de Fiestas · 2024

Oficios desaparecidos

Antonio Lucas Varela·Economía, oficios y vida cotidiana

Antonio Lucas Varela

El inexorable transcurso de la vida y la monotonía, que casi siempre conlleva, nos hace inconscientes de los cambios que se producen con el paso del tiempo. Sólo cuando empezamos a sumar años y vemos que abandonan el camino nuestros familiares, amigos y convecinos, se nos cae la venda de los ojos y sentimos que había cosas que teníamos y ya no tenemos. Personas que viajaban con nosotros, el ratito que dura una vida, y que ya no están. Recordarlas en el espacio que ocupaban con su trabajo, con su oficio y con su persona, me mueve a escribir estas líneas en su recuerdo y como homenaje a quienes facilitaron la vida de los demás.

El siglo XX, con sus avances tecnológicos, las revoluciones industriales y el desarrollo científico, supuso una modificación sustancial en la actividad humana y las profesiones y los profesionales, con los que compartimos gran parte de nuestra vida, se vieron obligados a modificar su modus vivendi. Este cambio de actividad ocasionó una pérdida de profesiones y oficios que habían estado con nosotros durante milenios, desde el Neolítico hasta el último tercio del siglo XX.

En todos los pueblos, pequeños o grandes, había oficios artesanales, diversificados en muchas artes, jornaleros con diversas habilidades y servidores que desde campaneros a sanadores abarcaban y satisfacían la casi totalidad de las necesidades humanas. Así era y así se cumplía en Alaejos.

El pueblo se abastecía de agua de los pozos municipales del Arrabal (pozo viejo) y del Lavajo Lugar (pozo nuevo) y de los pozos caseros que solía haber en los corrales de las casas principalmente para las labores de limpieza y abrevadero de los animales. El agua de estos pozos no era apta para consumo humano por lo que había que acudir a la fuente del Caño, Reguera arriba, para obtener un agua potable, cochera, un tanto turbia, que emanaba en esta fuente por medio de un sistema tipo foggara árabe.

Con el burro, aparejado con albarda y aguaderas de mimbre de cuatro senos en los que se colocaban otros tantos cántaros de barro, de 16 litros de capacidad, el aguador acarreaba el agua y acudía a las casas que habían requerido su servicio (1 peseta la carga). Junto al aguador hay otro personaje, el cañero, dedicado a la limpieza y mantenimiento de la fuente del Caño y sus arcas, las chicas y la grande, Arca Madre. En ocasiones aguador y cañero eran la misma persona. Cuando Alaejos canalizó el agua (1965), estos oficios desaparecieron casi al mismo tiempo que la fuente del Caño se secó.

Al lado de la ermita de la Casita se levantaba una casa en la que vivía la casitera con su familia. Era la encargada de vigilar, abrir y cerrar la ermita, de su limpieza, de la iluminación, de atender al visitante. A cambio de estas obligaciones disponía de la vivienda, recibía propinas de los devotos, cobraba los cirios que se encendían para súplicas y preces a la Virgen y tenía para su uso una pequeña parcela propiedad de la Virgen. Hace años que el oficio de casitera desapareció, no se encontró ningún voluntario que quisiera hacerse cargo de esas obligaciones por la escasa renta que generaban.

El ángel de la guarda de la noche. El fiel servidor del trasnochador que llegaba a casa un tanto aturdido. El cantor y contador de las horas nocturnas y los datos meteorológicos para tranquilidad de los vecinos que se sentían, a la vez, informados y protegidos por quien, sin dormir, vigilaba, acompañado de un candil, las calles para sosiego y descanso de los demás, ese era el sereno. Disponía de las llaves de las casas, que así lo querían, y, vigilante, recorría el pueblo atento a la posible llamada de algún nocherniego olvidadizo de sus llaves. El origen de su nombre está en la frase que utilizaban para informar de la hora y el tiempo, «las doce y sereno» (tiempo estable, sin viento ni lluvia ni heladas).

Un oficio entrañable, el pregonero, que como alguacil-carcelero que era, vivía en el portal de entrada del Ayuntamiento, en un bajo sin ventanas, oscuro, pequeño y húmedo, con su numerosa prole. Salía a pregonar, acompañado siempre de un trompetín. Lanzaba al aire el bando del alcalde, la llegada del circo, de los títeres, de un vendedor ambulante o lo que fuera menester, desde los lugares más estratégicos. Con una entonación declamatoria, el pregonero, informaba al pueblo de las novedades que se producían en la localidad.

De los oficios ambulantes, muy comunes en otros tiempos, destacaría seis o siete, el de afilador, capador, mulero (maranchón) mielero, trapero, frutero ambulante y titiritero.

La singular y evocadora melodía de una chifla anunciaba, desde mayo a septiembre, al capador. Desde finales de la primavera y durante gran parte del verano era la época propicia para castrar a los cerdos. La finalidad de la castración era eliminar el fuerte olor de la carne de los machos y hacer más lento y sosegado su crecimiento.

Con una mínima variación de la melodía del capador, puesto que la chifla era idéntica, el afilador recorría con su bicicleta, adaptada para tal fin con una piedra esmeril, las calles y plazas de los pueblos afilando, sobre todo, cuchillos y tijeras, pero también, cualquier otro instrumento cortante como hachas, chillas, hoces y, si era menester, también arreglaba paraguas deteriorados.

En Alaejos, tal y como me han contado, no había traperos sino cacharreros. Sea como fuere, estos traperos solían ser de fuera. Ponían sus puestos en espacios abiertos y grandes como el arrabal, la plaza o el lavajo Lugar. Las gentes llevaban sus chatarras para cambiarlas por loza. El más importante de estos traperos, con un gran puesto y un camión, se llamaba Cayo, recogía la chatarra y vendía loza fina.

Ya habían pasado los años del hambre (c.1960), pero había alimentos que nuestro terruño no producía y seguían siendo raros y elitistas. Es el caso de la fruta que se limitaba a las naranjas guasi (wasi) en invierno, melones y sandías en verano, uvas y manzanas en otoño. Sólo cuando aparecían los fruteros ambulantes, de Toro y Castronuño, sobre todo, la oferta se ampliaba y nos deleitábamos, si la familia se lo podía permitir, con uvas de albillo, albérchigos, cermeños, higos, guindas y garrafales.

Los feriantes (titiriteros) visitaban las ciudades y pueblos más importantes, durante sus fiestas patronales, con sus atracciones (títeres). El carrusel de Caballitos, el tiovivo de las Cadenas y las Barcas eran las más comunes. También, acudían saltimbanquis, copleros, funambulistas, compañías de teatro, cinematógrafos, cíngaros, en general los titiriteros.

Fue a mediados del siglo XX cuando empezaron a popularizarse los llamados colchones Flex, hasta entonces eran de paja o de lana. La lana con el paso del tiempo y el uso se apelmazaba y endurecía, además, el colchón de lana dada su funcionalidad era propenso al cobijo de chinches, pulgas y piojos. En el buen tiempo, finales de primavera y verano, la colchonera y el vareador, solían ser matrimonio (había varios) pasaban el verano descosiendo colchones y vareando la lana para airearla y esponjarla. Era muy reconfortante utilizar un colchón recién vareado.

Seguimos en el siglo XX para hablar de los profundos cambios que trajo a la humanidad, entre ellos, la mecanización de las labores del campo que se llevó por delante muchos y variados oficios y especializaciones. En primer lugar, los tractores, las segadoras, las trilladoras y las cosechadoras acabaron de un plumazo con los animales de tiro o de carga, bueyes, asnos, mulos y mulas, sobre todo, y con su sustitución, por las máquinas, acabaron con los maranchones, tratantes ambulantes de ganado mular. Estos muleteros reciben el nombre de maranchones por su lugar de origen, Maranchón, pueblo de la provincia de Guadalajara.

Lógicamente, también, desaparecieron los segadores, los hateros, los mozos de mulas, los herradores, los mancebos y, en general, los temporeros que se contrataban desde San Juan, 24 de junio, a San Miguel, 29 de septiembre, para realizar las labores de la cosecha.

La mayoría de los pequeños artesanos, con sus oficios, han desaparecido o cambiado sustancialmente. Alfareros, cantareros y loceros fabricaban, reparaban y vendían vasijas y objetos de barro y loza. Cesteros, silleteros y esparteros utilizaban madera, esparto y mimbre para la fabricación y venta de sus productos, cestos y sillas. Los escoberos recolectaban retamas y cabezuelas para la fabricación y venta de dos tipos de escoba, la más grande y alta, de retama y la más pequeña y baja, de cabezuela. El yesero, el calero y el cerero extraían y elaboraban yeso o cal para la construcción y el cerero, cera, para velas y cirios. Alpargateros y abarqueros fabricaban y vendían alpargatas y abarcas de esparto, tela y goma. Los albarderos, guarnicioneros, talabarteros y curtidores trabajaban la piel y el cuero para elaborar todo tipo de aparejos para las caballerías. Herreros, costaleros, caldereros, adoberos, alambiqueros, cordeleros y trilleros, trabajaban el hierro, la forja, la hojalata, el cobre, el esparto, el espliego, el barro y la paja, la madera y la piedra.

Los trabajos ocupacionales se explican por sí mismos: carbonero, cisquero, carretero, molinero, esquilador, caminero, porquero o marranero, pellejero, barbero (cortaba el pelo, afeitaba, hacía sangrías y sacaba muelas), estañador, lañador, ordeñador, churrero-a, pocero, deshollinador, picapedrero, piñero, vaquero, chocolatero, harinero, temporero, cortador (carnicero), matarife destrazador, tablador, hojalatero, cacharrero (traperos), posadero, encalador, quinquillero, riero, farolero, andador (recadero).

De todos ellos son de resaltar el oficio de campanero, curandero-a (sanador-a), componedor, lucilinero-a, muñidor, pochitón, agostero, retratista, practicante, boticario y zahorí.

En los días en los que estoy escribiendo estas líneas, leo en la prensa que se ha declarado Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad a la persona y oficio de campanero. Todo aquel que haya entrado en alguna de las dos torres alaejanas habrá comprobado que, hasta su base, llegan unas cuerdas que vienen desde el campanario. Cada una de ellas esta unida al badajo de una de las campanas. Combinando los distintos tonos de las campanas componían auténticas melodías previas a los toques ya establecidos y conocidos como el de misa rezada con tres toques, el viático, a confesar, asustar al fraile, las vísperas, el Ángelus, el toque de difuntos, cabo de año, arrebato para toro huido, a fuego. Los de mi generación hemos conocidos a los dos últimos campaneros el señor Mauro, sacristán de Santa María, y el señor Mariano Rubio sacristán y organista.

La RAE define como curandero-a a la persona que sin ser médico ejerce prácticas curativas empíricas o rituales. Dado que la asistencia sanitaria era deficitaria a comienzos del s. XX y que la población era desconfiada y supersticiosa, los curanderos tenían un gran predicamento (en palabras del ilustre Doctor Marañón «mejor un buen curandero que un mal médico»).

Ante un problema de lindes, de medanerías, de albañales o un conflicto de intereses se acudía al componedor, persona reconocida, hombre bueno, a la que las partes de un conflicto confiaban la resolución equitativa del mismo y sin cobrar. Sirva como ejemplo para los picapleitos actuales.

No han desaparecido, han evolucionado y cambiado de nombre, son los retratistas, hoy fotógrafos. Pedro Varela, fue algo más que un retratista, fue el notario de todos los acontecimientos culturales y sociales de la segunda mitad del siglo XX. Su legado está en los miles de fotografías que circulan por todas las familias alejanas.

Lo mismo que de los retratistas podemos decir de los practicantes, son los enfermeros-as actuales, pero D. José Murciego y más tarde D. Federico Pastor además de pinchar, curar, coser y asistir a los partos, se sentaban en tu cama cuando enfermabas, te contaban sus hazañas como cazadores (D. José) y eran familia en el más amplio sentido del término.

Hoy los farmacéuticos son dispensadores de jarabes, cápsulas y pastillas de todos los colores. El boticario lo tenía más complicado, debía, con sus conocimientos, elaborar complejas fórmulas magistrales que curaran, a veces, incurables dolencias y enfermedades de humanos y de animales.

La lucilinera, vendedora ambulante de lucilina, nombre que se daba entonces al petróleo, era una bendición.

En las Hermandades benéfico-asistenciales y cofradías penitenciales el muñidor era el criado que avisaba a los hermanos de las fiestas, entierros y otros ejercicios a que debían concurrir. Yendo un poco más allá era la persona que concertaba tratos o fraguaba intrigas.

Entre los localismos alaejanos más representativos encontramos la palabra pochitón con la que nombramos al ayudante de un maestro albañil.

Con el nombre de zahorí no hemos conocido a nadie en Alaejos, pero D. Julián, el Moroco, sin llevar ninguna varita de avellano en la mano, era insuperable en la localización de las aguas subterráneas.

La trashumancia ha quedado relegada a una actividad turístico-recreativa y los pastores trashumantes, aquí los arrendaos, agosteños que llegaban al pueblo con sus rebaños y mastines extremeños en agosto para comer los rastrojos, ya no vienen.

Como se puede comprobar, la mayoría de los oficios enumerados eran masculinos, aunque, en algunos casos, si eran familiares, participaban también las esposas. La actividad de las mujeres, en aquellas épocas, estaba dirigida, principalmente, al cuidado de la casa, del marido y de los hijos, las denominadas «sus labores». Pero, también, ejercían oficios muy específicos, considerados sólo femeninos, que podríamos encuadrar en tres o cuatro campos de actividad: el servicio doméstico, la confección y reparación de vestidos, las actividades ocupacionales especializadas y las comerciales.

En el grupo del servicio doméstico encontramos a las sirvientas, criadas, mozas de cántaro, doncellas y rollas. Se ocupaban de las tareas generales: limpieza, lavado, planchado, compras, mantenimiento, cocina y, en general, toda tarea típica de una casa. Las rollas (niñeras) solían ser las más jóvenes y se encargaban de los niños, su cuidado, aseo, entretenimiento y paseo. Las criadas asistentes, personal más especializado, se ocupaban de las personas dependientes, ancianos y enfermos. El trabajo se pagaba con alojamiento (raramente), manutención y una cantidad en metálico. El servicio doméstico era proclive al servilismo y a sufrir humillaciones y vejaciones.

En el grupo de actividades comerciales encontramos a las peluqueras, hortelanas, molineras, tenderas, taberneras, panaderas, confiteras, y cortadoras. En la mayoría de los casos estos oficios eran muy socorridos para viudas y como un recurso importante para complementar los ingresos de una familia.

Trabajos ocupacionales especializados: parteras, sanadoras y nodrizas. Las parteras fueron casi imprescindibles hasta bien avanzado el siglo y las nodrizas (amas de cría) lo eran, no sólo por necesidad, sino, también, por la denominada lactancia mercenaria. Cómo sería de importante que ya Alfonso X, el Sabio, lo reguló en sus Siete Partidas.

Trabajos de temporada: Mondongueras, morcilleras, atadoras, vendimiadoras, lavanderas y espigadoras. Contratadas para la matanza anual del cerdo y la vendimia.

En el grupo de la confección señalamos a las hilanderas, costureras, tejedoras, modistas, bolilleras, planchadoras, bordadoras, y pantaloneras. Recordemos que la moda pret a porter (lista para llevar) había nacido a finales del XVIII para ropa exclusiva de hombres (trajes). Tenían que pasar un buen puñado de años para que se extendiera e invadiera la moda femenina. A partir de 1950 se impone y va acabando, poco a poco, con la confección artesanal.

Todos los oficios, que hemos nombrado, lo eran para toda la vida. En muchos casos, se heredaban y pasaban de padres a hijos. La sociedad era inmovilista, no cambiaba, de forma que la humanidad, en general, vivió estancada durante muchos siglos. Es a partir del siglo XVIII cuando se empiezan a ver ciertas inquietudes que mudan, poco después, en las trasformaciones que hemos señalado. Mas, la cosa no ha acabado. Como la Tierra, que habitamos, el ritmo de la vida no para, puede que dé algún tropezón, pero no será determinante. Todos los seres vivos seguimos evolucionando, los humanos ni nos imaginamos cómo seremos en unos pocos milenios.

Cómo citar

Antonio Lucas Varela: «Oficios desaparecidos». Programa de Fiestas Patronales de Alaejos, 2024.

Más de Antonio Lucas Varela

Otros artículos de «Economía, oficios y vida cotidiana»