José Ojeda Nieto / Adolfo M. Araújo y González
O don Alonso y don Hernando de Fonseca, hermanos. Hombre de iglesia el primero, de armas el segundo. Político, como correspondía a una época donde iglesia y asuntos administrativos se confundían, don Alonso; guerrero, propio de una etapa inestable y llena de zozobra, don Hernando. Segundones ambos. Hubieron de labrarse su futuro a base de esfuerzo. Cada uno en lo que sabía, o cada uno donde le tocó en suerte, que en aquellos tiempos de mediados del siglo XV las primeras decisiones, o vocaciones si se quiere, no devienen de las capacidades o de los intereses personales, sino que llegan de mano de los progenitores. Una vez encauzados, instalados ya en el camino que previamente se les había asignado, ahora sí, la voluntad y el esfuerzo marcarán el porvenir de cada uno.
Fueron pues hombres de religión y de milicia porque no pudieron ser otra cosa. Nacieron tras el primogénito, y quien con tal sino nace no le queda otra salida. A los segundones, en la edad Media, y aún en épocas posteriores, se les reservaba, tras recibir el mayor la primogenitura, dos caminos: o la iglesia o las armas. Y don Juan Alfonso de Ulloa, doctor en leyes, con siete hijos, tres varones y cuatro mujeres, tuvo que actuar en consecuencia: el primogénito, don Pedro de Ulloa, recibió la mayor parte del patrimonio; a los otros, hubo de buscarles otras salidas: la iglesia y las armas. Las chicas, claro, al matrimonio. Sólo tres, porque la menor, doña Inés, falleció doncella. Perdieron ambos, don Alonso y don Hernando, el apellido paterno, mas así pudieron lucir el lema con que Juan I agradeció, además de con otros favores de más sustancia, el apoyo recibido del abuelo, Pedro Rodríguez de Fonseca. Lema que adornó el escudo y que dice: «Ni es ni fue ni será hombre como Fonseca». En efecto, los segundones adoptaron el apellido de la madre, mientras el mayor heredó el del padre: Ulloa. Si este linaje arrastraba enorme lustre en Toro, no será menos el de los Fonseca, pues al cabo la madre, doña Beatriz de Fonseca, dio tantos descendientes a la Iglesia que sería conocida como «la santa madre iglesia».
Resumiendo, allá por el siglo XIV, tras la batalla de Aljubarrota, en que los portugueses vencieron a los castellanos, llegó a Toro Pedro Rodríguez de Fonseca y casó con doña Inés Díaz. De sus progenitores solo nos importa doña Beatriz de Fonseca que casará, como se ha dicho, con don Juan Alfonso (otros escriben Alonso) de Ulloa. El matrimonio tuvo siete hijos: don Pedro de Ulloa, primogénito, don Alonso, don Hernando, doña Catalina, doña María, doña Beatriz y doña Inés. Por la relación que tuvieron con Alaejos solo nos interesan don Alonso y don Hernando, que adoptaron, como queda dicho, el apellido Fonseca. Uno orientado a la profesión eclesiástica, el otro a las armas.
Fueron señores de la villa de Alaejos: creador del señorío de los Fonseca, el primero; heredero, el segundo. En 1452 Enrique (IV), príncipe de Asturias, rey en 1454, donó Alaejos, Castrejón y Valdefuentes a don Alonso, entonces obispo de Ávila (La donación no se haría efectiva hasta 1453 tras resolverse el pleito con Medina del Campo, del que fue separada). En 1454, el obispo será nombrado arzobispo de Sevilla. Más tarde, durante 1460-63, cambiará este arzobispado por el de Santiago, a fin de echar una mano a su sobrino homónimo. Por último, desde 1463 hasta su muerte en 1473, volverá a ocupar la silla arzobispal de Sevilla. Por cierto, cuando en 1463 regrese a su primitivo arzobispado no será bien recibido, incluso intentarán impedirle que tomase posesión; de donde el dicho: “El que se fue de Sevilla perdió su silla (arzobispal)”. (Como es bien sabido en estos pagos, Sevilla no queda muy lejos y preferimos decir Medina).
¿Y don Hernando (o don Fernando) de Fonseca? Pues al servicio del hermano como capitán de sus mesnadas. Porque Alonso era hombre de iglesia, pero también político y como tal precisaba que sus decisiones diplomáticas llegasen avaladas con el apoyo de las armas. Dos hermanos, pues, trabajando por un mismo fin: el político-eclesiástico llevando la voz cantante, el otro, a su servicio, haciendo valer las opiniones y órdenes del hermano.
El arzobispo sabrá recompensarlo. De grado o por necesidad, al no contar con descendientes directos, el señorío que había fundado pasará al hermano, mejor dicho, a los herederos de éste pues don Hernando murió antes que don Alonso. Los sucesores del mayorazgo serán don Alonso y don Antonio de Fonseca, sobrinos ambos del arzobispo. Hijos —aunque de distinta madre— de don Hernando.
Pero dejemos a los vástagos, a don Alonso, homónimo del tío, y don Antonio, y volvamos a los hermanos, a los fundadores del señorío, para verlos actuar conjuntamente. En principio, ha de quedar claro que don Alonso de Fonseca, obispo de Ávila, arzobispo de Sevilla, y durante un tiempo de Santiago, virrey de Valladolid, «privado de los señores reyes don Juan II e después del rey don Enrique IV» —fue hombre de— mucho mando y poder... e gran señor en estos reynos». Es decir, fue hombre que se interesó más por los aspectos políticos que eclesiásticos. Desde el puesto de consejero del rey manejó, junto con otros nobles, unas veces en un bando otras en otro, los hilos de la política regia, en especial cuando Enrique IV subió al trono. Durante su reinado, el arzobispo rivalizó con el marqués de Villena por el control de la corte, imponiendo en ocasiones su opinión. Como político, intentó manejar las decisiones reales a su antojo, mas en hartas ocasiones le pillaron desprevenido.
Quiso domeñar a Enrique IV, pero también otros nobles aspiraban a lo mismo. Había, pues, que enfrentarse o amigarse con ellos, según y como. Y es en estos vaivenes, sobre todo cuando las cosas se tuercen, cuando se requiere un ejército con el que hacer valer sus opiniones. Y aquí entra el hermano, don «Fernando de Fonseca —que— fue [h]ombre muy esforzado, cavallero de mucho saber... y estimado en estos Reynos por los grandes e otras personas». Así, verbigracia, cuando a don Alonso le tienden una emboscada en la entrevista que mantuvo con el rey en Segovia, logrará escapar de la celada gracias a las tropas de su hermano don Hernando. Y cuando estando en Coca le entreguen a «la señora Reyna doña Juana... e la Reyna nuestra señora, syendo ynfanta» —se refieren a Isabel—, será don Hernando con sus mesnadas quien se encargue de la custodia. O cuando el arzobispo se persone en Santiago, para echar una mano a su sobrino, y «Pero Alvares Osorio, conde de Trastamara», soliviante al pueblo, don Fernando de Fonseca se encargará de restablecer el orden. Y cuando en 1463, de vuelta en Sevilla, el rey le quiera prender, será otra vez el hermano quien organice la defensa de Coca y Alaejos, cercadas por los ejércitos del rey. Primero «proveyó como pudo» la fortaleza de Alaejos, dejándola pertrechada; y luego «se volvió a Coca» —donde le cercaron durante tres meses— «e la defendió». Es el hijo de don Hernando, don Alonso, homónimo del arzobispo, quien habla, pero aún así reconoce que siendo su padre el que llevaba las tropas la idea de defender Coca o Alaejos, mejor preparado, era del arzobispo: «porque Alaejos es fortaleza que se defenderá con menos gente» —mientras— «Coca» —dice— ¾s un corral de vacas» que precisaba de buenos soldados si quería aguantar el envite de las tropas reales. Por eso hacia allí se dirigió don Hernando, quien defendiéndola recibirá una herida y quedará cojo. Corría el año 1464.
Será en otra de las mudanzas del arzobispo cuando sus tropas, dirigidas, claro, por don Hernando, y las de los partidarios del pretendiente al trono, don Alonso, príncipe, hermano de Enrique IV y de Isabel I, se enfrenten en la famosa batalla de Olmedo, en 1467. A la batalla acude don Hernando «por mandado del dicho arçobispo» —y aquí— «murió e fenesçió en su servicio... que fue» —dice el testigo— «en el año de sesenta e syete». Al morir don Hernando antes que su hermano, la línea sucesoria se trastocó, debiendo pasar el señorío a los sobrinos del fundador.
Siete años más tarde, en 1473, «en la su villa de Ocaña» vino la muerte a llamar a la puerta de don Alonso de Fonseca. Un año más tarde la aldaba sonaría en la del rey Enrique IV. En la de ese rey al que tanto había servido y traicionado, pues quiso ser fiel al lema: ningún «hombre como Fonseca». Ahora bien, si en alguna ocasión lo logró no fue sin superar los escollos que le pusieron Carrillo, Alba, Pacheco... para lo cual hubo de contar con la ayuda de su hermano, don Hernando: la espada al servicio de la política. Pero de una política personalista, que chocaba con los tiempos que se avecinaban, los tiempos de una Monarquía fuerte, los tiempos de Isabel y Fernando.
Zamora, julio de 2007.Adolfo M. Araújo y González